29 octubre, 2008

Refundar la democracia (VI)


El Estado no es la solución, es el problema.
Ronald Reagan

Mediocre actor de cine y televisión, el 40º presidente de Estados Unidos pasó los primeros cincuenta años de su vida sosteniendo posiciones demócratas y votando esa opción hasta que en los 60 cambió bruscamente. Se dice que tal cambio obedeció a la 'tibia' (?) posición del Partido Demócrata frente al comunismo. Otros lo atribuyen a que entró en contacto con Milton Friedman y éste le 'convirtió'. Sin embargo, probablemente fue la poderosa General Electric quien mayor influjo ejerció en ese cambio.

Tras haber presidido el sindicato de actores SAG (Screen Actors Guild) y denunciado a sus compañeros de profesión de ideas izquierdistas ante el hediondo Comité de Actividades Antiamericanas, Reagan fue contratado como imagen y portavoz de la multinacional (1958-1962). Ahí desarrolló, a plena satisfacción de la empresa, las dotes que le llevarían años más tarde a ser conocido como 'El Gran Comunicador'. Ya en 1964 aparece abiertamente como miembro relevante del Partido Republicano y hace una intensa campaña en apoyo del candidato de su partido, Barry Goldwater.

Hasta qué punto Reagan fue, fundamentalmente, un actor-portavoz toda su vida y no un político genuino es algo difícil de determinar. Lo que está claro es que se tomó muy en serio su papel, hasta el punto de que sólo dos años después de ser elegido gobernador de California en 1966, lo que a cualquier otro actor mediocre -Schwarzenegger, por ejemplo- le hubiera bastado, ya compite, aunque sin éxito, por la nominación republicana a la presidencia. Volverá a intentarlo estérilmente en 1976 frente a Gerald Ford y lo conseguirá finalmente en 1980, con 69 años, lo que le convertirá en el presidente más anciano que ha gobernado Estados Unidos.

Tras dos mandatos del malhadado Jimmy Carter, Reagan aparece como una opción de cambio ante una situación que se caracteriza por el desánimo y la frustración, acentuada en el terreno internacional por el triunfo del sandinismo en Nicaragua y la 'crisis de los rehenes' en Irán, que concluye precisamente el día que Reagan llega a la presidencia. En lo económico, tras la crisis del petróleo, la estanflación ha sentado sus reales y el desempleo se ha convertido en una endemia. Pero el 'salvador' está en la poltrona de la Casa Blanca y la historia va a cambiar.

Reagan llega a la presidencia como profeta del neoliberalismo, patriota, ferviente anticomunista y defensor de los derechos de los estados federados frente al 'exceso de poder' del estado federal. De inmediato elimina el control de precios del petróleo como primer gesto de cara a la reactivación de la economía estancada. La Reserva Federal reduce considerablemente la emisión de dinero para frenar la inflación de dos dígitos que imperaba, lo que logra prontamente, pero al coste de una fuerte recesión en 1981 y 1982. Su política económica, insipirada fuertemente en el monetarismo y ultraliberalismo de Friedman, es bautizada sarcásticamente en esos años como 'Reaganomía'.

El caso es que, por los azares propios de la dinámica económica (la caída de los precios del petróleo, por ejemplo), por las medidas adoptadas o por ambas cosas, la reactivación se produce finalmente en 1983. Para ello, además de lo ya mencionado, Reagan arbitró medidas muy populares entre la clase media, como un drástico recorte de los impuestos, con otras claramente impopulares entre los depauperados, como la reducción del gasto en políticas sociales. Milton Friedman, bendecido con el Nobel en 1976, aplaude entusiasmado. En realidad se aplaude, inmodestamente, a sí mismo.

La aplicación de los principios monetaristas y libertarios (*) de Friedman había fracasado estrepitosamente en el Chile de Pinochet, donde Friedman fue presentado como un profeta por los 'Chicago Boys' que integraban el equipo económico del dictador. Su práctica en la Gran Bretaña de Thatcher se abandonó prontamente, aunque la 'dama de hierro' nunca dejó de ser "una liberal del siglo XIX", como el propio Friedman la calificó. Y esa es precisamente la clave del cambio que se produce a partir de los años 80 en la política económica de todos los países: el retorno al XIX, al capitalismo descontrolado, depredador y salvaje.

Thatcher y Reagan fueron, precisamente, la más acabada expresión política de ese retorno, combinando un discurso ultraliberal en lo económico con otro ultraconservador en lo político. El suyo fue en realidad un papel de representación y defensa de los intereses del más obvio y menos democrático de los poderes: el económico. Y, por supuesto, fueron elegidos y reelegidos por la mayoría de los ciudadanos, que certificaron de este modo su inconsciente conformidad con un modelo económico que hoy, casi treinta años después de su imposición y casi ochenta después del 'crack' del 29, vuelve a caerse en pedazos arrastrando consigo a las sociedades que los soportan a un sima de consecuencias imprevisibles, pero en cualquier caso trágicas para decenas de millones de personas en todo el mundo.

La estúpida fe en la autorregulación del libre mercado se ha pulverizado y sus más fervientes defensores hablan ahora de refundar el capitalismo mientras movilizan un volumen inédito de fondos públicos para sostenerlo (inútilmente hasta la fecha) mientras tanto. ¿Se puede tener alguna confianza en la retórica de los políticos corresponsables de esta catástrofe?

Es es la cuestión. La cuestión, antes que económica, es política. Son gobiernos presuntamente democráticos los que lo han desregulado todo y se han inhibido de todo, serviles y sumisos a los intereses de un capitalismo salvaje y antisocial, regido por la más extrema codicia y una falta de escrúpulos que en la mayor parte de los casos es pura y dura delincuencia de guante blanco.

Conquistas sociales arrancadas a lo largo de siglos por los más humildes con sangre sudor y lágrimas en beneficio de la inmensa mayoría han sido inmoladas ante el sediento Moloch de oro. Todo lo que es bueno para el capital es bueno para la sociedad, se decía. El mercado libre se autorregula, se argumentaba. La flexibilidad en el empleo genera más empleo, se mentía. Así hemos llegado hasta aquí, ante un cataclismo económico de proporciones inéditas y alcance global en el que los estados están intentando cerrar con un chorro gigantesco de fondos públicos las vías de aguas del 'Titanic' de los opulentos.

Sería un error gravísimo diagnosticar que la culpa de este desastre es únicamente de los amos del dinero. Quienes deben vigilar y controlar las consecuencias de la conspiración de la avaricia, en nombre de los ciudadanos a los que representan, se han revelado como cómplices de ella. Aunque contemplado desde un punto de vista radicalmente distinto al empleado por Reagan, nunca ha quedado tan meridianamente claro que "el Estado no es la solución, es el problema".

No hay que refundar el capitalismo, como dice querer Sarkozy. Hay que fundar la democracia, profundizar en ella de modo que nunca más sea posible que quienes dicen representar al 'pueblo soberano' lo traicionen impunemente y acaben vaciando las arcas del Estado a beneficio de sus auténticos señores y patrocinadores. Esa pseudodemocracia no nos sirve. Nunca lo ha hecho y pensar que va a ahorrarnos futuros sobresaltos y sacrificios es algo más que absolutamente ilusorio. Es estúpido.

(*) Dentro de la anómala taxonomía política estadounidense, que califica como 'liberal' a la gente izquierda, se autodenominan 'libertarios' (libertarians) quienes quieren la total inhibición del Estado en la economía, la enseñanza, la sanidad... a mayor beneficio de la iniciativa privada. De hecho es la línea más radical del ultraliberalismo y el neoconservadurismo. Nada que ver con el libertarismo histórico, de raiz anarquista. Quienes siguen reivindicando esa ideología en Estados Unidos se ven obligados a calificarse como 'left libertarians'.

Imagen: Ronald Reagan saluda a Milton Friedman, su 'Pigmalion' económico.

Continuará.

24 octubre, 2008

Refundar la democracia (V)

Quienes insisten en afirmar que la política y la economía son y deben ser cosas ajenas e independientes entre sí para declarar, como consecuencia de ello, la soberanía del mercado, basada en su 'sabiduría' innata, están negando evidencias históricas mayores. En el capítulo anterior, aunque sin especial detenimiento, se ha aludido al papel decisivo que tuvieron las guerras -las napoleónicas en Europa y la de secesión en Estados Unidos- en el enriquecimiento de los míticos Rothschild o del no menos mítico JP Morgan.

Toda guerra es una decisión política. En ocasiones existe en su origen un móvil económico, pero no suele ser el principal. Para los financieros, en cualquier caso, lo normal es que sean un gran negocio, especialmente si patrocinan al vencedor. Estados Unidos llegó al cénit de su crecimiento y expansión a raiz de su participación en las dos guerras mundiales, que situaron su máquina productiva en máximos históricos, con una participación excepcional de las mujeres en el mundo laboral.

Cuando ambas conflagraciones concluyeron, el país, que inicialmente había vacilado en participar, resultó el auténtico beneficiario de las brutales masacres. A diferencia del resto de los contendientes la devastación no le había alcanzado. Sus infraestructuras estaban intactas y su economía lista para seguir creciendo sobre la destrucción generada. El imperio estadounidense brillaba sobre todo el planeta y sólo tenía un competidor político: la Unión Soviética, que económicamente se hallaba en una situación mucho peor y a la que la implicación en la carrera de armamentos y en la espacial, unida a una gestión muy torpe a nivel de política económica acabarían por hundir en las cuatro décadas siguientes.

