29 abril, 2004

De miserables y miserias

¿Qué es un hombre? Un miserable montón de secretos.
André Malraux

Miserable, vil, mediocre, incompetente. Eso le ha llamado Acebes a su sucesor al frente del Ministerio del Interior. Y todo por una venial crítica a la "imprevisión política" del pretérito Gobierno en relación con los atentados del 11-M. El Ejecutivo, según Alonso, habría menospreciado el riesgo real de un ataque del terrorismo islámico en España, diagnóstico que, tras lo sucedido, parece incluso piadoso y prudente.

Puesto a montarla, curiosamente con un día de retraso respecto a la emisión de la "ofensa", no se puede negar que el PP se las ha apañado para crear una aparatosa tempestad en un vaso de agua, con carta de protesta incluída del jefe de la oposición, el inefable Rajoy, al presidente del Gobierno. Hoy mismo, el ex candidato derrotado ha pedido la reunión del Pacto Antiterrorista con el argumento de que el ministro habría vulnerado el compromiso de mantener el tema del terrorismo ajeno al debate partidista. El hecho de que ese punto del pacto hubiera sido consensuado teniendo en cuenta exclusivamente la cuestión vasca no parece ser un impedimento para que el partido de la oposición plantee tal exigencia. Y la cuestión es: ¿por qué tanto ruido por tan poca cosa?

Ciertamente el PP tiene la piel muy fina, y más tras su caída libre desde la mayoría absoluta a la oposición, y es patente su hipersensibilidad respecto al 11-M, que a 72 horas de unos comicios en los que su victoria estaba cantada, les condujo al precipicio desde el que, con sus mentiras sobre la autoría, se lanzaron directamente al infierno. No menos cierto es que los indicios acerca de lo que va a ser su política de oposición, a sólo unos días de la toma de posesión del nuevo Ejecutivo, sugieren que el partido defenestrado está dispuesto a hacer gigantescas montañas sobre mínimos granos de arena. ¿Pero es eso todo? ¿Basta para explicar la desproporcionada y tardía respuesta del ex ministro del Interior a la crítica de su sucesor, equiparándole con Arnaldo Otegui, al que dedicó el mismo epíteto ("miserable") cuando en la aciaga jornada de los atentados el líder de Batasuna señaló al extremismo islámico como el autor más verosímil? ¿Llama Acebes miserable a todo el que pone el dedo en la llaga?

En algún momento, tras los atentados de Madrid, he llegado a plantearme la posibilidad de que la inteligencia española, y por ende el Gobierno "popular", hubieran estado jugando un peligroso papel de "aprendiz de brujo" (el de quien maneja instrumentos o recursos potencialmente destructivos y que no conoce ni controla suficientemente), tolerando las actividades de los fundamentalistas magrebíes en la confiada y reconfortante creencia de que sus actividades sólo podían dirigirse contra Marruecos, país con el que -por razones que nunca ha explicado ni explicará- el Ejecutivo de Aznar mantuvo una confrontación a primera vista irrazonable.

Tal hipótesis me parecía hasta ahora escasamente probable, más propia de un delirio de política-ficción que de un intento de análisis serio de los hechos. Ahora ya no me lo parece tanto, no sólo por la reacción excesiva del PP a la inocua acusación de imprevisión formulada por el nuevo ministro del Interior sino por los datos inquietantes que aporta el diario El Mundo al presentar a dos de los implicados en los atentados como confidentes de las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Especialmente preocupante es que entre los confidentes se halle Emilio Suárez Trashorras,
el hombre que proporcionó a los terroristas islámicos 200 kilos de goma dos. ¿No comunicó
esta sospechosísima transacción a cambio de hachís a la Policía Nacional? ¿Si lo hizo, cuál
fue el destino de dicha confidencia? ¿Se menospreció en la confianza culpable de que el
explosivo iba a ser utilizado fuera de España?

Atemos más cabos. ¿por qué los informes del CNI que en su día utilizó el Gobierno en descargo de su "honor" comprometido minimizaron la pista islámica magrebí cuando las FSE estaban siguiendo precisamente esa pista desde las primeras horas del 11-M? ¿Por qué la Policía fue a buscar al "Tunecino", jefe del comando, esa misma mañana, a su lugar de trabajo, al que no acudía desde días atrás, según publicó en su momento "El Mundo"?

Hay un gran agujero negro en relación con el 11-M que tal vez nunca pueda aclararse, pese a que hacerlo es una candente exigencia en un sistema democrático digno de tal nombre. En una "Espiral" del mes pasado consideraba necesario someter la ejecutoria del CNI al escrutinio de una comisión de investigación "para tranquilidad de los españoles y servicio a la verdad histórica". Ahora me parece que la creación de esa comisión es urgente porque existen indicios de que el Gobierno del PP podría haber incurrido en algo algo mucho menos disculpable que la mera "imprevisión política" que tan ardientemente rechaza.

25 abril, 2004

Matar a Arafat

La indecencia arrogante e impune del gobierno israelí parece no conocer límites. Ahora, ese monstruo corrompido y sanguinario que es Ariel Sharon se declara desvinculado de la promesa que hizo a su padrino, Estados Unidos, de no asesinar a Arafat. Y de ello sólo cabe concluir, ineludiblemente, que Bush le ha dado "permiso" expreso para atentar contra el jefe de la Autoridad Nacional Palestina. O, lo que es lo mismo, que podemos dar a Arafat por muerto.

El "derecho" a asesinar a Arafat sería una más entre las concesiones impropias que la Casa Blanca ha decidido hacer al gobierno genocida de Israel, junto con el visto bueno a la apropiación de una buena parte de los territorios ocupados durante la "guerra de los seis días", so pretexto de la consolidación "irreversible" de los asentamientos de población israelí, tantas veces denunciados a nivel internacional, en ellos. He ahí en qué ha quedado la promesa de poner fin al contencioso entre israelíes y palestinos que se utilizó como vaselina para hacer más viable ante la opinión pública internacional el desproporcionado supositorio de la invasión de Irak.

La guerra de Irak, lejos de favorecer una solución pacífica y justa para los palestinos, ha potenciado la impunidad del gobierno israelí para hacer añicos la malhadada "hoja de ruta", acelerar su política de terrorismo de Estado -tan de Estado que la practica el propio ejército con medios desproporcionados- e imponer "de facto" su punto de vista y sus intereses, arruinando toda posibilidad de un acuerdo, aun a largo plazo. Incluso han transcendido algunos detalles sobre un intento fallido del servicio secreto israelí de crear una célula de Al Qaeda en Gaza para justificar más y mejor sus acciones abusivas en la franja. La lucha internacional contra el terrorismo se ha convertido en una coartada providencial que Sharon ha sabido aprovechar.

Si Israel mata a Arafat no hará otra cosa que cerrar un círculo sangriento, basado en el asesinato, que se inicia tan remotamente como en 1972, cuando decide responder a la acción de Septiembre Negro en Munich contra el equipo olímpico israelí con una secuela de atentados mortales dirigidos no tanto contra los líderes de aquella facción terrorista como contra todo el entorno de Arafat, especialmente el que, con creciente éxito, gestionaba la representación internacional de la OLP ante los gobiernos occidentales, en busca de apoyo para su causa, hasta entonces prácticamente silenciada.

Esa línea de actuación, impropia de un Estado de derecho, ha tenido escasas pausas durante estos más de treinta años y, lejos de disminuir, se ha acelerado en los tiempos más recientes, al amparo de la nueva política internacional definida por Bush y su camarilla. Los asesinatos del jeque Yassín, líder espiritual de Hamás, y de su sucesor, Rantisi, evidencian una escalada que tendría en Arafat su culminación.

El jefe de la Autoridad Nacional Palestina es el hombre que ha dirigido los azarosos destinos de su pueblo durante cuatro décadas. Desde el expolio de su tierra y la imposición de la dramática alternativa entre el exilio o la humillación, centenares de miles de palestinos han pasado por una terrible travesía del desierto, con escalas en Jordania, Líbano, Túnez... y el mundo. A lo largo de esa pesadilla, Arafat ha perdido a sus mejores hombres, pero no la esperanza de llegar a un acuerdo de paz y lograr el reconocimiento del derecho a una patria, al menos en una parte del territorio que habitaron sus ancestros.

Finalmente, en 1993, el acuerdo de Oslo, basado en el mutuo reconocimiento del derecho a la existencia como nación entre Israel y Palestina, pareció el principio del fin de la larga marcha palestina de derrota en derrota. Sin embargo, el 4 de noviembre de 1995, Isaac Rabin, el hombre que había firmado la paz con Arafat, fue asesinado por un joven ultraortodoxo judío en lo que tuvo todas las trazas de una conspiración interna a la que no serían ajenos los siempre oscuros servicios de inteligencia. Final abrupto del breve sueño.

La era Sharon, que culmina un proceso político regido por la intransigencia de los partidos religiosos israelíes, minoritarios pero necesarios para conformar mayorías parlamentarias, es el imperio de la provocación y el abuso. Está marcada a sangre y fuego por una política destinada a convertir en papel mojado todo lo acordado en Oslo. Cuando en septiembre de 2000, en plena campaña electoral israelí y protegido por un millar de policías, Sharon se interna en la explanada de las mezquitas de Jerusalén no sólo está haciendo un obvio guiño al electorado fundamentalista judío sino desatando deliberadamente la ira de los palestinos.

Desde ese día todo fue a peor, que es como a Sharon le gusta que vayan las cosas para aplicar su particular versión de la ley del Talión: cien palestinos por cada israelí. ¿Será el asesinato de Arafat el último o el comienzo de un baño de sangre sin parangón? A Sharon no le preocupa y a los ultraortodoxos aún menos. Dios está con ellos. También los musulmanes lo creen. Los pueblos que afirman que sus dioses los prefieren, les cuidan e incluso les hablan para darles órdenes constituyen un peligro para la humanidad en este convulso siglo XXI, en el que todos los frutos positivos del racionalismo y la secularización occidental están siendo puestos en cuestión a causa de las contradicciones de quienes dicen sustentarlos.

