21 septiembre, 2005

'Espe' no se entera

Esto es sólo para explicar que considero el matrimonio homosexual (y el que no lo es) una especie de anacronismo, algo muy distante del carácter de “avance social” que se le quiere atribuir. El matrimonio es, en resumen, un contrato. Y ese contrato garantiza unos derechos que, en estos tiempos, pueden reconocerse y acordarse libremente entre ciudadanos de cualquier sexo, raza o credo en lugares tales como notarías, registros de la propiedad, ayuntamientos... En el caso de que hubiera mala fe por una de las partes, las leyes protegen los derechos de los integrantes de una pareja o de una familia de hecho tanto como los de cualquier cónyuge o hijo de un matrimonio civil. Hay jurisprudencia que lo prueba.

¿Entonces?

Comprendo -aunque me cuesta- que algunos/as homosexuales, en su lógico empeño por buscar la igualdad y la ‘normalización’, encuentren especial satisfacción en el hecho de que su unión pueda recibir el mismo nombre que la de los heterosexuales y que el trámite civil concluya con el beso de rigor y la lluvia de arroz. Nadie está libre de mayores o menores debilidades pequeñoburguesas. Uno esperaba que quienes han sido perseguidos, marginados, ridiculizados e incluso repudiados por sus familias a causa de sus preferencias sexuales se abstuvieran de tropezar en la misma piedra que sus ancestros, pero ya se sabe que la historia es paradójica. Tanto como su principal actor, el ser humano.

Lo que no comprendo es qué daño le hace el matrimonio entre homosexuales al matrimonio heterosexual, o a la familia en concreto. Y esa ha sido y es la cantilena de la iglesia católica. Podría entenderse la postura eclesial si las parejas del mismo género pretendieran casarse por lo ‘sagrado’, pero, dado que conocen bien el paño que se guarda en las sacristías y en las severas oficinas del Vaticano, ese está muy lejos de ser el caso.

Esa iglesia célibe y misógina, que se niega a conceder el más mínimo ápice de igualdad de derechos a las religiosas, se empeña en ‘entender’ de asuntos que no le competen. Ni se plantea -porque no le interesa- los porqués de que cientos de miles de españoles que nunca fueron vistos por la parroquia aparezcan en ella sólo para casarse y ... hasta el próximo funeral. Prescinde de la inmoralidad e incluso del probable sacrilegio que puede subyacer tras esa arraigada práctica social del matrimonio canónico, que tiene mucho más que ver con la “pompa y circunstancia” que con la fe.

Por las mismas razones, mira hacia otro lado ante las crecientes evidencias de que su seno, cada día menos fértil, está siendo invadido por ‘vocaciones’ que, con frecuencia, buscan un armario blindado en el que esconderse y resistir a las debilidades de la carne ‘non sanctas’. Cuando estas frágiles criaturas caen se tiende un espeso muro de silencio y se protege al ‘débil’ aunque haya abusado del más débil, como en los casos nada infrecuentes de pederastia. Eso sí que le hace daño a la familia, al menos a la familia de la criatura que creía haber puesto la formación y el destino de ésta en las mejores manos posibles.

De la iglesia uno ya sabe qué esperar, tras haber vivido la dilatada experiencia del integrismo franquista y contemplado cómo el sangriento dictador, al que sólo le tembló la mano a causa del parkinson, era cubierto por el palio destinado en principio a amparar la hostia consagrada. No hay nada menos democrático que la iglesia católica. Sobran evidencias e incluso se han consolidado y acrecentado durante el largo pontificado de Karol Wojtyla.

Del PP, sin embargo, parece que todavía nos queda mucho por aprender. Tras el matrimonio morganático entre la AP de Fraga, franquista hasta las cachas y repleta de ex ministros y ex altos cargos del Régimen, con la autodisuelta UCD de Suárez, centrista si no por convicción sí por necesidad y conveniencia histórica, nos tiene en un sinvivir. Hasta el segundo mandato -con mayoría absoluta- parecía ser de centro derecha. A partir de ahí nos mostró sin grandes escrúpulos sus reflejos autoritarios, arrogantes e incluso chulescos; su derechismo de raiz, en definitiva. Pero cuando perdieron el poder también perdieron los papeles y cada día más parecen un partido de ultraderecha, aunque, eso sí, vestido con un ropaje neoconservador y presuntamente democrático. Sin complejos, en cualquier caso.

Sin embargo, algo chirría cada vez más en su interior y ese chirrido llegó a ser horrísono cuando Acebes anunció el recurso de inconstitucionalidad contra el matrimonio homosexual. Si el desarrollo de la cuestión ya fue de por sí significativamente accidentado desde el punto de vista informativo (anuncio matutino de Acebes, matización vespertina de que cualquier decisión se tomará tras considerar los estudios jurídicos, confirmación en 24 horas de que sí se va a presentar...), las declaraciones de Esperanza Aguirre hoy, en TVE, no dejan lugar a dudas sobre el hecho de que se ha pasado del chirrido de las ruedas mal engrasadas al golpeteo de las bielas a punto de romperse.

No es la presidenta de Madrid -que ocupa tal puesto gracias a irregulares circunstancias de todos conocidas- un personaje de fidelidad dudosa o de veleidades liberales. Esperanza Aguirre es ‘de confianza de toda la vida’ y más aznarista que otra cosa, pero no le gusta perder. Y parece tener claro que si el PP presenta el recurso de inconstitucionalidad contra el matrimonio homosexual ella puede despedirse de esa franja del electorado al que ha tratado de mimar. Como ha subrayado, también es presidenta de los homosexuales y no quiere dejar de serlo de todos los madrileños, homosexuales o no. Dice que el recurso no va a ser entendido como muestra de coherencia jurídica con la Constitución, sino como “un ataque a los homosexuales”. Y le sobra razón. Como le sobra al colectivo gay del PP, que ha llegado a asegurar expresamente que tal medida es propia de la ultraderecha. Lo que me pregunto es qué hacen éstos en el PP. Ellos sabrán, imagino.

El problema, me parece, es que el PP habita ideológicamente en los Estados Unidos, merced a la conexión privilegiada de su ideólogo en jefe, José María Aznar, con la carcundia neoconservadora republicana. Allí, en su día, se hizo una lectura de los resultados electorales en California y también en los comicios presidenciales que consideró clave las posturas adoptadas respectivamente por demócratas y republicanos respecto a los derechos de los homosexuales en general y a su matrimonio en particular. Ese posicionamiento habría sido la causa de la derrota de los demócratas y de las victorias de Schwarzenegger y Bush, según ciertos augures.

La conclusión, en definitiva, era que la postura antigay es electoralmente rentable por cuanto moviliza a favor el voto mayoritario. Claro que España no es Estados Unidos. ¿O sí? No, mientras el PP no vuelva a La Moncloa. Vamos, digo yo.

¡Ay ‘Espe’, es que no estás al día! Págate en la FAES un cursillo de neofascismo, digo, de neoconservadurismo antes de que te den cada dos por tres ‘la carrera del señorito’, como al inefable desayunador de sapos llamado Mariano Rajoy le dan los sonrientes y ufanos triunviros que Aznar le puso como escolta, esos cuya cabeza pedía el iluso Piqué.
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17 septiembre, 2005

La 'Sombra', la voz de su amo

Aznar resucitó ayer en Nueva York para protagonizar una cóctel-conferencia en el lujoso y vetusto hotel Waldorf Astoria al módico precio de 70 dólares ‘per capita’. Apenas un centenar de personas se beneficiaron de las sabias enseñanzas de este ‘caudillo’ del neoconservadurismo ‘a la americana’. Por si las cotizaciones de estos eventos sirven como referencia, baste decir que el almuerzo-charla de Rodríguez Zapatero, paladín de la ‘alianza de civilizaciones’, se valoró en 3.000 dólares. El ‘star system’ político no se engaña.

Dije más arriba que Aznar resucitó, pero más bien fue exhumado de modo oportuno y deliberado para servir a los fines del ‘Tío Sam’. Su ‘speech’ estaba previsto inicialmente en Washington, pero en plena ‘cumbre de la ONU’ la capital estadounidense es un desierto político así que, desde el mes de abril, la actuación de Aznar había cambiado de escenario. De lo que se trataba era de tener en la ciudad que es sede de la ONU, aunque necesariamente fuera del foro, a alguien que le amargara la fiesta al presidente venezolano Hugo Chávez, bestia negra de la administración Bush y una de las obesiones predilectas de ‘la Sombra’ (la que dirige el PP, la que lo es de lo que fue).

También se trasladó a Nueva York, adelantándose a la fecha habitual -y con el mismo objetivo- la presentación del informe anual que el ‘gran gendarme’ mundial se permite elaborar, con sus propios cálculos y sesgos, sobre le tráfico de drogas internacional. Este año el informe en cuestión contenía un varapalo para Venezuela, pese a que los índices cuantitativos eran incluso inferiores a otros previos, que habían merecido una felicitación.