No hay regla sin excepción y hay guerras que se pagan caras, aunque no se participe en ellas directamente. Basta con apoyar a uno de los contendientes. Eso fue lo que sucedió en el conflicto bélico conocido como del Yom Kippur (día de la expiación, fiesta sagrada judía), cuando Egipto y Siria -los grandes perdedores, despojados y humillados de la guerra de los Seis Días (1.967)- atacaron por sorpresa a Israel. La sorpresa fue genuina porque la inteligencia judía descartaba un ataque en coincidencia con el Ramadán musulmán. Y el resultado, tras apenas veinte días de choques armados, fue el previsible: la derrota de los atacantes, con el apoyo evidente de Estados Unidos y la solidaridad de gran parte de las democracias occidentales.

Lo que siguió a la derrota de los islámicos fue una guerra económica con el principal recurso a su alcance como arma: el petróleo. Los países árabes exportadores acordaron no vender su oro negro a Estados Unidos y al resto de los países 'pro-sionistas'. La esperanza de poder contar con el suministro del resto de los países de la OPEP se vio frustrada ante la decisión de éstos de aprovechar la circunstancia para subir el precio del petróleo hasta un nivel menos 'ridículo' que el vigente, impuesto por 'Las siete hermanas', multinacionales -en su mayor parte estadonunidenses- que actuaban coordinadamente como 'cartel'.

Aunque obviamente el cambio afectó a todo el mundo, especialmente para Estados Unidos el aumento extraordinario de los precios del petróleo supuso un golpe mortal, dado que se inscribió en un cuadro caótico previo que va desde un serio 'crash' brusátil, que se extiende de enero de 1973 a diciembre de 1974, hasta una inflación descontrolada, y está marcado a fuego en lo político por el 'caso Watergate', fiasco traumático de las 'virtudes democráticas' que, según una tradición tan falsa como legendaria, adornan a la 'tierra de los libres'. La nación del 'easy money' y de las oportunidades despierta abruptamente de su sueño y se estremece ante un panorama en el que su prosperidad ya no está convenientemente garantizada.

Previamente, en 1.971, Estados Unidos había abandonado el compromiso de Bretton Woods, que convertía al dólar en moneda de referencia internacional y la vinculaba al patrón oro, y había puesto la divisa en flotación, decisión rápidamente seguida por el resto de las monedas. El fin de Bretton Woods sólo era el principio de una revisión radical del paradigma keynesiano y de los principios del 'New Deal'. De la mano de la crisis del petróleo y de sus devastadoras consecuencias económicas regresa y se fortalece el discurso ultraliberal.

La derrota de Keynes y sus teorías intervencionistas, que Von Hayek no pudo consumar en su agrio debate de los años 50, llegará de la mano de Milton Friedman, mejor comunicador que economista, que vende precisamente el discurso que los dueños del dinero insisten en promocionar. En el horizonte ya se perfilan las figuras del actor Ronald Reagan y de la 'dama de hierro' Margaret Thatcher.

La era de los charlatanes está a punto de empezar.

Imagen: John Maynard Keynes.

Continuará.

21 octubre, 2008

Refundar la democracia (IV)

Dejadme emitir y controlar el dinero y no me importará quién haga las leyes.
Mayer Amschel Rothschild (1744-1812)


La profética afirmación del fundador de la larga, próspera y legendaria dinastía de banqueros Rothschild -primera banca internacional de la historia- ilustra nítidamente el drama inaugural de la democracia, la raíz que la convertiría en su caricatura (la llamada 'democracia formal'), mucho más manejable que una auténtica democracia. La frase se cita expresamente en el documental 'El dinero como deuda', cuya visión insisto en recomendar a quienes sigan esta serie (está en la entrega II). En él se subraya y se explica que son los bancos quienes realmente crean el dinero (y lo controlan), en base a las deudas que con ellos contraen los ciudadanos, las corporaciones e incluso -paradójicamente- el propio Estado, que es quien materialmente lo acuña y emite. El sueño de Mayer Amschel Rothschild es una realidad. Y una pesadilla.

Cuatro siglos antes del nacimiento de Cristo, cuando la cultura judeo-cristiana que hoy impera en el mundo no podía ni presagiarse, un filósofo griego tenía muy claro lo que sería una auténtica democracia. Aristóteles, en 'La Política', establece que "en una democracia los pobres tendrán más poder que los ricos porque son más y la voluntad de la mayoría es suprema". He ahí enunciada, en síntesis, la utopia democrática, una forma de gobierno que ha llenado los sueños de innumerables generaciones a lo largo de la historia.

No hay dos utopías más antitéticas que la democrática y la capitalista. Eso es algo que los demócratas genuinos tienden a ignorar, pero no los financieros, que por sí o por potencia interpuesta abortan todo intento de gobierno del pueblo -o para el pueblo- allí donde se produce. Insistiré aún: asegurar el propósito de 'refundar el captalismo' desde el poder político 'democrático' de curso 'legal' no es otra cosa que un cínico sarcasmo propio de un mistificador oportunista como Nicolas Sarkozy.

Pero volvamos a los Rothschild y a su portentoso destino. Lo primero que aprendió el habilidoso fundador de la dinastía fue la conveniencia de acercarse al poder político. Su proximidad a Guillermo I, príncipe de Hessen-Kassel, uno de los aristócratas más ricos y uno de los prestamistas más importantes de Europa, le proporcionó conocimientos impagables y buenas oportunidades de negocio. Lo segundo que aprendió fue la importancia de disponer de información privilegiada, de la que disfrutó mediante el soborno del responsable de los correos, el príncipe de Thurn y Taxis (1). Cuando, a través de los cinco hijos varones de Mayer, la banca Rothschild se internacionalizó estableció un sistema de correo rápido y seguro, que servía no sólo para transportar dinero sino también información a mayor velocidad que el parsimonioso correo de la época (2).

Las guerras fueron el gran negocio de los Rothschild en una Europa en permamente conflicto y los hijos de Mayer (Amschel en Frankfurt, Salomón en Viena, Nathan en Londres, Kalmann en Nápoles y James en París) las financiaron sin reparar en el beneficiario. Mientras James prestaba dinero a Napoleón, Nathan financiaba la empresa bélica de Wellington, que combatía a aquél en España. La banca internacional no sólo no tiene patria, sino que también carece de debilidades políticas. Su única apuesta permanente es por al máximo beneficio y el máximo poder. Ese es su único credo.

La larga saga de los generalmente longevos Rothschild es el paradigma de la evolución del capitalismo financiero internacional y ha devenido casi una leyenda en la que resulta difícil discernir lo cierto de lo falso, dada la inclinación familiar al secreto (3). Hay quien estima que pese a mantener una apariencia sólida pero modesta, a través de pequeños bancos, son ellos quienes controlan el oro del mundo y que su mano se oculta tras instituciones financieras estadounidenses como Morgan, Rockefeller o Warburg, enriquecidos a raiz de la guerra de secesión americana (1861-1865). Siempre las guerras.

El conjunto de la banca vive un periodo de esplendor extraordinario en coincidencia con las aventuras coloniales europeas y la gran vitalidad y expansión de la economía de Estados Unidos, donde al final victorioso de la I guerra mundial sucede un periodo de extraordinaria euforia. Pero el 'crack' de 1929 no deja lugar a dudas de que algo está mal -muy mal- en un sistema económico basado en el crecimiento descontrolado y la especulación desbocada. Entonces, como ha ocurrido ahora, el índice bursátil había crecido hasta un nivel extraordinario e irreal justo antes de que se precipitara al abismo vertiginosamente (4).

La trágica consecuencia fue una prolongada depresión económica que afectó en mayor medida a los ciudadanos más modestos, en especial trabajadores y pequeños propietarios agrícolas. El Estado hubo de atajar la catástrofe y prevenir su repetición mediante un conjunto de medidas intervencionistas (el New Deal, patrocinado por Franklin D. Roosevelt). Posteriormente, en la Conferencia de Bretton Woods (1944), se sientan las bases del nuevo orden económico internacional, basado en el dólar, y apoyado en dos instituciones cuyo papel en la presente crisis está siendo muy cuestionado: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Los estados intervienen en la economía y, aunque no sin conflictos ni suspicacias, la confianza se restablece en gran medida. El poder financiero se da por satisfecho, pero ¿es preciso subrayar que sólo lo hace de modo provisional? Subrayémoslo entonces.

(1) Una anécdota revela la naturaleza de la relación de estos dos personajes: El príncipe de Thurn y Taxis visita a Rothschild y lo encuentra trabajando. "Tráigase una silla", le dice el banquero. "Soy el príncipe de Thurn y Taxis", responde ofendido el aristócrata. "Entonces traiga dos", le replica el banquero. Parece sacado de Groucho Marx, ¿verdad? Sin duda es humor judío, pero teñido en este caso de sarcástica arrogancia.
(2) Se cuenta que un agente de confianza de Nathan Rothschild, desplazado a la zona de Waterloo para seguir la batalla, reventó caballos y cruzó el canal a toda velocidad para llegar a la Bolsa de Londres un día antes de que se conocieran oficialmente las noticias de la derrota de Napoleón. Allí procedió a vender a toda prisa acciones de su patrón, lo que llevó a los presentes a la idea de que el derrotado había sido Wellington y a imitar su vértigo vendedor. Para Nathan fue un día inolvidable, pues sus agentes encubiertos compraron a la baja todas las acciones; las propias y las ajenas, que eran las que realmente interesaban.
(3) La más reciente aparición de un miembro de la saga ha sido, sin embargo, rutilante y significativa. Edmond de Rothschild se hizo en 2005 con la propiedad del diario francés Liberation, refugio hasta entonces de las ideas que tuvieron su hora en mayo del 68. El sarcasmo no puede ser más cruel.
(4) Sólo en 1954, 25 años después, las acciones recuperaron el valor que tenían inmediatamente antes del 'crack'.

