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02 julio, 2015

Lo que está en juego en Grecia (II)

La jornada de ayer fue un paradigma de la alternancia de signos alentadores y decepcionantes que viene caracterizando la negociación -que pese a todo persiste- entre Grecia y la 'troika' para la aprobación de un nuevo rescate económico (el tercero). Si el día comenzaba con el anuncio de que Tsipras aceptaba la mayor parte de la última oferta planteada por los acredores -lo que la intransigente Merkel calificó como "una buena base"- al cierre de la jornada todo retornaba al punto de partida: el eurogrupo se mostró incapaz de consensuar un postura y Tsipras reiteró su llamamiento al pueblo griego para que apoye un 'contundente no' en el referéndum del domingo.

Significativamente la tendencia al 'no' de los helenos se ha ido debilitando ante las tristes evidencias del 'corralito', impuesto por la 'troika', según Tsipras. Un descenso de once puntos en unos pocos días (del 57 al 46 por 100) avanza que la contundencia del 'no', podría finalmente no ser la  deseada. El juego de generar incertidumbre y miedo, desencadenado por los acreedores, está surtiendo efecto sobre un pueblo apaleado y desesperado tras cinco años de desastre. El temor a que todo empeore aún más tiene efectos devastadores y la duda de que el 'no' vaya a favorecer, como asegura Tsipras, que se respeten las 'líneas rojas' marcadas crece ante las amenazas de expulsión del euro.

El desafío planteado por el Gobierno griego a la agenda ultraliberal de la UE es inaceptable para las autoridades comunitarias y el FMI. Las reformas que exigen, a sabiendas de que son una nueva vulneración de la soberanía nacional y un desprecio de la democracia, constituyen la clave de una situación que está generando una tensión extrema en la UE e incluso provoca un claro distanciamiento de posturas en el tándem Berlín-París, al enfrentarse la inflexibilidad de Merkel con el posibilismo dialogante de Hollande. La política ocupa el primer plano, por más que se hable de economía. La UE aprieta el cuello griego, pero mira de reojo a otros países de la Unión, entre ellos a España, donde Podemos se identifica con Syriza y toma nota puntual de lo que sucede. Los potenciales votantes en las próximas elecciones generales del nuevo partido, cuyo debut ha sido saludado por el éxito (aunque menor del esperado), no pierden ripio.

De lo que suceda en Grecia dependen las esperanzas de quienes pretenden forzar por vía electoral un viraje en una situación indeseable, en la que las ambiciosas metas del capital global se imponen sin paliativos, frustran las expectativas de los pueblos y persiguen la creación de un nuevo régimen, en el que la opinión y los intereses de los ciudadanos son absolutamente secundarios. El trance que se ventila en estos días es crucial y la 'troika' ha hecho y seguirá haciendo todo lo que juzgue necesario para demostrar más allá de toda duda que nadie puede desafiar sus reglas inflexibles sin sufrir  consecuencias aún peores que las que trata de evitar. Se trata de que el domingo en Grecia vote el miedo.

Pero hay dos preguntas claves que formular ante ese axioma:

- ¿Pueden existir consecuencias más graves para cualquier Estado democrático que las que implica verse forzado, con métodos más propios de la mafia que de la política, a renunciar a una parte esencial de la propia soberanía?

- ¿Por qué se asegura con tanta firmeza, sin pruebas fehacientes -en la medida en que nadie lo ha experimentado aún-, que la salida de la UE y el abandono del euro suponen un desastre irreversible, o que la deuda externa debe ser pagada en su integridad, cuando Argentina o Ecuador lo han rechazado con consecuencias muy positivas.

La pelota está en el tejado y lo más grave que puede ocurrir en Grecia el domingo es que venza el 'sí' porque con él habrá desaparecido una esperanza compartida por muchos, dentro y fuera del país: una esperanza de libertad.

Pie de foto: Merkel y Schäuble, los peores enemigos de Grecia.

(Continuará)

30 junio, 2015

Lo que está en juego en Grecia (I)


Lo que se juega el domingo en el referéndum griego es mucho más crucial y transcendente  que una mera confrontación por motivos económicos entre un país empobrecido y sus teóricos socios y aliados. Se trata en realidad de la primera ocasión en que, desde la política, se plantea un enfrentamiento abierto y esencial entre los valores democráticos y la confabulación de los intereses económicos que los ignoran y yugulan.

Iba siendo ya hora de que alguien entrase al fondo de una situación que viene gestándose desde los años 70, con los 'reaganomics' en EE UU y el thatcherismo inmisericorde en Reino Unido, amparados en las teorías de la 'Escuela de Chicago', y que se refuerza y estructura como 'única alternativa' a nivel planetario con el nombre de 'Nuevo Orden' a partir de la 'autodestrucción' de la URSS. Dicha 'autodestrucción' tiene mucho que ver -deficiencias sovieticas aparte, explícitas en la inoperancia de la prolongada 'era Breznef'- en tres pilares de la 'estrategia de tensión' de la 'guerra fría' diseñados desde Washington: el embargo y boicot permanente a la URSS y a sus socios (con Cuba como paradigma); la enloquecida carrera armamentística con su desproporcionado y terrorífico rearme nuclear y la carrera, no menos absurda y costosa, por la conquista del espacio. Así se gestó la ruina soviética.

No mucho más tarde, tras la 'alegre excursión' multinacional a Kuwait, en la que España participó gozosamente. George Bush padre creyó oportuno anunciar el nacimiento de un 'Nuevo orden mundial', que mostraría su auténtica catadura años más tarde con la invasión de Irak decretada por Bush hijo, so pretexto de que el régimen de Sadam Hussein poseía armas de destrucción masiva, grosera mentira que intentaba ocultar los objetivos económicos y estratégicos de una guerra despiadada, ganada fundamentalmente desde el aire a costa de innumerables bajas civiles.

El eufemístico término 'globalización' (en Francia, más exactamente, lo llaman 'mundialización') no tarda en sustituir al de 'Nuevo orden', de obvias connotaciones nazis (el Neuordnung de Hitler). Esa globalización, de fundamento ultraliberal, suele ser presentada por sus promotores bajo tintes 'filantrópicos', como una política que mejorará el nivel de vida en los países pobres, pero, lejos de ello, no sólo mantiene intacta o ha aumentado la pobreza en numerosos países del mundo, sino que, en aparente paradoja, también la extiende a los países cuyos gobiernos la patrocinan, como vienen mostrando las estadísticas post-crisis.

Mientras la mano de obra de las industrias occidentales es cada vez en mayor medida asiática, el paro aumenta en un Occidente cuya industria se deslocaliza para mejor competir en el tablero global, y el empleo -donde se crea- se precariza, al tiempo que los salarios disminuyen. Quien crea que esa realidad es casual o se debe exclusivamente a la incidencia de la crisis económica se engaña. El 'desarme laboral', así como la eliminación de los beneficios del odiado -por ellos- 'Estado de bienestar', la privatización en el mayor grado posible de la Sanidad, la Educación o la Seguridad Social y finalmente la reducción del Estado a la mínima expresión son prioridades de la agenda del Nuevo Orden globalizado.

La razón de ser del largo exordio que me he permitido es centrar la cuestión del referéndum griego, que responde a la intransigencia y al autoritarismo de la 'troika', en un marco histórico-económico revelador de la transcendencia de lo que se está jugando realmente. Para los mercaderes imperativos Grecia es una especie de caballo cimarrón que, en un contexto de sumisión y pasividad general, se niega a ser ensillado y dirigido por el camino 'correcto': un mal ejemplo que no debe ser tolerado. Aquí no importa tanto si se paga o no la deuda, ni cómo ni cuándo, sino si se aceptan o se rechazan las reformas que se le quieren imponer al Gobierno griego y que constituyen un grave atentado a la soberanía nacional y una burla del mandato democrático del pueblo griego. Hay mucho más que un montón de millones de euros en discusión y a todos los ciudadanos europeos nos concierne lo que suceda el próximo domingo en la patria de la cultura occidental.


(Continuará) 
Pie de foto: La plaza Syntagma de Atenas siempre ha dicho 'no'.


16 diciembre, 2011

La marginación de Amaiur como síntoma


El Partido Popular se ha hecho un precoz e inquietante retrato de cuerpo entero, aún antes de tomar posesión del Gobierno, al impedir a Amaiur la formación de un grupo parlamentario y permitir que UPyD sí lo constituya con un diputado 'prestado' provisionalmente por el partido de Álvarez Cascos.

El restrictivo Reglamento del Congreso es claro en este terreno: con una interpretación literal de su contenido ninguno de los dos partidos podría tener un grupo propio; Amaiur porque uno de sus siete diputados, el de Navarra, no alcanzó el 15% de los votos requeridos y UPyD porque no logró el 5% de los emitidos en el conjunto del Estado.

Amparándose en "el amplio margen de interpretación de la legalidad parlamentaria reconocido por la propia jurisprudencia constitucional" el cuerpo jurídico del Congreso ha emitido un informe sibilino y contradictorio que devuelve la pelota a los políticos, ya que  "nunca ha anulado una decisión de la Mesa respecto de la constitución de Grupos Parlamentarios".

Abundan los precedentes en los que se ha hecho la vista gorda para favorecer la creación de grupos por parte de las minorías, pero siempre con el consentimiento de la Mesa del Congreso. Ahora es un solo partido, poseedor de una abrumadora mayoría absoluta, quien lo impide en un caso y lo tolera en otro, pese a que el 'préstamo' ficticio de un diputado ajeno es un truco barato y una burla grosera del Reglamento, que paradójicamente ya había sido denunciada en su día por Rosa Díez, quien ahora se beneficia de lo que calificó otrora como "chapuza" sin el más mínimo escrúpulo de conciencia. Y, por supuesto, Díez aplaude la marginación de Amaiur, pese a que cuenta con dos diputados más que UPyD.