Si Israel asesina a Arafat no sólo pondrá en pie de guerra a todos los palestinos -cosa que, sin duda, no crea la menor inquietud en Sharon y sus socios- sino a todo el mundo árabe-islámico, que ya está -por ahora de modo minoritario, pero violentísimo- abiertamente enfrentado con Occidente. Que Israel y Estados Unidos arrojen sistemáticamente leña al fuego sería asumible si sólo ellos pagasen las consecuencias. El problema es que, al ritmo que van los acontecimientos, ambos pueden estar a punto de pisar la mina que desate una conflagración mundial que no van a ser ellos los únicos en pagar.

He ahí un riesgo con el que la Unión Europea no debe ser solidaria. Es urgente -y España puede haber comenzado a desempeñar un papel importante en ello- marcar distancias, primero, y ejercer una firme presión, inmediatamente después, para reconducir el conflicto entre israelíes y palestinos y replantear las relaciones occidentales con el mundo islámico sobre bases de equidad y respeto. De lo contrario estaremos alimentando el fuego del radicalismo integrista musulmán, firmemente convencido de que vale la pena morir matando, y que, en estas gravísimas circunstancias, no puede sino crecer hasta hacerse con el poder en países cuyos gobiernos, todavía hoy, son no beligerantes.

Claveles marchitos

A revoluçao dos cravos: Treinta años después, se registran hoy miradas llenas de nostalgia y perfumadas de romanticismo sobre la jornada del 25 de Abril de 1974 en Portugal. Hay que admitir que aquello fue muy bonito, especialmente contemplado desde la limítrofe España de la dictadura. A qué negarlo. Pero nadie ignora que aquellos soldados armados con fusiles que sólo parecían fabricados para disparar claveles sobre la multitud, reconciliada por primera vez con el ejército de su país, no alumbraron ninguna revolución. Spinola fue el Suárez portugués; Soares fue el González.

Los sueños revolucionarios de militares radicales como Saraiva de Carvalho, Rosa Coutinho o Vasco Gonçalves se hundieron en poco tiempo bajo el peso del miedo al riesgo de muchos de los que se habían lanzado a la calle para celebrar el golpe. Una cosa es terminar con una dictadura y otra muy diferente hacer una revolución. La mayoría del pueblo portugués, finalmente, sólo quería el retorno de la democracia.

Y eso es lo que hay. La transición española dista mucho de ser tan fotográfica y estética, pero es lo mismo. La única diferencia es que los españoles de izquierda revolucionaria tardaron mucho menos tiempo en perder la esperanza porque nadie les dio la más mínima oportunidad de alentarla.

19 abril, 2004

Un buen comienzo

Por razones fundadas en una doliente y resentida memoria histórica he tenido -y mantengo- un amplio escepticismo y una inevitable reticencia respecto a la fiabilidad del PSOE y de sus promesas. Considero que los trece años del "felipato" constituyeron una época prematuramente decepcionante y frustrante -estábamos estrenando la democracia- para cientos de miles, si no millones, de españoles. Aquel PSOE enterró las esperanzas de la España progresista y trabajadora bajo una montaña de mentiras, traiciones, pragmatismo barato, arrogancia rampante y militante inmoralidad. Sólo la segunda legislatura del PP es comparable a aquel fraude impune a la ciudadanía.

Cuando, tras algunos intentos patéticos de regenerar la dirección del partido con los "degeneradores" manejando los hilos, aparece finalmente Rodríguez Zapatero como la gran esperanza blanca, no se puede decir que despertase grandes entusiasmos. Su perfil bajo y neutro, su plegamiento casi acrítico a los planteamientos imperativos del Gobierno del PP en temas en los que su partido debería haber exigido una negociación a fondo, sus avances acerca de la política económica "deseable", su aparente incapacidad para poner orden en los "taifas" de su partido y su irresolución acerca de muchos problemas sensibles y urgentes, no invitaban precisamente a replantearse la imagen de un partido que se había hecho el "harakiri" en una imparable huida hacia adelante.

Pero he aquí que, por mérito involuntario del Gobierno saliente, Rodríguez Zapatero se ha convertido en rector de los destinos del país en circunstancias sumamente críticas. El hombre al que el PP ha llamado de todo menos guapo, con su tradicional filosofía de ejercer el poder como si estuviera en la oposición (y lo estaba: en la oposición a la ciudadanía) se ha encontrado al frente del Estado con cientos de miles de votos prestados por gentes escarmentadas, forzadas a elegir entre el mal mayor previsible (la continuidad del PP en el poder) o el mal menor probable: el retorno del PSOE.

Hoy debo decir, sin embargo, que, con su decisión de acelerar la retirada de las tropas españolas de Irak, Rodríguez Zapatero se ha abierto una cuenta de crédito en la confianza de los españoles. Ciertamente es un crédito frágil, una confianza a la que le quedan muchas pruebas por superar, pero es un buen comienzo, especialmente teniendo en cuenta que la medida es previa a la primera reunión del Consejo de Ministros del nuevo Gobierno. El mensaje es, pues, deliberadamente personal y declara expresamente la urgencia que las circunstancias exigen.

Estados Unidos no ha dejado lugar a dudas respecto a su determinación de mantener la dirección militar de la ocupación/reconstrucción de Irak (eufemismo con el que se denomina a la situación de guerra que siguió de inmediato a la rápida "victoria" militar). El porqué de esa determinación es claro: Washington no renuncia a los objetivos originales y reales, económicos y estratégicos, de su iniciativa bélica, muy alejados de pretextos falsarios tales como la posesión de armas de destrucción masiva, la necesaria transformación de una tiranía en democracia o el combate contra el terrorismo internacional. Estados Unidos llegó a Irak para quedarse. Ello le permite poner un pie más sobre el petróleo árabe, controlar militarmente los destinos, tan imprevisibles como inquietantes -gracias precisamente a su política-, de los países de la zona, y tutelar la impunidad de Israel frente a la permanente vulneración de los derechos del pueblo palestino.

La cuestión es que cada palo debe aguantar su vela. Y nada tiene que ver la vela -y mucho menos la bandera- española con el pabellón pirata y la singladura aventurera y depredadora de Estados Unidos. La decisión de Aznar (q.e.p.d.) de apuntarnos a la canallería global no sólo constituyó una opción conscientemente inmoral, sino que, además, fue un error histórico de consecuencias incalculables. Corregirlo era urgente, tanto más cuanto la escalada de violencia en Irak amenaza con aumentar en cualquier momento el número de víctimas españolas de esta gigantesca insensatez.

Sin embargo, el aplauso que esta decisión de Rodríguez Zapatero merece podría quedar minimizado si se cumple la anunciada e injustificable compensación -destinada a templar gaitas con el gran "boss"- de aumentar la presencia militar española en Afganistán. Tampoco allí se nos ha perdido nada y es otro pozo envenenado del que sólo pueden surgir pesadillas. El propio Karzai -otro títere leal a EE UU, como en Irak lo es el más que oscuro Chalabi- ha declarado recientemente que la presencia militar yanqui deberá prolongarse, al menos, diez años más. En esa década puede pasar de todo -y especialmente lo peor, tal como evolucionan las cosas- en el mundo islámico y más concretamente en el área del Golfo Pérsico.

¿Acaso debemos seguir siendo cómplices y víctimas de la política torpemente imperialista de los Estados Unidos y de sus burdas manipulaciones? Obviamente no. Y no sólo porque no compartamos ni debamos compartir su avariciosa estupidez, sino porque, además, estamos muy lejos de gozar de la impunidad que la patria del dólar disfruta a decenas de miles de kilómetros del escenario de sus tropelías. No es fácil que se repita un 11-S, pero sí resulta muy verosímil que pueda reeditarse otro 11-M.

Al menos en teoría, el Gobierno Zapatero cuenta con un ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, que está al cabo de la calle acerca de lo que se ventila realmente en Oriente Próximo y sabe que la balsa de aceite del Mediterráneo puede entrar súbitamente en ebullición con funestas consecuencias para quienes habitan sus orillas. Es también un convencido europeísta y, al menos sobre el papel, puede ser el hombre adecuado para dar el golpe de timón que la política exterior española requiere tras el desvío motivado por los delirios imperiales de ese patético jubilado llamado José María Aznar.

07 abril, 2004

Contra el horror

Hoy comienzan en Ruanda los actos conmemorativos del décimo aniversario de uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad, sólo superado en el siglo XX por el exterminio nazi de la segunda guerra mundial y la impune barbarie de Pol Pot en Camboya.

En poco más de tres meses, en 1994, en torno a un millón de personas (937.000, según las fuentes ruandesas más recientes) fueron salvajemente asesinadas en una orgía de sangre y odio racial sin precedentes que siguió a la muerte del presidente Habyarimana, de la etnia hutu, como consecuencia de un ataque a su avión atribuido a miembros de la etnia tutsi.

La masacre implicó no sólo al ejército y a milicias más o menos irregulares, sino a gran parte de la población civil hutu, alentada en el horror indiscriminado de la venganza racial por algunos medios informativos. Centenares de miles de tutsis abandonaron sus hogares prácticamente sin nada con lo que sobrevivir en busca de un refugio, pero para la mayoría fue inútil. Fueron asesinados allí donde se les encontró, aún en el caso de que su asilo fueran iglesias o misiones cristianas.

Sólo en la localidad de Gisozi hay 250.000 tumbas que testimonian hasta la nausea la locura homicida que allí se desarrolló impunemente hace diez años. 120.000 personas están imputadas y se supone que un total de 12.000 tribunales populares deben juzgarles, pero hasta la fecha apenas se ha contituido un centenar de ellos. Mientras tanto, Ruanda pretende encarar el futuro y la reconciliación nacional sobre la base de un simple y nada original eslogan: "Nunca más".

