La Espiral
12 agosto, 2009
La crisis no es sólo económica (y IV)

El neoliberalismo darwinista impera sin apenas oposición en lo económico, pero no tanto -por ahora- en lo político. Incluso en ciertas opciones de derecha (de centro-derecha especialmente) disgusta e inquieta la prepotencia del poder económico y la conciencia de impunidad que prevalece en su filosofía.

La actual crisis ha puesto de manifiesto con mayor nitidez que nunca la absoluta indiferencia del capital financiero respecto a las consecuencias sociales y políticas de sus actos. Egoísmo, irresponsabilidad e insolidaridad son las palabras que mejor definen la postura de los poderosos de las finanzas antes y durante la crisis. El hecho de que planeen pagar enormes emolumentos a sus ejecutivos, pese a la reducción de los beneficios y a la restricción del crédito que han puesto en práctica, evidencia de modo incuestionable su falta de escrúpulos.

Los gobiernos, conscientes de que es el gran capital quien tiene la clave de la reactivación económica, se declaran tácitamente impotentes para someterlo a control y mucho más para plantear que su actividad tenga una dimensión más social. Todo lo que creen poder hacer es intentar, con escaso éxito hasta la fecha, estimular o desestimular determinadas actividades. Y por supuesto, tender una red de seguridad, tejida de inyecciones de dinero y regalías fiscales, bajo los funambulistas más aventureros.

Esta crisis está siendo para los poderosos la prueba de carga de la estructura sociopolítica vigente. Y están satisfechísimos porque, frente a los augurios caóticos, resiste. Los estados cooperan, aún contraviniendo los principios ultraliberales del darwinismo social que sostienen como sagrados los beneficiarios de dicha cooperación. Los sindicatos, sabedores de su disminuida representatividad, dan una muestra definitiva de su ineficacia, moderando hasta lo ridículo su discurso y centrando sus demandas en la obvia defensa del empleo, a sabiendas de que sólo pueden esperar el apoyo del Gobierno, no en absoluto el de la patronal.

En el terreno de la izquierda política, si exceptuamos a los partidos de raíz marxista, muy minoritarios, el discurso político ante la crisis es prácticamente inexistente. En la otrora poderosa socialdemocracia no sólo no surgen críticas de fondo ante la catástrofe económica generada por la codicia criminal, sino que ni siquiera hay análisis dignos de mención si exceptuamos el realizado por el casi octogenario Michel Rocard en un artículo publicado por ‘Le Monde’ a raíz de las elecciones europeas.

Rocard, ex primer ministro bajo Mitterrand y ex secretario general del PSF, realiza un lúcido repaso a los orígenes y el desarrollo de la crisis económica para centrarse finalmente en una variable político-económica raramente mencionada y que marca profundamente las últimas décadas: la connivencia de las clases medias con la economía especulativa. Ese cambio, que se plasma en el hecho de que extensos grupos sociales confíen más en la inversión gananciosa en los mercados bursátiles que en los rendimientos de su propio trabajo, es crucial desde el punto de vista de Rocard. El enorme potencial humano de equilibrio y progreso que han constituido tradicionalmente las clases medias se ha hecho conservador y ultraliberal, lo que dificulta radicalmente el apoyo a cualquier fórmula que intente atajar la crisis en profundidad.

“La socialdemocracia –escribe Rocard- explica desde hace medio siglo que los mercados no son autorregulables, que es preciso regular economía y finanza y luchar fiscalmente contra las desigualdades. Los hechos, y esta crisis, le dan la razón trágicamente. Y sin embargo acaba de perder en todas partes las elecciones, masivamente. Votando conservador, por las fuerzas que nos han conducido a la crisis, los electores han mostrado su adhesión al modelo del capitalismo financiero. El resultado apenas permite esperar un tratamiento político serio de la actual anemia económica. ¿Cuántas crisis serán precisas para convencer a los pueblos? En cualquier caso, el mecanismo de su repetición parece desencadenado”.

Se puede decir más alto, pero no más claro. Resulta difícil creer que los partidos socialistas europeos querrían o podrían poner en marcha políticas de control y regulación económica si tuvieran el poder. Y ello no sólo por falta de voluntad, sino porque, más allá y más acá de la defección de las clases medias, la gran variable histórica viene dada por la globalización, que impide u obstruye la aplicación de ‘soluciones nacionales’, condenando sobre todas las cosas dos: el proteccionismo y el intervencionismo.