Son, pues, motivos políticos los que han pesado en la decisión de 'recortar' el peso político de Amaiur en el Congreso al limitar su uso de la palabra y capacidad de participación casi a lo anecdótico, en la medida en que formará parte del Grupo Mixto, integrado en esta legislatura por siete partidos. Se pueden comprender las reticencias que expone el PP respecto a Amaiur. Cuando se ha jugado de un modo tan cínicamente partidista y tan irresponsable con la política antiterrorista es complicado hacer comprender a una 'clientela' intransigente cualquier debilidad respecto a un partido cuya presencia parlamentaria es posible gracias al cese de la lucha armada anunciado por ETA, en el que se resisten deliberadamente a confiar.

Lo que no se comprende tan fácilmente es que se apele a un Reglamento tantas veces subvertido para negarle a un partido lo que se le concede a otro que cuenta con menor apoyo popular y que no tiene ningún inconveniente en perpetrar, a la vista de todos, un fraude de Ley lamentable. No es así como se hace verosímil la democracia y no es así como debe utilizarse una mayoría absoluta. Sin un mínimo respeto a las minorías esta democracia limitada y públicamente contestada como 'no representativa' por el movimiento 15-M se convierte en una caricatura definitivamente patetica.

Foto: Los miembros de la Mesa del Congreso, con el presidente de la cámara, Jesús Posadas, al frente.

21 enero, 2011

Zola y su 'Yo acuso', un ejemplo probablemente irrepetible hoy

Cada país necesitaría, en cada generación, al menos un Émile Zola que levantase su voz contra las mentiras oficiales, la manipulación mediática y los prejuicios de la sociedad; alguien que, arriesgando su seguridad y su comodidad, tuviera el coraje moral y civil de alzar su voz frente a las inercias de las corrientes predominantes en defensa de la verdad. Buscar y defender la verdad, además de ser un derecho, es un deber cuando se trata de impedir no sólo que se perpetre una injusticia aislada sino que toda una sociedad se envilezca apoyando la verosimilitud y el éxito de una conspiración 'conveniente'.

Zola ilustra, como precursor, el papel comprometido y ejemplarizador del intelectual respecto a la sociedad, pero el amplificador de su voz fue un diario, 'L'Aurore', después de que otro, 'Le Figaro', rechazase su posicionamiento, desafiante frente al poder político y militar. Esta es una cuestión crucial. Si la grandeza moral y la audacia de una persona concreta no es secundada por un medio que transmita su mensaje a los ciudadanos su gesto, aunque valioso y necesario, es estéril.

Vivimos tiempos en los que, desgraciadamente, a la falta de coherencia y coraje personal de los intelectuales se suma la complicidad de los medios con un 'statu quo' pestilente, dominado por intereses económicos y políticos que no sólo no representan en absoluto a la ciudadanía, sino que actúan como enemigos de ella. Si alguien quisiera publicar hoy el equivalente a la devastadora denuncia de Zola sólo tendría Internet como tribuna. Los necesarios 'Yo acuso' del momento presente no tienen cabida en los 'mass media'  y eso, lejos de ser un apunte anecdótico, sintetiza el drama y ejemplifica la decadencia de la idea de democracia en nuestras sociedades.

Sólo sabemos lo que nos dejan saber. Sólo opinamos lo que nos proponen los argumentarios maniqueos de partidos y medios comprometidos con intereses ajenos e incluso contrarios a los de los ciudadanos.

¿Quién (y dónde) gritará la evidencia de que el Rey está desnudo?

Nota: Este texto ha sido motivado por la relectura del artículo 'Yo acuso', de Emile Zola, repoducido -muy oportunamente- en el blog 'Otras voces, este ámbito'.

Información sobre el 'Caso Dreyfus': (pinchar aquí)

Ilustración: Zola, retratado por Manet.

19 mayo, 2010

Una semana traumática (y II)

Baltasar Garzón es un juez que no genera especiales simpatías, pero sí más que las que provoca cualquier otro miembro de la carrera judicial. Se supone que lo ideal en un juez es que sea lo más anónimo posible y que nadie tenga opinión precisa sobre él más allá de lo que respecta a su trayectoria profesional, pero en el caso de Garzón la transcendencia de las causas que ha llevado, su breve -y contradictorio- paso por la política y su firme determinación, después, de ser independiente e inasequible a las presiones políticas le han granjeado animadversiones irreversibles y simpatías apasionadas.

El hombre que, entre otras cosas, precipitó la caída del Gobierno de Felipe González y llevo a la cárcel a un ministro y a un secretario de Estado de su Gobierno; el que amargó los últimos años de vida del dictador chileno Pinochet; el que se convirtió en la pesadilla principal de ETA está curado de espantos. Cuando cree que está en el buen camino de una investigación nada le arredra y eso es lo que le hace temible para muchos -sino todos- los que en algún momento caen bajo su jurisdicción.

El Partido Popular se convirtió en un clamor cuando Garzón dio los primeros pasos en la investigación de la 'trama Gürtel'. De inmediato reclamaron su recusación alegando la "enemistad manifesta" del juez y su "interés directo o indirecto" en la causa". A la hora de justificar ambos extremos, el escrito elaborado por el ex ministro de Justicia Federico Trillo no tenía otro argumento que exhibir que la inclusión del juez, como número 2, en las listas electorales del PSOE en Madrid en 1993. Olvidaban -es un decir- que el magistrado "enemigo" favoreció sus intereses electorales tras regresar un año después de su 'aventura política' a la Audiencia Nacional y poner en marcha la investigación sobre los GAL que aceleraría la caída de Felipe González. La supuesta "enemistad manifesta", entonces, iba más bien dirigida contra el PSOE y el PP no tuvo nada que objetar sobre el sumario ni sobre las filtraciones que, como un goteo diario, vieron la luz en aquellos días. Si comento esto es porque no son pocos los que creen que tras la ofensiva judicial contra Garzón se halla el PP, cuestión en todo caso indemostrable, pero tal voz no tan improbable..

El proceso seguido contra Garzón por la investigación de los crímenes del franquismo ha sido, cuando menos, peculiar. La pretensión del 'juez estrella' de declararse competente ya había sido recurrida por la Fiscalía de la Audiencia Nacional ante la Sala de lo Penal de dicha institución, tras lo cual Garzón se inhibió en favor de los juzgados en cuyos territorios se hallan las 19 fosas que había ordenado investigar. Posteriormente la Sala aprobó los argumentos de la Fiscalía por 14 votos contra 3. Ahí, el 28 de noviembre de 2008, podría -y debería- haberse parado todo.

¿Por qué, a posterior, el juez del Tribunal Supremo Luciano Varela decide abrir causa por prevaricación a instancias de sendas querellas presentadas por dos organizaciones filofascistas, plagadas de defectos de forma que él mismo indica cómo corregir? ¿Por qué las prisas del procedimiento abreviado y el rechazo de los argumentos de la defensa de Garzón sin siquiera considerarlos. Según Varela, cofundador de Jueces para la Democracia y en otro tiempo admirador de Garzón, éste "actuó con la finalidad de eludir la decisión del legislador sobre el régimen de localización y exhumación de víctimas de los horrendos crímenes del franquismo sabiendo que éstos habían sido objeto de amnistía por las Cortes democráticas de España".

Al menos tres jueces de la Audiencia Nacional están de acuerdo con Garzón en su competencia ante "los delitos de lesa humanidad y genocidio que la sistemática y masiva eliminación de adversarios políticos verificó en nuestro país", según expresión de la magistrada de la Audiencia Nacional Clara Bayarri en artículo publicado por 'El País'. La inclusión de los crímenes del franquismo en la Ley de Amnistía de 1977 es tan discutible como la apresurada calificación de "Cortes Democráticas" que el juez Varela aplica a un Parlamento del que estaba ausente el Partido Comunista de España, legalizado un mes después de que se aprobase dicha Ley, en la que seguramente el partido excluído habría tenido algo que decir. Aquellas eran unas Cortes de transición, mutiladas. Sólo tras la aprobación de la Constitución, en 1978, se puede afirmar que las Cortes son democráticas.

Todo indica que una seria y crucial cuestión jurisdiccional y jurisprudencial ha sido escamoteada mediante el procesamiento y consecuente apartamiento de la carrera judical de Baltasar Garzón. Sin que haya existido un previo debate en profundidad para dilucidar si la supuestamente democrática Ley de Amnistía de la Transición puede permitir ignorar la legislación internacional vigente, que establece la no prescripción de los crímenes contra la humanidad, una condena de Garzón, dando por sentado su propósito de actuar conscientemente contra la Ley, sería una injusticia que es de esperar que el Tribunal Supremo evite en el fallo que habrá de emitir en su día.

Por el momento no se le ha evitiado el daño al juez, ni a las familias de las víctimas ni a la imagen internacional de España. Y todo ello es muy alarmante y muy perjudicial para la credibilidad democrática del Estado español en el marco exterior, donde no sólo era indiscutible hasta ahora, sino también admirada, gracias fundamentalmente a jueces como Garzón, que no se amilanan ante las dificultades que con frecuencia existen para hacer justicia y devolver a los ciudadanos y a las naciones su dignidad.

Foto: Varela hace la presentación de Garzón en una conferencia de este auspi8ciada por Faro de Vigo' en 1992.