Hasta aquí los hechos, en los que deliberadamente he evitado los detalles morbosos que nada aportarían a la definitiva elocuencia de las cifras. Pero a partir de aquí, las responsabilidades internacionales y, de modo más específico, las de Estados Unidos, cuyo presidente, Bill Clinton, tuvo conocimiento puntual de las dimensiones del genocidio desde su inicio, según revelan documentos recientemente desclasificados.

En Ruanda existía una pequeña misión de la ONU que se vio inmediatamente desbordada por los acontecimientos y algunos de cuyos miembros (al menos una decena de belgas) perdieron la vida en aquella explosión de locura colectiva. ¿No se pudo poner freno a la masacre a lo largo de los cien días que duró? Por supuesto que sí.

En lugar de ello se cortocircuitó la información, convirtiendo la terrible realidad de lo que estaba sucediendo en oficialmente inexistente. Los motivos de tal actitud, que tiene como protagonista máximo a Estados Unidos y a la que no son ajenos países ex colonizadores (explotadores en realidad) como Bélgica y Francia, no es otra que el más cínico y egoista de los cálculos.

Ruanda, al contrario de muchos de sus vecinos, carece de recursos minerales o energéticos que Occidente pueda considerar de especial interés. Como consecuencia, tampoco tenía una colonia extranjera relevante. Por ello Estados Unidos y sus cómplices optaron por envolver los hechos en una conspiración de silencio e inhibición mediante la cual pretendían salvar su responsabilidad ante la opinión pública mundial, en la que el empleo ineludible del término genocidio habría motivado una demanda urgente de actuación.

También en el caso del sanguinario régimen de Pol Pot Estados Unidos había tenido información detallada de lo que estaba sucediendo, pero se lavó las manos. Pese a su comunismo visceral y alucinado, el líder camboyano era en aquellos momentos un aliado táctico del gran "boss" en el sudeste asiático.

Cuando se desarrolla el genocidio de Ruanda ya hacía tres años que Bush senior había enunciado su grandilocuente doctrina del "nuevo orden mundial": algunas palabras idealistas, como democracia o derechos humanos, junto a otras mucho menos eufemísticas, como libre mercado o liderazgo mundial de los Estados Unidos. Ya hace diez años tuvimos oportunidad de comprobar, mediante el trágico ejemplo ruandés, qué parte de la nueva filosofía política es la que realmente importa y mueve a Estados Unidos.

Hoy, a través de la guerra de Irak, basada en la intoxicación de la opinión pública internacional, hemos llegado a la evidencia máxima e incontestable de que bajo el barniz de las grandes promesas y de las gigantescas mentiras maquilladas no existe otra filosofía que la del abuso y el expolio.

Nuestro país sufre ahora mismo las trágicas consecuencias de que un líder tan oportunista como miope nos haya sumado a la flota corsaria que decidió hace tiempo sentar sus bases sobre el petróleo del Golfo Pérsico y defender más allá del límite de lo canalla, por acción u omisión, los abusos de Israel. Olvidó el "ilustre" profesor de la no menos "ilustre" universidad de Georgetown (literalmente "Ciudad de George" ¿Bush?) no sólo sus acendrados valores cristianos sino la obviedad de que, por situación geográfica, por importancia estratégica, por historia y por población (inmigrante), España podía convertirse en el ojo europeo del huracán.

Ahora le toca al PSOE lidiar con las presiones para que las tropas españolas no se retiren de Irak, precisamente cuando la situación allí alcanza el punto más grave desde la invasión. Propone el futuro Gobierno aumentar la presencia militar en Afganistán en compensación, mientras Powell deja claro que, con intervención de la ONU o sin ella, la dirección militar en Irak seguirá a cargo de EE UU.

La opción debería estar clara para España, pero no creo que lo esté para el Gobierno que va a regir sus destinos durante los próximos cuatro años. No se trata de pastelear ni de pactar compromisos ambiguos que contenten temporalmente a la opinión pública española. De lo que se trata es de rectificar una política exterior que ha alterado su lógica dirección inicial hacia el ejercicio de la supuesta vocación europea de España y nos ha convertido, so pretexto de irreales misiones humanitarias, en un estado mercenario del horror.

La imagen de las tropas españolas disparando en Diwaniya contra manifestantes chiíes es más de lo que la ciudadanía puede y debe tolerar. Ni irak ni Afganistán son nuestras guerras, ni en ellas se lucha contra el terrorismo, aunque se le provoca con torpe eficacia.

Que Estados Unidos gestione sus propias aventuras depredadoras y sufra en exclusiva las consecuencias de su ambición y de sus errores de análisis. No contribuyamos al horror ni a las cínicas falacias de quien, fingiendo combatirlo, lo multiplica.


30 marzo, 2004

¡Manda huevos!

Da vergüenza ajena. Y también no poco propia, en la medida en que uno es ciudadano español.

El numerito esperpéntico organizado ayer por el presidente en funciones en relación con el normal inicio del programado relevo de las tropas destinadas en Irak es una muestra más (¿la última?) del auténtico carácter de quien nos ha gobernado durante los últimos ocho años. También es una confirmación concluyente de que el voto de castigo emitido por la mayoría de los españoles en el plebiscito del pasado día 14 está más que fundamentado. Fue un no rotundo a un estilo antidemocrático de gobierno que aspiraba a perpetuarse por persona interpuesta (el ahora patético Rajoy).

Aznar, en clara extralimitación de sus atribuciones, había exigido a Zapatero que le remitiese por escrito su postura acerca del relevo, decisión que, sin embargo, reconoce hoy que es de su exclusiva competencia (y así es, por Ley, como ha subrayado el PSOE). Dice el doliente saliente que estuvo esperando durante cuatro días la misiva y que, al no recibirla, ordenó aplazar el viaje. Como consecuencia, 160 militares hechos y derechos se vieron convertidos, durante ocho largas horas, en desconcertadas marionetas primero y en indignados ciudadanos después, cuando supieron que estaban siendo el instrumento del pulso pueril que Aznar había decidido echar a su sucesor, en una nueva demostración de su talante autoritario y de su desprecio por el "fair play".

La semana pasada José Bono, futuro ministro de Defensa, había confirmado al que lo es en funciones que su partido no tenía nada que oponer al normal relevo de las fuerzas destinadas en Irak. ¿Por qué habría de tenerlo si aún quedan tres meses para que se cumpla el plazo fijado por el Gobierno entrante para su retirada, en caso de que dichos efectivos no pasen a depender de la dirección de la ONU?

Se trataba, en fin, de una cuestión testicular por parte de un líder infatuado, arrogante e incapaz de asumir su justificadísima derrota. Había dicho que tenía que ser por escrito y punto. ¡Manda huevos!, como diría el nunca bien ponderado chusquero y chusco Trillo, que, a falta de explicaciones, ofrecía monedas de euro a la prensa.

Hoy leo, casi con perplejidad (y digo casi porque mi capacidad de sorpresa quedó exhausta hace tiempo), que Aznar califica de "descortés" el tono terminante de la carta que le remitió ayer Zapatero. El perdonavidas saliente lo achaca a la "falta de madurez", que -asegura paternalmente- "se cura con el tiempo".

Como se dice castizamente en mi tierra, "mira tú quién llamó puta a la Zapatones". Lo dicho: ¡Manda huevos!

Menos mal que se va. ¿O nose va?


19 marzo, 2004

La cabeza del CNI

Acebes se convirtió ayer en el caballero de la mano en el pecho para asegurar que el Gobierno puede perder las elecciones, pero no la honorabilidad. Como prueba supuestamente definitiva de honor ahí estaban, insólitamente desclasificados, dos informes del CNI a los que el Gobierno se habría atenido al sostener la insostenible autoría de ETA en los salvajes atentados del pasado día 11 en Madrid. Zaplana, por su parte, puso su mejor cara de "os lo juro por mis muertos" al asegurar que esa era toda la información procedente del CNI, aunque hay constancia de un tercer informe que descartaba la rocambolesca hipótesis de una colaboración entre ETA y Al Qaeda, a la que, sin embargo, Acebes dio crédito en su empeño por priorizar la teoría más favorable a los intereses electorales del PP.

Definitivamente han perdido los papeles. No sólo echan a los perros a los servicios de inteligencia del Estado (¿o del Gobierno?), ya de por sí bastante deteriorados, sino que se empeñan en convertir en prueba evidente de su honorabilidad lo que no lo es en absoluto. Incluso en el que, cronológicamente, sería el primer documento redactado, el CNI plantea cautelas respecto a la autoría que Acebes no manejó en absoluto. En cuanto a la cronología elaborada por el subdirector de Policía y fechada ayer mismo, contiene inexactitudes y errores que precisamente invitan a cuestionarse la veracidad de lo que pretenden probar: la sincronía entre los avances de la investigación y la información difundida por el Gobierno.

Aznar quiere lavarse la cara y no repara en gastos. Las declaraciones, el miércoles, del subsecretario de Estado norteamericano, Armitage, sosteniendo que el PP perdió las elecciones a causa de su gestión informativa de los atentados de Madrid han debido tener para él el lúgubre sonido del último clavo sobre la tapa de su ataúd político. Esa interpretación, la de que él es el autor de la derrota de su partido, es precisamente la que más le descompone y en combatirla centra el mayor empeño.

Por otra parte, quien, en su delirio, se ha visto a sí mismo no sólo como el salvador de su partido y un gran presidente del Gobierno, sino también como un relevante líder mundial no soporta que se le contemple ahora como un paradigma de torpeza y falsedad, con el agravante de cierto grado de deslealtad, implícita en la desinformación que sufrieron los servicios de inteligencia occidentales sobre un tema tan sensible como la paternidad de los atentados.