Aznar, el informe sobre tráfico de drogas y ciertos problemas artificialmente creados con los visados de los guardaespaldas de Chávez eran la bienvenida que Washington tenía preparada para el presidente venezolano, que se preveía -y se acertó- llegaba con el hacha entre las manos, especialmente después de que, con total impunidad, el ayatolá evangelista Pat Robertson hubiera pedido al gobierno estadounidense su preciada cabeza.

El pregón de Aznar fue el previsible porque el ex presidente del Gobierno español lo es hasta el hastío. Si habla de la revisión de los estatutos de autonomía saca a relucir el terrible fantasma de la ‘balcanización’ de España; si el tema es el terrorismo insiste en que no hay que preguntarse por sus causas (premisa que ya sólo el sostiene en todo el ancho y ajeno mundo) y en que no hay que negociar, sino derrotarlo; si el tema es la democracia, arremete contra el régimen castrista (con razón, en el sentido de que no es una democracia) y contra el ‘populismo bolivariano’ de Chávez (gratuitamente porque Venezuela mantiene el sistema parlamentario y su presidente ha sido elegido con elocuente consenso por el pueblo al que EE UU y Aznar quieren ‘salvar’).

‘Pinónfijo’ Aznar trató en su ‘coctelhomilía’ sobre "Los desafíos y oportunidades de América Latina", tema en el que es, como todo el mundo ignora, un ‘reconocido’ experto. Y por supuesto que le dio toda la tiza del mundo a Fidel Castro, ese provecto ‘dictador’ comunista, pero la prioridad de su látigo liberador/liberalizador fue Chávez, al que, siguiendo su costumbre -que ya parece una superstición- no nombró. El presidente venezolano fue descrito por nuestro gran ideólogo como “el problema más serio” que actualmente afronta Latinoamérica (desde la óptica estadounidense, claro). Habló nuestro profeta del “sueño de una revolución continental” financiada por el petróleo que exporta sus ideas "antiliberales y antidemocráticas" allá donde puede.

Y al hablar del petróleo mentó la bicha porque, seamos serios, ¿preocuparía tanto a Aznar y a sus amigos la ‘revolución bolivariana’ de Chávez si Venezuela no nadase en la abundancia de petróleo? Por supuesto que no. Chávez no sería otra cosa que una especie de inocuo ‘chiflado’ predicando en el desierto. Si preocupa a EE UU, cuyo abogado más caracterizado en la lengua de Cervantes es el ex presidente español, es porque tiene petróleo, precioso mineral que los 'halcones' de Washington pretenden controlar a toda costa. Y no sólo se trata de que Venezuela tenga petróleo, sino también de que Chávez lo utiliza como palanca para la redención de millones de sus conciudadanos, que se hallan bajo el umbral de la pobreza, y como instrumento económico de trueque y apoyo a los países del área, ninguno de los cuales anda sobrado de nada, como no sea de problemas.

La tranquila (si le dejan) ‘revolución bolivariana’ no preocupa seriamente a los auténticos defensores de la democracia, sino a los promotores de la globalización neoliberal y salvaje, resueltos a conquistar el mundo por la vía de la compra de sus recursos a precio de saldo y la colonización de las economías nacionales. Esas gentes -entre ellos Aznar- cuando hablan de libertad se refieren exclusivamente a la de mercado, que no tiene nada de libre en la medida en que se rige por la ley del más fuerte y utiliza la política y, si lo juzga preciso, la milicia (véase Irak) como instrumento ‘liberador’ al servicio de su fin depredador.

Como cabe esperar siempre que ´la sombra’ habla de peligrosos revolucionarios, tales que Castro o Chávez, no olvidó dedicar sus flores envenenadas a Rodríguez Zapatero, ese peligro público que, no conforme con su empeño en “romper España”, anda comiendo el coco al planeta con su inquietante “alianza de civilizaciones” (una idea pueril, dijo Rajoy que era en su día) frente al “choque de civilizaciones” que cierto ‘ideólogo a la violeta’ de nombre Huntington ha impuesto en el ideario ‘neocon’. Dijo el sin par que la bandera española ha pasado de estar entre la de las barras y las estrellas y la de la ‘Union Jack’ en las Azores a situarse entre Castro y Chávez, ese par de forajidos internacionales. Como retrato al minuto de brocha gorda estas imágenes no tienen precio, aunque su valor es aún mayor como autoencefalograma de quien las diseña. Todo un filósofo político el hombre que dirige la FAES.

Lo cierto es que hay una foto indeleble del ‘triángulo imperial’ de las Azores, con la mano de Bush tiernamente posada sobre el hombro de Aznar, pero no existe la otra, que el ex presidente ha pintado en su calenturienta imaginación. A cambio, la imagen de Zapatero junto a Erdogan y Annan, patrocinando un mundo de entendimiento teóricamente posible , sí que es una contraimagen elocuente de la de Azores, de la que tan absurdamente se ufana ´la Sombra’.

Patético Aznar, que, para colmo de males, leyó su conferencia en inglés con una pronunciación manifiestamente mejorable y asesinó la lengua de Shakespeare cuando tuvo que responder a las preguntas. ¿Sería demasiado pedirle a quien dijo hablar catalán en la intimidad y salió de una entrevista con Bush con un vergonzante acento de intérprete anglotexano que haga un curso de inmersión, que bien puede permitírselo con las gabelas de sus conferencias y charletas “all over the world”?

Sí, seguramente sería un desafío imprudente a su natural arrogancia. Y además 'la Sombra' podría argumentar que si su ‘amigo’ Bush jr preside Estados Unidos pese a sus ya legendarios gazapos en inglés ¿por qué no va él a chapurrearlo a nivel de primer curso de ESO?

Y quizás tenga razón. Mientras le paguen... Pero qué vergüenza, aunque sea ajena.
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13 septiembre, 2005

No sólo hiede en Nueva Orleans

Jamás podrían adivinar cuál fue una de las primeras medidas de emergencia adoptadas por George W. Bush tras el desastre del ‘Katrina’. ¿Por qué? Porque es inimaginable. El nada diligente (para cosas más importantes, como se ha visto) jefe del Estado ordenó suspender la vigencia del Acta Davis-Bacon en los estados afectados por el huracán. Dicho acta garantiza a los trabajadores en diverso tipo de obras o iniciativas financiadas por el Estado unos salarios nunca inferiores a los vigentes en el área geográfica en la que se desarrolla la tarea. La suspensión de la Davis-Bacon significa, en definitiva, que quienes trabajen en las labores de reconstrucción de las zonas devastadas van a cobrar lo que decida el contratista de turno, siempre -seguro- bajo el mínimo vigente en cada estado o ciudad.

Obviamente, la mano de obra estará integrada en la mayor parte de los casos por las propias víctimas del desastre. Es decir, que si esa legión de negros desheredados tiene la fortuna de conseguir un trabajo éste estará infrapagado por decisión del Gobierno estadounidense, el mismo que les ha abandonado a su suerte antes y durante la emergencia creada por el ‘Katrina’. Difícilmente puede concebirse un sarcasmo más cruel ni elocuente acerca de la naturaleza real del poder actualmente asentado en la Casa Blanca.

En teoría esa suspensión de derechos laborales (regulados desde 1931) estaría justificada como una generosa cesión al Estado por parte de personas supuestamente movilizadas por la solidaridad ante una grave situación. Su sacrificio beneficiaría a todos en la medida en que ahorraría dinero al erario público. En la práctica los motivos no son en absoluto solidarios y mucho menos filantrópicos. Y, por supuesto, a nadie se le va a preguntar si cede voluntariamente una parte de su sueldo. A quienes realmente va a beneficiar la suspensión del Acta Davis-Bacon es a las empresas contratistas. De eso es de lo que se trata.

Entre las primeras empresas adjudicatarias de contratos relacionados con la corrección de los daños causados por el ‘Katrina’ están algunas cuya vinculación con la Casa Blanca es conocida e incluso muy polémica, como Halliburton, de la que fue presidente Dick Cheney hasta que ocupó un cargo mucho más importante y sin duda más rentable: la vicepresidencia de una gigantesca corporación conocida por las siglas USA. Por supuesto, en este caso, como en el de Irak, el contrato ha sido adjudicado sin licitación alguna, lo cual se justifica ahora por la urgencia, lo que no pudo aducirse en el precendente iraquí.

Desde el pasado febrero, Halliburton tiene en nómina como ´lobbista’ (conseguidor, por decirlo finamente) de su filial Kellogg Brown and Root (KBR), que es la beneficiaria nominal de la contrata, a Joe Allbaugh (a los lectores de la anterior “Espiral” seguro que les suena familiar), director de campaña de Bush en 2.000 y ex presidente de la FEMA (digamos que protección civil), hasta que cedió la plaza a su amigo Michael Brown, que primero fue retirado de las responsabilidades relacionadas con la gestión de la crisis causada por el huracán y finalmente ha dimitido. Favor que se ha hecho a si mismo y a la nación.