27 abril, 2010

Breve

INQUIETUD.- Wall Street acusa en estos días la inquietud y la incertidumbre sobre el destino de Grecia y Portugal. A perro flaco todo son pulgas y cuando las pulgas son gordas y bulímicas, como en la economía globalizada y especulativa que sufrimos, y a ellas se unen los egoísmos nacionales (como el de Alemania frente a Grecia) no sólo resulta que el capitalismo es un fracaso, como ha puesto de manifiesto esta crisis, sino que además la UE es un fiasco superlativo. Mientras, la reforma financiera que Obama trata de sacar adelante sufre un revolcón parlamentario. Ese es el fin último de la mutilada democracia bipartidista que impera en todas partes: frustrar cualquier cambio que perjudique los intereses de los poderosos, los que tienen como rehén a un sistema supuestamente implantado en beneficio de todos.

22 julio, 2009

La crisis no es sólo económica (II)

El fin de las ideologías e incluso el fin de la historia en su dimensión dialéctica han sido adelantados con infundada precocidad por 'pensadores' estadounidenses. El sociólogo Daniel Bell enunció nada menos que en 1960 el fin de las ideologías. Lo hizo a la vista de los signos que se registraban en la sociedad estadounidense, que nunca fue precisamente un ejemplo de ideologización, en el sentido de que todo debate político era sustituido por la enunciación de metas pragmáticas y que estas se limitaban al orden material, en forma de crecimiento y bienestar.

La polémica y la desautorización no se hicieron esperar, aunque tal planteamiento tuvo mucho éxito en algunos lugares marginales, entre ellos España, donde el ensayista y ministro.de Obras Públicas Gonzalo Fernández de la Mora se erigió durante algunos años en el tótem teórico del régimen franquista a través de la adaptación que hizo de las tesis de Bell bajo el título 'El crepúsculo de las ideologías' (1965). La teoría fúnebre sobre las ideologías, que tanto odiaban el dictador y quienes le rodeaban, le venía a la dictadura como anillo al dedo. El franquismo aparecía, desde ese punto de vista sesgado, como el colmo de la modernidad política y Franco era el profeta y precursor providencial que había salvado al país de la debacle ideológica.

Bell pasó prontamente al olvido, bajo el peso de las evidencias que aportaron en sentido contrario las luchas por los derechos civiles, los movimientos de contestación a la guerra de Vietnam y la sublevación universitaria de la mano de la juventud del 'baby boom' en su propio país. En Europa, el mayo francés, las protestas antimilitaristas y antinucleares en Alemania y Gran Bretaña y la hiperpolitización italiana fueron un mentís no menos contundente a la teoría.

Ciertamente, como decía Bell, las corrientes ideológicas covencionales estaban perdiendo capacidad de movilización, pero eran sustituidas por formas de rechazo de la realidad más radicales y con una inquietante capacidad de autoorganización, creatividad y virulencia.

Cuando a finales de los 80 el mundo del 'socialismo real' (impropiamente calificado como comunista) se derrumba como un castillo de naipes bajo el peso de sus propios errores y de un estancamiento económico extraordinario, otro estadounidense, Francis Fukuyama, ex asesor de Reagan, se precipita a anunciar el fin de la historia, o, lo que es lo mismo, el triunfo irreversible de la democracia liberal frente a todas las alternativas que se le habían opuesto históricamente. A partir de ahí, en teoría, el mundo estaba abocado a una era de tranquilidad y florecimiento económico sin precedentes.

La realidad se encargó bien pronto de desmentir a Fukuyama, del mismo modo que antes lo hizo con Bell. La visceral explosión del fundamentalismo islámico, la ebullición de los pequeños nacionalismos que fragmentaron a Europa aún más de lo que estaba o la emergencia de 'soluciones' social-populistas en América Latina no deja lugar a dudas acerca de la magnitud del error. Eso, por no hablar de la peculiar 'reconversión' de China, que merecería un capítulo aparte.

A Occidente le pierde su pueril convicción de que es el centro y el motor del mundo, su tendencia a trasladar todas las realidades a la escala de las suyas propias y la voluntad de contagiar a todas las culturas del planeta con su 'perfección' liberal-democrática, que no resiste el más mínimo examen, como lo prueba la presente crisis en lo económico y la pauperización del sufragio universal en lo político.

En definitiva, los diagnósticos de Bell y Fukuyama sólo tienen validez -y ésta es parcial- en Occidente y ello, lejos de constituir un signo positivo, conlleva un diagnóstico muy negativo de la cultura occidental, tanto más cuanto todo se mueve y es contemplado ya en un contexto global, planetario.

No puede ejercer como guía universal, por grandes que sean su empeño y su poder, quien atraviesa una crisis de esterilidad intelectual, ideológica y moral tan grave como la que se detecta en el mundo occidental. Especialmente si se tiene en cuenta que dicha crisis es en gran medida artificial, pues parte del silenciamiento deliberado de quienes podrían protagonizar la contestación y la disidencia, y que tal censura -de neta raiz antidemocrática- ya no es practicada por los estados -salvo excepciones puntuales- sino por los grandes complejos multimediáticos que sirven acríticamente a la máquinaria económica, de la que ya forman parte esencial.

Al enterrar virtualmente a las ideologías y a la historia, al primar los intereses del poder económico sobre los de los ciudadanos y al condenar al silencio a toda voz discordante el sistema pone de manifiesto su propia decadencia, su debilidad. La crisis no es sólo económica, no. Su profundidad es mucho mayor y más grave porque su auténtico carácter, previo al caos creado por la avaricia de las minorías, es cultural, moral y político.

Occidente no tiene nada que ofrecer al mundo para fundamentar su voluntad de liderazgo. A partir de una profunda crisis de identidad y de una decadencia no asumidas; en base a la propuesta de principios y valores en los que no se cree y que no se practican ni siquiera a nivel doméstico, no se puede cimentar ningún sueño, ninguna esperanza digna de ser propuesta a todos.

Si no se rectifica -y es harto improbable que se haga-, estaremos en el principio del fin, suponiendo que no nos encontremos ya ahí.

Continuará.

Foto: Francis Fukuyama, autor de 'El fin de la historia y el último hombre'.

19 julio, 2009

La crisis no es sólo económica (I)

La economía no es una ciencia; la sociología, tampoco; la filosofía, aún menos. Ninguna de tales disciplinas ha podido establecer nunca leyes de validez universal basadas en pruebas incontestables. La razón es simple: las dos primeras tratan de realidades vinculadas al imprevisible y supuestamente errático comportamiento humano, basado en percepciones e intereses subjetivos. La filosofía, por su parte, intenta establecer leyes y verdades sin los instrumentos precisos para su demostrabilidad. El conocimiento empírico y la herencia cultural conforman generalmente el laberinto filosófico, que ha generado millones de páginas a la mayor gloria de la impotencia intelectual.

Con frecuencia las tres frágiles disciplinas se asocian para intentar generar una concepción general del mundo, del hombre y de la historia cuya síntesis deviene ideología. Su fundamento es básicamente voluntarista y su aspiración es llegar a legitimarse 'científicamente' en la práctica a través de su aplicación política. Sin embargo la acción política, descrita como "el arte de lo posible", es la consecuencia última de un pragmatismo nada objetivo en la medida en que se basa en la conciliación de contrarios y en la mera voluntad.

Cuando Adam Smith trata de establecer su idea-motor en el sentido de que la economía se rige por un supuesto orden natural que tiende a su propio bien y por ende al de todos hace un hallazgo crucial para su justificación que denomina "la mano invisible" (¿Dios acaso?). Cuando la sociología tropieza con algo que no cuadra en sus planteamientos lo denomina 'serendipia', termino que se puede traducir como 'azar', pura chiripa. En cuanto a la filosofía, cabría hablar de su autodestrucción por reducción al absurdo, fragmentada en decenas de escuelas entre lo 'post' y lo 'neo', que más que hacer afirmaciones aventuran hipótesis y propuestas. Postmodernidad, pensamiento único o pensamiento débil son algunos de sus deleznables frutos más recientes.

El sofisma ha sustituido al silogismo; la improvisación y el fragmentarismo secuestran el lugar que antes ocupaba el discurso lógico y orgánico; el axioma (verdad supuestamente evidente que no precisa demostración) impera sobre la duda metódica. En la medida en que al liberalismo económico y a la democracia formal les falta ahora su opuesto tradicional, el materialismo dialéctico (base del llamado comunismo), ya no hace falta tener razón o fingir tenerla. Basta con disponer de los medios precisos para que el discurso del poder se extienda como única alternativa. Y el poder (me refiero al económico, fáctico por excelencia) monopoliza esos medios en nuestras sociedades hasta el punto de convertir todo discurso alternativo en una anédota que roza la inexistencia.

La grave crisis económica que está barriendo el mundo ha puesto en evidencia, mucho más allá de lo esperado y esperable, la inanidad filosófica, moral e ideológica de la cultura hasta ahora denominada judeo-cristiana, sostenedora teóricamente de valores humanos y de principios que en realidad no defiende, nunca ha defendido a la hora de la verdad. El discurso ultraliberal, de cuya falacia la propia crisis es la mayor y más incontestable evidencia, se mantiene impune y arrogante en todas las tribunas y rige en gran medida la economía mientras los gobiernos, con fondos públicos y generando deficits hipotecadores del futuro, intentan -inútilmente hasta ahora- sellar las vías de agua generadas por la irresponsabilidad de los defensores de la autorregulación mágica del mercado, de la providencial "mano invisible" que finalmente resulta ser el Estado o, lo que es lo mismo, el conjunto de los ciudadanos, víctimas por partida doble de la avaricia de unos y de la inibición de otros.