¿Qué hubiera ocurrido si el plan del terrorismo islámico hubiera consistido en una sucesión de atentados salvajes en capitales europeas tras el de Madrid? Que habría sorprendido a los servicios de seguridad interior de los países afectados sesteando en la convicción de que no tenían nada que temer de ETA. Imperdonable irresponsabilidad.

En su empeño por ofrecer una cabeza distinta de la propia, Aznar y el Gobierno no han dudado en causar un gran daño colateral, hundiendo en el descrédito al Centro Nacional de Inteligencia. No parece haber sido una decisión muy meditada, pero les ofrece la ventaja de beneficiarse, al menos teóricamente, del secreto y el sigilo que caracteriza el trabajo de este tipo de servicios, de los que no cabe esperar ninguna réplica, al menos a nivel oficial. A nivel extraoficial ya transcendió de inmediato el estupor y la indignación que en su seno ha causado la decisión del Gobierno.

No voy a hacer la defensa del CNI, entre otras cosas porque su dirección, a cargo del diplomático Jorge Dezcallar, con rango de secretario de Estado, no está libre de la sospecha de partidismo. No parece descartable, en consecuencia, que haya servido al Gobierno "informes a la carta", que le habrían servido a éste para cubrirse retrospectivamente las espaldas.

Todavía está por saber quién filtró, con significativa diligencia y oportunidad (también con imprudencia, si la fuente era un infiltrado), el encuentro entre Carod-Rovira y la dirección de ETA, que constituyó una valiosa baza política y electoral para el Gobierno del PP. También existen sombras acerca la existencia o no de informes del CNI al Gobierno que descartarían la posesión de armas de destrucción masiva en manos de Irak en fechas previas al inicio de la guerra que Aznar apoyó con entusiasmo. Dezcallar lo negó, pero quienes lo afirman tienen buenas razones para hacerlo. También están por aclarar las investigaciones sobre el accidente del Yak-42, que causó el mayor número de bajas militares españolas desde la guerra civil.

Al situar bajo el foco del ojo público al CNI el Gobierno en funciones comete un nuevo error, pero al mismo tiempo, involuntariamente, señala un objetivo que, para tranquilidad de los españoles y servicio a la verdad histórica, debería ser sometido a la consideración de una comisión de investigación apenas se constituya el Gobierno electo.

18 marzo, 2004

Ventilar la casa

Si la asunción de la derrota por parte de Rajoy la noche del pasado domingo fue ejemplarmente democrática, la natural dentro de un sistema que se rige por el respeto al sufragio universal y sus consecuencias, no se puede decir lo mismo de los posicionamientos más recientes del PP, que tratan de desnaturalizar la licitud y limpieza de la victoria del PSOE.

Todo indica que la cariacontecida reunión de la Ejecutiva del lunes, en la que se aplaudió blandamente al culpable directo de la derrota, sirvió a éste, el malhadado Aznar, cuya presencia en ella era de hecho digamos que irregular, para impartir consignas dentro de su habitual estilo irreductible, voluntarista y cejijunto.

Es un grave error, pero no se puede decir que sea sorprendente, ya que una sucesión de graves errores (terribles, en realidad) es lo que ha conducido al PP desde la mayoría absoluta a la oposición. Y significativamente, con los mismos votos con los que logró esa privilegiada posición, de la que tan mal uso ha hecho.

Si el partido del Gobierno saliente no acepta interpretar de modo objetivo las causas de su "sorprendente" derrota no sólo se estará haciendo un flaco favor a sí mismo sino también al país que tanto dice amar.

Si no percibe que el dramático vuelco electoral constituye en realidad un referéndum que ha gritado un contundente "¡NO!" a un estilo de gobernar incompatible con la democracia; si no asume que la movilización urgente y espontánea en favor del PSOE tuvo como origen último y definitivo no tanto el clima emocional tras el brutal ataque terrorista como el rechazo enérgico a la mentira sobre su autoría que se intentó sostener más allá de lo razonable y de lo prudente; si no rectifica, en definitiva, la filosofía que ha practicado durante la pasada legislatura, ellos y el pueblo español tendremos un problema suplementario de los muchos que ya nos acosan.

No se puede echar la culpa de la caída al empedrado. No se puede ni se debe inventar y difundir cuentos de miedo acerca de conspiraciones mediáticas y maniobras electorales en la oscuridad. Y hay que asumir los errores, pero no en abstracto. Hay que nombrarlos, por mucho que le moleste al falsamente incólume líder saliente, y analizarlos en detalle, autocríticamente, para no repetirlos.

Hay que cambiar porque esto es una democracia, no un cortijo; porque la política practicada ha crispado imprudentemente la vida política española; porque se ha estado a punto de resucitar el anacrónico y destructivo fantasma de las dos Españas; porque hay que gobernar, o ser la leal oposición -insisto: leal- para todos los españoles y ello implica necesariamente respeto y diálogo con todas las opciones.

El cambio, en fin, también debe llegar hasta los sótanos más profundos y secretos del Partido Popular. Ventilar la casa es una medida mínima de higiene en todo domicilio, pero muy especialmente tras un descenso nada accidental a los infiernos.

Sólo los estúpidos son capaces de mantener invariable el rumbo que les condujo al naufragio.

15 marzo, 2004

Defensa del voto útil

El voto útil, en su versión más pragmática y demoledora -el voto de castigo- ha funcionado de nuevo en la democracia española como una eficaz máquina vindicativa para afirmar su "NO" categórico a la posibilidad de un futuro infecto. La primera vez, en 1982, su actuación en forma de apoyo masivo al PSOE fue una contundente respuesta al golpismo militar y a la posibilidad de que la ultraderecha tuviera algún peso en el panorama político español. La segunda, en 1996, aunque expresada en gran medida a través de la abstención, en paradoja sólo aparente, castigó la deriva corrompida e inescrupulosa de los socialistas. Ahora ha servido para sacar del poder a quienes, mediante la mayoría absoluta, habían hecho de su ejercicio una práctica sistemática de arrogancia, intolerancia, falta de diálogo y, en definitiva, de desprecio de la democracia.

Ciertamente ha sido el terrible ataque terrorista del 11-M el detonante de la reacción contra el PP, pero el Gobierno felizmente saliente, con su estúpida intoxicación acerca de la autoría del mismo, ha multiplicado los efectos destructivos del horror sobre sus propios intereses electorales al evidenciar hasta qué punto la mentira forma parte inalienable de su forma de entender la política. A cada minuto que pasaba con el ministro del Interior empecinado en dar prioridad a la hipótesis insostenible de que los atentados eran obra de ETA el voto útil crecía por decenas de millares, un sufragio de castigo nacido de la repugnancia a un estilo de gobernar que lleva implícito el desprecio a la ciudadanía hasta un punto inédito en la democracia española, hasta un nivel netamente antidemocrático.

Los nichos del abstencionismo de izquierdas, parte del voto hasta ahora inasequiblemente fiel a Izquierda Unida y un electorado joven, motivado probablemente más por razones morales que políticas, se movilizaron con un sólo objetivo: desalojar al Partido Popular del poder. En definitiva, fueron muchos los que tuvieron que hacer de tripas corazón, los que se hicieron una nada gratuita violencia con el fin de lograr un aire más respirable para todos.

Quienes ahora, como consecuencia, disfrutan un país teóricamente más habitable y abierto y, desde una supuesta coherencia con sus convicciones izquierdistas, critican la presunta falta de ética del voto útil, cuyos beneficios paradójicamente celebran, no son, contra lo que pretenden, una referencia moral ni ideológica para nadie. El propio Llamazares ha comprendido perfectamente y asumido sin rencor alguno su "dulce derrota" y hace una interpretación correcta al traducirla como una victoria porque Izquierda Unida ha sido un eficaz movilizador de las conciencias y un insobornable y enérgico denunciador de la política del Gobierno. Bastante más que el PSOE, por cierto, a cuya victoria ha contribuido de modo decisivo.

La "gauche divine", el diletantismo irredento, los cultivadores de la nostalgia de un sectarismo marxista en su día mucho más concentrado en el cumplimiento de consignas que en la reflexión ideológica (con trágicas y deprimentes consecuencias en muchos casos) harían mejor esforzándose en defender una profundización de la democracia, si realmente les preocupa ésta y la coherencia del voto, (la imprescindible reforma de una Ley Electoral antidemocrática, por ejemplo) que en criticar a quienes, conscientes de las deficiencias de la democracia formal, reaccionan periódicamente ante sus peores consecuencias para favorecer el bien común al margen de todo dogmatismo y utilizando de modo posibilista y resignado los exiguos resquicios que el sistema permite.

Eso es coherencia profunda, con sacrificio consciente y generoso de una parte de las propias convicciones y con conciencia cabal y responsable de la realidad en la que se vive. Lo otro es folklore ideológico o ideología folklórica, demagogia barata y pretenciosa, vacuo y vano panfleto y, en algunos casos -los más lamentables-, consciente hipocresía.

13 marzo, 2004

¡ETA o Al Qaeda?

Desde que, en la mañana del pasado día 11, conocí los pormenores de la acción terrorista contra los trenes de cercanías de Madrid tuve para mi que aquella bestialidad no era obra de ETA. Nada cuadraba con la forma de actuar de la banda terrorista y la desproporción que caracterizaba a los atentados, su sincronización maníaca, así como el tipo de víctimas elegidas, superaba con mucho la irracionalidad e inconsecuencia que cabe esperar de ella. Si ETA era la autora, aquello era su entierro definitivo.

