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19 febrero, 2012

El 'cambio' del PP, o el círculo vicioso perfecto (III)

La desregulación laboral contituye una 'retrovolución' (valga el neologismo) que nos remite a una época previa a la definición e implantación del Estado Social Democrático de Derecho, en el S. XIX. Éste se basa fundamentalmente en el principio de subsidiariedad, que establece la necesidad de que el Estado llegue -cuando sea preciso- allí donde no alcanza la iniciativa privada o donde el libre juego entre las fuerzas sociales y económicas se ve abocado a la confrontación permanente como consecuencia de los abusos del capitalismo salvaje.

Un diario nos recuerda hoy, muy oportunamente, que ya en 1889 el Código Civil compilado por Sagasta establece que "la validez y el cumplimiento de los contratos no pueden dejarse al arbitrio de uno de los contratantes". Sagasta era un liberal, pero tenía la lucidez suficiente para apreciar que la ley del mas fuerte (económicamente) colisionaba violentamente con la respuesta del más fuerte numéricamente y que constituía una fuente permanente de conflictos e incluso un riesgo de revolución. Es Estado Social Democrático de Derecho, en defnitiva, no era un gesto humanista sino una inteligente respuesta de la burguesía a un estado de cosas que tendía al caos.

La derecha, el empresariado y el sector financiero español no parecen temer ninguna convulsión social y han desprovisto al Estado de buena parte de su responsabilidad subsidiaria en lo que respecta a los trabajadores, no así al capital. Esperan confiadamente una huelga general, que llegará sin duda, pero no creen que será tan general. La fuente de su confianza es el miedo de la clase trabajadora a perder aún más de lo que está perdiendo en la actual crisis económica, provocada por la codicia y la irresponsabilidad del capital financiero. ¿Aciertan? El tiempo lo dirá.

En cualquier caso este Gobierno de los empresarios mantiene y mejora su función subsidiaria precisamente respecto a la patronal. No se trata sólo de beneficiar al empresariado mediante el recorte de los derechos y de los salarios de los trabajadores sino que, además, se les prima con deducciones, exenciones y ayudas a cargo de la Hacienda Pública y la Seguridad Social y ello se hace -como nadie ignora- en un contexto en el que se considera prioritario reducir brutalmente el gasto público. 

Un ejemplo muy elocuente es la creación de un nuevo contrato 'indefinido' para los autónomos y las PYMES de menos de 50 trabajadores, que establece significativamente un periodo de prueba de un año para los menores de 30 años. Esas empresas se beneficiarán de una deducción fiscal de 3.000 € y si el trabajador contratado se hallaba en paro podrán sumar a esa cifra, durante un año, el 50% de la prestación que éste recibía. El trabajador, a su vez, podrá sumar a su sueldo el 25% de la prestación que percibía, lo que hace presumir que la retribución que los legisladores tienen 'in mente' es una basura. La pretensión que alimenta esta política no parece ser otra que maquillar las estadísticas del desempleo sin dejar de pagar, aunque de otro modo, las secuelas del paro. Hay que subrayar, por otra parte, que la nueva norma, tal como ha sido concebida, excluye de sus 'beneficios' a los trabajadores que hayan agotado la prestación.

Por otra parte, las bonificaciones específicas de la Seguridad Social beneficiarán prioritariamente a quienes contraten a jovenes de entre 16 y 30 años que estén inscritos como demandantes de empleo, que pueden llegar a deducir de la cotización hasta 3.600 € en tres años. Por lo que respecta a los parados de larga duración mayores de 45 años, que deberán llevar un año sin subsidio antes de su contratación, la bonificación para las empresas se eleva a 4.500 € en tres años. En este caso también parece evidente que lo que se persigue es maquillar la estadística, ahora a costa de los magros fondos de la Seguridad Social. Mediante esta subsidiariación selectiva el Gobierno entrega a las empresas subvenciones (lo son, aunque no reciban ese nombre) para que colaboren en el objetivo de mejorar -especialmente de cara al exterior- la imagen de España, que intenta lograr con ese parche 'mejorar' la realidad de un paro juvenil insostenible.

El beneficio para los trabajadores, salvo en casos personales y puntuales, es nulo. Mientras centenares de miles de personas desaparecen como perceptoras del subsidio de desempleo se espera que otros centenares de miles logren un trabajo misérrimo y en muchos casos temporal. El paro aumentará inevitablemente, pero las estadísticas -al menos en teoría- mejorarán. Eso es lo único que parece interesarle a este Gobierno.

Pie de foto: 57 ciudades españolas fueron hoy escenario de manifestaciones de protesta contra la reforma laboral. La de Madrid, según los organizadores, reunió a medio millón de personas.

Continuará.

05 julio, 2011

Movimiento 15-M: razones para el escepticismo, razones para la esperanza




He de confesar que he sido y soy escéptico acerca del llamado Movimiento 15-M y también suspicaz sobre su origen y las motivaciones de algunos de sus fundadores. Tantos años al pie del cañón, analizando la realidad, no abonan precisamente las razones para la credulidad y menos aún para el entusiasmo, sino todo lo contrario. El carácter magmático e inorgánico del movimiento,.que se manifestó sobre todo en sus comienzos, y el logro -único hasta ahora- de haber contribuido a que la derrota del PSOE en las pasadas elecciones fuera aún mayor de lo previsto y de que el PP alcanzase una hegemonía inédita e inquietante tampoco ha sido precisamente un aval para los 'indignados'.