Históricamente estamos ante la mayor evidencia de fracaso del liberalismo económico. Políticamente y socialmente, por cruel paradoja, nos hallamos también ante la mayor demostración de impotencia que se recuerde. Los defraudados e inermes ciudadanos se sienten indefensos mientras los gestores del sistema no arriesgan una fecha para la superación de la crisis pero piden la reducción a la nada de los derechos sociolaborales conquistados con sangre, sudor y lágrimas por tantas generaciones.

Los señores, confiados en la domesticación 'irreversible' de las masas de la mano de un crecimiento demográfico bajo cero, no sólo están liquidando todo rastro de la sociedad del bienestar sino que también ponen en peligro, sin escrúpulo alguno, la paz social.

Si esta crisis sigue prolongándose y profundizándose podríamos volver a las convulsiones sociales de los años 30, que siguieron, como las llamas a la chispa, al primer precedente serio de esta crisis sistémica: el crack del 29. ¿Quién quiere tal pesadilla? ¿Es esto una conspiración o simplemente una conjura circunstancial de necios?

Ilustración: Adam Smith.

Continuará.

18 junio, 2009

La 'deconstrucción' europea (I): ¿Dónde está la izquierda?

Probablemente sobre los resultados de la pasadas elecciones europeas se han hecho ya todos los análisis que cabía esperar, especialmente en lo que respecta a la tradicional lectura partidista de los datos. El nuevo récord de absentismo ante las urnas no ha merecido, a los ojos de los analistas, ninguna consideración especial. Comicios europeos y abstención son ya, desgraciadamente, conceptos casi sinónimos. El hecho de que la indiferencia crezca se estima -interesadamente- como algo coyuntural, cuando no anecdótico.

Con la misma frivolidad se renuncia a hacer una prospectiva a la luz de las nuevas evidencias. La pregunta "a dónde va Europa" y la inquietud por el rumbo que está tomando lo que se denomina "la construcción europea" están ausentes en los medios de comunicación y no hay nada más revelador que esa ausencia, que no es en absoluto casual.

En ciertos países europeos, entre los que se hayan algunos de los socios más recientes de la UE, toda consulta que no alcanza el 50% de participación es declarada nula. ¿Exceso de escrúpulo o lógica demográficamente democrática? Sobre esta cuestión tal vez haya tantas matizaciones como opinantes, pero es un hecho cada vez más 'normal' e inquietante que el llamado sufragio universal está dejando de serlo, o, lo que es lo mismo, que la democracia está perdiendo credibilidad hasta el límite de 'virtualizarse', ya que su principal instrumento de legitimación (el voto) no alcanza un 'quorum' suficiente. Este es un hecho que no puede ser despachado frívolamente. Es significativo y merece ser estudiado.

El mero análisis partidista de los resultados de las pasadas elecciones europeas nos muestra un espectro ideológico europeo en el que es abrumadoramente hegemónica la derecha en sus más diversas e incluso variopintas versiones, desde el PPE, supuesto centro derecha democristiano, hasta la ultraderecha más rancia y xenófoba, pariente frecuentemente indisimulado del fascismo, pasando por los 'liberales' postmodernos y los populistas teóricamente ambiguos pero prácticamente ultraconservadores y demagógicos.

La socialdemocracia 'light' se bate en retirada y lo que podríamos llamar 'izquierda real' limita su presencia a lo meramente simbólico. Parece paradójico que esto suceda en medio de una crisis económica global sin precedentes. Tradicionalmente los ciudadanos se han dado gobiernos de izquierda (valga la expresión convencional) en las situaciones de crisis económica, hasta el punto de que llegó a ser asumido como algo 'de libro' que la izquierda está para gestionar las crisis, dada su mayor sensibilidad ante las implicaciones sociales, mientras que es misión de la derecha gestionar la prosperidad en favor y con la colaboración del capital.

El problema parece ser que, ante las dimensiones de la actual crisis económica, pocos creen que la izquierda 'irreal' pueda hacer alguna contribución útil para reducir sus efectos y aún menos para su superación. Los gobiernos, los economistas, los industriales y financieros, con la ayuda de los medios de comunicación social, han llevado a los ciudadanos a la convicción de que no se puede tomar otra actitud que la que cabe ante una sucesión de fenómenos sísmicos o de huracanes: esperar, protegerse (cada cual como pueda, si puede) y rezar.

No cabía esperar, dados los precedentes, que los partidos socialdemócratas o sus gobiernos allá donde los hay (España, por ejemplo) tomasen la crisis global como punto de apoyo para formular una crítica radical a un sistema económico abusivo hasta lo delincuente, irresponsable y fracasado. Del mismo modo que no cabe cuestionar la democracia, por muy irreal que se esté tornando, es totalmente descartable que alguien comprometido con el sistema señale al capitalismo como responsable criminal del 'crash' sistémico y exija su sustitución. El capitalismo liberal y la democracia formal son padre e hija y la hija es ciegamente sumisa al padre.

El panorama político que han dejado esta elecciones invita a preguntarse si es la construcción europea hacia lo que caminamos o la meta es la 'deconstrucción'. El mapa político de la UE que queda tras estos comicios se parece demasiado a la Italia de Berlusconi, un modelo cuya generalización es absolutamente indeseable.

Continuará.

12 febrero, 2009

Obscenidades


Mariano Rajoy tiene una notable afición al melodrama y prodiga los adjetivos altisonantes y excesivos, como si esa debilidad tan suya abonase la sinceridad y la energía de las que está habitualmente tan alejado. Ayer calificó como un hecho obsceno la coincidencia en una cacería del ministro de Justicia y el juez Garzón, que interpretó interesadamente en clave de conspiración contra el PP y que le sirvió para alcanzar el climax tragicómico deseado al romper las relaciones con el ministerio de Justicia mientras Fernández Bermejo esté al frente y anunciar la recusación del 'juez estrella' de la Audiencia Nacional.

Toda una obscenidad. Era obscena la escenografía de una rueda de prensa sin preguntas (es decir, todo lo contrario de una rueda de prensa) y rodeado de toda la Ejecutiva del partido (Judas incluidos) con cara de circunstancias críticas. Era obsceno el retorno a la deliberada paranoia conspirativa que tan malos resultados les ha dado. Obsceno era el seguidismo mediático (una vez más), en este caso de las intrigas del inquietante Grupo Intereconomia. Y quizás lo más obsceno de todo era la adopción de la línea de defensa-ataque contra el Gobierno y las instituciones del Estado que había adoptado ya desde el principìo la inefable Esperanza Aguirre, cuando el escándalo se limitaba todavía al espionaje y contraespionaje entre 'bandas' del PP de la Comunidad de Madrid.

El dubitativo Rajoy ha debido de mascullar con frecuencia en las últimas semanas aquello de “joder, qué tropa”, que es una de las expresiones más afortunadas que ha formulado sobre sus compañeros de viaje, pero al final -como siempre- se pliega a la marea más extrema del partido para evitar ser arrollado en la estampida. Todo un carácter. Obsceno.

Inicialmente se había mostrado enérgico respecto a la trama de espionaje intrapartidista en Madrid. Se creó incluso una comisión de investigación, presidida por la secretaria general, para depurar responsabilidades. Pero todo quedó en agua de borrajas.

Lo que no podía prever -ni él ni nadie- es que la pesadilla no había hecho más que comenzar. La trama de corrupción descubierta en Madrid -cómo no- y en la Comunidad Valenciana presenta todos los indicios de ser una madeja en la que, tirando del hilo, se puede llegar muy lejos y muy alto, incluso hasta la 'impoluta' y triunfante 'era Aznar'. Y eso sí que no.

Que no nos soprenda, en consecuencia, que el Partido Popular regrese a la viejas mañas obscenas de la mano de 'El Mundo', la Cope y el Grupo Intereconomía, a los que las teorías conspirativas (indemostrables) y las insidias (gratuitas) les gustan más que a un tonto una tiza. Para nuestra desgracia, tal vez estamos otra vez, marcha atrás, montados en la máquina del tiempo. Incluso nos han hecho un infumable 'remake' de 'La escopeta nacional' en el pueblo natal del juez Garzón, con un miembro del PP como organizador del muflonicidio que asegura que su partido se ha pasado. Obsceno y surrealista.

Por cierto, ¿quién es en esta versión de la obra berlanguiana-azconense el marqués coleccionista de pelos de pubis? Lo digo porque debe ser el más cuerdo y el menos obsceno de los personajes de esta astracanada política.

Leer online: http://laspiral.blogspot.com

05 noviembre, 2008

Barack Obama: Un sobre cerrado



De la mano de Barack Obama (*) han triunfado en las elecciones presidenciales de Estados Unidos la esperanza sobre la decepción, la voluntad de cambio frente al continuismo, la progresividad social contra la inercia conservadora. La victoria del candidato demócrata no habría sido posible en toda su contundencia sin el deterioro extraordinario de una presidencia, la de Bush, que nunca debió lograr un segundo mandato y que a lo largo de él ha llevado la desesperanza y la frustración de los estadounidenses hasta un nivel inédito.

La alternativa republicana, presentando a un voluntarioso septuagenario, imprudentemente escoltado por una lenguaraz y desinhibida ultraderechista, no sólo no responde en absoluto al 'sueño americano' sino que ha sido un error de grandes proporciones desde cualquier punto de vista que se considere.