Lo peor para poder fundamentar esta convicción interna, al menos durante buena parte de la jornada de autos, era que, según el vehemente ministro del Interior, la autoría de ETA era la única verosímil. Poco importaba que Otegui, secundado por Permach y Barrena (o sea, Batasuna; o sea -según Garzón-, ETA) hubiera rechazado contundentemente la acción terrorista y asegurado que ni siquiera como hipótesis se podía plantear que fuera obra de la organización terrorista vasca.

La insistencia de Acebes me desazonó profundamente. Y no porque para mi fuera un problema asumir un salto cualitativo suicida en los planteamientos tácticos de ETA. Quienes me conocen saben de mi profunda repugnancia hacia esa banda y que nada me alegraría más que su suicidio y la definitiva desaparición de su estrategia distorsionadora de la realidad política.

Lo que me preocupaba de la hipótesis ETA –que insisto en descartar- era lo que los atentados del jueves pasado tienen en común con el exceso de los “años de plomo” (70 y 80) en Italia. Concretamente, recordé la masacre de la estación de Bolonia. Allí, en la sala de espera de segunda clase, el 2 de agosto de 1980, un explosivo aparentemente colocado por un oscuro grupo neofascista, los Núcleos Armados Revolucionarios (NAR), causó 85 muertos y 200 heridos. Dos personas fueron juzgadas y condenadas por ese y otros hechos y, aunque admitieron ser autores de diversas acciones armadas, ambos negaron su participación en el bestial atentado, que a estas alturas sigue siendo un misterio.

Tampoco fueron nunca aclarados los cómos y porqués del secuestro y asesinato de Aldo Moro, líder democristiano partidario de suscribir un pacto de Gobierno con el PCI, uniendo de este modo las dos principales fuerzas políticas italianas de la época para superar la crisis permanente de su sistema político, en el que los gobiernos se formaban y se rompían en cuestión de días en medio de una grave crisis económica.

En aquellos tiempos se sospechaba, pero ahora se sabe, que tanto las tramas terroristas negras como las rojas estaban infiltradas y eran manipuladas por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, en connivencia con los italianos, y que el objetivo, en primera instancia, era impedir el acceso al gobierno de los comunistas, que en 1976 habían alcanzado nada menos que un 35 por 100 de los votos. También se supo más tarde de la red Gladio, de la logia Propaganda 2, de las conexiones entre mafia-partidos-Vaticano... Y así se ha llegado a Berlusconia.

Como nadie ignora, los rumores acerca de la infiltración de ETA han venido proliferando en los últimos tiempos, en la misma medida que lo han hecho sus aparentes muestras de ineficacia e incompetencia. Se cree incluso que la regeneración de los cuadros de la banda que se habría realizado durante la tregua estaba motivada -como la tregua misma- por las sospechas que la organización tenía de estar seriamente infiltrada. Y probablemente incurrieron en un error aún más grande al renovar sus comandos y su supuesta gente de confianza con elementos provenientes de la “kale borroka”, que en su propio carácter irregular, espontaneista y semifestivo constituía una ocasión “de libro” para penetrarla.

Si ETA fuera la autora de la masacre de Madrid podría resultar verosímil no sólo que está infiltrada, sino que lo está hasta el nivel de su dirección y que algún poder oscuro trata de instrumentalizarla para evitar que España sea gobernada por una amalgama de izquierda y nacionalistas, con inclusión de los “comunistas” de IU (que no todos los son, como saben incluso Aznar y Rajoy, aunque gusten de decir lo contrario) con la consecuencia, a nivel internacional, de la ruptura del “lazo amoroso” con Estados Unidos que ha tejido nuestro, hasta mañana, “gran timonel”.

Pero es el caso que la estrategia de la tensión hace tiempo que concluyó, incluso en Italia; la amenaza comunista se ha esfumado y un Gobierno español resultante de la alianza entre la izquierda y los nacionalistas no supone riesgo alguno para ningún sagrado interés político, económico o estratégico porque si lo supusiera se rompería sin tardar mucho. Por lo tanto, la hipótesis de que ETA esté siendo instrumentalizada o la de que haya cambiado radicalmente de táctica con desconocimiento de su brazo político (Batasuna) me parece totalmente descabellada. Tanto o más absurda que la que cierto “prestigioso analista” ha difundido desde “Il corriere della sera” acerca de la colaboración entre ETA y Al Qaeda, originada supuestamente a partir de la excursión revolucionaria que 80 (¡) brigadistas etarras habrían realizado al Irak invadido, donde habrían participado en el asesinato de los agentes del CNI. ¿Analista o novelista?

¿Por qué, sin embargo, es verosímil que los atentados sean obra del fundamentalismo islámico?

- Porque España ha sido directa y especialmente amenazada a causa de la protagonística participación que Aznar tuvo en la decisión de invadir Irak.

- Porque ya sufrió un significativo ataque el año pasado en Casablanca, donde la Casa de España sufrió el más virulento de los atentados simultáneos realizados en la ciudad marroquí, que causaron 45 muertos, cuatro de ellos españoles.

- Porque la forma coordinada y sincronizada de los atentados es un sello distintivo de las operaciones del conglomerado Al Qaeda. Así actuó en Nueva York, en Arabia Saudí, en Turquía, en Casablanca y en... Madrid.

- Porque un grupo islámico ha asumido la autoría y ETA la ha rechazado, pese a las interesadas reticencias que se quieran poner a ambos hechos.

- Porque el explosivo utilizado (goma dos) fue abandonado hace una década por ETA y la preparación de las bombas no tiene ninguna similitud con lo usual en la banda.

- Porque la indiferencia del terrorismo islámico al carácter de las víctimas o a los posibles daños colaterales de sus acciones es legendaria.

- Porque ya ha sido documentado que Al Qaeda considera España como una base bastante segura, en la que Mohamed Atta realizó importantes contactos inmediatamente previos al secuestro de los cuatro aviones de pasajeros que protagonizaron la aciaga jornada del 11-S.

Ante todo esto, ¿por qué el Gobierno sigue dando prioridad a la hipótesis ETA? Todos lo sabemos. Se trata de llegar a la jornada electoral con la teoría que favorece sus intereses electorales. La otra, en cambio, los perjudicaría seriamente porque para todos está claro que no seríamos objetivo del terrorismo islámico si el Gobierno del PP no hubiera tomado injustificables decisiones unilaterales, basadas además en mentiras, con desprecio del Parlamento y de la ciudadanía.

Esta es su última indecencia. Esperemos que lo sea. Debería serlo.

26 febrero, 2004

Sir Katharine Teresa Gun

Se llama Katharine, como la añorada Hepburn, que también tenía lo que hay que tener. De segundo, Teresa, como la santa iluminada de Ávila. Y se apellida Gun, que en inglés significa arma de fuego en general, desde revólver a cañón. Definitivamente lo suyo fue un cañonazo, una sonora y demoledora detonación contra la indecencia desde la dignidad y coherencia de Katharine, desde el riesgo utópico de Teresa.

Katharine Teresa Gun, de 29 años, pertenecía a los servicios de inteligencia británicos gracias a su singular especialización en el idioma chino mandarín. Un día cayó en sus manos un memorándum en el que los servicios de inteligencia estadounidenses pedían a sus primos británicos (la colaboración entre ambas cloacas es tradicional) su ayuda para espiar a varias delegaciones de países con presencia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Ni corta ni perezosa y mucho menos cobarde, pues era conocedora de los riesgos implícitos en su gesto, Katharine remitió dicha información a la publicación The Observer, que la difundió con el rango que merecía.

Chile, Bulgaria, Camerún, Angola, Guinea y Pakistán eran algunas de las delegaciones a espiar, pero al menos otra más, México, fue objeto de la atención de los servicios de inteligencia, pues este país denunció en su día, junto a Chile, que sus representantes en la ONU habían sido objeto de escuchas.

En aquellos días Estados Unidos y Gran Bretaña tenían mucha prisa por desatar el ataque contra Irak, mientras los referidos países negociaban un consenso para prolongar la presencia en el país de los inspectores de armamento que buscaban las inexistentes armas de destrucción masiva que fueron el pretexto oficial para la invasión. De ahí su interés en conocer, por medios ilícitos, lo que se traían entre manos y neutralizarles, cosa que, por cierto, consiguieron. Los inspectores abandonaron Irak y la guerra, hasta entonces sólo probable, se hizo realidad.

Katharine no es una espía china o iraquí infiltrada en los servicios de escuchas y traducción de la inteligencia británica. Es nada más (y nada menos) una mujer con principios, consciente de la gravedad de su casual descubrimiento, que quiso, según sus propias palabras, "evitar las muertes y los daños a la población civil iraquí y a las fuerzas militares británicas en una guerra ilegal".

Como consecuencia, aparte de perder su empleo, durante un largo año de zozobra ha afrontado el peligro de verse condenada a dos años de prisión por vulnerar la ley británica de secretos oficiales. Afortunadamente, en este año se ha puesto de manifiesto más allá de toda duda la extraordinaria magnitud de las mentiras tejidas por los invasores de Irak para justificar previamente su acción y darle cobertura legal. Tras el "caso Kelly", Blair y su Gobierno no soportan ni una mota más de mierda sobre sus cabezas y decidieron echarse atrás en el proceso que debía haberse iniciado ayer.

Hay que alegrarse por Katharine, que ha salido indemne tras su 'imperdonable pecado' de revelar la verdad, pero hay que lamentar que sistemas presuntamente democráticos no hagan pagar a sus líderes por engañar a sus pueblos y sacrificar las vidas de sus ciudadanos. Que Blair y Bush sigan en el poder demuestra hasta qué punto la democracia está enferma y los ciudadanos, anestesiados.

Katharine Teresa Gun, con su valiente actuación en coherencia con sus principios morales y cívicos y con un concepto exigente del bien común, es una excepción tan alentadora como necesaria. Si la Corona británica fuera algo más que un decadente carnaval le concedería el título de sir, que regala a cualquier cantamañanas por el mero hecho de aportar divisas. Sus servicios a la verdad y por ende a la democracia deberían tener un premio.