Pero antes de irse, Brown ha favorecido cuanto ha podido a los amigos. Shaw Group, que también contrató a Allbaugh como lobbista (casualidades de la vida que todo estado democrático debería investigar), ya ha recibido un contrato de 100 millones de dólares por parte de la FEMA y otro más por la misma cantidad del cuerpo de ingenieros del ejército.

Bechtel, que también consiguió contratos sin concurso previo para la ‘reconstrucción’ de Irak, ha sido seleccionada por la FEMA para dar acogida temporal a los refugiados de las zonas afectadas. Su consejero delegado, Riley Bechtel, fue elegido por Bush en su día para formar parte de un consejo consultor en materias de exportación. Un amiguete, vamos.

Nancy Pelosi, líder demócrata en la Cámara de Representantes, pidió el pasado domingo la creación de una comisión antifraude que supervise los contratos y garantice que el dinero de los contribuyentes “se gasta de forma efectiva”. Dadas las circunstancias es lo menos que se puede pedir, pero no parece que el Partido Demócrata quiera ir muy lejos en sus ataques a Bush. Hasta qué punto la moderación demócrata puede deberse a cierto grado de complicidad o al deseo de actuar de modo constructivo ante la grave crisis que se ha creado es difícil de determinar.

Lo cierto es que Estados Unidos parece ahora mismo a punto de sumergirse en una de las mayores debacles de su historia. A la radical división creada por la guerra de Irak, que se manifestó en las últimas elecciones, en las que significativamente participó un número inédito de electores, se une ahora la indignación racial. A la mayor parte de los afroamericanos nadie puede convencerles ya de que fue la casualidad lo que hizo que los suyos hayan sido las principales víctimas del ‘Katrina’ y que se tardase tanto en reaccionar frente el desastre.

Probablemente en un intento de silenciar las críticas, Bush ha admitido hoy, por primera vez, alguna culpa en la deplorable gestión de la crisis del ‘Katrina’. Ha reconocido que no cumplió ‘plenamente’ con su trabajo. Es mucho más de lo que se pudo obtener de él tras la confirmación oficial de que Irak no tenía armas de destrucción masiva, pero no es gran cosa si se tiene en cuenta la dimensión del fracaso estrictamente personal cuya imagen han ofrecido dentro y fuera de Estados Unidos el huracán y sus secuelas.

Al paso que van las cosas, con la nación crecientemente dividida, Irak convertido en un callejón sin salida y con una democracia inviable, las crecientes evidencias de que la corrupción forma parte inalienable del bushismo y el debilitamiento económico en perspectiva, yo no daría un duro por que Bush llegue a terminar su mandato. Quien no se ha cansado de pedir una “América fuerte” está poniendo de manifiesto hasta lo inefable un nivel de incompetencia, debilidad y fragilidad que le hacen candidato a ser derribado por un pequeño soplo de verdad.

¿Pero quién, entre tanta mentira, manipulación, prejuicio, ignorancia y miedo, se atreverá a decir que el rey está desnudo?
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10 septiembre, 2005

Estado de coma

Se ha valorado de un modo excesivo el relevo de Michael Brown al frente de la coordinación de la crisis creada por el huracán ‘Katrina’. No se le ha cesado como subsecretario de la Secretaría (ministerio) de Seguridad Interior, responsable de la FEMA, la Agencia Federal para la Administración de Emergencias, que ha fracasado estrepitosamente. Sigue en su puesto, de vuelta en Washington, y ahí se mantendrá si no tiene la decencia de dimitir, como debería. Simplemente ha sido sustituido en la gestión de la crisis por el vicealmirante Thad Allen, que, aparentemente, sí sabe lo que hay que hacer.

Con esta decisión, Bush pretende desviar el punto de mira del ojo público, que le apunta con insistencia como responsable máximo de lo sucedido en los estados de Luisiana, Misisipí y Alabama y, muy especialmente, en la ciudad de Nueva Orleans (NO), pero ni siquiera tiene el coraje de cesar al réprobo. Y la razón es muy simple, como todo lo que se refiere a George ‘Dubya’ Bush. Uno no puede decir un día que Brown ha hecho “un trabajo extraordinario” en la gestión de la crisis y despedirle poco más tarde por incompetente. Y ese es el caso. En su preocupación por mostrar a un país traumatizado por las evidencias tercermundistas de NO que se había hecho lo correcto, el presidente había elogiado la labor de un inútil elegido para el cargo por él mismo. Doble culpa la suya, pues, en la medida en que no admite ninguna.

¿Pero quién diablos es este Michael Brown al que Bush mantiene en su puesto como reponsable de “prevención y respuesta” frente a los desastres? Pues es precisamente un desastre de persona, un mediocre abogado de Oklahoma que le debe su posición al hecho de ser amigo de un amigo de Bush. El último trabajo conocido de Brown antes de ingresar en la Administración de la mano de su viejo compañero de habitación de los días colegiales Joe Allbaugh fue el de presidente de la Asociación Internacional del Caballo Árabe. ¿Supuso alguien que el conocimiento de esta raza equina le cualificaba de cara a la amenaza del terrorismo islámico?

En cualquier caso, sarcasmos aparte, lo cierto es que la creación de la Secretaría de Seguridad Interior y la integración en ella de la FEMA es consecuencia directa del ataque terrorista del 11-S. Y es igualmente cierto que la prevención y la respuesta a un hipotético ataque con armas de destrucción masiva es parte fundamental del no menos hipotético trabajo de la subsecretaría adjudicada a Brown. Probablemente el terrorismo de la naturaleza, mucho más frecuente y destructivo, había pasado a un segundo plano. Lucidez 'a la Bush'.

Antes de ser integrada en el nuevo ministerio, la FEMA había sido dirigida por Allbaugh, el compañero de habitación de Brown y director de la campaña electoral de Bush en 2000. El amiguete, al irse, recomendó al especialista en caballos árabes para montar un animal aparentemente apacible y gustoso que ha resultado finalmente un cimarrón indomable. Brown no dimitirá si no quiere o si tiene la suerte de que acaben las críticas que le asedian, pero está políticamente muerto. En un ‘western’ alguien le habría dicho ya: “Nunca debiste salir de Oklahoma, forastero”.

Las muestras de incompetencia de Brown han sido muchas, aún antes del ‘Katrina’, como enviar 31 millones de dólares a zonas de Florida supuestamente afectadas por un huracán que no lo habían sido en absoluto e intentar justificarlo después. El “Florida Sun-Sentinel”, que reveló el affaire, pidió entonces su dimisión. Ahora, tras el ‘Katrina’, ya la demanda a gritos.

Entre los errores de este bueno-para-nada y beneficiario de la lacra del amiguismo, que surca a todo lo ancho y alto la administración Bush, está haber suspendido totalmente -y apenas iniciadas- las tareas de salvamento y evacuación de víctimas en NO, pese a ser emprendidas con tanta tardanza, después de que un helicóptero fuera tiroteado. ¿Era acaso la 'big easy' un hervidero de francotiradores que hacía imposibles las tareas de la FEMA en toda la extensión de la ciudad? Más bien Brown careció de la autoridad necesaria para ordenar a sus subordinados que se siguiera la tarea tras ese incidente aislado, evitando -por supuesto- toda posibilidad de peligro. De ese modo contribuyó a convertir una gigantesca emergencia humanitaria en una cuestión de orden público, enfoque que fue muy del gusto de ‘Dubya’ pues le permitió dar prioridad al tema en el que es un reconocido especialista quien dio rienda suelta a la pena de muerte durante su época como gobernador de Texas y tiene a gala reducir la tolerancia a cero.

Otra muestra de la eficacia del ‘nepotizado’ Brown: cinco aviones de transporte C-130, solicitados a la Guardia Nacional Aérea de West Virginia para tareas de evacuación en Luisiana, hubieron de regresar de vacío a su base tras enfrentarse a un caos burocrático infernal y a una indescriptible desorganización. Es “una vergüenza deplorable”, dijo el gobernador Joe Manchin, al tiempo que anunciaba que no se realizaría ninguna otra operación mientras la FEMA no se aclarase.

Por si faltaba un clavo sobre el féretro político de Michael Brown, la prensa se ha cebado -justificadamente- en el hecho singular de que en la web de la FEMA un ‘invento’ del ayatolá evangelista Pat Robertson -el mismo que días antes pedía la cabeza de Hugo Chávez para usarla como pisapapeles- aparezca en tercer lugar (tras la Cruz Roja y America Second Harvest) en el lista de organizaciones autorizadas para canalizar la ayuda a las víctimas del ‘Katrina’.