Imagen: Mayer Amschel Rothschild, el fundador de la dinastía.

19 octubre, 2008

Refundar la democracia (III)


En un tiempo de engaño universal decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.
George Orwell

Más allá de la obviedad de que la palabra democracia significa desde su origen "Gobierno (kratos) del pueblo (demos)" y que tal cosa no existe ni ha existido sobre la faz de la tierra (salvo circunstancialmente y en comunidades muy pequeñas) hay otra obviedad incuestionable: no se puede refundar lo que no existe más que como idea. El capitalismo y su hegemonía son un hecho, la democracia en cuyo nombre alguien dice querer 'refundar el capitalismo' es una ficción. Las falsas democracias que vivimos son la obra del poder económico y no al revés. Esa es la cuestión clave: la política carece de la autonomía y la legitimidad necesarias para esa tarea.

La 'democracia' que tenemos es la que conviene a los poderosos: una falsificación. Ciertamente, todas las consituciones 'democráticas' del mundo se refieren, para legitimarse, a la auténtica y desconocida democracia. Enumeran toda una serie de derechos y deberes ideales que las leyes posteriores -junto con las omisiones y abusos habituales- convierten en papel mojado.

Eso es lo que se llama 'democracia formal', algo que yo, sarcásticamente, acostumbro a calificar como 'democracia teatral', en la medida en que la representación política de los ciudadanos es suplantada por una escenificación (representación también, pero en un sentido muy diferente) destinada a mantener la ficción de que es el pueblo el que decide más allá de toda evidencia palpable.

Las sedicentes democracias que habitamos son el producto de un momento histórico crucial (segunda mitad del siglo XVIII) en el que la creciente consolidación de la clase burguesa -producto del auge de la industria, el comercio y la actividad financiera- exige el fin del absolutismo monárquico y de los privilegios políticos y económicos de una aristocracia putrefacta y parasitaria, que yugula su libertad para expresarse, actuar y enriquecerse.

La revolución francesa es el paradigma. Y no cabe negar que existía una intelectualidad burguesa honesta e idealista, que en gran medida ayudó a iluminar el país y el mundo con la luz de la razón y la libertad. Pero detrás y junto a ella latía, simplemente, el deseo de la nueva clase de tomar el poder, todo el poder. El hecho de que no mucho más tarde llegase Napoleón no es en absoluto contradictorio, sino coherente con los planteamientos burgueses.

La tendencia jacobina que se impone en un momento dado del convulso proceso revolucionario es radicalmente contraria a los intereses de la nueva clase en expansión. El establecimiento de precios máximos para los productos de primera necesidad y la nacionalización de algunas industrias le exasperan, mientras que la vigilancia y presión que los jacobinos ejercen sobre los diputados conservadores para que no se altere el espíritu revolucionario original frustra sus propósitos. El caos se instala y da aliento a los partidarios del antiguo régimen absolutista, pero también a quienes quieren ir más allá, hacia el socialismo (Babeuf).

Paradójicamente, Napoleón Bonaparte, el general corso que pone orden, se autocorona emperador tras haber pasado por el Directorio y el Consulado de la república. Su ambición territorial y su talento militar poseen la virtud de catalizar el ánimo de todos los franceses y congelar la ebullición política precedente. Él, además, tiene la habilidad de mantener en lo esencial la letra de algunas de las conquistas del periodo revolucionario: la igualdad de todos ante la ley, la negativa de los privilegios clericales, la libertad de expresión y las libertades individuales.

Irónico, pero cierto. De la mano de un emperador pequeño burgués, la gran burguesía francesa ahuyenta sus fantasmas, se consolida y se enriquece.

¿Y la democracia? Puede esperar. Aquella democracia que el jacobino Maximilien Robespierre había enunciado en términos de "es un estado en el que el pueblo soberano, quiado por unas leyes que son obra suya, hace por sí mismo todo lo que puede hacer, y mediante delegados todo lo que no puede hacer por sí mismo" podía esperar. De hecho sigue haciéndolo dos siglos después y por las mismas razones.

Imagen: Jean-Jacques Rousseau

Continuará.


18 octubre, 2008

Refundar la democracia (II)

Antes de entrar en el meollo del tema creo necesario aportar algunos materiales que ilustran -del modo más ameno posible- hasta qué punto son indecentes y arriesgadas las prácticas financieras usuales y también en qué medida es gravísima la responsabilidad de los gobiernos en la crisis económica que está sacudiendo el mundo.

El primero es un impagable documental, 'El dinero como deuda', que explica, con claridad y capacidad de síntesis, lo que es actualmente el dinero, cómo nace (también por ende cómo escasea, tal que ahora con la crisis de liquidez) y hasta qué punto es una 'realidad' virtual. Los datos que aporta son de importancia esencial para comprender a fondo lo que está sucediendo. Deja claro, por otra parte, hasta qué punto 'la refundación del capitalismo' no es otra cosa que una gratuidad retórica de Sarkozy: un imposible absoluto sin un previo consenso político, que a estas alturas de la historia debería ser global.

El dinero es deuda



El segundo vídeo ilustra, con genuino humor negro británico, el intríngulis de las hipotecas 'subprime', ese tocomocho cuyo predecible fracaso inició la crisis generalizada de confianza que es la causa del terremoto económico que vivimos.




Finalmente, Leopoldo Abadía desarrolla en su blog la historia de la que, en honor a los beneficiarios (primeras víctimas en realidad) de las hipotecas 'subprime', denomina 'la crisis NINJA', a partir de las iniciales que definían su situación: No Income, No Job, no Assets (sin ingresos, sin trabajo, sin bienes). Para mayor comodidad, ofrece un PDF que puede leerse cómodamente offline o imprimirlo para mayor comodidad aún.(son 50 folios)

Sé que es bastante tarea, pero hay un fin de semana por delante y tenéis la oportunidad de disfrutar el derecho a estar informado (clave para ejercer responsablemente la ciudadanía), ese derecho que niegan los mass media en una conspiración de silencio que les califica mejor que cualquier adjetivo conocido. Ellos, como los gobiernos, comparten responsabilidades en esta debacle que parece imparable.

Continuará.

16 octubre, 2008

Refundar la democracia (I)

Anoche, mientras Nicolas Sarkozy anunciaba pomposamente el propósito comunitario de llevar a la conciencia del mundo -y más específicamente de EE UU- la necesidad de 'refundar' el capitalismo, el índice Dow Jones de la bolsa estaodunidense experimentaba su mayor caída en más de dos décadas. Ciertamente, los mercados bursátiles no son la medida de todas las cosas, pero el perfil 'psico-emocional' que delatan sí es el espejo exacto de una situación netamente patológica.



Las bolsas -todas- son el termómetro de la desconfianza desatada en un sistema económico basado esencialmente en la especulación. La consideración del 'cuadro médico' (*) del paciente (índice Fibonacci del Dow Jones) evidencia que está pasando de un euforia enloquecida a una depresión profunda.

Esa gráfica muestra un crecimiento sistemático desde 2003 hasta comienzos de 2008. El incremento roza los 6.000 puntos y a nadie se le oculta que no responde en absoluto a los índices de crecimiento de la economía real ni a expectativas razonables de que éste se produzca. Se trata de especulación pura y dura, un fenómeno que duda levemente cuando se produce el fiasco de las hipotecas 'subprime' para emprender a continuación una disparatada escalada, tanto más paradójica cuanto la crisis de liquidez era ya una evidencia.

Los mercados bursátiles nos muestran la cara más descarnada y repulsiva de ese capitalismo que Sarkozy dice querer 'refundar', como si el egoísmo, la codicia, el fraude y la falta de escrúpulos que imperan en la jungla desregulada fueran modificables mediante una delicada intervención en el genoma de la avaricia.

Hay un hecho que parece escapárseles a nuestro cínicos y desprejuiciados políticos, cómplices objetivos de la debacle que se está desarrollando: no se puede corregir la naturaleza antisocial del capitalismo sin proceder antes a una corrección más viable, lógica y urgente: refundar (auténticamente) la democracia.

Cuando los gobiernos representan en mayor medida los intereses de la minoría opulenta que los de los ciudadanos cuya voluntad secuestran; cuando la representación de la pluralidad social y política de los estados se reduce artificialmente a Gobierno y Oposición (con frecuencia intercambiables); cuando es el erario público el que acude masivamente en ayuda de un sistema financiero -que en muchos casos debería ser denunciable de oficio- a costa del bienestar social presente y futuro lo que hay que refundar es esa sedicente democracia.

De otro modo, tras algunos años o décadas volverá a ocurrir lo mismo que ahora sucede y volverán a pagar justos por pecadores. Estamos ante un fraude recurrente e intolerable.

(*) Índice no actualizado.

Continuará

26 septiembre, 2008

'Los girasoles ciegos': La memoria ineludible


'Los girasoles ciegos' es el libro que más me ha emocionado (y conmocionado) en muchos años. El modo en que Alberto Méndez logró trasladar a la literatura el clima trágico, sórdido y angustioso de la guerra y la posguerra española, a través de cuatro relatos que forman de hecho una novela, constituye todo un magisterio que seguramente dejará su nombre en la historia, pese a ser sólo una de sus dos obras publicadas.

José Luis Cuerda -que coincidió con Méndez en TVE, donde ambos trabajaban- ha elegido uno de los relatos de esa obra tremenda (que no tremendista) para hacer una película que finalmente ha sido nominada para representar a España en los Oscar. La historia elegida es tal vez la menos terrible de las que integran la obra, pero la más eficaz a la hora de trasladar el clima febril, enfermizo y ominoso de un tiempo de silencio y represión en el que la dignidad personal estaba tan interiorizada como el miedo.