20 febrero, 2004

El Muro de la Vergüenza II

De la diáspora al retorno; de la humillación a la arrogancia; de víctima a verdugo; de Auschwitz, Mathausen, Buchenwald a Sabra, Shatila, Jenin; del ghetto judío al ghetto palestino; del muro de las lamentaciones al muro de la vergüenza; de la compasión mundial a la indignación casi universal. Israel se queja farisáicamente del resurgimiento del antisemitismo en el mundo, confundiendo, de modo tan cínico como deliberado, el rechazo a su política de persecución y "apartheid" respecto al pueblo palestino con el odio racista a los judíos de cualquier nacionalidad y convicción, que, aunque subsiste en muchos lugares, tiene una incidencia demográfica casi anecdótica.

Ayer, Ariel Sharon, que, además de ser un probado racista sanguinario, también parece ser un político corrompido y nepotista, explicó al amigo americano sus planes para la "desconexión" (vergonzante eufemismo) de los palestinos. Es bien sabido que, desde su nacimiento, Israel no da explicaciones más que al gran Goliat occidental y todo indica que tal subordinación no es más que un cómplice cruce de secretas señales entre tahures, concertados para burlar las reglas que la comunidad internacional viene tratando de imponer frente a los abusos del falso David de Oriente próximo.

Sharon jura y perjura -ayer también lo hizo- que está dispuesto a cumplir con lo previsto en la llamada "hoja de ruta", pero cuando se rememora la arrogante sucesión de incumplimientos de las resoluciones de la ONU que los gobiernos israelíes han perpetrado impunemente no cabe alimentar muchas esperanzas al respecto. Y aún caben menos cuando se contempla el ignominioso muro tras el cual se pretende encerrar a los palestinos.

Una imagen vale más que mil palabras y, además, Sharon apenas deja abierta alguna posibilidad de llegar a un acuerdo con Abu Ala. La "propuesta" de Sharon se expresa en términos de "estas son lentejas". Por ellas (las lentejas) Esaú vendió a Jacob la primogenitura, dice la biblia, pero no va a ser el caso.

También dice el libro que las trompetas de Josué derribaron las murallas de Jericó, pero es evidente que no ha nacido aún un sucesor de Moisés con los poderes necesarios para derribar el muro de la vergüenza con el que el Gobierno de Israel vulnera impúdicamente los derechos humanos y afrenta a la comunidad internacional.


18 febrero, 2004

ETA vota PP

La noticia: ETA anuncia un alto el fuego limitado a Cataluña por "solidaridad".

Comentario: Véase el título de esta breve "Espiral".

Prospectiva: Seguiremos yendo de culo y contra el viento, de la mano de la dinámica del cerrilismo totalitario, de la demagogia y del oportunismo político más ramplón.

Breve expansión emocional: ¡Qué asco!

Intento de justificación personal: Abordar la tarea de escribir un comentario con presunción de objetividad sobre un asunto tan indecente como este probablemente me convertiría en cómplice de la propia indecencia y perversión política que intentaría denunciar. Afortunadamente nadie me paga (y por lo tanto nadie puede exigirme nada) por lo que escribo aquí, lo que me deja en libertad para invitar al lector a que haga su propio análisis, sopesando los antecedentes que posée (si no los tiene no sé qué hace aquí), y a que obre en consecuencia.

12 febrero, 2004

Panegírico de Julio Cortázar

Hace veinte años que, a los setenta de edad, moría en un hospital de París Julio Florencio Cortázar Scott, argentino de vocación y ciudadano del mundo de ejercicio. Con tal motivo, un colega sabedor de mi incondicionalidad cortazariana y del ardor proselitista que me invade cada vez que surge la oportunidad de justificarla, me propuso que escribiera algo, como si "algo" a propósito de Cortazar no corriera el riesgo de ser demasiado o demasiado poco. Durante un par de días he nadado en la duda dadá: ¿Me enrollo con su biografía? ¿Gloso alguno de sus relatos? ¿Reitero mi encendida defensa de "Rayuela"? ¿Cuánto debo escribir? ¿Tres folios, diez, un ensayo? Finalmente he tirado por la calle de enmedio, que hace la función geométrica de la linea recta, la distancia más corta entre dos puntos. Esto, pues, es un panegírico. ¿Que por qué? Porque Cortazar se lo merece y a mi me da la gana. Faltaría más. Vamos con ello:

Es reconfortante constatar que Julio Cortázar sigue vivo y que lo está especialmente en la memoria de otros grandes escritores vivos, como García Márquez, Vargas Llosa o Saramago, cuyo rendido tributo supera con mucho el valor de un premio Nobel que Cortázar nunca recibió y ni siquiera ambicionó. Es alentador también que, veinte años después de su muerte, su obra se reedite porque ello facilitará el acceso de nuevos lectores a la mágica galaxia, encerradora de mundos, que el escritor argentino diseñó con el mimo de un orfebre maniaco y superdotado.

Tal vez ahora el autor de Rayuela encuentre finalmente a sus lectores, si es que éstos pertenecen a un tiempo concreto y no son, como su propia obra, atemporales y, por tanto, en gran medida eternos.

En su extenso y magistral relato El Perseguidor, el personaje central, trasunto indisimulado del saxofonista de jazz Charlie Parker, se nos muestra, desconcertado y sobrepasado, afirmando durante una sesión de grabación: “Esto lo estoy tocando mañana”. Del mismo modo, todo el complejo y sutil mundo cortazariano parece escrito en algún momento de un impreciso futuro, o al menos en una situación espacio/tiempo virtual, paralela al presente real, sobre el cual, sin embargo, proyecta luminosas ventanas, abiertas para quien quiera y pueda ver.

Cortázar no admite comparación con ningún otro escritor conocido. El modo en que su inquisitiva mirada indaga la realidad; en que su mente la analiza y su sensibilidad la experimenta es único. Y única asimismo es la manera en que escribe desde el más mínimo relato hasta su novela más extensa. Si el estilo es el hombre, como quieren Ortega y Gasset (quietos, que es broma), no hay duda de que, en este caso, el hombre que está detrás de su escritura no cabe en ningún apartado preexistente para la clasificación convencional de escritores.

En la literatura hay un antes y un después de Julio Cortázar. Él extendió los límites de lo describible al explorar y descubrir territorios vírgenes en lo real y aplicar a la narración de lo universal y de lo cotidiano precisamente el único lenguaje capaz de traducir dimensiones antes inefables. El finis terrae de la narrativa está mucho más allá después de Cortázar.

No es un escritor menor, contra lo que muchos afirman; no es sólo un singular y habilidoso creador de relatos entre lo metafórico y lo real, cualidad con la que tantos lo limitan. Rayuela o Libro de Manuel son monumentos literarios, cumbres altísimas del arte mayor de la narrativa: la novela. Sus páginas siguen siempre a la espera del lector-macho (como Cortázar decía en tiempos menos paranoicos con la corrección política) que aborden la lectura como un acto creativo, como una aventura acaso laboriosa pero iluminadora.

El hombre que escribió su obra mañana precisa de lectores abiertos a la experiencia de jugar mentalmente a la rayuela y descubrir así los mundos ocultos que encierran los falsamente tranquilizadores mundos conocidos.

Esto no es sólo un panegírico. Es también una invitación a la lectura o relectura de un escritor genial, un hombre que creyó en la revolución y la puso en práctica, al menos en el terreno literario, lo cual es mucho más de lo que se puede decir de cualquiera con quien se le pretenda comparar.

05 febrero, 2004

Menú del día

Queda demostrado. Cuando el circo alcanza dimensiones desproporcionadas y las mentiras se disparan de tamaño hasta no caber bajo la carpa, también los enanos crecen y el espectáculo se arruina. Para muestra, unos cuantos botones en forma de carta de restaurante de carretera porque ésta es una "road movie" de las buenas:

- Primer plato: Según el británico Brian Jones, que tiene nombre de suicida (el del guitarrista original de los Rolling Stones) y era el jefe del presunto suicida Kelly, el informe de septiembre de 2002 que aseguraba que Irak tenía capacidad para lanzar un ataque demoledor en apenas 45 minutos "daba una idea engañosa" y "no tuvo en cuenta a los expertos de inteligencia". Si Tony Blair no quería caldo, aquí tiene taza y media. ¡Marchando!

- Segundo plato: La CIA niega hoy terminantemente haber informado en algún momento al Gobierno Bush de que Irak supusiera "una amenaza inminente", argumento definitivo del "equipo del crimen" para desencadenar la invasión, previa campaña de intoxicación "urbi et orbe". Lo siento, Jorgito (es un decir) pero John Kerry avanza a pasos agigantados hacia la Casa Blanca. Vete haciendo las maletas y no te dejes ni una sóla mentira en el despacho oval, que todo se pega.

- Postre: La señora Blair, de nombre Cherie (que en francés significa querida), se despacha en una biografía sobre su marido de próxima aparición con unas declaraciones sabrosísimas (muy propias para el postre) sobre el actual inquilino de la Casa Blanca y su "santa". Dice Cherie que Bush es un presidente ilegítimo, que "robó el cargo a Al Gore" y que atenta contra los derechos humanos con su conocida debilidad por la pena de muerte. En cuanto a la señora de Jorgito, le merece la calificación de "obtusa, cerrada y demasiado conservadora". Cheríe, je t'aime. Lo que me pregunto es qué haces con el julandrón de Tony, que, aparentemente, sólo se diferencia de su socio en su notoria labia y, por supuesto, en el coeficiente intelectual. Si algún día te divorcias, esperemos que nos relates qué tal dormía tu actual "costilla" en esta azarosa temporada en que anda todo el día con el culo al aire y la sonrisa en los labios.