‘Operation Blessing’ (Operación Bendición, que así se denomina el invento) había desaparecido silenciosamente hace tres años de la lista de la FEMA, en coincidencia con ciertas denuncias que llevaron a una investigación (inútil, claro) sobre el desvío de fondos caritativos a intereses mineros del ‘ultracristiano’ en África y a la financiación de iniciativas políticas propias. ¿Qué ha podido motivar su estelar reaparición ahora, tras la nada evangélica petición al Gobierno de que asesinase a Chávez? Seguramente es cuestión de afinidades profundas entre Brown y Robertson, las que surgen cuando dos ambiciosos canallas se identifican entre sí como tales.

Hasta aquí lo que concierne a Brown, que no es poco. Pero las deficiencias del semi-reprobado amigo del amigo no pueden hacernos olvidar que el máximo responsable de las consecuencias trágicas del ‘Katrina’ es el amigo-jefe; que Bush no sólo desoyó antes del desastre las peticiones de NO para evitar la tragedia mejorando los diques, sino que después, cuando todo estaba consumado en tres estados de la Unión, mostró una gélida e incomprensible pasividad. Y al hacerlo puso en evidencia -más allá de un obvio déficit de humanidad- su rampante incompetencia.

Ahora, tanto él como sus fieles adláteres y corresponsables, lanzan gigantescos chorros de tinta de calamar sobre realidades transparentes. Incluso el ex secretario de Estado, Colin Powell, ha sido sacado de su retiro para sostener dos de las principales tesis de la Administración Bush: que los errores se cometieron a todos los niveles de la Administración (local, federal y estatal) , lo que descarga parcialmente de responsabilidad al Estado, y que no ha habido nada parecido al racismo en el tratamiento de la crisis.

Antes de sacar a su ‘tío Tom´ favorito a la palestra, Bush ya había movilizado a su ‘tía Tomasa’, Condoleezza Rice, pero la sustituta de Powell tiene entre los de su raza mucho menos carisma que su predecesor, que, en un tono supuestamente crítico, ha dicho precisamente aquello que el presidente estadounidense necesita llevar a la conciencia de los ciudadanos, afectados o no, y en especial a los de color. Dos tercios de la población negra de Estados Unidos están convencidos de que la magnitud del desastre y la prolongada desatención a las víctimas está directamente relacionada con los prejuicios raciales. ¿Pueden Rice o Powell convencerles de lo contrario por muy ‘brothers’ que se pongan?

Formulémonos la pregunta por vía indirecta. ¿Es imaginable una situación como la que han sufrido y sufren Luisiana, Misisipí y Alabama en estados de la misma costa, pero más al norte, como Pennsylvania, Massachussets o Maine? Digan conmigo que no. Si tal cosa sucediera ante la indiferencia y pasividad del Estado George W. Bush tendría ante sí en 24 horas un petición de ‘impeachment’ por negligencia en el deber (una de las causas previstas constitucionalmente, en la que ha incurrido de modo clamoroso).

Pero en lugar de ello, presidirá una comisión creada por él mismo para determinar “lo que se hizo bien (sic) y lo que se hizo mal”. Con un par, y ante la pasividad general, el acusado se convierte en juez. Inefable.

Si Thomas Jefferson levantase la cabeza hoy caben dos posibilidades: o se pegaría un tiro al contemplar en qué se ha convertido su sueño o lanzaría una diatriba apocalíptica contra todas las magistraturas del Estado y llamaría a los ciudadanos a las armas, que para eso defendió que las tuvieran.

La democracia estadounidense no está simplemente más o menos enferma, como tantas. La tragedia del ‘Katrina’ ha tornado su techo de cristal y lo que puede verse, además de las roturas, es que se encuentra en coma.

¿Irreversible? Es de temer que sí, al menos mientras la ciudadanía no despierte. Y desde hace al menos siete décadas se viene haciendo todo lo posible para que no lo consiga.
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04 septiembre, 2005

No es la guerra, estúpido

Las situaciones de emergencia sacan a la luz lo mejor y lo peor del ser humano. Esa es una realidad más que suficientemente documentada. En tales casos, desgraciadamente, suele predominar lo peor. Un conjunto de individuos que se saluda cordialmente, se cede el paso en educado gesto o acaricia la cabeza del niño del prójimo con simpatía, se transforma, si un barco se hunde o un edificio se incendia, en un grupo salvaje cuyos integrantes se agreden sin consideración para subir al primer bote o salir por la puerta más cercana. Eso es lo que suele describirse como pánico colectivo y con frecuencia ha causado más víctimas que el propio siniestro que lo provoca.

Cuando la emergencia se prolonga y se impone la necesidad de una coexistencia pacífica y en la mayor medida posible solidaria, la situación cambia y se evidencia que las ‘ovejas negras’ son una ínfima minoría, aunque violenta y carente de escrúpulos. El resto de los individuos simplemente trata de sobrevivir apoyado en los suyos o en los más afines entre los próximos.

Entre los miles de refugiados en el Centro de Convenciones de Nueva Orleans se hallaba una diputada autonómica catalana (del PSC) con su familia que, con voz generalmente serena, nos ha transmitido la crónica dramática de la situación que se vivía. Entre las revelaciones de Lourdes Muñoz hay una muy significativa, aunque apenas sugerida: lo poco que han logrado comer o beber ella y su familia procedía del pillaje y les fue entregado por 'los delincuentes'. Es decir, en la situación desesperada que se vivía algunos se organizaron para obtener lo más necesario. Y no lo hicieron por interés de lucro ni por egoísmo estrictamente personal, sino atendiendo, en una situación de extrema necesidad, a la primera ley de la vida: la supervivencia.

Cuando no hay policía para detener a los abusadores ni para ayudar a nadie; cuando tiendas y supermercados están cerrados y no se puede adquirir lo más esencial; cuando el Estado abandona a la gente durante cinco días en una situación propia de la edad de piedra ¿quién puede defender que las víctimas se dejen morir pasivamente, como ganado estabulado, inmoladas ante el dios de la propiedad privada?

En ese contexto dramático resulta surrealista e indignante escuchar el balbuceo del presidente de la nación hablando de “tolerancia cero” y dando prioridad al concepto de ley y orden, con el envío incluido de comandos especiales, como si Nueva Orleáns hubiera sido tomada por una guerrilla revolucionaria en lugar de ser la víctima desgraciada de su imprevisión previa y de su inactividad inmediata ante la tragedia. La existencia de algunos grupos armados de delincuentes que han aprovechado el vacío de poder no justifica, en modo alguno, tal actitud desproporcionada.

La amenaza de la gobernadora de Luisiana, la republicana Kathleen Blanco, al advertir de que los soldados que llegaban tenían muy buena puntería, que tirarían a matar y que contaban con su aplauso, está en el mismo nivel de delirio de su presidente, pero suena aún de un modo más terrible.

Se ve que los republicanos funcionan especialmente en la onda militarista. Cuando el presidente tomó tierra tras su primer vuelo de reconocimiento sobre la costa del golfo de México en el Air Force One dijo algo así: “es como si hubiéramos sufrido un ataque exterior devastador”. Lo cierto, sin embargo, es que esta tragedia no es atribuible a los soviéticos, hace tiempo desaparecidos, ni a Al Qaeda, ni a Fidel Castro. No hay coartada.

No es la guerra, estúpido George W. Bush. Es directamente una derrota anunciada, que pudo ser evitada o minimizada y no lo fue por tu ineptitud, cómplice de la inmoralidad de un sistema que te elevó y te sostiene donde estás porque, además de ser un convicente tonto útil, tienes pedigrí.
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03 septiembre, 2005

Nueva Orleans: La 'lógica' de lo inconcebible


“Esto es un desastre nacional, que muevan el culo y hagan algo”. Así se ha expresado el alcalde de Nueva Orleans -de raza negra, como la mayoría de sus vecinos- exasperado ante la magnitud del caos y el abandono al que se enfrentaba tras los devastadores efectos del huracán ‘Katrina’. Aunque parezca gratuito, era sumamente comprensible e incluso necesario que subrayara el carácter nacional del desastre y que se expresase de modo tan contundente.

Durante los tres primeros días tras el huracán, el Gobierno de la nación, con su presidente a la cabeza, sesteaba paladeando las horas finales de sus vacaciones, irresponsablemente ajeno a la tragedia. Una imagen de Bush mimando un toque de guitarra durante la entrega de premios de un ignoto festival de música country, mientras las calles de Nueva Orleans (NO en lo sucesivo) quedaban anegadas y sus habitantes se refugiaban en los tejados o padecían bajo la frágil cubierta del Superdome, dio la vuelta al país y despertó la indignación incluso de los más fieles.

Ayer, en el quinto día del desastre, la ayuda empezó a llegar finalmente a la ciudad, en la que al menos 60.000 personas se hallaban en situación desesperada. Demasiado tarde para salvar al ignorado número de vidas que se perdieron durante esos cinco días, pero a tiempo para evitar que la ley brutal del más fuerte o del mejor armado extendiera su imperio y los jinetes del Apocalipsis campasen a sus anchas sobre la melancólica ciudad en la que el jazz y el blues tuvieron su origen.