He ahí, esquemáticamente, la tragedia. Los ciudadanos de todo el mundo estamos a merced de un sistema que actúa, a nivel global, con total libertad e impunidad; que se inhibe de las consecuencias sociales y políticas de sus actividades –frecuentemente delincuenciales-; que sólo cree en el máximo beneficio y en la ley del más fuerte y que sólo rinde cuentas ante la junta de accionistas.

Nunca ha existido nada tan parecido a un Gobierno Mundial en la sombra y nunca la civilización judeocristiana se ha mostrado tan estéril en la generación de respuestas o alternativas. Estamos bajo el imperio del ‘darwinismo’ social, económico y político y el mundo se parece cada vez más a la pesadilla que H. G. Wells describe en ‘La máquina del tiempo’: ingenuos Eloi viven una existencia pacífica y aparentemente feliz ignorando el acecho nocturno de los siniestros Morlock hasta que cae la noche.

La antiutopía ya está aquí.
Foto: Michel Rocard.

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28 julio, 2009
La crisis no es sólo económica (III)

Es indiscutible que el neoliberalismo surgido en los años 70 de la mano de Thatcher, Reagan y la 'Escuela de Chicago', al que prefiero calificar como 'ultraliberalismo', está en el origen de la grave crisis económica presente. En aquellos años se impuso el criterio de que las medidas de regulación y control establecidas a partir de la gran depresión que siguió al 'crack' de 1929 estaban limitando las posibilidades de crecimiento económico; que los estados debían renunciar a su papel subsidiario y desviar los fondos destinados a fines sociales a obras públicas y estímulos específicos a determinados sectores industriales para generar riqueza; que el capital se 'autorregulaba', sin supervisión alguna. como consecuencia del libre juego económico.

Hoy podemos constatar dramáticamente hasta qué punto ese modelo está en el origen del fracaso sistémico al que asistimos impotentes. Y la gran e irónica paradoja es que los estados, a los que se quería lejos de la gestión económica y mirando hacia otra parte, han debido acudir en ayuda del sistema financiero inyectándole cantidades ingentes de dinero para impedir que el conjunto del sistema económico capitalista se hundiera en la miseria.

La incidencia que esa sangría tendrá en la elaboración de los presupuestos futuros y las dificultades previsibles para financiar el déficit generado está aún lejos de mostrarse en todas sus graves consecuencias, pero en Estados Unidos, epicentro del seísmo económico, el hundimiento de varios estados de la unión, singularmente la otrora paradigmática California, habla con elocuencia insuperable de la magnitud y gravedad de una crisis que no acaba de tocar fondo.

Pese a todo lo dicho el discurso ultraliberal se mantiene arrogantemente en todos sus términos. Incluso, aunque minoritarios, hay teóricos que consideran un gran error la intervención estatal para reducir las consecuencias de la crisis. La arrogancia en este caso no tiene su origen tanto en algún tipo de seguridad teórica que haga indiscutibles los dogmas ultraliberales como en la evidencia de que la política rechaza expresamente toda posibilidad de atacar al mal en su viciada raíz. En la confrontación Economía versus Política, incluso en esta grave crisis, la economía -es decir, el capital- exhibe y utiliza todo su poder de coacción sin complejos, exigiendo incluso el sacrificio de los últimos vestigios del Estado de Bienestar.

Parece muy singular que sean precisamente los políticos más conservadores los que promuevan y apoyen las políticas ultraliberales, pero la contradicción es sólo aparente. Lo cierto es que, políticamente, el liberalismo clásico murió hace mucho tiempo. Quienes ahora se autotitulan 'liberales' no muestran ni tienen interés alguno por las libertades y los derechos de los ciudadanos. Su idea de la libertad es, en muchos casos, extremadamente peligrosa pues se funda en lo que se ha denominado con discutible fundamento pero máxima eficacia expresiva 'Darwinismo Social'.

El descubridor de la evolución de las especies por selección natural es completamente ajeno a lo que se ha denominado históricamente darwinismo social. Charles Darwin era una persona compasiva y, en lo que se refiere a las relaciones humanas, partidario de la conciliación frente a la agresión. Eso no fue obstáculo para que a finales del siglo XIX y principios del XX el principio de la selección natural fuese trasladado a las más diversas visiones sociales, tan opuestas y enfrentadas como el marxismo y el fascismo.