No he visto la película, pero no dudo que Cuerda -por tantos motivos personaje crucial del cine español actual- habrá sabido traducir con eficacia el texto. Para ello contó con la ayuda del extraordinario guionista Rafael Azcona -aún más crucial, todo un monumento-, que gastó en la empresa, con casi juvenil entusiasmo, sus últimas energías, minado por el cáncer de pulmón que le condujo a la muerte el pasado 24 de marzo.

Confío también en que la película conduzca al público a su fuente literaria porque los cuatro relatos, sutilmente interrelacionandos e históricamente situados entre 1936 y 1942, forman una obra que todos -independientemente de sus inclinaciones ideológicas- deberíamos conocer. Dicen que los pueblos que ignoran su historia están condenados a repetirla, determinismo sumamente discutible.

La pregunta clave en estos momentos es a qué están condenados los pueblos que, deliberadamente, aprueban que se decrete el olvido de una historia todavía viva en tantas memorias, so pretexto de una reconciliación que es tanto más virtual cuanto prospere ese olvido.

Ilustración: Van Gogh pintando girasoles, por Gauguin.

17 septiembre, 2008

Riesgo y beneficio: Una relación desequilibrada

Dentro de la más remota tradición teórica del capitalismo existe un axioma 'incontestable' para justificar la apropiación exclusiva de la plusvalía (el beneficio) por parte del empresario (inversor): el riesgo que asume con su iniciativa socialmente 'productiva' . Así, el riesgo se convierte en el justificador primero y último -absoluto, en definitiva- del sistema.

La historia demuestra, sin embargo, que, mientras los beneficios son reales e indiscutibles, los riesgos son tan relativos como cuestionables. En los negocios la suerte y su opuesto -la desgracia- juegan un papel mucho menor del que suele atribuirseles. Cuando se toman las decisiones adecuadas, se calculan los riesgos objetivamente y se actúa con prudencia y sagacidad el riesgo deviene casi irreal.

Ciertamente, existen los cataclismos económicos, como el que ahora se está desarrollando en la economía estadounidense y por ende global, por la misma razón que existen los inversores temerarios. De hecho, la temeridad empresarial y la inhibición estatal son las grandes responsables de la situación que se ha creado y que está afectando a los mercados de todo el planeta.

Pero incluso en una situación caótica, que genera desconfianza y alarma irracionales, queda el Estado, -el llamado peyorativamente "Estado Providencia"-, por extraño y contradictorio que resulte en tiempos de visceral ultraliberalismo, para evitar el descalabro socioeconómico general. De ese modo -aunque ese no sea el objetivo fundamental de la intervención del Estado- se salva también el trasero a los temerarios jugadores a cara o cruz, que, por otra parte, normalmente no corren riesgo alguno de verse en la miseria.

A nadie se le oculta que los aventureros de las finanzas acostumbran a diversificar riesgos y que sus beneficios pretéritos están refugiados en suntuosos bienes inmuebles e inversiones seguras (arte, oro...), amén de sumergir su adorado dinero 'excedente' en paraísos fiscales, al margen de todo rendimiento social. Ellos exprimen la naranja hasta la última gota, pero se las apañan, hábilmente, para no ser 'exprimidos' con ella.

En mi último post cometí el error de interpretar la postura de inhibición de la Reserva Federal ante la situación de Lehman Brothers como un cambio de actitud respecto a los precedentes de intervención en los casos de Bear Stearns, Fanny Mae y Freddie Mack. El salvamento, en última instancia, de la gran aseguradora AIG clarifica la filosofía de la FED, que consiste en actuar sólo cuando no queda otra alternativa y para evitar nefastos efectos en cadena con incidencia no sólo en otros sectores económicos sino también directamente sobre los ciudadanos.

No era ese el caso de Bear Stearns, por supuesto, pero en marzo, cuando la FED subvencionó su 'venta' a JP Morgan por 236 millones, se estaba lejos aún de la negra perspectiva que ahora se ha hecho presente. La pretensión de Barclays de obtener con Lehman Brothers un 'regalo' similar fue desechada por la FED no sin las lógicas zozobras. El paso de los días ha demostrado que fue la actitud correcta, como lo prueba que Barclays haya acabado comprando importantes activos de Lehman en Estados Unidos y esté negociando la compra de otros en Europa.

Finalmente, como dijo el carismático Greenspan ante la crisis de Lehman, "unos pierden y otros ganan". Así es el juego del Monopoly..., digo, "el curso de las finanzas", que es lo que afirmó con flagrante obviedad el ex responsable de la Reserva Federal, a quien, por cierto, se responsabiliza en parte de la situación presente por su invariable política de mantener baja la tasa de interés durante su dilatada permanencia en el altísimo cargo.

Volviendo al hilo de la relación beneficio-riesgo, los últimos acontecimientos prueban que está ampliamente desequilibrada. El riesgo en sí es -dada su relatividad- un argumento fútil a la hora de justificar la apropiación exclusiva de la plusvalía, pero más allá de todo eso -que a estas alturas resulta anacrónico debatir- hay que sacar conclusiones de las evidencias que la actual crisis nos depara de que finalmente el riesgo personal y/o corporativo recae finalmente en gran medida sobre las arcas del Estado, que son nutridas por el conjunto de la población.

Sería utópico cuestionar en estos momentos la legitimidad del beneficio, pero dado que el riesgo que lo 'justifica' se socializa cuando surgen crisis que, como la actual, sólo son posibles merced a actuaciones temerarias e irresponsables (cuando no fraudulentas) de los detentadores habituales de los beneficios, el debate (urgente e ineludible) ha de situarse en la 'filosofía' económica vigente, que ha propiciado la débacle: el ultraliberalismo, que reivindica la autonomía omnímoda del dinero y la soberanía imperial del mercado.

La crisis brutal que ahora está sacudiendo la economía global no es algo coyuntural o circunstancial y mucho menos la secuela de una fenomenología imprevisible e incontrolable. Es la consecuencia última de un modelo inadecuado. Y digo última no porque confíe en una rectificación, sino porque a lo largo de las últimas décadas no han faltado crisis puntuales que advirtieran de la fragilidad de dicho modelo y de los riesgos inaceptables que comporta.

Más que nunca, en una economía globalizada se impone la necesidad de que los estados fiscalicen tan estrechamente como sea posible la actividad económica 'privada'. Es el bien común lo que está en juego y algo tan esencial no se puede dejar en manos de quienes, persiguiendo exclusivamente su propio beneficio por cualquier medio, arriesgan el bienestar de todos mucho más que el propio. Es así de simple.

Pie de foto; La torre de AIG en Hong Kong. Niels Jakob Darger

15 septiembre, 2008

Masacre en la jungla financiera

Este lunes, 15 de septiembre, seguramente quedará en la historia como una de las fechas más negras en los anales del capitalismo. Desde que el sol se ha levantado sobre el planeta las bolsas de todo el mundo están experimentado caídas considerables que seguramente sólo van a ser un síntoma indicativo de lo que sucederá cuando abran los mercados en Estados Unidos. El Banco Central Europeo (BCE) ha considerado necesario anunciar una inyección de liquidez de 30.000 millones de euros para minimizar los daños, mientras en España la Bolsa de Madrid caía hasta el borde de los 11 puntos poco después de su apertura en una clara evidencia del miedo y la incertidumbre que caracterizan esta jornada caótica.

Ayer, domingo, fue en realidad la jornada clave cuyas consecuencias conoceremos en toda su extensión hoy al anochecer. No fue precisamente un día de ocio para los más importantes financieros de Estados Unidos, convocados de urgencia por la Reserva Federal. La bancarrota de Lehman Brothers, cuarto banco de negocios de Estados Unidos y veterana institución financiera estrechamente vinculada al desarrollo del capitalismo estadounidense, encendía todas las alarmas. La compra de Merrill Lynch -otro emblema del sistema financiero de EE UU- por el Bank of America confirmaba la gravedad de una situación que ha tardado todo un año, desde el petardazo de las hipotecas 'subprime', en comenzar a mostrar su virulencia profunda y extensa.

Algo cambió, precisamente ayer, en el tratamiento que la Reserva Federal ha venido haciendo de las entidades 'enfermas', y ese algo aumenta aún más la inquietud en los mercados. Después del precedente de tres intervenciones generosamente paternalistas en Bear Stearns (virtualmente regalada a JP Morgan por 236 millones de dólares, con un descuento del 93% de su valor en bolsa a cargo de la Reserva Federal) y de la inyección (que no nacionalización) de 200.000 millones de dólares en FNMA (Fanny Mae, familiarmente) y FHLMC (Freddie Mac) se acabó lo que se daba. El Tesoro estadounidense ha decidido que cada palo aguante su vela.

Alan Greenspan, carismático ex responsable de la Reserva Federal, admitía ayer que no tenía noticia de "nada parecido" a lo que está sucediendo y que, en todo caso, el Estado no puede tender una "red de seguridad" bajo el conjunto de sistema. Su sibilino augurio -rechazó hablar de casos concretos- rehusó todo optimismo al asegurar que siempre hay ganadores y perdedores y que, dada la inédita interconexión del sistema "a escala internacional", la estabilización de los mercados deberá pasar por "una serie de acontecimientos en el mundo entero".