Sin embargo, aunque la duración de las movilizaciones estaba prevista en principio sólo hasta la celebración de las elecciones, los integrantes de las acampadas realizadas en toda España a partir de la manifestación del 15-M decidieron continuar su protesta y sus asambleas llegaron a definir una plataforma reivindicativa coherente y adecuada para obtener el consenso colectivo de un conjunto sumamente heterogéneo de personas, inquietudes e interesas. El énfasis pasó de acentuar casi exclusivamente la necesidad de reformar el marco electoral que facilita el imperio inmovilista del bipartidismo a centrarse mucho más en la crisis económica, su etiología y sus consecuencias.

La red se ha convertido en una especie de asamblea permanente, generando y debatiendo ideas, pero también formando la opinión de muchos 'indignados', dándoles argumentos y fundamentando su compromiso. Ese es uno de los grandes logros -parcial, por supuesto- de esta movilización, especialmente entre los jóvenes que sentían hasta ahora no sólo desprecio sino también indiferencia hacia la política y su relación directa con la economía. Se está haciendo real la meta de quienes crearon el lema "Apaga la tele, enciende la mente". .La gente sabía lo que está pasando y lo rechazaba, pero el conocimiento acerca de los 'porqués' de lo que ocurre era muy limitado. Ahora ya no. Se han atado cabos y todo el mundo sabe a qué atenerse. Como consecuencia las razones para la indignación no sólo han aumentado sino que se han generalizado y consolidado.

En estos momentos, tras las manifestaciones contra el 'Plan del Euro' del 19 de junio, varias marchas de 'indignados' se dirigen hacia Madrid desde las diversas regiones, celebrando asambleas informativas en las poblaciones por las que atraviesan en un intento de sumar efectivos. El día 23 confluirán en la capital de España, donde se espera escenificar ese mismo día la más masiva de las protestas celebradas hasta la fecha. Cabría suponer que ahí concluyen, por este curso, las actividades del movimiento, pero parece que no va a ser así. Según una idea aún no desarrollada, la indignación se desplazará a los centros turísticos de las costas, a las playas y centros de ocio. Esto va en serio, pues. Quienes esperaban o temían que el verano acabase con el movimiento se equivocaban. Parecía difícil que se mantuviera ún mínimo de organización en circunstancias en las que los españoles se desplazan, pero Internet hará el 'milagro' de que se convoquen y organicen allí donde se encuentren.

Llegados a este punto se podría concluir que el movimiento es un éxito. Y lo es, efectivamente, en cuanto a su capacidad de convocatoria y movilización, pero el escepticismo subsiste respecto a su potencial de eficacia. El poder contempla hasta ahora el fenómeno con cierto paternalismo y no poca ironía. La tentación de interpretarlo como una ingenua catarsis persiste, pese a su permanencia y actividad. ¿Cómo arrancarle algún logro, alguna concesión que alimente las esperanzas de la legión de 'indignados'?.El movimiento no ha mostrado hasta la fecha capacidad coercitiva alguna. Para lograrla, se habla desde hace días de la posibilidad de convocar una huelga general, pero esas son palabras mayores.

Una huelga general implica a todos los sectores productivos y al conjunto de trabajadores de todo el país. La realizada el 29 de septiembre de 2010, convocada por los sindicatos básicamente por los mismos motivos que aducen los indignados, no fue precisamente un éxito y no contó con una participación significativa de quienes ahora se han movilizado. No es muy verosímil que el movimiento 15-M tenga mayor capacidad de convocatoria entre la clase trabajadora que los sindicatos y es aún menos creíble que vaya a conseguir gran cosa sin el apoyo de estos. ¿Van a rectificar los 'indignados' el desprecio que vienen mostrando por el movimiento sindical? Si no lo hacen -y en principio no es previsible que lo hagan- es más que probable que se los encuentren enfrente, desautorizando su convocatoria. En tales condiciones -y contando con el escepticismo previsible de quienes aún conservan un trabajo, mejor o peor- esa iniciativa estaría condenada al fracaso.

Si como movimiento social el del 15-M ha acabado revelándose como muy relevante y significativo y no puede ser desoído por las instituciones vigentes, como movimiento político es, por ahora, insignificante y probablemente carece de futuro. No basta definir unas metas justas y ambiciosas, como se ha hecho.  Habría que definir también una estrategia y unas tácticas (el infierno, como siempre, está en los detalles).que requerirían un debate muy profundo y matizado, tal vez impracticable desde su actual estructura deconstruida. Habría, en definitiva, que hacer política, ese concepto que tantas suspicacias despierta entre los 'indignados'.


En cualquier caso, se alcancen o no los objetivos planteados, el movimiento 15-M constituye un signo muy positivo y alentador desde el punto de vista social. La juventud española, que parecía dormida y sorprendentemente inhibida frente a su propio destino como 'generación perdida', ha reaccionado con lucidez y vigor y dado muestras de ser capaz de organizarse. Eso ha tenido un efecto de arrastre igualmente positivo para otras capas sociales y generacionales, igualmente indignadas por la deriva caótica de un sistema fracasado. En el peor de los casos cabe esperar que este movimiento sea el germen de una sociedad civil dinámica y reivindicativa, un contrapoder que enfrente a aquellas decisiones que se tomen desde el Ejecutivo o mediante consensos entre partidos o entre empresarios y sindicatos que sean lesivos para el conjunto de la sociedad. La existencia de esa sociedad civil es una necesidad imperiosa para España, una sociedad inerme desde siempre ante los designios de quienes dicen representarla.