Ya el triunfo de Obama sobre Hillary Clinton fue un indicio elocuente de que algo esencial estaba cambiando en las expectativas de los ciudadanos estadounidenses. Los compromisarios demócratas eligieron la credibilidad frente a la muy relativa novedad de una candiatura femenina que tenía como inconveniente precisamente lo que se creía una ventaja: apellidarse Clinton. Las sagas familiares -los Bush son una muestra elocuente- generan desconfianza y dan una imagen penosamente endogámica que no avala precisamente la verosimilitud de la democracia.

Todo estaba a favor del éxito de Obama, incluyendo la brutal crisis económica. Si alguien puede minimizar las consecuencias sociales de ese desastre es precisamente un candidato que, entre otras cosas, quiere generalizar la asistencia sanitaria, exonerar de impuestos a los ingresos menores de 50.000 dólares y gravar más a quienes disfrutan de mayores ingresos. Pero la crisis va a ser también el mayor obstáculo para que sean finalmente viables los avances anunciados. El déficit de un billón de dólares y la previsible necesidad de 'auxiliar' a entidades financieras en apuros lastrarán pesadamente su legislatura.

Ahora mismo Barack Obama es una esperanza. Sólo -y nada menos- éso. Lo que vaya a ser su gobierno entra de lleno en lo imprevisible. El futuro presidente es, ahora mismo, un sobre cerrado, un sobre sorpresa del que pueden salir novedades agradables y también decepcionantes en función de las realidades críticas que deberá afrontar y de las compañías de la que se rodee. Más allá de su discurso progresista el futuro inquilino de la Casa Blanca ha dado muestras elocuentes de ser un pragmático, capaz de coexistir -sin conflicto abierto- con circunstancias antitéticas y personalidades antagónicas.

Ha sido hábil construyéndose una imagen de independencia respecto a los lobbies y grupos de presión y ha logrado financiar en gran parte su campaña con fondos aportados por los propios ciudadanos de a pie. Pero hay una excepción significativa, la que hizo públicamente a finales de febrero 2007 ante una reunión con el "American Israel Public Affairs Committee", denominación eufemística que designa al lobby sionista. En aquella ocasión Obama no escamoteó nitidez a la hora de mostrar su apoyo incondicional a Israel, 'única democracia en el área' de Oriente Medio.

"Debemos preservar -dijo entonces- nuestro total compromiso con nuestra relación de defensa única con Israel mediante la completa financiación de la asistencia militar continuando el trabajo en el Arrow y los programas de defensa relacionados con misiles". Eso era exactamente lo que el Comité quería oir. Probablemente ese apoyo expreso y categórico a Israel era un gesto imprescindible para alguien que tiene nombres musulmanes tales como Barack y Hussein y despierta suspicacias paranoicas . Nadie, en cualquier caso, puede alcanzar la presidencia de Estados Unidos con el lobby judío enfrente por la simple razón de que eso equivale a tener en contra a buena parte del poder financiero y mediático.

Ese compromiso, más allá de su pragmatismo, supone una hipoteca muy condicionante a la hora de hacer realidad el propósito de distender las relaciones con los países árabes y más específicamente con Irán, declarada prioridad de Obama para su política exterior. ¿Podra su indiscutible astucia y capacidad de conciliar contrarios conjugar ambos compromisos?

Habrá que esperar a que el sobre se abra para despejar todas las razonables dudas que existen acerca de la viabilidad real del programa de Barack Obama. Mientras tanto sólo podemos seguir acariciando la esperanza de que un cambio real, de conceptos y de estilo, llegue a la Casa Blanca, lo cual será bueno para Estados Unidos y para el mundo.

(*) Deliberadamente he ignorado el componente racial. Tras el paso por el poder -de la mano del Partido Republicano- de Colin Powell y Condoleezza Rice, no creo que la raza sea un factor políticamente tan relevante como otros lo consideran. Más aún, considero importante que no lo sea porque eso, precisamente, avala la posibilidad improbable de que Estados Unidos se cambie a sí mismo y cambie el mundo, como ha prometido Obama.

02 noviembre, 2008

Refundar la democracia (y VII)


Más de dos siglos después de la 'revolución democrática' la especie humana ha experimentado, en todos los terrenos, el mayor cambio de toda su historia. A las postas y diligencias tiradas por caballos las han sustituido los viajes espaciales y el correo electrónico; ordenadores y robots industriales hacen el trabajo que ocuparía muchísimas horas a centenares de miles de personas; los resultados de unas elecciones generales son conocidos apenas cuatro horas después del cierre de los colegios; el analfabetismo ha desaparecido... ¿pero qué ha cambiado en la forma de entender e implementar la democracia en esos siglos?

Nada. Por el contrario, desde entonces, en nombre de las mayorías, se ha hecho todo lo posible para reducir el lógico pluripartidismo a un bipartidismo mutilatorio, una representación política y social manifiestamente imperfecta. Las inmensas minorías están condenadas a la abstención o al voto útil. No se sienten representadas en esta ficción democrática porque no lo están. ¿Pero alguien se siente realmente representado?

Los gobiernos, a lo largo de sus años de mandato, toman -o pueden tomar- impunemente decisiones contrarias a la voluntad de la mayoría e incluso traicionar el compromiso contraído con sus propios votantes a través de los enunciados del programa electoral. ¿Qué pueden hacer los ciudadanos contrarios a que su país entre en una guerra ilegal e injusta para evitarlo? Manifestarse, como hace tres siglos.

Los ciudadanos no cuentan más que como votantes y contribuyentes; su participación en los asuntos públicos, en las cuestiones que les conciernen y afectan personalmente, es prácticamente igual a cero. La razón es tan simple como triste. Esto no es una democracia, sino una partitocracia, un sistema regido por quienes dicen representar la voluntad popular y lo que realmente hacen es suplantarla y manipularla.

No sólo no cabe, a partir de esas bases, refundar el capitalismo; ni siquiera cabe reformarlo seriamente. No pueden hacer tal cosa quienes no son, en lo esencial, más que sus fieles servidores. Quienes dicen planteárselo desde la democracia formal no hacen otra cosa que mentir, como de costumbre.

Lo único que les preocupa ahora es, por un lado inyectar el dinero necesario para que la macroeconomía pueda volver a funcionar y por otro lado, ofrecer garantías a la economía real de ahorradores y pequeños inversores para que no saquen su dinero de donde lo tienen porque ése si sería el desastre total del sistema. Las inyecciones se hacen con dinero público, con dinero nuestro, hipotecando el futuro del país por años, arriesgando su bienestar (el nuestro, de todos y cada uno).

Juzgue cada cual acerca de la utilidad y moralidad de un sistema económico (el capitalista) capaz de crear un caos como el presente y de un sistema pseudodemocrático, incapaz de evitarlo mediante los legítimos controles que todo estado democrático verosímil debería implementar e igualmente incapaz de ir ahora a la raiz del problema para evitar que, tarde o temprano, se reproduzca la debacle.

Excede a mis propósitos -y seguramente también a mi capacidad- alargar esta serie, de por sí bastante extensa- intentando enunciar los principios sobre los que debería fundarse la democracia del siglo XXI. Espero que lo escrito sirva, al menos, como reflexión acerca del imperfecto "de dónde venimos" y de toma de postura respecto al impredecible "dónde vamos", que en esta hora nos concierne más que nunca. ¿Podemos inhibirnos ante la permanencia de un sistema obsoleto, imperfecto, injusto y fracasado?

Claro que podemos. Esa -la alienación- es la materia con la que se han estado constuyendo los estériles sueños humanos desde el principio de la historia. Pero son el entendimiento y la libertad los que hacen a la persona y la diferencian de los animales. Quienes se niegan a ejercer libremente su entendimiento y su libertad en beneficio propio y de los demás condenan a la humanidad a actuar como meros animales productores y consumidores; muy rentables por ambos motivos, los más rentables de la creación, pero indignos de llamarse ciudadanos.

Concluyo con unas citas, con el mismo propósito de invitar a la reflexión:

El hombre es, por naturaleza, un animal político.
Aristóteles (322 a. de C.)


La Justicia sólo existirá donde aquellos que no están afectados por la injusticia estén llenos de la misma indignación que quienes la padecen.
Platón (347 a. de C.)

Renunciar a la propia libertad es renunciar a la propia dignidad, a los propios derechos humanos e incluso a los propios deberes.
Jean Jacques Rousseau

Mientras el pueblo no se preocupe de ejercer su libertad, aquellos que quieren tiranizarlo lo harán. Porque los tiranos son activos y ardientes y se dedicarán en nombre de cualquier dios, religioso o no, a encadenar a los durmientes.
Voltaire

Los establecimientos bancarios son más peligrosos que los ejércitos permanentes.
Thomas Jefferson (*)

La subversión de las instituciones establecidas es meramente una consecuencia de la previa subversión de las opiniones establecidas.
John Stuart Mill

Democracia es una gran palabra cuya historia permanece inédita, porque esa historia todavía tiene que ser iniciada.
Walt Whitman

La cura para los males de la democracia es más democracia.
H. L. Mencken

Ser demócrata sería actuar reconociendo que nunca vivimos en una sociedad suficientemente democrática.
Jacques Derrida

Lo que tenemos ahora es democracia sin ciudadanos. Ninguno está en el lado público. Todos los consumidores están en el lado de las empresas. Y los burócratas de la Administración no creen que el Gobierno pertenece al pueblo.
Ralph Nader

(*) Jefferson, uno de los padres fundadores, era contrario a que la nación se dotase de un ejército permanente por temor a la instauración de una dictadura. Por el contrario defendía que los ciudadanos tuvieran armas para que, en el caso de que se impusiera una tiranía, pudieran defender sus derechos. La segunda enmienda de la Constitución estadounidense obedece a ese temor, aunque hoy sirve a quienes dan más miedo. En cambio, el peligro de la banca (mayor, según Jefferson), no motivó ningún gesto constitucional parecido.