Si al materialismo dialéctico de Marx el darwinismo le pareció una confirmación muy oportuna del carácter científico de su doctrina y más específicamente de lógica de la lucha de clases, el nacional-socialismo alemán apoyó su filosofía histórica y su razón de ser en la pureza de la raza, en la necesidad social de la eugenesia y en la esterilización o eliminación física de cuantos fueran ajenos a los parámetros raciales a privilegiar, que eran descritos como 'untermenschen' (infrahumanos).

Ya se tratase de alumbrar a la historia 'el hombre nuevo' o 'el superhombre' la teoría de Darwin, que explicaba la evolución y la supervivencia de las especies en razón a la lucha y a la adaptación al medio, tuvo un extraordinario éxito en los terrenos de la política y de la economía. En cuanto al campo capitalista y ultraliberal, alguien llegó a decir en su día que el típico multimillonario estadounidense era un ejemplo paradigmático de éxito evolutivo del más apto. Por su parte, el pope máximo del ultraliberismo, Milton Friedman, en su ensayo "En defensa de la especulación desestabilizadora" (1960) llega a sostener que el providencial darwinismo social se encargaría de eliminar a los especuladores más nefastos.

Raramente se verá en estos días a quienes se autodenominan liberales aludir directamente al darwinismo social. Son conscientes de que es una teoría polivalente y con connotaciones históricas muy negativas que prefieren eludir, pero lo cierto es que es entre ellos donde se ha instalado, tras su periplo por diversas utopías, esta interesada e impropia manipulación sociológica, política y económica de la teoría de Darwin. Como si el conjunto de las sociedades humanas respondiera a una ley evolutiva natural son ellos los que defienden el individualismo frente a lo colectivo y la omnímoda independencia de la economía contra toda consideración de carácter social.

Esa es la 'filosofía' que impera. Esa es la praxis que ha conducido a Occidente y a buena parte del mundo a la gravísima crisis que actualmente se desarrolla y que probablemente marcará las décadas sucesivas.

Nadie debería ignorarlo. Estamos ante la ley de la selva. No hay principios, sólo fines. Y estos son de una naturaleza profundamente egoísta e inmoral. Nada bueno ni sólido puede construirse sobre esa base.

Foto: Herbert Spencer, primer enunciador del darwinismo social.

Continuará

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22 julio, 2009
La crisis no es sólo económica (II)

El fin de las ideologías e incluso el fin de la historia en su dimensión dialéctica han sido adelantados con infundada precocidad por 'pensadores' estadounidenses. El sociólogo Daniel Bell enunció nada menos que en 1960 el fin de las ideologías. Lo hizo a la vista de los signos que se registraban en la sociedad estadounidense, que nunca fue precisamente un ejemplo de ideologización, en el sentido de que todo debate político era sustituido por la enunciación de metas pragmáticas y que estas se limitaban al orden material, en forma de crecimiento y bienestar.

La polémica y la desautorización no se hicieron esperar, aunque tal planteamiento tuvo mucho éxito en algunos lugares marginales, entre ellos España, donde el ensayista y ministro.de Obras Públicas Gonzalo Fernández de la Mora se erigió durante algunos años en el tótem teórico del régimen franquista a través de la adaptación que hizo de las tesis de Bell bajo el título 'El crepúsculo de las ideologías' (1965). La teoría fúnebre sobre las ideologías, que tanto odiaban el dictador y quienes le rodeaban, le venía a la dictadura como anillo al dedo. El franquismo aparecía, desde ese punto de vista sesgado, como el colmo de la modernidad política y Franco era el profeta y precursor providencial que había salvado al país de la debacle ideológica.

Bell pasó prontamente al olvido, bajo el peso de las evidencias que aportaron en sentido contrario las luchas por los derechos civiles, los movimientos de contestación a la guerra de Vietnam y la sublevación universitaria de la mano de la juventud del 'baby boom' en su propio país. En Europa, el mayo francés, las protestas antimilitaristas y antinucleares en Alemania y Gran Bretaña y la hiperpolitización italiana fueron un mentís no menos contundente a la teoría.

Ciertamente, como decía Bell, las corrientes ideológicas covencionales estaban perdiendo capacidad de movilización, pero eran sustituidas por formas de rechazo de la realidad más radicales y con una inquietante capacidad de autoorganización, creatividad y virulencia.