- Carajillo y habano: El ínclito Aznar, en su gira de "pop star" al servicio de los valores e intereses del Occidente judeocristiano, atracó ayer en Bruselas tras su triunfal actuación en Washington (¿La asistencia al acto de una quinta parte de los parlamentarios estadounidenses es un éxito de público?, me pregunto) y largó cuarto y mitad de lo mismo que en la capital del imperio a sus sufridos colegas del PPE.

Sólo algunos intelectuales orgánicos de los viejos tiempos le sacaban tanto partido a la misma conferencia en sus giras por ateneos y chiringuitos "culturales" de Celtiberia. La verdad es que hay que valer. Y, como reza un dicho seguramente grato al presidente saliente, vale quien sirve. A quién se sirve es otro cantar.


04 febrero, 2004

Vergüenza ajena

Aznar hablará hoy ante el pleno del parlamento estadounidense (Congreso y Senado) en defensa de la guerra de Irak, honor (el de dirigirse a las cámaras, no el de defender la vergüenza de Irak) reservado exclusivamente para los más fieles entre los fieles. El discurso lo pronunciará en castellano porque el inglés -con acento de Texas- lo habla sólo en la intimidad. Si yo fuera él creo que, en el último momento, me vería súbitamente asaltado por alguna enfermedad que impediría mi presencia en tan sonrojante situación.

Claro que para ponerse enfermo antes hay que estar sano...

Ayer mismo transcendía que Aznar ha enviado una carta a Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea (supuestamente el Gobierno de la UE) proponiendo la creación de una comisión mixta UE-EEUU destinada a levantar las barreras proteccionistas existentes entre ambos entes. A ello ha respondido la Comisión, con lógico desdén, que "no hace falta inventar la rueda" puesto que la UE ya cuenta con órganos dedicados a tan delicado fin.

Estados Unidos tiene mucha prisa por rentabilizar mediante un torrente de exportaciones la devaluación del dólar frente al euro y, aparentemente desconocedor de las antipatías que despierta en Bruselas "míster Ansar", le ha movilizado para que engrase el carro. Y nuestro hombre, que no se corta un pelo, se ha puesto a la tarea sin ningún escrúpulo ni rubor. Nadie debería sorprenderse si tuviera en cuenta los precedentes personales de nuestro "caudillito", pero todo encaja mucho mejor si se considera que el inmediato destino que parece haberse reservado a sí mismo a partir del 14 de marzo es el de "conseguidor" (disculpen el eufemismo) en el sustancioso eje político-comercial Washington-resto-del-mundo. Para ello ya ha situado como cabeza de puente a su yerno, el del apellido impronunciable y el inquietante parecido físico con Henry Kissinger. Sí, el de la alucinante boda en El Escorial.

El futuro duque de Aznar ha conseguido hacer buenos a sus predecesores en el cargo. Él, sin embargo, seguro que se cree un hombre providencial, destinado a ocupar un lugar destacado en la historia. Y en cualquier caso es preciso decir que lo que nosotros pensemos le trae absolutamente sin cuidado. Hasta ahí podríamos llegar...

Rectificación: Contra lo que afirmaba ayer, la comisión de investigación que Blair creará concluirá sus tareas antes de las elecciones. El primer ministro británico confía, sin duda, en llegar ante las urnas limpio de polvo y paja, lo cual, dada su trayectoria, es imposible, pero cuando uno tiene a buena parte de su propio partido en contra y es apoyado por la oposición en temas puntuales relevantes no es imposible que vuelva a ganar las elecciones sin tener que cambiar de partido.

03 febrero, 2004

Del hígado

El que sufre tiene memoria.
Cicerón


Dos notas previas, relacionadas con lo tratado ayer, antes de pasar al tema de la libertad de información que quiero seguir tratando:

- Finalmente Aznar sí habló de las inexistentes ADM de Irak, pero lo hizo, una vez más, para dar por sentado, desde su Olimpo virtual, que la ciudadanía carece de memoria, entendimiento y voluntad. Hasta el último momento este tipo nos quiere hacer tontos a todos. Claro que pistas no le faltan para certificar la estupidez popular en muchos casos.

- Las comisiones de investigación (esas que nunca sacan nada en claro) que Blair y Bush han orquestado en sus predios particulares no concluirán -por si acaso- hasta después de las elecciones respectivas. Parece ser que ellos también comparten la idea de que la ciudadanía es imbécil. ¡Vaya trío de demócratas el de las Azores!

...Y, ahora que lo pienso, voy a dejar el tema de las libertades de información y expresión para mañana o cuando mejor cuadre a mi ánimo. La reflexión que conllevan las líneas escritas hasta ahora me ha puesto del hígado y como el médico me ha dicho que me cuide voy a seguir su consejo, no sea que me dé el vértigo, una apoplejía... o, lo que sería peor, un ataque de justificadísima ira y me pierda para siempre.

02 febrero, 2004

El corto viaje de la mentira

Las mentiras viajan largos años y nunca llegan
pero la verdad aconseja que es mejor
decir la verdad y después morir.

Proverbio yóruba

Greg Dyke, el director general de la BBC, dimitió, pero la renuncia, lejos de conllevar su autorreducción al silencio, le ha dejado las manos libres y la lengua suelta para poner en su sitio la realidad y quién sabe si no acabará también situando en su lugar descanso (fuera del poder) a Tony Blair.

Tal vez si el Consejo de la BBC no se hubiera mostrado tan inflexible con Dyke (órdenes son órdenes, supongo) a raíz de la difusión del peculiar "informe Hutton" las cosas serían diferentes. Dyke seguiría en su puesto, tratando de salvar los muebles de la BBC y contemporizando con el intransigente inquilino del 10 de Downing Street, y cada cual estaría ahora barajando sus cartas a la espera de mejor fortuna.

Pero no ha sido así y Dyke, que no se ha ido precisamente porque haya querido o porque admita haber cometido un grave error, se ha despachado denunciando presiones sistemáticas e incluso intimidación por parte del entorno del primer ministro y de éste mismo. El ex director general ha dado a conocer una carta que él remitió a Blair en relación con esas ingerencias pero ha silenciado el contenido de la que Blair le remitió a él, digamos que en términos algo impropios. Queda en la recámara.

Es significativo que hoy, después de que Bush asuma la conveniencia de que una comisión independiente (?) estudie el envenenado asunto de las armas de destrucción masiva (ADM en lo sucesivo) que nunca existieron, también Blair empiece a templar gaitas y admita que existen "dudas legítimas" sobre su existencia. Supongo que cuando ambos, de mutuo acuerdo, fabricaron la gran mentira que condujo al gran error de la guerra de Irak, padre putativo de todos los peligrosos errores que vendrán si no se rectifica ya, no imaginaban que llegase el infausto día en que la verdad les perseguiría hasta las cuerdas y amenazaría con noquearles y dejarles groggies de por vida.

Mientras tanto, el impertérrito Aznar, el tercero de la "conspiración de las Azores", no dice nada -al menos no ha dicho esta boca es mía hasta esta hora-, pese a que Rodríguez Zapatero le ha metido los dedos hasta la campanilla a la luz de la marcha atrás de sus colegas de farra. Pero es bien sabido que este buen hombre sólo responde ante su dios y sólo en el caso de que éste le "eche" una instancia. Él se considera por encima del bien y del mal. Además, como se va...

Lo cierto es que, sin la presión mediática, apoyada en este caso por el rechazo popular a una guerra cuya necesidad y conveniencia eran mucho más que dudosas desde el mismo momento en que se planteó, no habría llegado este día, en el que los bucaneros, aunque no se rinden, recogen velas para evitar que el viento de la verdad se transforme en huracán y les conduzca al naufragio.

Blair admite que hay dudas legítimas y yo diría que las dudas, fundadas o no, siempre lo son, pero ¿se puede atribuir alguna legitimidad a las mentiras? En absoluto. Quien desde el poder miente al pueblo que le otorgó su confianza no merece ni regresar a su nivel. Quien además, como en el caso lamentable de la BBC, pretende ilegítimamente silenciar a quienes intentan dilucidar la verdad o lleva al suicidio (en el mejor de los casos) a quien la pronunció merecería un castigo mucho mayor, de dimensiones clásicas, como tomar cicuta o cortarse las venas en la bañera. Sin embargo, seguramente quedará sin un castigo suficiente (hay precedentes), salvo que se lo inflija su propia conciencia.

Si la hubiere.

31 enero, 2004

"... Y sé todos los cuentos"

Yo sé muy pocas cosas, es verdad.
Pero me han dormido con todos los cuentos...
Y sé todos los cuentos.

LEÓN FELIPE

Decíamos ayer... Pero hoy se puede ver mucho más claro que una cosa es vencer y otra muy diferente (y mucho más difícil y necesaria) es convencer. El elocuente vendemotos y trapisondista Tony Blair -con la generosa ayuda del juez Hutton- es el vencedor oficial en el "caso Kelly", pero los sondeos revelan que la población británica alberga severas dudas sobre su inocencia y honestidad. Así pues, la suya ha sido una victoria pírrica e incluso ridícula.

Las verdades oficiales no son nunca la verdad sobre las cosas a las que se refieren. Eso la gente, aunque no pueda afirmarlo y mucho menos demostrarlo, lo intuye. Por eso busca iluminación y contraste en los medios informativos, ¿pero qué ocurre cuando los medios se transforman en meros transmisores de las "verdades" oficiales (concepto en el que incluyo toda mentira, manipulación o intoxicación que cualquier poder, no necesariamente político, pretenda imponer como verdad incuestionable)? Que antes o después cae en el descrédito y cosecha el efecto contrario al pretendido.