Estaba escrito. La tragedia ocurrida ahora no sólo era previsible, sino que durante las últimas décadas fueron muchas las voces que se alzaron para advertir del riesgo cierto que la ciudad y su población corrían en el caso de ser afectadas por una huracán de las características del ‘Katrina’, lo cual, en el Golfo de México, es algo más que una posibilidad remota. Como ocurre tantas veces, los que reclamaban atención al problema fueron ignorados como agoreros y fatalistas.

Situada bajo el nivel del mar y enmarcada por éste, el Misisipi y el lago Pontchatrain, hasta el siglo XX la ciudad había crecido adaptándose a las limitaciones que el terreno pantanoso y las frecuentes crecidas del río le imponían. Elevados malecones le ponían a salvo de las aguas, pero no tenía posibilidades razonables de expandirse. Hasta que en 1910 apareció un ambicioso ingeniero llamado A. Baldwin Wood y ofreció unas potentes bombas de su invención para drenar el agua y verterla en el lago. Esto, unido al establecimiento de diques, hizo posible que la vieja NO se extendiera en abierto desafío a la naturaleza y al destino.

Ahora, en paradoja cruel , el sistema de diques y malecones se ha convertido en el principal obstáculo para poner fin a la inundación de la urbe. Una vez desbordados, retienen el agua que estaban destinados a contener sólo del otro lado. Las bombas no dan abasto y los cálculos más optimistas cifran en nueve semanas el plazo para lograr el drenaje completo. Si no llueve, por supuesto.

Hoy en día los diques y las bombas, así como el cuidado de los malecones, están en manos del Cuerpo de Ingenieros de la Marina USA, es decir, es el propio Estado y no la ciudad ni el estado de Luisiana quien tiene la responsabilidad. Tras la tragedia se han conocido datos muy reveladores acerca de hasta qué punto la culpa última de lo sucedido ha sido y es de Washington:

1.- El Gobierno de Bush denegó en su día la petición de los ingenieros de la Marina de algunas decenas de millones de dólares para mejorar el sistema de diques, cuya rotura ha causado ahora la inundación.

2.- Los diques fueron diseñados para soportar los embates de un huracán de categoría 3. El ‘Katrina’ tenía la 4 en el momento de tomar tierra y la violencia del mar, apoyada en vientos de 145 kilómetros por hora, rebasó los diques y causó dos roturas. Preguntado un portavoz del referido cuerpo de ingenieros por la razón de que la capacidad de contención de los diques se limitase a la categoría 3, respondió lacónicamente “eso es lo que fuimos autorizados a hacer”.

El Gobierno, pues, no sólo ha puesto en evidencia su culpable indiferencia e ineficacia en la tragedia del ‘Katrina’, sino que es la causa principal de que un fenómeno atmosférico previsible haya tenido la dimensión trágica y caótica que ha alcanzado en NO. Parece inconcebible que las cosas puedan llegar a tales extremos en el país más próspero y avanzado de la tierra, pero en realidad sólo lo es para quien se engañe respecto a la auténtica y profunda naturaleza de Estados Unidos.

Desde los tiempos de Reagan, que terminó con una tradición social originada durante la gran depresión, cuyos efectos devastadores para el pueblo el New Deal de Roosevelt consiguió reducir, la política de Estado se rige por los mismos principios que la empresa privada: mínimos costes, máximos beneficios. El recorte drástico de los gastos sociales que impuso el primer actor del mundo que llegó al poder y que hoy se mantiene en lo esencial, con pequeños matices correctores durante los gobiernos demócratas, tuvo como consecuencia la reducción a la miseria y a la marginalidad de las capas sociales tradicionalmente más desfavorecidas (en especial los negros del sur profundo y de las grandes ciudades) y elevó la delincuencia y la drogadicción hasta una dimensión inédita.

En contraste con la empresa privada, el Estado se puede permitir, por la simple razón de que no tiene que enfrentar la dinámica de la competencia, ignorar la obsolescencia (aún están en uso en NO las bombas que fabricó Wood, por ejemplo) o la inadecuación de determinadas infraestructuras o la ausencia de políticas socialmente necesarias. De lo que se trata es de favorecer el crecimiento en términos macroeconómicos, priorizando los intereses financieros y empresariales, en la cuestionable esperanza -sobran evidencias al respecto- de que los extraordinarios beneficios de una minoría repercutan en las mayorías en forma de creación de empleo y aumento de ingresos.

Se trata, ni más ni menos, de la ley de la selva. Quien se sienta sorprendido por las consecuencias del ‘Katrina’, por la indiferencia del Gobierno, por su imprevisión y su avaricia criminal encontrará ilustrativa la anterior ‘Espiral’ (31 de Agosto). Se comprenden muchas cosas cuando se considera que de los 297 millones de habitantes del país más rico de la tierra 37 millones son pobres y cuando se sabe a qué grupos étnicos pertenecen y dónde se encuentran geográficamente esos pobres.

Luisiana, Misisipi y Alabama son algunos de esos lugares. Y todos ellos votaron a Bush en las últimas elecciones. Eso sí que es incomprensible por muy previsible que pueda ser.

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31 agosto, 2005

Noticia de la miseria en el país de Jauja

Esta es una noticia difundida ayer por la agencia France-Presse, con origen en su delegación de Washington. Como toda información en la que cualquier adjetivación ha sido sustituida por la insuperable elocuencia de los números, el comentario huelga. A buen entendedor... Esta es la realidad socioeconómica en el país de las oportunidades, en la sociedad más opulenta del mundo. Sólo una pregunta: ¿si esto es posible en la propia metrópolis imperial qué pesadillas de inanición e injusticia no le parecerán lógicas e incluso deseables al Gobierno de EE UU en la periferia ignorada o sobreexplotada del planeta?

"La pobreza en Estados Unidos aumentó en 2004 por cuarto año consecutivo mientras que los ingresos permanecieron estables, según informó el martes la oficina del Censo.

El ente oficial informó de que el número de personas que vive por debajo de la línea de la pobreza subió el año pasado a 37 millones de personas, frente a los 35,9 millones de 2003, mientras que la tasa de pobreza subió al 12,7%, contra un 12,5% del año anterior.

El Gobierno estadounidense fijó el nivel de pobreza para una familia de cuatro personas en 2004 en un ingreso anual de 19.307 dólares; para una familia de tres miembros, en 15.067 dólares; para dos personas en 12.334 dólares, y para los individuos solos la cifra se fijó en 9.645 dólares.

El número de personas en situación de pobreza absoluta -con ingresos por debajo de la mitad del nivel de pobreza- fue de 15,6 millones, el mismo de 2003, según el informe. Esto representa un 5,4% de la población total y un 42,3% de la población pobre en 2004.

El informe indicó además que el ingreso promedio de los hogares se mantuvo sin cambios entre 2003 y 2004, en 44.389 dólares anuales. Los hogares de población negra tuvieron el ingreso promedio más bajo en 2004 (30.134 dólares). Los hogares cuyos integrantes son de origen asiático tuvieron los ingresos más altos (57.518 dólares), mientras que el nivel de los hogares de blancos fue de 48.977 dólares. El ingreso promedio para los hogares de familias de origen hispano fue de 34.241 dólares.

La tasa de pobreza cayó, en el caso de los asiáticos, al 9,8% en 2004, frente al 11,8% en 2003, mientras que se mantuvo estable para los hispanos (21,9%) y negros (24,7%) y subió en el caso de los blancos no hispanos, de un 8,2% en 2003 al 8,6% en 2004.

Un total de 13 millones de personas entre la población menor de 18 años vivía por debajo de la línea de pobreza en 2004, lo que representa un 17,8% de este segmento social, una tasa sin cambios en relación a 2003. En cambio, la cantidad de pobres aumentó en la franja de 18 a 64 años (11,3% de pobres contra 10,8% en 2003) y bajó entre las personas de más de 65 años (9,8% de pobres en esa franja, frente al 10,2% en 2003).

El noreste y el oeste del país siguieron siendo las áreas con mayores ingresos, y el sur, la región con menores ingresos. El porcentaje de población sin cobertura de seguro de salud se mantuvo estable en un 15,7% en 2004; la cantidad de personas sin cobertura aumentó en 800.000 personas hasta 45,8 millones, mientras que las personas con seguro de salud aumentaron en 2,0 millones hasta 245,3 millones".


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30 agosto, 2005

"Por una mentira"

En apenas unos meses las cañas se han tornado lanzas para el presidente Bush. El hombre que logró salir incólume de unas elecciones que fueron de hecho un referéndum sobre la guerra de Irak no está ahí, en el poder, por su buen hacer sino gracias a una sistemática intoxicación de la opinión pública y al estado emocional creado por el ataque terrorista del 11-S, propenso al éxito de la manipulación.