Cuando a finales de los 80 el mundo del 'socialismo real' (impropiamente calificado como comunista) se derrumba como un castillo de naipes bajo el peso de sus propios errores y de un estancamiento económico extraordinario, otro estadounidense, Francis Fukuyama, ex asesor de Reagan, se precipita a anunciar el fin de la historia, o, lo que es lo mismo, el triunfo irreversible de la democracia liberal frente a todas las alternativas que se le habían opuesto históricamente. A partir de ahí, en teoría, el mundo estaba abocado a una era de tranquilidad y florecimiento económico sin precedentes.

La realidad se encargó bien pronto de desmentir a Fukuyama, del mismo modo que antes lo hizo con Bell. La visceral explosión del fundamentalismo islámico, la ebullición de los pequeños nacionalismos que fragmentaron a Europa aún más de lo que estaba o la emergencia de 'soluciones' social-populistas en América Latina no deja lugar a dudas acerca de la magnitud del error. Eso, por no hablar de la peculiar 'reconversión' de China, que merecería un capítulo aparte.

A Occidente le pierde su pueril convicción de que es el centro y el motor del mundo, su tendencia a trasladar todas las realidades a la escala de las suyas propias y la voluntad de contagiar a todas las culturas del planeta con su 'perfección' liberal-democrática, que no resiste el más mínimo examen, como lo prueba la presente crisis en lo económico y la pauperización del sufragio universal en lo político.

En definitiva, los diagnósticos de Bell y Fukuyama sólo tienen validez -y ésta es parcial- en Occidente y ello, lejos de constituir un signo positivo, conlleva un diagnóstico muy negativo de la cultura occidental, tanto más cuanto todo se mueve y es contemplado ya en un contexto global, planetario.

No puede ejercer como guía universal, por grandes que sean su empeño y su poder, quien atraviesa una crisis de esterilidad intelectual, ideológica y moral tan grave como la que se detecta en el mundo occidental. Especialmente si se tiene en cuenta que dicha crisis es en gran medida artificial, pues parte del silenciamiento deliberado de quienes podrían protagonizar la contestación y la disidencia, y que tal censura -de neta raiz antidemocrática- ya no es practicada por los estados -salvo excepciones puntuales- sino por los grandes complejos multimediáticos que sirven acríticamente a la máquinaria económica, de la que ya forman parte esencial.

Al enterrar virtualmente a las ideologías y a la historia, al primar los intereses del poder económico sobre los de los ciudadanos y al condenar al silencio a toda voz discordante el sistema pone de manifiesto su propia decadencia, su debilidad. La crisis no es sólo económica, no. Su profundidad es mucho mayor y más grave porque su auténtico carácter, previo al caos creado por la avaricia de las minorías, es cultural, moral y político.

Occidente no tiene nada que ofrecer al mundo para fundamentar su voluntad de liderazgo. A partir de una profunda crisis de identidad y de una decadencia no asumidas; en base a la propuesta de principios y valores en los que no se cree y que no se practican ni siquiera a nivel doméstico, no se puede cimentar ningún sueño, ninguna esperanza digna de ser propuesta a todos.

Si no se rectifica -y es harto improbable que se haga-, estaremos en el principio del fin, suponiendo que no nos encontremos ya ahí.

Continuará.

Foto: Francis Fukuyama, autor de 'El fin de la historia y el último hombre'.

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19 julio, 2009
La crisis no es sólo económica (I)

La economía no es una ciencia; la sociología, tampoco; la filosofía, aún menos. Ninguna de tales disciplinas ha podido establecer nunca leyes de validez universal basadas en pruebas incontestables. La razón es simple: las dos primeras tratan de realidades vinculadas al imprevisible y supuestamente errático comportamiento humano, basado en percepciones e intereses subjetivos. La filosofía, por su parte, intenta establecer leyes y verdades sin los instrumentos precisos para su demostrabilidad. El conocimiento empírico y la herencia cultural conforman generalmente el laberinto filosófico, que ha generado millones de páginas a la mayor gloria de la impotencia intelectual.

Con frecuencia las tres frágiles disciplinas se asocian para intentar generar una concepción general del mundo, del hombre y de la historia cuya síntesis deviene ideología. Su fundamento es básicamente voluntarista y su aspiración es llegar a legitimarse 'científicamente' en la práctica a través de su aplicación política. Sin embargo la acción política, descrita como "el arte de lo posible", es la consecuencia última de un pragmatismo nada objetivo en la medida en que se basa en la conciliación de contrarios y en la mera voluntad.