Lamentablemente, ese descrédito no es sólo un daño que reciban los medios que se han hecho acreedores a él, sino que también hay que apuntarlo en el déficit de la democracia, en el capítulo de pérdidas de la sociedad. Se trata, pura y simplemente, de una mutilación esencial, una desgracia colectiva. Algún teórico de patio de vecindad gusta de decir que a la gente no le interesa conocer la verdad, sino que le digan aquello que coincide con sus prejuicios e intereses y que entre esos intereses prima el de pasarlo bien, sentirse a gusto, evadirse. ¿Por qué abrumarle con realidades que le sobrepasan?

Prejuzgar la postura y los intereses de la gente, considerada como un todo orgánico, es típicamente fascista, como lo es lo que se deduce de ese axioma con aromas aristocratizantes que gusta de ver a los pueblos como máquinas sin conciencia ni objetivos, porque esa es la premisa a partir de la cual se les instrumenta al servicio de cualquier aberración que decida el instrumentador y que generalmente es ajena en absoluto -cuando no contraria- a los intereses del "instrumento".

También es característico de la perversión fascista de la lógica confundir las consecuencias con sus causas. Que las masas estén alienadas no es nunca la consecuencia de una elección personal de cada individuo ni de un irreversible condicionamento genético. La indiferencia y el hedonismo no forman parte de la naturaleza intrínseca de los pueblos. Por el contrario, ese síndrome es consecuencia de una realidad nada casual en la que la gente se siente ajena al destino de la sociedad, de cuya gestión ha sido marginada y de cuyas realidades se sabe desinformada.

La experiencia de España, devuelta a la democracia hace 25 años tras 40 de secuestro dictatorial, es reveladora al respecto. Entre los años 75 y 84 la gente, en su mayoría, leía ansiosamente cada información que circulaba y la debatía con su familia, con sus amigos, con sus compañeros de trabajo. Se hablaba de política y de problemas sociales. La tirada de diarios y revistas creció notablemente. Los debates políticos en la televisión o las retransmisiones de los plenos del Congreso batían récords de audiencia. ¿Que ha pasado para que aquél pueblo apasionado y políticamente activo se haya convertido en apático, escéptico y, aparentemente, se interese sólo en consumir y divertirse?

Muy simple. Se le ha defraudado. Y el fraude no procede únicamente de la órbita política, judicial o laboral, sino también de la informativa. Cuando el llamado "cuarto poder" se transforma en una excrecencia servil de los poderes políticos y económicos desaparece la última esperanza. Y eso es lo que ha sucedido. Antes, por supuesto, ya había ocurrido en todos los países democráticos occidentales, a los que cada vez nos parecemos más, especialmente en sus lacras y defectos. Hay tarados que venden esa coincidencia como un éxito y lo peor es que hay quien les cree.

Volviendo al tema de la BBC, para concluir por hoy, es preciso subrayar, además de la victoria-derrota de Blair, la digna reacción de los trabajadores de la cadena pública británica, conscientes de que el golpe recibido quizás sólo sea el preludio de males mayores. Miles de trabajadores, que ya habían protagonizado varias manifestaciones de protesta, han publicado hoy un anuncio en el Dayly Telegraph en defensa del dimisionario director general, Greg Dyke. En él aseguran que mantienen la filosofía de éste y que lucharán por una BBC "que sirva a los ciudadanos por encima de todo".

He ahí la madre del cordero.

30 enero, 2004

La cabeza del mensajero

Lo sucedido a la BBC a raíz de la difusión del informe Hutton sobre el "caso Kelly", que también podría ser el "caso Blair" o el "caso armas de destrucción masiva", es muy revelador acerca de la deriva que lleva en el Occidente "democrático" la libertad de información. Matar al mensajero sigue siendo la bárbara "solución" para borrar del mapa las malas noticias que afectan al poder, que en este caso es un poder global aunque nuestra historia se centre, por el momento, en Gran Bretaña.

El juez Hutton, por supuesto, no entra en el fondo de la cuestión. Hacerlo tal vez hubiera equivalido a excederse en sus competencias, pero al abstenerse de considerar el contexto ha concluido lo previsible: en la medida en que no hay pruebas y el testigo de cargo se suicidó (o eso parece) fue una acusación irresponsable la que difundió la BBC afirmando que el Gobierno británico exageró deliberadamente su informe sobre la existencia de armas de destrucción masiva en el Irak de la preguerra y de su supuesta capacidad para desatar un ataque en muy poco tiempo. Consecuentemente, Hutton, tal vez temeroso de no ser suficientemente claro o leal, arremete contra la BBC, empresa estatal de información con un estatuto de autonomía hasta ahora ejemplar, y una trayectoria de servicio a la sociedad envidiable.

Y es de temer que las consecuencias de tan "ejemplarizante" contundencia no se van a limitar a las dimisiones ya conocidas de los más altos responsables de la BBC. Lo que se deduce del singular informe, que no parece cumplir otra función que la de exculpar a Blair y a sus fontaneros y ofrecer un chivo expiatorio alternativo, es que los medios informativos sólo deben difundir verdades absolutas, realidades escrupulosamente contrastadas y contrastables; que las fuentes no pueden ser secretas y que es mejor pensarselo setenta veces siete antes de difundir algo que perjudique al poder y sus intereses.

¿En qué lugar deja eso a los medios informativos en relación con el poder? En el de simples
gacetilleros, serviles transcriptores de ruedas de prensa y notas informativas, lacayos
descerebrados, extensiones acríticas de las manipulaciones y sesgos de la fuente que
proyecta toda la luz con ausencia total de sombras.

¿Quien necesita una información que sólo sirve a quien está en su origen? Estamos ante la antítesis del periodismo, o sea de la libertad de información y del derecho a ser informado libremente. Y por lo tanto nos hallamos ante algo mucho más grave de lo que parece a primera vista: un atentado nada anecdótico contra la democracia, ya que ésta es inconcebible sin las libertades necesariamente complementarias de información y expresión.

Dada la cantidad de tela que hay que cortar en este transcendental asunto de la libertad de información y, por ende, de expresión y puesto que llevo mucho tiempo planteándome afrontarlo a fondo, sirva este artículo como breve introducción. Continuará.

28 enero, 2004

Lasciate ogni speranza...

La crisis de la Generalitat, más allá de evidenciar el inquietante narcisismo de su principal protagonista, Carod-Rovira, ha arrojado nueva e inequívoca luz sobre la falta de liderazgo en el PSOE. A Rodríguez Zapatero -como diría mi madre- le falta un hervor. Y a estas alturas de la historia todo indica que esa no es una situación provisional, sino definitiva. Sencillamente, no está a la altura, no da la talla.

El secretario general del PSOE ha perdido totalmente los papeles en esta crisis. Dejar por la mañana la pelota en el tejado de Maragall para intentar rematarla de un "firme" punterazo apenas caída la noche es una prueba irrefutable de su falta de capacidad política, de su ausencia de criterio e incluso de carácter. Su entorno inmediato, por otra parte, sufre del mismo mal. El triunvirato formado por Zapatero, Jesús Caldera y José Blanco me hace evocar la dirección de alguna institución religioso-pedagógica de los oscuros primeros 60. El superior, el prefecto y el ecónomo: un trío de meapilas con una tarea que les supera ampliamente a la menor prueba.

Eso explica por qué se ha vuelto crecientemente decisivo el papel de los "barones" (alguno de ellos, camino de la eternidad en el poder y, en consecuencia, con un encallecido conservadurismo de fondo que poco tiene que envidiar al de sus oponentes conservadores) así como el influjo de una serie de "notables" heterogéneos que no saben muy bien qué se espera de ellos. La consecuencia de esta situación es la "estrategia del bandazo", la incoherencia y, en definitiva, la confusión; la suya y la del electorado. Pese a todo, el Gobierno y su partido no parecen tener muy clara la victoria en el 14 de marzo, o bien necesitan que su mayoría absoluta sea arrolladora para seguir con su monólogo autista y autoritario.

Parece claro que la revelación de los contactos entre ese chisgarabís llamado Carod-Rovira y la dirección de ETA no es un "scoop" periodístico forjado a base de paciente investigación por la aguerrida plantilla de ABC, sino un regalo del CNI que no puede haber sido hecho por algún "Mortadelo" insignificante de la 'Casa', si no ordenado desde las alturas del Estado y del Gobierno. El objetivo no puede ser más claro: dinamitar el pacto de Gobierno en Cataluña y, last but not least, volar en pedazos la renqueante sala de máquinas del PSOE. ¿Son éstos objetivos legítimos de unos servicios de inteligencia que se supone que sirven a la seguridad del Estado -o sea de todos- y no al éxito de un partido o un Gobierno? Digan conmigo NO.

Si realmente, como se está contando, el CNI llegó a grabar el encuentro de Carod-Rovira con Josu Ternera y Mikel Antza está claro que pudo detener a ambos, reclamados por la Justicia. ¿Por qué no lo hizo? Si hubo órdenes de no actuar, la tesis de quienes afirman que el PP está interesado en mantener viva la amenaza de ETA porque le beneficia políticamente estaría confirmada. Y si se pudiera demostrar -que no se puede, me temo-, al PP le quedarían muy pocos telediarios en el poder.

Otra posibilidad bastante verosímil es que el CNI haya infiltrado a ETA hasta un nivel notablemente elevado de su hoy frágil estructura. La "kale borroka", con sus jovenzuelos destrozando alegremente -la litrona en una mano y el cóctel molotov en la otra-, fue una ocasión "de libro" para hacerlo y no creo que se haya despreciado. Eso explicaría la rápida identificación y caída de los reducidos comandos que han intentado operar en los últimos años. ¿Pero no se pone en peligro la identidad del "topo" filtrando una información tan delicada como la que glosamos? Por supuesto que sí. Y sería una irresponsabilidad criminal.

"Lasciate ogni speranza" ("abandonad toda esperanza") rezaba sobre las puertas del infierno que describió Dante Alighieri. Pues eso, ahí estamos. Y encima, para aumentar la confusión, aparecen falsos mesías.