Imagen: Terminales de un centro de proceso de datos lectorales. La informática acelera el proceso de recuento, pero no -todavía- las posibilidades de participación ciudadana en el gobierno de la 'polis'.


29 octubre, 2008

Refundar la democracia (VI)


El Estado no es la solución, es el problema.
Ronald Reagan

Mediocre actor de cine y televisión, el 40º presidente de Estados Unidos pasó los primeros cincuenta años de su vida sosteniendo posiciones demócratas y votando esa opción hasta que en los 60 cambió bruscamente. Se dice que tal cambio obedeció a la 'tibia' (?) posición del Partido Demócrata frente al comunismo. Otros lo atribuyen a que entró en contacto con Milton Friedman y éste le 'convirtió'. Sin embargo, probablemente fue la poderosa General Electric quien mayor influjo ejerció en ese cambio.

Tras haber presidido el sindicato de actores SAG (Screen Actors Guild) y denunciado a sus compañeros de profesión de ideas izquierdistas ante el hediondo Comité de Actividades Antiamericanas, Reagan fue contratado como imagen y portavoz de la multinacional (1958-1962). Ahí desarrolló, a plena satisfacción de la empresa, las dotes que le llevarían años más tarde a ser conocido como 'El Gran Comunicador'. Ya en 1964 aparece abiertamente como miembro relevante del Partido Republicano y hace una intensa campaña en apoyo del candidato de su partido, Barry Goldwater.

Hasta qué punto Reagan fue, fundamentalmente, un actor-portavoz toda su vida y no un político genuino es algo difícil de determinar. Lo que está claro es que se tomó muy en serio su papel, hasta el punto de que sólo dos años después de ser elegido gobernador de California en 1966, lo que a cualquier otro actor mediocre -Schwarzenegger, por ejemplo- le hubiera bastado, ya compite, aunque sin éxito, por la nominación republicana a la presidencia. Volverá a intentarlo estérilmente en 1976 frente a Gerald Ford y lo conseguirá finalmente en 1980, con 69 años, lo que le convertirá en el presidente más anciano que ha gobernado Estados Unidos.

Tras dos mandatos del malhadado Jimmy Carter, Reagan aparece como una opción de cambio ante una situación que se caracteriza por el desánimo y la frustración, acentuada en el terreno internacional por el triunfo del sandinismo en Nicaragua y la 'crisis de los rehenes' en Irán, que concluye precisamente el día que Reagan llega a la presidencia. En lo económico, tras la crisis del petróleo, la estanflación ha sentado sus reales y el desempleo se ha convertido en una endemia. Pero el 'salvador' está en la poltrona de la Casa Blanca y la historia va a cambiar.

Reagan llega a la presidencia como profeta del neoliberalismo, patriota, ferviente anticomunista y defensor de los derechos de los estados federados frente al 'exceso de poder' del estado federal. De inmediato elimina el control de precios del petróleo como primer gesto de cara a la reactivación de la economía estancada. La Reserva Federal reduce considerablemente la emisión de dinero para frenar la inflación de dos dígitos que imperaba, lo que logra prontamente, pero al coste de una fuerte recesión en 1981 y 1982. Su política económica, insipirada fuertemente en el monetarismo y ultraliberalismo de Friedman, es bautizada sarcásticamente en esos años como 'Reaganomía'.

El caso es que, por los azares propios de la dinámica económica (la caída de los precios del petróleo, por ejemplo), por las medidas adoptadas o por ambas cosas, la reactivación se produce finalmente en 1983. Para ello, además de lo ya mencionado, Reagan arbitró medidas muy populares entre la clase media, como un drástico recorte de los impuestos, con otras claramente impopulares entre los depauperados, como la reducción del gasto en políticas sociales. Milton Friedman, bendecido con el Nobel en 1976, aplaude entusiasmado. En realidad se aplaude, inmodestamente, a sí mismo.

La aplicación de los principios monetaristas y libertarios (*) de Friedman había fracasado estrepitosamente en el Chile de Pinochet, donde Friedman fue presentado como un profeta por los 'Chicago Boys' que integraban el equipo económico del dictador. Su práctica en la Gran Bretaña de Thatcher se abandonó prontamente, aunque la 'dama de hierro' nunca dejó de ser "una liberal del siglo XIX", como el propio Friedman la calificó. Y esa es precisamente la clave del cambio que se produce a partir de los años 80 en la política económica de todos los países: el retorno al XIX, al capitalismo descontrolado, depredador y salvaje.

Thatcher y Reagan fueron, precisamente, la más acabada expresión política de ese retorno, combinando un discurso ultraliberal en lo económico con otro ultraconservador en lo político. El suyo fue en realidad un papel de representación y defensa de los intereses del más obvio y menos democrático de los poderes: el económico. Y, por supuesto, fueron elegidos y reelegidos por la mayoría de los ciudadanos, que certificaron de este modo su inconsciente conformidad con un modelo económico que hoy, casi treinta años después de su imposición y casi ochenta después del 'crack' del 29, vuelve a caerse en pedazos arrastrando consigo a las sociedades que los soportan a un sima de consecuencias imprevisibles, pero en cualquier caso trágicas para decenas de millones de personas en todo el mundo.

La estúpida fe en la autorregulación del libre mercado se ha pulverizado y sus más fervientes defensores hablan ahora de refundar el capitalismo mientras movilizan un volumen inédito de fondos públicos para sostenerlo (inútilmente hasta la fecha) mientras tanto. ¿Se puede tener alguna confianza en la retórica de los políticos corresponsables de esta catástrofe?

Es es la cuestión. La cuestión, antes que económica, es política. Son gobiernos presuntamente democráticos los que lo han desregulado todo y se han inhibido de todo, serviles y sumisos a los intereses de un capitalismo salvaje y antisocial, regido por la más extrema codicia y una falta de escrúpulos que en la mayor parte de los casos es pura y dura delincuencia de guante blanco.

Conquistas sociales arrancadas a lo largo de siglos por los más humildes con sangre sudor y lágrimas en beneficio de la inmensa mayoría han sido inmoladas ante el sediento Moloch de oro. Todo lo que es bueno para el capital es bueno para la sociedad, se decía. El mercado libre se autorregula, se argumentaba. La flexibilidad en el empleo genera más empleo, se mentía. Así hemos llegado hasta aquí, ante un cataclismo económico de proporciones inéditas y alcance global en el que los estados están intentando cerrar con un chorro gigantesco de fondos públicos las vías de aguas del 'Titanic' de los opulentos.

Sería un error gravísimo diagnosticar que la culpa de este desastre es únicamente de los amos del dinero. Quienes deben vigilar y controlar las consecuencias de la conspiración de la avaricia, en nombre de los ciudadanos a los que representan, se han revelado como cómplices de ella. Aunque contemplado desde un punto de vista radicalmente distinto al empleado por Reagan, nunca ha quedado tan meridianamente claro que "el Estado no es la solución, es el problema".

No hay que refundar el capitalismo, como dice querer Sarkozy. Hay que fundar la democracia, profundizar en ella de modo que nunca más sea posible que quienes dicen representar al 'pueblo soberano' lo traicionen impunemente y acaben vaciando las arcas del Estado a beneficio de sus auténticos señores y patrocinadores. Esa pseudodemocracia no nos sirve. Nunca lo ha hecho y pensar que va a ahorrarnos futuros sobresaltos y sacrificios es algo más que absolutamente ilusorio. Es estúpido.

(*) Dentro de la anómala taxonomía política estadounidense, que califica como 'liberal' a la gente izquierda, se autodenominan 'libertarios' (libertarians) quienes quieren la total inhibición del Estado en la economía, la enseñanza, la sanidad... a mayor beneficio de la iniciativa privada. De hecho es la línea más radical del ultraliberalismo y el neoconservadurismo. Nada que ver con el libertarismo histórico, de raiz anarquista. Quienes siguen reivindicando esa ideología en Estados Unidos se ven obligados a calificarse como 'left libertarians'.

Imagen: Ronald Reagan saluda a Milton Friedman, su 'Pigmalion' económico.

Continuará.

24 octubre, 2008

Refundar la democracia (V)

Quienes insisten en afirmar que la política y la economía son y deben ser cosas ajenas e independientes entre sí para declarar, como consecuencia de ello, la soberanía del mercado, basada en su 'sabiduría' innata, están negando evidencias históricas mayores. En el capítulo anterior, aunque sin especial detenimiento, se ha aludido al papel decisivo que tuvieron las guerras -las napoleónicas en Europa y la de secesión en Estados Unidos- en el enriquecimiento de los míticos Rothschild o del no menos mítico JP Morgan.

Toda guerra es una decisión política. En ocasiones existe en su origen un móvil económico, pero no suele ser el principal. Para los financieros, en cualquier caso, lo normal es que sean un gran negocio, especialmente si patrocinan al vencedor. Estados Unidos llegó al cénit de su crecimiento y expansión a raiz de su participación en las dos guerras mundiales, que situaron su máquina productiva en máximos históricos, con una participación excepcional de las mujeres en el mundo laboral.