Si los comicios presidenciales diagnosticaron una dramática división de la sociedad estadounidense, prácticamente al 50 por 100, la evolución de la situación en Irak no sólo ha ahondado la sima, sino que también ha aumentado las críticas a una decisión injustificable y cuestionada desde el principio. Y ahora, para colmo de males de Bush y su banda, la contestación tiene un estandarte eficaz, una víctima indignada, la madre de un soldado de 24 años que ha muerto "por una mentira".

Cindy Sheehan y un número creciente de seguidores han puesto sitio al rancho de Bush en Crawford (Texas), pueblerino refugio vacacional del presidente en la América profunda, a la que él mismo representa de modo inigualable con su cazurra santurronería y sus aires de tipo sencillo y sin doblez. Ahora Sheehan y los suyos inician una gira de tres semanas que les llevará ante la Casa Blanca y la cobertura mediática alcanzada no deja lugar a dudas sobre el hecho de que el tesón de Cindy es cualquier cosa menos inocuo.

Las encuestas ya sitúan a Bush jr. en un nivel de impopularidad sólo superado por Nixon en los tiempos más agudos del escándalo del Watergate. Consciente de su impunidad, el presidente insiste en defender la presencia militar en Irak en un contexto general de guerra contra el terrorismo, por la democracia y por la estabilidad en el oriente próximo. Reclama paciencia y sacrificio y expresa su confianza en una positiva evolución de la situación en Irak.

Él parece ser el único que confía. Lejos de tener visos de pacificación, lo que empieza a vislumbrarse en Irak es una guerra civil, que de hecho ya existe desde hace tiempo de modo más o menos larvado, y que, en lo que concierne a la comunidad suní, ha encontrado en el rechazo a la Constitución su catalizador definitivo.

Interpretan razonablemente los suníes que el planteamiento federal de la Constitución promovida por EE UU, con autonomía para kurdos y chiíes, no sólo va en perjuicio directo de su comunidad sino que además prefigura una hipotética partición del país muy conveniente para los intereses occidentales, en la medida en que son los chiíes y los kurdos los que se asientan sobre territorios petrolíferos. Entre los chiíes sólo el carismático disidente Moqtada al Sadr comparte esa interpretación y ese rechazo.

La movilización popular suní tras el fracaso del consenso constitucional no se ha hecho esperar, con retratos de Sadam Hussein incluidos, y es previsible que, simultáneamente, la insurgencia acentúe aún más su virulencia. Mientras tanto, es cada vez más evidente el cortocircuito informativo que se está practicando, aprovechando la ausencia de medios informativos occidentales sobre el terreno.

Nadie explica, por ejemplo, quienes son esas decenas de personas que aparecen periódicamente ejecutadas en grupo con total economía de medios (un tiro en la cabeza), quién les mata y por qué. Nadie habla ya del peculiar general pelirrojo Izzat Ibrahim Al Duri, al que hasta hace apenas un año se atribuía la dirección militar de la insurgencia. Ahora se pone el acento en la figura de Abu Musab Al Zarqawi, un jordano vinculado a Al Qaeda. Y la razón es obvia: subrayar la presencia de la internacional terrorista islámica en Irak es más útil para defender la ocupación de ese país.

Por supuesto, se elude escrupulosamente mencionar que dicha presencia tiene como causa precisamente la ocupación militar. También se evita, por razones obvias, hacer distinción alguna entre las acciones que corresponden a la resistencia iraquí y las atribuibles a Al Qaeda. No se considera procedente. Todo se envuelve bajo el epígrafe de “terrorismo”, de infalible eficacia emocional.

Sin embargo, resulta evidente que la insurgencia iraquí tiene una organización, una dirección y unas tácticas inequívocamente militares y, asimismo, que cuenta con unos servicios de inteligencia muy bien informados. En consecuencia, existe también una dirección política. Sólo así se explica la elección nada aleatoria de los objetivos y la contundencia de los golpes que se suceden en los más diversos lugares, pero generalmente en la zona central (suní) y muy especialmente en Bagdad.

El fracaso en el intento estadounidense de sumar a los suníes -que ya boicotearon las elecciones en su día- al consenso sobre el borrador de la Constitución configura el peor de los escenarios para los intereses y expectativas de Bush y el ‘lobby’ energético. Según el reglamento del referéndum a celebrar el 15 de octubre, si dos tercios de la población en tres provincias iraquíes votan en contra de la ‘carta magna’ ésta deberá replantearse y volver a ser consultada. Y esa posibilidad puede considerarse ya como un hecho. Los miembros de la comunidad suní se están registrando masivamente para poder votar y no es precisamente para decir “sí”.

Eso significará prolongar indefinidamente la presencia militar estadounidense, una radicalización extrema de la violencia y una impopularidad aún mayor de Bush y de su guerra “por una mentira” a nivel doméstico. El riesgo de que tenga que asistir a una movilización clamorosa, de niveles próximos a los que motivaron la retirada de Vietnam, es ahora mismo una hipótesis altamente probable.

¿Y todo por una mentira? En resumen: sí. Los otros porqués de la guerra, conocidos por todos, aún siendo indecentes no son tan movilizadores. Nadie debería sobrevivir políticamente a una mentira en una auténtica democracia.

En España el PP no lo logró tras atribuir interesadamente a ETA el ataque terrorista del 11-M. En EE UU y Reino Unido Bush y Blair han salido indemnes, pero todo indica que el tiempo histórico no corre a su favor. A ellos, en su último mandato, no parece inquietarles. Esperan beneficiarse de una tradición de impunidad con la que habría que terminar para que las apuestas personales por aventuras falsarias y depredadoras como la guerra de Irak resulten imposibles en el futuro.

Existe algo que se llama responsabilidad criminal y nadie que incurra en ella debería disfrutar de inmunidad.

25 agosto, 2005

La gran jeremiada

La operación de desalojo de los asentamientos judíos en Gaza, más allá de cualquier otro significado que se le quiera dar, ha sido una hábil y muy bien publicitada campaña de imagen por parte de Israel. Tras meses de especulaciones sobre lo que sucedería cuando se pusiera en práctica y un pormenorizado relato de lo que iba ocurriendo a medida que se acercaba la fecha, la evacuación, allí donde ha sido forzosa, se ha desarrollado parsimoniosamente, sin pegar un tiro, sin los suicidios ‘estilo Massada’ que alguien llegó a creer posibles y con las dosis justas de llanto, histeria y rasgar de vestiduras.

Ha sido una gran jeremiada, cuya paternidad se ha atribuido en exclusiva Ariel Sharon, el más sanguinario de los militares israelíes -ahora y siempre político- y uno de los menos ambiguos entre los sionistas. Son legión quienes juzgan que el desalojo de Gaza constituye una inequívoca muestra de buena voluntad. Eso es lo que transmiten los ‘media’ de consumo mayoritario (“mainstream”, que se dice) en los cinco continentes. Eso es lo que quiere hacer creer Israel, que en teoría estaría dando pasos firmes hacia el cumplimiento de la celebérrima ‘hoja de ruta’, que es papel mojado desde su alumbramiento.

Lo cierto es que “ceder” Gaza es sacrificar circunstancialmente un peón no esencial dentro de la larga y gran partida de ajedrez que Israel viene manteniendo incluso desde antes de su irregular nacimiento, aprobado por una ONU que aún no contaba entre sus miembros con los países más afectados por tal acuerdo ni con aquellos otros –los que se denominaron no alineados- que se habrían opuesto por obvias razones. La franja está totalmente aislada del resto de lo que se supone que será el estado palestino y en consecuencia es perfectamente controlable, especialmente si se cuenta –como es el caso- con la colaboración de Egipto.

Es Cisjordania y no Gaza la prioridad por excelencia de la política israelí. Es allí donde los asentamientos judíos salpican todo el territorio palestino y donde se han elevado y seguirán contruyéndose altos muros de hormigón que separan a la población entre sí y de sus tierras de cultivo. Es allí donde Israel desafía de modo más abierto y arrogante a la comunidad internacional. La contemplación del mapa del llamado “West Bank” con las zonas de muro ya construidas y las previstas no deja lugar a dudas acerca de los propósitos reales de Israel. Por un lado se anexiona ‘de facto’ territorios que no son suyos; por otro, forma ‘ghettos’ que a su vez encierran los propios ‘ghettos’ que son las colonias judías. En resumen, está extendiendo su territorio a costa del palestino y creando dentro de Cisjordania franjas o enclaves que prácticamente imposibilitan el funcionamiento autónomo de un hipotético estado palestino.

Mientras se desarrollaba la gran jeremiada de Gaza, Israel expropiaba terrenos palestinos al este de Jerusalén con el objetivo de anexionarse una extensa superficie que incluye Maale Adumim, uno de los mayores asentamientos judíos, dejando en su interior a miles de palestinos y sentando un principio de indiscutibilidad inaceptable respecto al destino definitivo de la ciudad, que Israel se apropió durante la guerra de los seis días y declaró capital política frente al criterio del resto del mundo. Es decir que, aunque en el caso de Gaza Sharon se cubra con la piel del cordero, lo que le mueve en realidad son la razones del lobo, que, como muestra la fábula de Esopo, resultan insostenibles.