Estamos todavía, según todos los síntomas, lejos del ansiado fondo del pozo de esta crisis global. El problema no es sólo el estado real de las finanzas de una u otra entidad financiera -generalmente oculto bajo una opacidad inquietante- sino la confianza de los accionistas. Aún con alternativas y sustos que al buen entendedor le han estado lanzando mensajes de prudencia a lo largo de las dos últimas décadas, los inversores y brokers han asistido generalmente a un aumento sistemático de sus beneficios. La orgía irresponsable de la avaricia especuladora ha acabado encontrándose, como ocurrió en el caso de los 'bonos basura', con un montón de papel sin valor o con síntomas evidentes de ir a perderlo. Y el pánico ha prevalecido.

Ha sido el pánico, efectivamente, el responsable último de la declaración de bancarrota de Lehman Brothers, una compañía con activos importantes que, tras una caída del 80% del valor de sus acciones como balance de la semana pasada, no ha visto otra alternativa para intentar "salvar los muebles". Pero el pánico, aunque llegue a ser irracional, no es gratuito. Nace de la desconfianza y esa desconfianza no carece de fundamentos. El largo año trascurrido desde el gigantesco fiasco de las 'subprime', cuyas consecuencias han estado sumergidas hasta los desenlaces traumáticos de las últimas semanas, ha desatado la paranoia. Todo el sistema financiero estadounidense ha caído bajo sospecha y así se conforma el peor de los escenarios. Los mentideros económicos anuncian ya los tres batacazos próximos: Wachovia, Washington Mutuals y la aseguradora AIG, candidatos firmes a terminar esta aciaga jornada en K.O.

Estamos ante las consecuencias últimas del éxito universal de la prédica 'libertaria' de la Escuela de Chicago, defensora a ultranza del 'laissez faire, laissez passer'. Milton Friedman, mascarón de proa de la 'filosofía' que postula la sabiduría del mercado y exige la inhibición del Estado en la actividad económica, llegó a atribuir el "crack" de 1929 a la política de la Reserva Federal durante los años 20. ¿A quién le echarán la culpa ahora los que defienden la ausencia de policía en la jungla del egoísmo?

Pie de foto: El Nobel Milton Friedman, junto a su seguidor Ronald Reagan.

La crisis, en La Espiral"

Crisis hipotecaria: Las consecuencias, los responsables

'Es la economía, estúpido', pero... (I)

'Es la economía, estúpido', pero... ( y II)

Vacas flacas (I)

Vacas flacas (II)

Vacas flacas (y III)




31 julio, 2008

Hasta septiembre

Se inicia el éxodo masivo veraniego y yo debo volver a donde suelo tras haber 'disfrutado' mis propias vacaciones. No he escrito gran cosa últimamente, pero este mes de agosto escribiré aún menos en 'La Espiral'. Nada, para ser exacto.

Espero, eso sí, concluir - o al menos avanzar- en el interminable relato "Secuelas de un día de sol de primavera" en 'Desolaciones', más por vencer el reto que me tiene planteado que por ninguna clase de entusiasmo literario o expectativa ilusa.

Tal vez haga algo, si tengo humor, en 'Toda esa música', pues tengo pendientes desde antes de mis catástrofes informáticas dos posts, uno sobre Warda Al Jazairia, cantante argelina en la onda tradicional de la canción arabe que entronca con Um Kalzoum, y otro sobre Adrew Bird, compositor, cantante y violinista estadounidense de considerable originalidad.

El resto será silencio.

Disfrutad el descanso, cargad las pilas y reconsiderad el rumbo porque no hay destinos inalterables. A la vuelta la crisis económica empezará a mostrar su auténtico rostro y habrá que mirarla directamente a los ojos.

Finalmente, no quiero dejar de felicitarme y felicitaros por las dos últimas cornadas que la Justicia le ha infligido al más popular de los insultadores de oficio de este país de nuestros dolores. Tal vez los obispos también aprovechen este mes vacacional para reflexionar sobre los destinos de la Cope, ese púlpito de la injuria gratuita que es cualquier cosa menos cristiano.

Salud.

14 julio, 2008

Vacas flacas (y III): La 'tragedia' española

En una crisis, sé consciente del peligro, pero reconoce la oportunidad.
John F. Kennedy

Para España la crisis es como una tragedia griega. Se puede decir que la historia que hemos empezado a vivir y que pone fin a un eufórico y autosatisfecho sesteo estaba escrita. Todo economista serio e independiente que ha estudiado a fondo la estructura económica española a lo largo de los últimos veinte años ha visto y señalado los pies de barro del becerro de oro.

Progresábamos, sí, pero sin cimientos. A un rápido y fuerte crecimiento inducido gracias a los fondos europeos tras el ingreso en la UE en 1986 le siguió un momento clave a partir de 1999: el proceso de transición al euro y su definitiva implantación en 2002. Entonces, bajo un Gobierno del PP, se pudo redirigir el rumbo de la economía hacia una mayor racionalidad, pero no se hizo. Ni siquiera se intentó.

La impunidad general con que afloraron toneladas de dinero negro en aquella época fue un pésimo síntoma y supuso un aliento no sólo a la defraudación como sistema sino también al incremento de una economía fundamentalmente parásita y especulativa que encontró en el sector inmobiliario el lugar más cómodo, abierto y rentable a sus intereses. Así, por un camino diferente, se ha llegado a un fiasco similar al de las hipotecas 'subprime' estadounidenses.

El previsible pinchazo de la 'burbuja inmobiliaria', tan gigantesca como frágil, ha dejado sin beneficio previsible a corto plazo inversiones de un volumen impresionante. Y la solución es más que complicada, si se tiene en cuenta que se ha construido el doble de lo necesario, según fuentes del propio sector. Ha sido una locura. Una locura suicida.

Tanto los gobiernos del PP como los del PSOE han hecho el 'don Tancredo' a la perfección. En coherencia con el liberalismo económico, al que ambos son fieles por más que se discuta el de los 'socialistas', han dejado hacer, han dejado pasar. Que los 'populares' culpen ahora a Zapatero (siempre Zapatero, no el Gobierno, no el partido) de inoperancia e incluso de “engaño” ante la crisis que se cernía es un sarcasmo superlativo si se tiene en cuenta -y hay que tenerla- su culpable inhibición mientras gobernaron.

En los tiempos actuales de la economía, descartados el dirigismo económico y la planificación imperativa como instrumentos del Estado, hay que admitir que no es gran cosa lo que los gobiernos pueden hacer en el terreno económico, aparte de utilizar adecuadamente la inversión pública. Sólo cuentan con un limitado repertorio de medidas de estímulo y desestímulo (o penalización, en último extremo) de la actividad económica privada. En el capítulo del desestímulo apenas se ha hecho nada en España. Y menos aún en el de la penalización.

De todos modos, la economía española no tiene el mayor de sus problemas en las cuestiones meramente estructurales, sino en su superestructura. Buena parte del capital español se resiste a ingresar con todas sus consecuencias en esta fase avanzada del capitalismo. La filosofía canalla del 'pelotazo' predomina, en buena medida alentada por las facilidades para perpetrarlo. La cultura empresarial de la innovación, el riesgo y el trabajo es una fruta rara por estos pagos y las consecuencias para el conjunto de la economía nacional no pueden ser más nefastas.

España, que es (pronto, quizás, habrá que decir fue) la octava potencia mundial en los rankings macroeconómicos, sin embargo se hunde en el puesto 33 en competitividad, sufre un déficit comercial endémico e insostenible y tiene una deuda exterior que duplica el Producto Interior Bruto. Si a ello se une el aumento del paro como consecuencia del 'crack' inmobiliario, los precios desatados del petróleo, el nivel suicida de endeudamiento familiar, con la vivienda como protagonista, y un índice de inflación que supera la media de la zona euro sin otros visos, por ahora, que los de aumentar, el panorama es francamente desolador.

¿Soluciones? No hay. Dependemos, una vez más, de la tracción de las 'locomotoras' externas. Y, como es bien sabido, nuestro vago vagón acostumbra a ponerse en marcha con notable retraso respecto a ellas. Sin duda nos quedan por delante un número indeterminable de años de 'vacas flacas'. Provisionalmente, debemos alegrarnos -si alguna alegría cabe- de que sea un Gobierno del PSOE quien haya de gestionar esta crisis, pues cabe esperar que minimice en la medida de lo posible, las consecuencias sociales de ésta sobre los más desfavorecidos.

Lo que no sé si cabe esperar es que los principales actores económicos reflexionen en profundidad sobre el rumbo futuro. No se puede seguir así, consumiendo más de lo que producimos, importando más de lo que exportamos, construyendo más de lo que necesitamos, especulando en lugar de invertir y sosteniendo el insostenible “que inventen ellos”. La crisis nos plantea la oportunidad de rectificar.

La economía no es un casino ni un parque de atracciones. Una buena racha como la pasada no se volverá a ver en décadas. Por duro que sea para muchos, ha llegado la hora de crear, de trabajar, de asumir riesgos calculados, de conjugar la ambición con el esfuerzo, de actuar con lucidez y responsabilidad. Debió hacerse antes, pero nunca es tarde.

¿Necesitan un modelo? Ahí tienen el de siempre: Alemania. Y olvídense los liberales al ajoarriero: aquí no hay mano invisible que valga.

Sobre los precedentes

Es la economía, estúpido, pero... (I)

Es la economía, estúpido, pero... (y II)


10 julio, 2008

Vacas flacas (II): Crisis del modelo

Mi fórmula para el éxito es levantarme pronto, trabajar hasta tarde y encontrar petróleo.