Cuando ambas conflagraciones concluyeron, el país, que inicialmente había vacilado en participar, resultó el auténtico beneficiario de las brutales masacres. A diferencia del resto de los contendientes la devastación no le había alcanzado. Sus infraestructuras estaban intactas y su economía lista para seguir creciendo sobre la destrucción generada. El imperio estadounidense brillaba sobre todo el planeta y sólo tenía un competidor político: la Unión Soviética, que económicamente se hallaba en una situación mucho peor y a la que la implicación en la carrera de armamentos y en la espacial, unida a una gestión muy torpe a nivel de política económica acabarían por hundir en las cuatro décadas siguientes.

No hay regla sin excepción y hay guerras que se pagan caras, aunque no se participe en ellas directamente. Basta con apoyar a uno de los contendientes. Eso fue lo que sucedió en el conflicto bélico conocido como del Yom Kippur (día de la expiación, fiesta sagrada judía), cuando Egipto y Siria -los grandes perdedores, despojados y humillados de la guerra de los Seis Días (1.967)- atacaron por sorpresa a Israel. La sorpresa fue genuina porque la inteligencia judía descartaba un ataque en coincidencia con el Ramadán musulmán. Y el resultado, tras apenas veinte días de choques armados, fue el previsible: la derrota de los atacantes, con el apoyo evidente de Estados Unidos y la solidaridad de gran parte de las democracias occidentales.

Lo que siguió a la derrota de los islámicos fue una guerra económica con el principal recurso a su alcance como arma: el petróleo. Los países árabes exportadores acordaron no vender su oro negro a Estados Unidos y al resto de los países 'pro-sionistas'. La esperanza de poder contar con el suministro del resto de los países de la OPEP se vio frustrada ante la decisión de éstos de aprovechar la circunstancia para subir el precio del petróleo hasta un nivel menos 'ridículo' que el vigente, impuesto por 'Las siete hermanas', multinacionales -en su mayor parte estadonunidenses- que actuaban coordinadamente como 'cartel'.

Aunque obviamente el cambio afectó a todo el mundo, especialmente para Estados Unidos el aumento extraordinario de los precios del petróleo supuso un golpe mortal, dado que se inscribió en un cuadro caótico previo que va desde un serio 'crash' brusátil, que se extiende de enero de 1973 a diciembre de 1974, hasta una inflación descontrolada, y está marcado a fuego en lo político por el 'caso Watergate', fiasco traumático de las 'virtudes democráticas' que, según una tradición tan falsa como legendaria, adornan a la 'tierra de los libres'. La nación del 'easy money' y de las oportunidades despierta abruptamente de su sueño y se estremece ante un panorama en el que su prosperidad ya no está convenientemente garantizada.

Previamente, en 1.971, Estados Unidos había abandonado el compromiso de Bretton Woods, que convertía al dólar en moneda de referencia internacional y la vinculaba al patrón oro, y había puesto la divisa en flotación, decisión rápidamente seguida por el resto de las monedas. El fin de Bretton Woods sólo era el principio de una revisión radical del paradigma keynesiano y de los principios del 'New Deal'. De la mano de la crisis del petróleo y de sus devastadoras consecuencias económicas regresa y se fortalece el discurso ultraliberal.

La derrota de Keynes y sus teorías intervencionistas, que Von Hayek no pudo consumar en su agrio debate de los años 50, llegará de la mano de Milton Friedman, mejor comunicador que economista, que vende precisamente el discurso que los dueños del dinero insisten en promocionar. En el horizonte ya se perfilan las figuras del actor Ronald Reagan y de la 'dama de hierro' Margaret Thatcher.

La era de los charlatanes está a punto de empezar.

Imagen: John Maynard Keynes.

Continuará.

21 octubre, 2008

Refundar la democracia (IV)

Dejadme emitir y controlar el dinero y no me importará quién haga las leyes.
Mayer Amschel Rothschild (1744-1812)


La profética afirmación del fundador de la larga, próspera y legendaria dinastía de banqueros Rothschild -primera banca internacional de la historia- ilustra nítidamente el drama inaugural de la democracia, la raíz que la convertiría en su caricatura (la llamada 'democracia formal'), mucho más manejable que una auténtica democracia. La frase se cita expresamente en el documental 'El dinero como deuda', cuya visión insisto en recomendar a quienes sigan esta serie (está en la entrega II). En él se subraya y se explica que son los bancos quienes realmente crean el dinero (y lo controlan), en base a las deudas que con ellos contraen los ciudadanos, las corporaciones e incluso -paradójicamente- el propio Estado, que es quien materialmente lo acuña y emite. El sueño de Mayer Amschel Rothschild es una realidad. Y una pesadilla.

Cuatro siglos antes del nacimiento de Cristo, cuando la cultura judeo-cristiana que hoy impera en el mundo no podía ni presagiarse, un filósofo griego tenía muy claro lo que sería una auténtica democracia. Aristóteles, en 'La Política', establece que "en una democracia los pobres tendrán más poder que los ricos porque son más y la voluntad de la mayoría es suprema". He ahí enunciada, en síntesis, la utopia democrática, una forma de gobierno que ha llenado los sueños de innumerables generaciones a lo largo de la historia.

No hay dos utopías más antitéticas que la democrática y la capitalista. Eso es algo que los demócratas genuinos tienden a ignorar, pero no los financieros, que por sí o por potencia interpuesta abortan todo intento de gobierno del pueblo -o para el pueblo- allí donde se produce. Insistiré aún: asegurar el propósito de 'refundar el captalismo' desde el poder político 'democrático' de curso 'legal' no es otra cosa que un cínico sarcasmo propio de un mistificador oportunista como Nicolas Sarkozy.

Pero volvamos a los Rothschild y a su portentoso destino. Lo primero que aprendió el habilidoso fundador de la dinastía fue la conveniencia de acercarse al poder político. Su proximidad a Guillermo I, príncipe de Hessen-Kassel, uno de los aristócratas más ricos y uno de los prestamistas más importantes de Europa, le proporcionó conocimientos impagables y buenas oportunidades de negocio. Lo segundo que aprendió fue la importancia de disponer de información privilegiada, de la que disfrutó mediante el soborno del responsable de los correos, el príncipe de Thurn y Taxis (1). Cuando, a través de los cinco hijos varones de Mayer, la banca Rothschild se internacionalizó estableció un sistema de correo rápido y seguro, que servía no sólo para transportar dinero sino también información a mayor velocidad que el parsimonioso correo de la época (2).

Las guerras fueron el gran negocio de los Rothschild en una Europa en permamente conflicto y los hijos de Mayer (Amschel en Frankfurt, Salomón en Viena, Nathan en Londres, Kalmann en Nápoles y James en París) las financiaron sin reparar en el beneficiario. Mientras James prestaba dinero a Napoleón, Nathan financiaba la empresa bélica de Wellington, que combatía a aquél en España. La banca internacional no sólo no tiene patria, sino que también carece de debilidades políticas. Su única apuesta permanente es por al máximo beneficio y el máximo poder. Ese es su único credo.

La larga saga de los generalmente longevos Rothschild es el paradigma de la evolución del capitalismo financiero internacional y ha devenido casi una leyenda en la que resulta difícil discernir lo cierto de lo falso, dada la inclinación familiar al secreto (3). Hay quien estima que pese a mantener una apariencia sólida pero modesta, a través de pequeños bancos, son ellos quienes controlan el oro del mundo y que su mano se oculta tras instituciones financieras estadounidenses como Morgan, Rockefeller o Warburg, enriquecidos a raiz de la guerra de secesión americana (1861-1865). Siempre las guerras.

El conjunto de la banca vive un periodo de esplendor extraordinario en coincidencia con las aventuras coloniales europeas y la gran vitalidad y expansión de la economía de Estados Unidos, donde al final victorioso de la I guerra mundial sucede un periodo de extraordinaria euforia. Pero el 'crack' de 1929 no deja lugar a dudas de que algo está mal -muy mal- en un sistema económico basado en el crecimiento descontrolado y la especulación desbocada. Entonces, como ha ocurrido ahora, el índice bursátil había crecido hasta un nivel extraordinario e irreal justo antes de que se precipitara al abismo vertiginosamente (4).

La trágica consecuencia fue una prolongada depresión económica que afectó en mayor medida a los ciudadanos más modestos, en especial trabajadores y pequeños propietarios agrícolas. El Estado hubo de atajar la catástrofe y prevenir su repetición mediante un conjunto de medidas intervencionistas (el New Deal, patrocinado por Franklin D. Roosevelt). Posteriormente, en la Conferencia de Bretton Woods (1944), se sientan las bases del nuevo orden económico internacional, basado en el dólar, y apoyado en dos instituciones cuyo papel en la presente crisis está siendo muy cuestionado: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Los estados intervienen en la economía y, aunque no sin conflictos ni suspicacias, la confianza se restablece en gran medida. El poder financiero se da por satisfecho, pero ¿es preciso subrayar que sólo lo hace de modo provisional? Subrayémoslo entonces.