En este contexto es toda una ironía el aplauso que la ONU ha dado a la “madurez” mostrada por el gobierno de Israel y casi ridículo su recordatorio de que “queda mucho por hacer”. Lo cierto es que en las condiciones actuales y teniendo en cuenta los planes respecto a Cisjordania, que Sharon considera irrenunciables, creer que se avanza hacia la paz es una alucinación pasajera, como indica el hecho de que la pasada madrugada los soldados israelíes mataron a cinco palestinos en el campo de refugiados de Tulkarem, tres de ellos adolescentes.

En esta cuestión, como en casi todo, sólo se engaña quien quiere. Y engañarse deliberadamente, como hace la inmensa mayor parte de la comunidad internacional en lo que concierne al contencioso palestino, es incurrir en una gravísima responsabilidad.

Que nadie sueñe con la más remota posibilidad de pacificación en la postura de la totalidad del mundo árabe-islámico mientras sangre a borbotones la herida de un pueblo que suma a todos los traumas sufridos desde 1948 el hecho de que cuatro millones y medio de los suyos están en el exilio y sin posibilidad de retorno por la oposición de Israel.

21 agosto, 2005

Verdades, mentiras, cinismo y desvergüenza

Dado que aún no he tenido tiempo de actualizar los enlaces de los Archivos, creo oportuno reproducir textualmente aquí algo de lo publicado en La Espiral acerca del envío de tropas españolas a Afganistán a modo de introducción a un tema que está de dolorosa actualidad:

... El aplauso que esta decisión de Rodríguez Zapatero (retirar las tropas de Irak)merece podría quedar minimizado si se cumple la anunciada e injustificable compensación -destinada a templar gaitas con el gran "boss"- de aumentar la presencia militar española en Afganistán. Tampoco allí se nos ha perdido nada y es otro pozo envenenado del que sólo pueden surgir pesadillas. (19 de Abril de 2004)

... Pero no puedo terminar estas líneas sin lamentar que el Gobierno español del “cambio” esté dispuesto a ampliar la participación militar española en Afganistán, por muy ridícula numéricamente que pueda ser. El hecho de que en esa actuación esté implicada la OTAN no sólo no legitima tal decisión sino que pone simultáneamente en cuestión nuestra participación y la de la OTAN.

¿Qué hace la Organización del Tratado del Atlántico Norte en el Golfo Pérsico, tan lejos de su marco geográfico natural de actuación? Es más: ¿Qué sentido tiene la subsistencia de esa institución defensiva cuando ha desaparecido el peligro (soviético) frente al que nació?

Tal vez ha llegado el momento de que España se replantee su pertenencia a un tratado que no es otra cosa que la expresión del poder y de los intereses de Estados Unidos, ajenos e incluso contrarios a los de la Unión Europea en general y a los de nuestro país en particular. Rectificaría de ese modo el error que el propio PSOE, regresado al poder mediante este Gobierno, cometió al impulsar la permanencia en el mismo mediante un referéndum que significó, durante la campaña previa, la mayor operación de intoxicación de la opinión pública de la historia. Eso sí que sería un cambio. (9 de mayo 2004)

Sólo la ignorancia o la mala fe puede argumentar ahora que no sabe por qué se aumentó la presencia militar española en Afganistán, preguntar qué hacen las tropas allí o sugerir que realizan “misiones de guerra” o que se sitúan bajo un “alto riesgo”. Y eso es precisamente lo que está haciendo el PP.

Creo recordar que cuando Bono aún no había tomado posesión de su cargo como ministro de Defensa ya adelantó que se aumentaría el contingente español en Afganistán, precisamente en compensación por el repliegue de Irak, promesa electoral de ineludible cumplimiento. También creo recordar que, ante la retirada de Irak, los ‘populares’ pusieron el grito en el cielo y lo denunciaron como una imprudencia temeraria que nos malquistaría con Estados Unidos.

En mi recuerdo también está que el PP votó positivamente el envío de más efectivos a Afganistán, ‘vendido’ ante el Congreso por el propio Zapatero gracias a la insistencia del partido de Aznar en que fuera él quien diese la cara, como ahora vuelven a pedir, porque es Zapatero y no otro su ‘bestia negra’ a batir (o a abatir). Votar en contra o abstenerse no sólo hubiera sido una escandalosa contradicción, como lo fue la postura de la Alianza Popular de Fraga ante el referéndum sobre la OTAN, sino algo imposible de explicar a los ‘íntimos’ amigos de Aznar y Rato en Washington. Demasiado arriesgado e incoherente. En aquella sesión Rajoy sólo se permitió deslizar el sarcasmo de apuntar que el presidente presentó el asunto como si se tratase de “misiones caritativas”.

Que todos sabían y saben de qué se trataba queda claro cuando se juzga la postura de Izquierda Unida, que fue entonces de rechazo, como lo es ahora, pese a ser socio del Gobierno, y que se argumenta hoy del mismo modo que en su día: lo que las tropas españolas hacen en Afganistán es servir a la estrategia de Estados Unidos. Concretamente, un conglomerado militar italohispano ha permitido a Estados Unidos sacar a sus tropas de la región occidental de Afganistán, lindante con la frontera de Irán y regida hasta no hace mucho por Ismail Khan, uno de los más hábiles, ambiciosos e incombustibles ‘señores de la guerra’ afganos, defenestrado el año pasado por Karzai, el presidente-títere.

¿No era Afganistán un paseo por el campo?, parece preguntar cínicamente ahora el PP. Saben muy bien que no, que esa región tiene un potencial claro de alto riesgo y que, en caso de ataque contrario, se transforma inevitablemente en una misión de guerra. Lo mismo puede ocurrir en Haití, por cierto, aunque ahora mismo es algo más improbable que en Afganistán.

En cualquier caso, siempre serán más justificables las misiones en Afganistán o Haití -obedientes ambas a los intereses del ‘amigo americano’- que la que, por decisión personal y exclusiva del ‘caudillo’ Aznar, convirtió a España en un estado depredador y condujo a los soldados españoles a una guerra injusta e injustificable, basada en gigantescas mentiras. Una guerra que -por cierto- prosigue tras haber sido 'ganada' y estalla virulentamente cada día en cualquier rincón con un saldo mortífero hasta ahora incontenible.

El ejército español no debería estar en ninguno de esos escenarios, como no debió estar en Bosnia, intervención que algunos consideran menos discutible. Yo no, pero no es el momento de argumentarlo. Quien no está capacitado en absoluto para cuestionar la presencia militar española en Afganistán ni su alcance es el Partido Popular, pero no cabe esperar otra cosa de quienes vienen realizando una tarea de oposición netamente destructiva y, en el fondo, incoherente hasta lo absurdo.

¿Un ejemplo? ‘Caso Roquetas’: han sido capaces de sostener una cosa (lentitud, ocultación, complicidad del Gobierno) y su contraria (la acusación de deteriorar la imagen de la Guardia Civil, de ponerla a los pies de los caballos). Y no se les cae la cara de vergüenza porque no la tienen. La vergüenza, quiero decir. Cara les sobra, como les espetó gestualmente Pérez Rubalcaba en otras recientes circunstancias trágicas en que la estilizada gaviota se trasmutó en el grosero buitre que es desde que perdió el mar de poder que soñó infinitamente suyo.

18 agosto, 2005

Una lastimera explicación

Bienvenido sea quien haya llegado hasta aquí. El rediseño de este blog no ha sido voluntario sino impuesto por las circunstancias, las mismas que han forzado al traslado de La Espiral a Blogspot, que, al menos por el momento, parece que funciona adecuadamente, al contrario que en anteriores intentos. Como saben los lectores veteranos, ésto era hasta ayer una sección de la web Tierra de Nadie, alojada en Eresmas.net (¡Wanadoo, lagarto lagarto!). Las deficiencias del servicio, que motivaban su frecuente inaccesibilidad o extremada lentitud, obligaron no hace mucho a su traslado a Ono.

A partir de esa decisión uno confiaba ingenuamente en que el problema terminase, pero he aquí que la inefable Ono (la misma que pretende cobrar por un servicio antispam ineficiente y que debería ser gratuito) tiene para alojar las webs un ahorrativo sistema de caché que hace invisible toda actualización, salvo que el visitante, que necesariamente debe estar advertido, refresque reiteradamente la página y si hay suertecilla... ¡Qué banda!