Paul Getty


El petróleo es, desde hace más de un siglo, la sangre de nuestra civilización, el elemento inductor de un avance espectacular en el bienestar social, del que Occidente y Japón han sido hasta fechas recientes los máximos -casi exclusivos- beneficiarios y los principales actores. La sociedad de consumo, que es la consecuencia más notable de ese bienestar, se ha revelado como un poderosísimo motor de creación de riqueza, pero a estas alturas de la historia también ha puesto de manifiesto, con mayor elocuencia que nunca, sus efectos perversos.

La idea de un crecimiento permanente que subyace en los usos derrochadores de los países más ricos es una falacia de la que todos somos conscientes, pero en la que se ha preferido no pensar mientras la realidad sonreía. Si los recursos son limitados (el petróleo lo es y lo sabemos) el crecimiento constante es una utopía impracticable, salvo que se monopolice su producción y distribución, cosa que sólo sería posible 'manu militari'. Huelga decir que ese sería el mayor de los errores y la desafortunada invasión de Irak puede servir como botón de muestra. No se debe intentar condicionar mediante las armas el uso de los recursos naturales que puedan hacer los propietarios de éstos ni se puede apartar a nadie de la lícita competencia por los bienes escasos.

El hecho de que el barril de petróleo haya superado recientemente los 140 dólares es debido (maniobras especulativas aparte) a la aparición de 'nuevos chicos' en el barrio del progreso. Y no son unos pocos, sino cientos de millones de personas pertenecientes a potencias demográficas gigantescas, como China e India, que se han convertido en economías emergentes. Sus índices de crecimiento son brutales y como consecuencia su demanda de materias primas se ha disparado hasta un nivel que altera esencialmente los parámetros en los que se venía moviendo la ley mayor de la economía, la de la oferta y la demanda. La consecuencia inevitable es el aumento de las cotizaciones internacionales no sólo del petróleo sino también de otras materias primas, como los metales, así como los alimentos.

Engolfado en la filosofía hedonista de la cigarra, Occidente afronta ahora las consecuencias de la laboriosidad y voracidad de inmensas legiones de 'hormigas' con las que no contaba en el festín. Ante esa nueva realidad -nada imprevisible, por otra parte- no se puede improvisar. No existen soluciones milagrosas ante una situación que está cambiando velozmente y altera de modo inevitable y esencial nuestra percepción del mundo. Cierto que la crisis probablemente va a afectar en mayor grado a esas economías emergentes que a las desarrolladas y eso aliviará provisionalmente la presión sobre las materias primas, procurando algún respiro a Occidente, pero ese es un triste consuelo. Y además, provisional.

Los economistas se preguntan si nos hallamos o no ante un cambio de ciclo, en el inicio de una etapa de vacas flacas. Y si efectivamente esa es la situación, cuál va a ser su duración y su gravedad. ¿Vamos a sufrir una recesión pasajera o una depresión profunda? Nadie arriesga pronósticos con claridad. Y menos si lo que intuyen es negativo. Nadie quiere ser mensajero de malas noticias, fundamentalmente porque la economía no se rige por leyes invariables, en la medida en que está condicionada por el conjunto de los comportamientos individuales y éstos obedecen a percepciones subjetivas que con frecuencia son escasamente racionales. Nadie quiere alimentar temores que podrían agravar extraordinariamente la situación.

Pero más allá de las consideraciones coyunturales sobre el ciclo económico, su duración y consecuencias, los economistas, los científicos y los políticos deberían esforzarse en sentar las bases de un nuevo modelo económico, especialmente de un nuevo modelo de crecimiento que debe ir acompañado de una revisión profunda del concepto de bienestar social, basada más en baremos cualitativos que cuantitativos. El modelo surgido tras la segunda guerra mundial, impulsado por la extraordinaria salud económica de Estados Unidos, se halla exhausto y es obsoleto. Resulta ya inviable y admitir esa inviabilidad es la condición previa para sentar los cimientos de un futuro ajeno al caos y a la incertidumbre permanente.

Continuará.

09 julio, 2008

Vacas flacas (I): La crisis es global

Y las vacas flacas y feas devoraban a las siete primeras vacas gordas; y éstas entraban en sus entrañas, mas no se conocía que hubiesen entrado, porque la apariencia de las flacas era aún mala, como al principio. Y yo desperté”.

Génesis 41.1-36 (El faraón relata a José su sueño sobre las siete vacas)


Como el faraón, la sociedad española despierta ahora, casi violentamente, del sueño que han supuesto catorce años de prosperidad ininterrumpida (en términos macroeconómicos mucho más que sociales). José interpretó el sueño del monarca egipcio profetizando siete años de escasez tras siete de prosperidad. Nosotros no sabemos aún a lo que nos enfrentamos. Nadie en el mundo lo sabe (y digo en el mundo porque esta crisis, que sí lo es, no es local sino global, por más que algunos, por intereses partidistas, insistan en lo contrario). No lo sabemos, insisto, pero los augurios de quienes se atreven a aventurarlos son cada día más pesimistas.

Hoy mismo el gobernador del Banco de España confirma nuestros peores temores al afirmar que la crisis será más larga de lo esperado. También hoy el diario 'Le Monde' titula empleando la más temida de las palabras: “La recesión amenaza a Europa”, puede leerse en su edición digital. El diagnóstico inicial, que hablaba de una desaceleración más o menos severa está siendo revisado urgentemente a la vista de las señales alarmantes que han comenzado a proliferar. Todas las luces rojas se han encendido, desde occidente hasta extremo oriente. Nadie está a salvo. Los índices bursátiles caen de modo casi constante (en Francia hasta un 30%) y las empresas revisan a la baja sus previsiones de inversión y crecimiento en todas las latitudes del globo. El desempleo aumenta, la inflación crece, el consumo decae...

Cuando todo empezó, hace un año, con el escandaloso asunto de las hipotecas 'subprime' en Estados Unidos (*), nada indicaba que la economía mundial empezaba a deslizarse hacia una sima insondable. Los signos eran, desde luego, inquietantes, pero el deleznable fenómeno 'subprime' se circunsribía, salvo pequeñas excepciones, al marco nacional estadounidense. Sin embargo, el síntoma -un auténtico 'crash'- evidenció la gravedad real de la situación en la medida en que no fue seguido por la recuperación que acompaña normalmente a ese tipo de caídas circunstanciales. La crisis había llegado a los mercados de EE UU para quedarse. La confianza (o el exceso de confianza previo, para ser más exactos) se había esfumado.

Sólo era cuestión de tiempo que el virus se extendiese, arrojando signos crecientes de su gravedad en todo el planeta hasta la fecha. Hoy puede certificarse no sólo la gravedad de la situación actual, sino también el cúmulo de incertidumbres que ese estado de cosas genera, que sólo invita al pesimismo cuando se considera detenidamente el conjunto de las variables implicadas el el cuadro clínico. En economía no hay peor ingrediente que la incertidumbre, la imposibilidad de adelantar previsiones o contemplar en un plazo próximo alguna posibilidad de recuperación.

La desconfianza de los inversores, el miedo enfermizo del dinero a no multiplicarse convenientemente, es un elemento de primerísima magnitud a la hora de desactivar el crecimiento. Mucho mayor, por cierto, que el descenso del consumo privado, que no se puede reactivar por muchas invitaciones que se planteeen. Y ello por la simple razón de que no obedece al miedo, sino a la impotencia. Cuando los precios aumentan sistemáticamente sin que paralelamente crezca la demanda de los productos que se encarecen ni los restantes índices económicos resulta estúpido acusar al mensajero (el sufrido consumidor) de la situación.

Son muchos los economistas que se niegan a vincular el extraordinario aumento del precio del petróleo (188% en ocho años) con la crisis actual, pero no parece 'científico' negar tal relación dada la magnitud brutal de esa subida y su inevitable incidencia en el aumento de los precios. De hecho, es el aumento de los precios en Estados Unidos lo que conduce a los empobrecidos tomadores de las 'subprime' a generalizar los impagos. Cuando para pagar la hipoteca hay que dejar de comer nadie tiene dudas acerca de la opción más razonable.

(*) Crisis hipotecaria: Las consecuencias, los responsables

Continuará.


23 junio, 2008

Tu no tienes 'na' (La informática como propiedad virtual) y III

En numerosas películas sobre la mafia hemos tenido ocasión de conocer una de las prácticas recaudatorias más gratas a la 'honorable hermandad': la venta de protección. Generalmente la historia comienza con unos simpáticos personajes visitando un negocio no necesariamente próspero para convencer a su dueño de la imperiosa necesidad que tiene de protegerlo contra toda amenaza. Si el dueño argumenta que se basta solo y que nunca ha tenido un problema realmente serio el tono de los visitantes cambia y comienzan las insinuaciones acerca de lo que se trata en realidad.

Tal vez concedan a la víctima un pequeño periodo de reflexión, al cabo del cual vuelven a visitarle en una actitud mucho menos conciliadora. El tono se torna ya abierta o veladamente intimidatorio y si el potencial contribuyente insiste en su rechazo le advierten de que no tardará en lamentarlo. Y así es. La violencia vandálica está a punto de hacerse presente y al resistente no le quedará otro remedio que rendirse si quiere mantener a salvo su negocio.

A alguien le parecerá exagerado que compare la protección mafiosa con la que se ofrece en el negocio informático en forma de asistencia técnica o protección 'imprescindible' ante riesgos en principio nada obvios, pero el 'razonamiento' previo a la venta del servicio de protección es el mismo. Los problemas, las amenazas, son reales. Especialmente si se carece del CD de instalación del sistema operativo y si se tiene (lo cual es una experiencia muy común) un conocimiento muy limitado de lo que uno ha comprado realmente. El propietario virtual de informática -tanto más virtual cuanto menos extensos sean sus conocimientos-, se halla bajo una amenaza permanente de sufrir averías o 'cuelgues' incomprensibles y de perder irreversiblemente los datos que tenga en su ordenador, si no ha hecho copia de ellos.