Cuando Adam Smith trata de establecer su idea-motor en el sentido de que la economía se rige por un supuesto orden natural que tiende a su propio bien y por ende al de todos hace un hallazgo crucial para su justificación que denomina "la mano invisible" (¿Dios acaso?). Cuando la sociología tropieza con algo que no cuadra en sus planteamientos lo denomina 'serendipia', termino que se puede traducir como 'azar', pura chiripa. En cuanto a la filosofía, cabría hablar de su autodestrucción por reducción al absurdo, fragmentada en decenas de escuelas entre lo 'post' y lo 'neo', que más que hacer afirmaciones aventuran hipótesis y propuestas. Postmodernidad, pensamiento único o pensamiento débil son algunos de sus deleznables frutos más recientes.

El sofisma ha sustituido al silogismo; la improvisación y el fragmentarismo secuestran el lugar que antes ocupaba el discurso lógico y orgánico; el axioma (verdad supuestamente evidente que no precisa demostración) impera sobre la duda metódica. En la medida en que al liberalismo económico y a la democracia formal les falta ahora su opuesto tradicional, el materialismo dialéctico (base del llamado comunismo), ya no hace falta tener razón o fingir tenerla. Basta con disponer de los medios precisos para que el discurso del poder se extienda como única alternativa. Y el poder (me refiero al económico, fáctico por excelencia) monopoliza esos medios en nuestras sociedades hasta el punto de convertir todo discurso alternativo en una anédota que roza la inexistencia.

La grave crisis económica que está barriendo el mundo ha puesto en evidencia, mucho más allá de lo esperado y esperable, la inanidad filosófica, moral e ideológica de la cultura hasta ahora denominada judeo-cristiana, sostenedora teóricamente de valores humanos y de principios que en realidad no defiende, nunca ha defendido a la hora de la verdad. El discurso ultraliberal, de cuya falacia la propia crisis es la mayor y más incontestable evidencia, se mantiene impune y arrogante en todas las tribunas y rige en gran medida la economía mientras los gobiernos, con fondos públicos y generando deficits hipotecadores del futuro, intentan -inútilmente hasta ahora- sellar las vías de agua generadas por la irresponsabilidad de los defensores de la autorregulación mágica del mercado, de la providencial "mano invisible" que finalmente resulta ser el Estado o, lo que es lo mismo, el conjunto de los ciudadanos, víctimas por partida doble de la avaricia de unos y de la inibición de otros.

Históricamente estamos ante la mayor evidencia de fracaso del liberalismo económico. Políticamente y socialmente, por cruel paradoja, nos hallamos también ante la mayor demostración de impotencia que se recuerde. Los defraudados e inermes ciudadanos se sienten indefensos mientras los gestores del sistema no arriesgan una fecha para la superación de la crisis pero piden la reducción a la nada de los derechos sociolaborales conquistados con sangre, sudor y lágrimas por tantas generaciones.

Los señores, confiados en la domesticación 'irreversible' de las masas de la mano de un crecimiento demográfico bajo cero, no sólo están liquidando todo rastro de la sociedad del bienestar sino que también ponen en peligro, sin escrúpulo alguno, la paz social.

Si esta crisis sigue prolongándose y profundizándose podríamos volver a las convulsiones sociales de los años 30, que siguieron, como las llamas a la chispa, al primer precedente serio de esta crisis sistémica: el crack del 29. ¿Quién quiere tal pesadilla? ¿Es esto una conspiración o simplemente una conjura circunstancial de necios?

Ilustración: Adam Smith.

Continuará.

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17 julio, 2009
Nuevo blog: Memoria del Día

Nadie está a salvo de la paradoja y la contradicción. Y al parecer, yo menos aún. Apenas pasados cuatro días de mi exposición de prioridades, de las que se deducía -o al menos eso pretendía yo- un distanciamiento del blog periodístico puntual en beneficio del análisis y el ensayo esporádico, he decidido crear un nuevo blog con la información de cada día como centro.

Sucede que uno no deja de ser periodista por el mero hecho de que emprenda la retirada de ese oficio mercenario. Al contrario, una vez fuera aumentan el deseo y la necesidad de escribir, desde la libertad reconquistada, sobre las realidades que a todos nos afectan.

Los posts en 'Memoria del Día' limitarán su extensión a un folio y abordarán todos los temas de interés, sea cual fuere su naturaleza.

Quedáis todos invitados. Y si os apetece comentar, no os cortéis.

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Comentarios sobre la actualidad, reflexiones sobre la deriva histórica que nos conduce hacia viejas pesadillas... y cualquier otra cosa que me apetezca escribir.

Autor: José Ramón San Juan
Paí­s: España

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