03 septiembre, 2005

Nueva Orleans: La 'lógica' de lo inconcebible


“Esto es un desastre nacional, que muevan el culo y hagan algo”. Así se ha expresado el alcalde de Nueva Orleans -de raza negra, como la mayoría de sus vecinos- exasperado ante la magnitud del caos y el abandono al que se enfrentaba tras los devastadores efectos del huracán ‘Katrina’. Aunque parezca gratuito, era sumamente comprensible e incluso necesario que subrayara el carácter nacional del desastre y que se expresase de modo tan contundente.

Durante los tres primeros días tras el huracán, el Gobierno de la nación, con su presidente a la cabeza, sesteaba paladeando las horas finales de sus vacaciones, irresponsablemente ajeno a la tragedia. Una imagen de Bush mimando un toque de guitarra durante la entrega de premios de un ignoto festival de música country, mientras las calles de Nueva Orleans (NO en lo sucesivo) quedaban anegadas y sus habitantes se refugiaban en los tejados o padecían bajo la frágil cubierta del Superdome, dio la vuelta al país y despertó la indignación incluso de los más fieles.

Ayer, en el quinto día del desastre, la ayuda empezó a llegar finalmente a la ciudad, en la que al menos 60.000 personas se hallaban en situación desesperada. Demasiado tarde para salvar al ignorado número de vidas que se perdieron durante esos cinco días, pero a tiempo para evitar que la ley brutal del más fuerte o del mejor armado extendiera su imperio y los jinetes del Apocalipsis campasen a sus anchas sobre la melancólica ciudad en la que el jazz y el blues tuvieron su origen.

Estaba escrito. La tragedia ocurrida ahora no sólo era previsible, sino que durante las últimas décadas fueron muchas las voces que se alzaron para advertir del riesgo cierto que la ciudad y su población corrían en el caso de ser afectadas por una huracán de las características del ‘Katrina’, lo cual, en el Golfo de México, es algo más que una posibilidad remota. Como ocurre tantas veces, los que reclamaban atención al problema fueron ignorados como agoreros y fatalistas.

Situada bajo el nivel del mar y enmarcada por éste, el Misisipi y el lago Pontchatrain, hasta el siglo XX la ciudad había crecido adaptándose a las limitaciones que el terreno pantanoso y las frecuentes crecidas del río le imponían. Elevados malecones le ponían a salvo de las aguas, pero no tenía posibilidades razonables de expandirse. Hasta que en 1910 apareció un ambicioso ingeniero llamado A. Baldwin Wood y ofreció unas potentes bombas de su invención para drenar el agua y verterla en el lago. Esto, unido al establecimiento de diques, hizo posible que la vieja NO se extendiera en abierto desafío a la naturaleza y al destino.

Ahora, en paradoja cruel , el sistema de diques y malecones se ha convertido en el principal obstáculo para poner fin a la inundación de la urbe. Una vez desbordados, retienen el agua que estaban destinados a contener sólo del otro lado. Las bombas no dan abasto y los cálculos más optimistas cifran en nueve semanas el plazo para lograr el drenaje completo. Si no llueve, por supuesto.

Hoy en día los diques y las bombas, así como el cuidado de los malecones, están en manos del Cuerpo de Ingenieros de la Marina USA, es decir, es el propio Estado y no la ciudad ni el estado de Luisiana quien tiene la responsabilidad. Tras la tragedia se han conocido datos muy reveladores acerca de hasta qué punto la culpa última de lo sucedido ha sido y es de Washington:

1.- El Gobierno de Bush denegó en su día la petición de los ingenieros de la Marina de algunas decenas de millones de dólares para mejorar el sistema de diques, cuya rotura ha causado ahora la inundación.

2.- Los diques fueron diseñados para soportar los embates de un huracán de categoría 3. El ‘Katrina’ tenía la 4 en el momento de tomar tierra y la violencia del mar, apoyada en vientos de 145 kilómetros por hora, rebasó los diques y causó dos roturas. Preguntado un portavoz del referido cuerpo de ingenieros por la razón de que la capacidad de contención de los diques se limitase a la categoría 3, respondió lacónicamente “eso es lo que fuimos autorizados a hacer”.

El Gobierno, pues, no sólo ha puesto en evidencia su culpable indiferencia e ineficacia en la tragedia del ‘Katrina’, sino que es la causa principal de que un fenómeno atmosférico previsible haya tenido la dimensión trágica y caótica que ha alcanzado en NO. Parece inconcebible que las cosas puedan llegar a tales extremos en el país más próspero y avanzado de la tierra, pero en realidad sólo lo es para quien se engañe respecto a la auténtica y profunda naturaleza de Estados Unidos.

Desde los tiempos de Reagan, que terminó con una tradición social originada durante la gran depresión, cuyos efectos devastadores para el pueblo el New Deal de Roosevelt consiguió reducir, la política de Estado se rige por los mismos principios que la empresa privada: mínimos costes, máximos beneficios. El recorte drástico de los gastos sociales que impuso el primer actor del mundo que llegó al poder y que hoy se mantiene en lo esencial, con pequeños matices correctores durante los gobiernos demócratas, tuvo como consecuencia la reducción a la miseria y a la marginalidad de las capas sociales tradicionalmente más desfavorecidas (en especial los negros del sur profundo y de las grandes ciudades) y elevó la delincuencia y la drogadicción hasta una dimensión inédita.

En contraste con la empresa privada, el Estado se puede permitir, por la simple razón de que no tiene que enfrentar la dinámica de la competencia, ignorar la obsolescencia (aún están en uso en NO las bombas que fabricó Wood, por ejemplo) o la inadecuación de determinadas infraestructuras o la ausencia de políticas socialmente necesarias. De lo que se trata es de favorecer el crecimiento en términos macroeconómicos, priorizando los intereses financieros y empresariales, en la cuestionable esperanza -sobran evidencias al respecto- de que los extraordinarios beneficios de una minoría repercutan en las mayorías en forma de creación de empleo y aumento de ingresos.

Se trata, ni más ni menos, de la ley de la selva. Quien se sienta sorprendido por las consecuencias del ‘Katrina’, por la indiferencia del Gobierno, por su imprevisión y su avaricia criminal encontrará ilustrativa la anterior ‘Espiral’ (31 de Agosto). Se comprenden muchas cosas cuando se considera que de los 297 millones de habitantes del país más rico de la tierra 37 millones son pobres y cuando se sabe a qué grupos étnicos pertenecen y dónde se encuentran geográficamente esos pobres.

Luisiana, Misisipi y Alabama son algunos de esos lugares. Y todos ellos votaron a Bush en las últimas elecciones. Eso sí que es incomprensible por muy previsible que pueda ser.

Para leer online: www.tierradenadie.cc

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