Además, en muchos casos tendrá su equipo inutilizable durante una temporada, pague o no pague una asistencia técnica, pues los responsables de ella hacen todo lo posible para evitar su acción, desde remitir al usuario a una web de soporte que nada soluciona a echarle la culpa a algún elemento de hardware que éste haya instalado. La culpa, sin embargo, suele estar en las 'secretas' complejidades de un sistema operativo aparentemente diseñado para todo y que sale instalado de fábrica (o de tienda), pero no configurado del modo adecuado, pues suele tener habilitados servicios inútiles que generalmente causan problemas, y preinstalados programas a prueba que, por definición, se cargan en el arranque, ocupan memoria y dan el cante.

Quienes insistan en considerar exagerado el paradigma mafioso que he utilizado tal vez reconsideren su idea ante el siguiente ejemplo, que he sufrido en primera persona: pocos días después de comprar mi nuevo ordenador le instalé un programa antiespía en el que tengo mucha confianza, pues, aunque generalmente lo que detecta son cookies carentes de peligro pero que espían minuciosamente nuestros hábitos de navegación con fines comerciales, en varias ocasiones ha interceptado algún troyano que había sido ignorado por el antivirus.

En la primera pasada del programa, junto a las previsibles cookies, marcó un archivo con la extensión 'exe', alojado en un directorio temporal, y cantó la siguiente (aproximada) información: “programa que genera falsas alarmas de seguridad con el fin de instar a la compra de un programa antivirus”. Estupefacto e inquieto, pero aún más curioso, localicé el archivo e investigué sus propiedades. El padre de la perniciosa 'criatura' era Symantec, la empresa de software de protección creadora, entre otros programas 'imprescindibles', de 'Norton 360', que venía preinstalado a prueba por gentileza del fabricante del ordenador, Acer, junto a Microsoft Office.

Mi reacción inmediata fue desintalar el programa de Symantec, que, pese a lo que parezca, no se desintala entero pues considera como elemento aparte 'LiveUpdate', pese a que no lo es en absoluto, y que tambén hay que desintalar aparte para tener la certeza absoluta de que uno se ha deshecho del incordio. Pocos días después le siguió Microsoft Office. Esas decisiones y la revisión de los servicios, deshabilitando algunos y pasando otros de 'automático' a 'manual', puso fin a los pantallazos azules que me quitaban el sueño. Tal vez ahora se entienda mejor mi recomendación del primer capítulo en el sentido de que el comprador exija la deinstalación de los programas a prueba que pueda traer el ordenador que se compra. Suelen ser falsos amigos.

Creo que las reflexiones y los hechos que vengo relatando ponen en evidencia una negativa evolución de la informática ante la que los usuarios nos hallamos indefensos. El ordenador ha pasado de ser un amigo a convertirse en un sospechoso habitual. El abuso ha devenido un hábito y la salud económica del negocio informático se fundamenta cada vez más en la generación permanente de inseguridades.

Hoy un usuario común y corriente necesita un buen programa de backup y al menos una segunda unidad de disco, externa o interna para volcarlo; un antivirus eficaz, de actualización casi diaria, y que generalmente funciona por suscripción (o lo que es lo mismo, alquiler), un antispyware y un antispam para el correo y... mucha suerte. No viene mal tampoco un programa de mantenimiento, como 'Tune up', que controla los riesgos para el equipo que puede suponer -por ejemplo- un registro sobrecargado y fragmentado y facilita un mejor funcionamiento, 'afinando' el sistema mediante diversos recursos, como la evitación de que se carguen en el inicio un exceso de programas o utilidades que ocupan (y bloquean) una cantidad enorme de memoria RAM.

Todo ello lleva el coste de la llamada 'informática doméstica' a un punto bastante desorbitado e impropio. Los estados deberían mantener una mayor vigilancia y establecer sanciones disuasorias para el uso de prácticas abusivas cada vez más frecuentes por parte de las empresas, pero no lo hacen. Las asociaciones de consumidores tampoco parecen considerar, aún, estos problemas como relevantes.

Insisto: estamos indefensos. Y cada día más. Los nuevos hábitos del negocio -especialmente en el software- no sólo atentan contra nuestra libertad, nuestra propiedad o nuestra privacidad, sino que, deliberadamente, generan gastos (para ellos beneficios) indebidos y nos asedian con inseguridades inaceptables.

Leer online: http://laspiral.blogspot.com

15 junio, 2008

Tu no tienes 'ná' (La informática como propiedad virtual) II

Steve Ballmer y Bill Gates, ahora 'filántropo'. El poder siempre sonríe por algo.

Creo que lo relatado en el capítulo anterior acerca de la obsolescencia forzada de mi scanner y de mi disco duro externo puede ilustrar, al menos parcialmente, el título que he dado a esta serie. Si yo tuviera un solo ordenador, este Acer recién comprado, resultaría que, con su compra, habría perdido esos dos valiosos periféricos, cuyos fabricantes han decidido no crear controladores compatibles con el sistema operativo Vista. No es así porque conservo otros dos Pcs (si es que se puede decir que conservo el Dell averiado) con XP Pro instalado, pero no era mi propósito conectar a ninguno de ellos un scanner y si lo hago deberé comprar otra impresora y trasladar ambos periféricos al estudio. En resumidas cuentas: mi libertad de elección ha sido violentada.

Cuando Microsoft da a luz un sistema operativo nuevo hay una gran excitación y alborozo en el mundo del hardware. Todos están convencidos -con razón- de que el nuevo engendro, cuya creación no obedece generalmente a necesidades objetivas y mucho menos masivas del mercado, va a mover las ventas y a ser una fuente providencial de beneficios. De hecho la excitación y los preparativos en el muindo de los fabricantes de ordenadores se inicia con bastante antelación e implica también al mundo de los procesadores, dado que Intel y Microsoft trabajan codo a codo para mantener su evidente hegemonía en el mundo informático.

Cuando la empresa de Bill Gates detalló las características de Windows Vista una parte significativa de los expertos y críticos de prestigiosas publicaciones especializadas y webs y blogs de ese mismo carácter expresaron reticencias y críticas significativas. Nadie le veía sentido, desde casi cualquier punto de vista, al lanzamiento de un sistema operativo completo que sólo añadía más pitos y flautas a XP, lanzado apenas cinco años antes y que tal vez es el sistema más sólido y fiable que Microsoft haya creado nunca.

Inútiles prevenciones. Vista viene preinstalado en todos los ordenadores nuevos (sin disco de instalación en muchos casos, como en mi Acer). XP ha dejado de ofrecer actualizaciones. Es decir, estamos ante el típico 'no te digo que te vistas, pero ahí tienes la ropa'. El mercado manda, nosotros obedecemos.

Vista, excediendo ampliamente el concepto tradicional de lo que es un sistema operativo, introduce tecnologías invasivas que nada tienen que ver con el normal funcionamiento de un ordenador, pues están instrumentalizadas al servicio de intereses empresariales, no sólo ajenos sino también hostiles a los usuarios. La Gestión de Derechos Digitales (DRM) y la eufemística Computación Confiable (Trusted Computing) constituyen de hecho omnipotentes spywares (programas espía) que no sólo vigilan lo que hacemos en “nuestros” ordenadores, sino que, según de qué se trate, lo impiden.

Otra aportación decisiva contra las libertades individuales es la WSPP (Windows Software Protection Platform), destinada en exclusiva a proteger los intereses de Microsoft y a hacerlo por la brava tras formular algunas advertencias ambiguas sobre la conveniencia de desinstalar determinado programa y sustituirlo por uno legal. Hasta qué punto llega en su venganza contra el réprobo lo ignoro, pero considero más que probable que su 'vendetta' conduzca en algunos casos a la inutilización del ordenador previa manipulación del sistema operativo.

Microsoft nos lo dice con una elocuencia insuperable por más que envuelva su puño de acero en un guante de seda: “¿Es este tu ordenador? ¡Eso crees tu!”

Estoy muy lejos de defender la piratería, pero aún estoy más lejos de justificar las vulneraciones de derechos individuales y colectivos avalados por todas las constituciones democráticas. Microsoft es bien conocido por su tendencia a abusar de su posición en el mercado y ha sido sancionado por ello. Sin embargo, su alarmante inclinación a erigirse en Gran Hermano omnipresente y vindicativo no parece inquietar suficientemente a quienes son garantes de los derechos de las personas: los estados. No sabemos con exactitud lo que el gigante de la informática hace, pero la potencialidad que tiene para actuar de modo ilegal e impune produce escalofríos.

Alguien dijo -o escribió- alguna vez que Windows es un virus. Lo dijo o lo escribió cuando todavía el sistema operativo de Microsoft no era lo que ha llegado a ser. A mi me pareció entonces una boutade que pensé generada por algún fanático de Apple. Ahora, sin embargo, no me parece ninguna exageración. Si actúa como un virus y puede causar los mismos daños es que es un virus.

Ahora lo que hace falta es un antivirus, o más precisamente un programa que espíe al virus Windows y tome nota puntual de todas sus actividades inquietantes o ilegales, de modo que cuando haga lo que legalmente no debe hacer se puedan llevar las pruebas ante un tribunal y los autores del virus pagen los daños y sean forzados a reprimir sus ansias. Se trata de una de las empresas más poderosas del planeta, no de un estudiante de ingeniería informática con problemas de personalidad. Aunque, bien pensado, es posible que tanto poder llegue a afectar al equilibrio psicológico y a la conciencia moral.