(1) Una anécdota revela la naturaleza de la relación de estos dos personajes: El príncipe de Thurn y Taxis visita a Rothschild y lo encuentra trabajando. "Tráigase una silla", le dice el banquero. "Soy el príncipe de Thurn y Taxis", responde ofendido el aristócrata. "Entonces traiga dos", le replica el banquero. Parece sacado de Groucho Marx, ¿verdad? Sin duda es humor judío, pero teñido en este caso de sarcástica arrogancia.
(2) Se cuenta que un agente de confianza de Nathan Rothschild, desplazado a la zona de Waterloo para seguir la batalla, reventó caballos y cruzó el canal a toda velocidad para llegar a la Bolsa de Londres un día antes de que se conocieran oficialmente las noticias de la derrota de Napoleón. Allí procedió a vender a toda prisa acciones de su patrón, lo que llevó a los presentes a la idea de que el derrotado había sido Wellington y a imitar su vértigo vendedor. Para Nathan fue un día inolvidable, pues sus agentes encubiertos compraron a la baja todas las acciones; las propias y las ajenas, que eran las que realmente interesaban.
(3) La más reciente aparición de un miembro de la saga ha sido, sin embargo, rutilante y significativa. Edmond de Rothschild se hizo en 2005 con la propiedad del diario francés Liberation, refugio hasta entonces de las ideas que tuvieron su hora en mayo del 68. El sarcasmo no puede ser más cruel.
(4) Sólo en 1954, 25 años después, las acciones recuperaron el valor que tenían inmediatamente antes del 'crack'.

Imagen: Mayer Amschel Rothschild, el fundador de la dinastía.

19 octubre, 2008

Refundar la democracia (III)


En un tiempo de engaño universal decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.
George Orwell

Más allá de la obviedad de que la palabra democracia significa desde su origen "Gobierno (kratos) del pueblo (demos)" y que tal cosa no existe ni ha existido sobre la faz de la tierra (salvo circunstancialmente y en comunidades muy pequeñas) hay otra obviedad incuestionable: no se puede refundar lo que no existe más que como idea. El capitalismo y su hegemonía son un hecho, la democracia en cuyo nombre alguien dice querer 'refundar el capitalismo' es una ficción. Las falsas democracias que vivimos son la obra del poder económico y no al revés. Esa es la cuestión clave: la política carece de la autonomía y la legitimidad necesarias para esa tarea.

La 'democracia' que tenemos es la que conviene a los poderosos: una falsificación. Ciertamente, todas las consituciones 'democráticas' del mundo se refieren, para legitimarse, a la auténtica y desconocida democracia. Enumeran toda una serie de derechos y deberes ideales que las leyes posteriores -junto con las omisiones y abusos habituales- convierten en papel mojado.

Eso es lo que se llama 'democracia formal', algo que yo, sarcásticamente, acostumbro a calificar como 'democracia teatral', en la medida en que la representación política de los ciudadanos es suplantada por una escenificación (representación también, pero en un sentido muy diferente) destinada a mantener la ficción de que es el pueblo el que decide más allá de toda evidencia palpable.

Las sedicentes democracias que habitamos son el producto de un momento histórico crucial (segunda mitad del siglo XVIII) en el que la creciente consolidación de la clase burguesa -producto del auge de la industria, el comercio y la actividad financiera- exige el fin del absolutismo monárquico y de los privilegios políticos y económicos de una aristocracia putrefacta y parasitaria, que yugula su libertad para expresarse, actuar y enriquecerse.

La revolución francesa es el paradigma. Y no cabe negar que existía una intelectualidad burguesa honesta e idealista, que en gran medida ayudó a iluminar el país y el mundo con la luz de la razón y la libertad. Pero detrás y junto a ella latía, simplemente, el deseo de la nueva clase de tomar el poder, todo el poder. El hecho de que no mucho más tarde llegase Napoleón no es en absoluto contradictorio, sino coherente con los planteamientos burgueses.

La tendencia jacobina que se impone en un momento dado del convulso proceso revolucionario es radicalmente contraria a los intereses de la nueva clase en expansión. El establecimiento de precios máximos para los productos de primera necesidad y la nacionalización de algunas industrias le exasperan, mientras que la vigilancia y presión que los jacobinos ejercen sobre los diputados conservadores para que no se altere el espíritu revolucionario original frustra sus propósitos. El caos se instala y da aliento a los partidarios del antiguo régimen absolutista, pero también a quienes quieren ir más allá, hacia el socialismo (Babeuf).

Paradójicamente, Napoleón Bonaparte, el general corso que pone orden, se autocorona emperador tras haber pasado por el Directorio y el Consulado de la república. Su ambición territorial y su talento militar poseen la virtud de catalizar el ánimo de todos los franceses y congelar la ebullición política precedente. Él, además, tiene la habilidad de mantener en lo esencial la letra de algunas de las conquistas del periodo revolucionario: la igualdad de todos ante la ley, la negativa de los privilegios clericales, la libertad de expresión y las libertades individuales.

Irónico, pero cierto. De la mano de un emperador pequeño burgués, la gran burguesía francesa ahuyenta sus fantasmas, se consolida y se enriquece.

¿Y la democracia? Puede esperar. Aquella democracia que el jacobino Maximilien Robespierre había enunciado en términos de "es un estado en el que el pueblo soberano, quiado por unas leyes que son obra suya, hace por sí mismo todo lo que puede hacer, y mediante delegados todo lo que no puede hacer por sí mismo" podía esperar. De hecho sigue haciéndolo dos siglos después y por las mismas razones.

Imagen: Jean-Jacques Rousseau

Continuará.


18 octubre, 2008

Refundar la democracia (II)

Antes de entrar en el meollo del tema creo necesario aportar algunos materiales que ilustran -del modo más ameno posible- hasta qué punto son indecentes y arriesgadas las prácticas financieras usuales y también en qué medida es gravísima la responsabilidad de los gobiernos en la crisis económica que está sacudiendo el mundo.

El primero es un impagable documental, 'El dinero como deuda', que explica, con claridad y capacidad de síntesis, lo que es actualmente el dinero, cómo nace (también por ende cómo escasea, tal que ahora con la crisis de liquidez) y hasta qué punto es una 'realidad' virtual. Los datos que aporta son de importancia esencial para comprender a fondo lo que está sucediendo. Deja claro, por otra parte, hasta qué punto 'la refundación del capitalismo' no es otra cosa que una gratuidad retórica de Sarkozy: un imposible absoluto sin un previo consenso político, que a estas alturas de la historia debería ser global.

El dinero es deuda



El segundo vídeo ilustra, con genuino humor negro británico, el intríngulis de las hipotecas 'subprime', ese tocomocho cuyo predecible fracaso inició la crisis generalizada de confianza que es la causa del terremoto económico que vivimos.




Finalmente, Leopoldo Abadía desarrolla en su blog la historia de la que, en honor a los beneficiarios (primeras víctimas en realidad) de las hipotecas 'subprime', denomina 'la crisis NINJA', a partir de las iniciales que definían su situación: No Income, No Job, no Assets (sin ingresos, sin trabajo, sin bienes). Para mayor comodidad, ofrece un PDF que puede leerse cómodamente offline o imprimirlo para mayor comodidad aún.(son 50 folios)

Sé que es bastante tarea, pero hay un fin de semana por delante y tenéis la oportunidad de disfrutar el derecho a estar informado (clave para ejercer responsablemente la ciudadanía), ese derecho que niegan los mass media en una conspiración de silencio que les califica mejor que cualquier adjetivo conocido. Ellos, como los gobiernos, comparten responsabilidades en esta debacle que parece imparable.

Continuará.

16 octubre, 2008

Refundar la democracia (I)

Anoche, mientras Nicolas Sarkozy anunciaba pomposamente el propósito comunitario de llevar a la conciencia del mundo -y más específicamente de EE UU- la necesidad de 'refundar' el capitalismo, el índice Dow Jones de la bolsa estaodunidense experimentaba su mayor caída en más de dos décadas. Ciertamente, los mercados bursátiles no son la medida de todas las cosas, pero el perfil 'psico-emocional' que delatan sí es el espejo exacto de una situación netamente patológica.



Las bolsas -todas- son el termómetro de la desconfianza desatada en un sistema económico basado esencialmente en la especulación. La consideración del 'cuadro médico' (*) del paciente (índice Fibonacci del Dow Jones) evidencia que está pasando de un euforia enloquecida a una depresión profunda.

Esa gráfica muestra un crecimiento sistemático desde 2003 hasta comienzos de 2008. El incremento roza los 6.000 puntos y a nadie se le oculta que no responde en absoluto a los índices de crecimiento de la economía real ni a expectativas razonables de que éste se produzca. Se trata de especulación pura y dura, un fenómeno que duda levemente cuando se produce el fiasco de las hipotecas 'subprime' para emprender a continuación una disparatada escalada, tanto más paradójica cuanto la crisis de liquidez era ya una evidencia.

Los mercados bursátiles nos muestran la cara más descarnada y repulsiva de ese capitalismo que Sarkozy dice querer 'refundar', como si el egoísmo, la codicia, el fraude y la falta de escrúpulos que imperan en la jungla desregulada fueran modificables mediante una delicada intervención en el genoma de la avaricia.

Hay un hecho que parece escapárseles a nuestro cínicos y desprejuiciados políticos, cómplices objetivos de la debacle que se está desarrollando: no se puede corregir la naturaleza antisocial del capitalismo sin proceder antes a una corrección más viable, lógica y urgente: refundar (auténticamente) la democracia.

Cuando los gobiernos representan en mayor medida los intereses de la minoría opulenta que los de los ciudadanos cuya voluntad secuestran; cuando la representación de la pluralidad social y política de los estados se reduce artificialmente a Gobierno y Oposición (con frecuencia intercambiables); cuando es el erario público el que acude masivamente en ayuda de un sistema financiero -que en muchos casos debería ser denunciable de oficio- a costa del bienestar social presente y futuro lo que hay que refundar es esa sedicente democracia.

De otro modo, tras algunos años o décadas volverá a ocurrir lo mismo que ahora sucede y volverán a pagar justos por pecadores. Estamos ante un fraude recurrente e intolerable.

(*) Índice no actualizado.

Continuará