Sólo diré que estoy considerando seriamente la posibilidad de pasarme al sistema operativo Linux, al menos para mi ordenador doméstico. Creo que ahora está ya bastante maduro y yo también. De otro modo puede que me pudra de asco e impotencia.

Continuará.


11 junio, 2008

Tu no tienes 'ná' (La informática como propiedad virtual) I

Esto, que en principio se plantea como una explicación de mis ausencias de los últimos tiempos, es también -inevitablemente- una diatriba contra los rumbos más recientes del negocio informático.

De entrada, mis disculpas para quienes no entiendan el lenguaje más o menos técnico que tengo necesariamente que emplear. De salida, algunas recomendaciones previas para compradores y usuarios de informática (software y hardware porque ambos son cómplices): medite la compra de un ordenador tanto (o más) como una decisión matrimonial; revise sus convicciones de que lo caro es bueno, sin sustituirlas por las contrarias; exija el disco de instalación del sistema operativo y también que le desinstalen los programas 'a prueba' preinstalados; si tiene conocimientos sólidos de informática, o un buen amigo o pariente cercano que los tenga, opte con su consejo por un ordenador a medida, con la placa base, el procesador, la memoria y el disco duro que prefiera, opción que aún ofrecen algunos vendedores.

Si opta por un ordenador de marca, espere un mínimo de seis meses desde su aparición en el mercado para comprarlo y haga entonces una búsqueda del modelo en Google. Tal vez decida finalmente no adquirirlo. En cualquier caso, exija el mayor detalle posible sobre todos sus elementos principales (placa base, mucho más importante de lo que parece; disco duro; memoria RAM y sólo en último término el procesador). Cerciorese de que no se lleva a casa un enemigo. Revise los contratos de garantía y asistencia con lupa (a veces es literalmente necesario). Finalmente, si es creyente rece todo lo que sepa.


Michael Dell, otro 'chico listo' made in USA.

Hace muchos años -empiezo a pensar que demasiados- que lidio con la informática, tanto en mi trabajo como en mi casa o en mi estudio. Al día de hoy, descontando el que 'me ayuda' a ganarme el pan, tengo cinco ordenadores, pero he de matizar que uno está muerto, otro (un Pentium 3) es manifiestamente obsoleto y un tercero guarda en las entrañas de su disco duro, ahora inaccesible, algunos de los programas más caros y de los documentos más queridos, entre ellos todos los posts de mis blogs.

Ciertamente, la última catástrofe (la muerte de mi ordenador doméstico) no me cogió desprevenido. Seis meses antes de su fallecimiento había realizado un backup completo. Tras hacer comprobaciones exhaustivas para certificar sin lugar a dudas el deceso, me traje del estudio a casa un Dell Dimension 9200 comprado en septiembre de 2006 con el hipotético destino de ser destinado al trabajo con vídeo y que no había tenido mayor uso desde entonces, por falta de tiempo, que la instalación de un tarjeta Firewire para la adquisición de vídeo y unos cuantos programas (legales y nada baratos).

Ese y el encendido esporádico para cerciorarme de que funcionaba había sido todo el 'desgaste' que había sufrido el flamante Dell, al que volqué el backup del difunto (sólo programas y documentos, preciso). Tras algunos días de funcionamiento normal y de relax espiritual y físico para mi empezó a dar problemas, con una deprimente proliferación de pantallas azules que nada aclaraban sobre las causas. Finalmente dejó de arrancar, argumentando que faltaba o se había corrompido un archivo llamado 'hal.dll', nombre de mal augurio que me hiizo evocar al siniestro ordenador protagonista de cierta odisea espacial. Era preciso reinstalar ese archivo.

Intentaré hacer el cuento (en ralidad tragedia porque, con los parámetros dados, el destino estaba escrito) lo más corto posible. Tras comprobar que los estúpidos de Dell habían decidido dar al disco duro (Western Digital, 320 Gb, 7.200 rpm, según especificaciones de fábrica) un formato Raid 0 so pretexto de hacerlo más rápido, tuve que enfrentarme a la BIOS más absurda que he encontrado hasta la fecha. Si no existiera tendría la misma utilidad: ninguna. Una búsqueda exhaustiva con Google me permitió documentar el montón de problemas que los usuarios tenían -y tendrán- con este puñetero ordenador, el inexplicable formato Raid 0 y la estúpida BIOS.

De entrada, para poder utilizar la consola de recuperación de Windows (denominación más bien eufemística) fue preciso cambiar el disco duro en la BIOS de Raid 0 a simple SATA. Así, tras no pocos ensayos estériles, logré visionar el disco duro utilizando comandos (quién lo iba a decir) del viejo DOS, el sistema operativo que hizo la fortuna de Bill Gates. Resulta que además de la habitual (C) había otras dos particiones, denominadas I y J (las letras entre D e I están asignadas a los lectores de tarjetas, otra milonga). La unidad I, que al parecer debería funcionar, entre otras cosas, a modo de 'disketera' interna, de la que el sistema carece, se había ido al carajo y era irrecuperable, según certificó un análisis con el comando del DOS Chkdsk.

Por dos veces instalé un disco duro SATA e intenté cargar Windows XP en él con la ingenua intención de copiar los archivos del disco Raid 0. Fue inútil. Llegado un momento de la instalación del sistema operativo ésta se detenía por un supuesto error en un dispositivo de E/S (entrada/salida). Y subrayo 'supuesto' porque tanto el disco duro SATA como el CD del ordenador funcionaban sin problemas. Todo indica que la 'ingeniosa' BIOS de los 'ingenieros' de Dell es algo así como la carabina de Ambrosio, o bien, que sin advertencia expresa, predetermina que sólo se pueden utilizar discos Raid 0 o que estos -aunque no se carguen en la BIOS- no pueden coexistir con otros formatos.

En definitiva, el usuario, por grandes que sean sus conocimientos y empeños, queda a merced del servicio de asistencia (de pago, claro) de Dell. He preguntado cómo funciona y me han dicho que, en un caso como el mío, acaba remitiéndo a algún servicio de asistencia local, aparentemente no vinculado a la multinacional estadounidense, lo cual no es precisamente una garantía de nada. En cualquier caso, me tienen agarrado por salva sea la parte, así que cuando se me pase el berrinche llamaré a un 902 de nuestros pesares y asumiré las consecuencias crueles de los signos de los tiempos: la indefensión y el abuso.

El sábado pasado, exhausto y cabreado tras mi último intento de recuperar el disco duro del Dell, me arranqúe hacia PC City y me traje a casa un Acer Aspire 3610, con Windows Vista preinstalado y sin disco de instalación (por lo visto es la última moda), 3Gb de RAM y un disco duro de 250 Gb. Casi la cuarta parte de lo pagado lo es por un contrato de 'asistencia' que da derecho a un chequeo anual (¡). Temo que puede haber sido otra mala idea, como la compra del Dell. De momento, me ha jubilado el scanner (HP), que no tiene drivers para Vista (*) y algo feo le ha hecho a mi pendrive, que desde que lo conecté ha dejado de funcionar. Tampoco hay drivers para Vista de mi disco duro externo Fujitsu Handy Drive, que guarda algunos de mis programas de instalación comprados online. Hay que vender, vender, vender. Pese a quien pese y caiga quien caiga.

Para colmo ya me ha dado dos pantallazos azules en el momento de apagar, lo que me ha llevado a optar por 'suspender' en lugar de apagar, decisión que habré de revisar tan pronto como pueda. Cada vez que lo enciendo cruzo los dedos y maldigo a Murphy, cuyas leyes son de especial aplicación a la informática que nos posée.

(*) No me rindo con facilidad, así que días más tarde emprendí una exhaustiva búsqueda en Google. Suponía razonablemente que compartía mi problema con miles de personas en todo el mundo y esperaba que alguno hubiera dado con una solución. Y así era. Mi scanner es un Scanjet 4300C, pero imagino que esta solución puede servir para otros modelos e incluso para otro tipo de hardware cuyos fabricantes han tenido la desvergüenza de precipitar la obsolescencia de sus productos negándose a actualizar los drivers.

El procedimiento es tan simple que seguramente dificulta la posibilidad de que a alguien se le ocurra intentarlo. Bájese los drivers de su modelo. En el caso de mi scanner, el ejecutable es sj657en.exe. Póngalo en marcha con un doble clic. Luego trasládese, mediante el Explorador de Windows al directorio 'Hewlett Packard' en la carpeta 'Archivos de Programa'. Vaya a la carpeta 'HP Precission Scan' y abra en su interior la carpeta 'Precision Scan LTX'.

Dentro de esa carpeta debe hacer esta operación en cada archivo 'exe': abra 'Propiedades' pulsando con el botón derecho; pulse la pestaña 'Compatibilidad' y marque la opción 'Ejecutar este programa en modo de compatibilidad para... Seleccióne Windows XP (Service Pack 2). Cuando haya terminado el proceso en todos los 'exe' conecte el scanner y pruebelo. ¡Funciona!

La próxima vez que arranque Vista le notificará que ha detenido la carga del archivo 'hpupdate.exe' en el inicio. Vaya al Panel de Control y luego, sucesivamente a Herramientos Admnistrativas y Configuración del Sistema. Pulse la pestañá Inicio de Windows y desmarque el archivo incordiante.

Ahora, ya en modo recochineo, diríjase a http://hp.com. Busque el software para su scaner con Vista y cuando aparezca esta leyenda...

If you are using the Windows Vista operating system on your computer, please consider upgrading to a newer HP product that is supported on Windows Vista. HP has numerous products on the market that support Windows Vista.

... suelte una sonora carcajada y haga un corte de mangas. Relaja mucho. Shame on you, HP!

Continuará.