Llueve sobre mojado (y perdonad si os doy la tabarra con mis frustraciones y cabreos, pero tal vez alguien saque provechosa enseñanza de mi experiencia, nunca se sabe). La primera edición de la web Tierra de Nadie estaba alojada en Xoom.com, empresa estadounidense que fue absorbida por NBCI (la poderosa NBC más la no menos poderosa General Electric). El nuevo amo decidió cargarse las webs gratuitas de Xoom ‘manu militari’, casi sin tiempo para que salvasen los muebles quienes no habían hecho un prudente ‘backup’. Mi primer intento de blog, titulado “Desde Tierra de Nadie” pereció de este modo en julio de 2001, año de odioso recuerdo para mi por múltiples motivos.

Para un tipo que había empezado digamos que en la telemática en los años 90, cuando aún no se barruntaba internet, las delicias de la red dejaron rápidamente de serlo. En Fidonet, la modesta retícula de nodos, controlado cada uno de ellos por un entusiasta sysop (system operator), las cosas eran más simples, aunque también bastante caras porque funcionaba por vía telefónica convencional de modem a modem, lo cual quiere decir que si no había un nodo en tu ciudad -como fue mi caso durante casi todo el tiempo- el coste de cada comunicación era el de una conferencia interurbana.

Pese a todo, tardé un tiempo prudencial en entrar en internet cuando finalmente apareció en España, dados los precios desproporcionados que establecieron los proveedores de servicio. Cuando lo hice fue en RedesTB, que luego se llamó Retemail, para pasar en poco tiempo a convertirse en Iddeo y no mucho más tarde en Eresmas, finalmente absorbido por Wanadoo. Una pesadilla.

Decidí hace ya unos años registrar el dominio tierradenadie.org , de modo que la web estuviera a salvo de toda emergencia por mucho que tuviera que mudar de dirección. Hace poco, tras mi mudanza decepcionante a Ono, hice lo mismo con este blog, accesible a través de tierradenadie.cc , aparte de su dirección real http://laspiral.blogspot.com/ .

Los archivos previos de La Espiral, correspondientes al periodo comprendido entre junio de 2003 y agosto de 2005, a los que aludiré con frecuencia para evitar repetirme, son accesibles desde el enlace situado en primer lugar en la sección correspondiente, a la derecha de esta página. Los artículos, así como el resto del contenido de la web alojada en http://idd02iss.eresmas.net (localizable todavía en muchos motores de búsqueda como acceso a Tierra de Nadie) ya no se actualizan. La web de Eresmas desaparecerá a partir de septiembre y la que ahora responde a la dirección http://www.tierradenadie.org/ tiene los días contados en Ono si no quitan su lamentable caché.

Disculpen vuesas mercedes si no escribo más a menudo. Estoy demasiado ocupado en maldecir.

16 agosto, 2005

Qué poco dura la alegría...

Asegura el saber popular que la alegría es efímera en la casa del pobre. Y así parece ser en lo que respecta a Luiz Inacio da Silva -Lula, para el mundo-, presidente de Brasil, que, por causa de las prácticas corruptas de su partido, hoy se halla contra las cuerdas. Y eso en el mejor de los casos, pues no son pocos los que le describen sobre la lona, noqueado, políticamente cadáver.

Tardíamente Lula ha dado la cara ante el pueblo brasileño para asegurar su inocencia y pedir perdón por las acciones de José Dirceu, quien hasta poco más de un mes antes había sido su ‘mano derecha’. El presidente aseguró desconocer la ‘compra’ de parlamentarios -con fondos públicos- practicada por su partido y expresó su esperanza de seguir contando con la confianza de los ciudadanos. Fue patético.

Tras varios intentos fallidos, Lula había llegado a la presidencia precisamente bajo el estandarte de la honestidad, artículo de primera necesidad en un país que, pese a su extraordinario potencial, nunca ha levantado cabeza. La democracia restaurada después de 21 años de brutal dictadura militar no sólo no había sabido responder a las expectativas que generó en la sociedad sino que había sumergido a ésta en la desesperanza y en una creciente indignación, especialmente a casi el 20 por 100 de la población, que se encuentra en el umbral de la pobreza o por debajo de él. La corrupción y el enriquecimiento personal como meta de una clase política envilecida completaban un panorama propenso a la explosión social y carente de esperanzas verosímiles de recuperación.

En ese contexto Lula y su Partido de los Trabajadores acabaron apareciendo, tras casi veinte años de experiencia ‘democrática’, como la gran esperanza, la única opción creíble. Para ello, el líder sindical, que había sido -o parecido- coherente y carismático a lo largo de toda su trayectoria, hubo de hacer algo más que meras correcciones cosméticas a su apariencia y discurso precedentes. Y lo hizo hasta tal punto que suscitó no sólo el apoyo de la mayor parte del pueblo brasileño, sino también el del capital nacional y multinacional, para general sorpresa y suspicacia.

Tal vez Lula se metió en unos zapatos y un traje demasiado grandes para él. Quizás intentó jugar a aprendiz de brujo con fuerzas y designios que desconocía y que le han superado. Posiblemente se contaminó de la doctrina que sostiene que el fin justifica los medios, fuente de males por excelencia. El caso, en definitiva, es que resulta muy difícil creerle cuando asegura ignorar todo lo que ocurría en el despacho de al lado. Y lo peor es que quienes se arriesgan a aceptar su versión acaban preguntándose en qué manos está Brasil, ya que si su presidente ignora lo que hacen sus gentes de confianza parece evidente que no es él quien manda en el país y que su política, sus promesas, son papel mojado.

Ahora se puede especular sobre la supervivencia política de Lula: si va a poder y saber gestionar la crisis y rentabilizar el deteriorado crédito popular que le quede; si va a ser sometido a un proceso judicial o asumir las exigencias de la oposición, que parece inclinarse por dejarle llegar ‘vivo’ hasta el final del mandato a condición de que no vuelva a presentarse. Él es un luchador y no es fácil imaginarle renunciando, asumiendo su derrota. A no ser que...

A no ser que le tengan agarrado por salva sea la parte. La reciente revelación de que el brillante director de la campaña que ayudó a llevar a Lula a la presidencia cobró sus honorarios de 3,3 millones de euros en el paraíso fiscal de las Bahamas podría no ser la última bomba de relojería que estalle bajo el sitial presidencial. Casi cada día se producen nuevas revelaciones que muestran que Dirceu y su entorno eran una auténtica cloaca.

Todo indica que el breve sueño posibilista que Lula alentó en Brasil ha concluido. Seguramente no podremos llegar a saber si era viable o no en el largo plazo necesario para que alcanzase sus objetivos. La política realizada hasta ahora había motivado el desencanto de la izquierda, pero cosechó el aplauso de los intereses financieros. La deuda exterior, superior a los 200.000 millones de dólares, era y sigue siendo una pesada losa que dificulta la dinamización y el saneamiento económico del país. Todo, en resumen, estaba y está por hacer.

Retomando el principio de este artículo para concluir, la efímera alegría no sólo ha sucumbido en la casa de Lula, a quien difícilmente se puede identificar con la pobreza a estas alturas de su biografía. Su muerte (la de la alegría) es llorada allí donde llegó a brillar por poco tiempo la ilusión, entre los desheredados que creyeron hallarse, merced a la esperanza que Lula alumbró, en el principio del fin de su desgracia.

No es Lula quien da pena a fin de cuentas. Es Brasil.

06 agosto, 2005

Las llaves del infierno



“Dios mío, ¿qué hemos hecho?”, exclamó el capitán Robert Lewis, copiloto del "Enola Gay”, sobrecogido tras arrojar la bomba atómica sobre Hiroshima.

Repaso hoy, 60 años después de aquel terrible día, los principales ‘media’ estadounidenses a través de internet y no parece que quede rastro alguno de la conmoción moral del capitán Lewis. La referencia a aquel crimen contra la humanidad se limita -cuando existe- a la noticia sobre los actos conmemorativos realizados en Hiroshima. Sólo la CNN hace del holocausto nuclear el tema de portada -pronto sustituido por el 'Discovery'- y reproduce terribles imágenes, pero deja en manos de los visitantes a su web -mediante una encuesta- el juicio sobre la decisión de utilizar la bomba atómica. En el momento en que yo consulté la encuesta el 58% de los voluntarios opinantes daba su aprobación a la acción de Truman. ¿Puede consolar a alguien que el 42% opine lo contrario?

“Seguro que se intentará pasar de puntillas sobre la barbarie nuclear que condujo a Japón a la rendición incondicional”, escribía aquí mismo el pasado 10 de mayo, cuando glosaba los significativos ‘olvidos’ y subrayados mediáticos de hechos históricos muy reveladores en la evocación que entonces se realizaba del fin de la segunda guerra mundial en Europa. Así ha sido. Y para colmo de males, lo que no es silencio o leve alusión es intento de justificación de lo intolerable.

Se nos vende -y son muchos los que compran sin pensarlo dos veces- que el horror de Hiroshima y Nagasaki fue necesario para ahorrar cientos de miles de vidas que se habrían perdido en una hipotética invasión de Japón, pero lo cierto es que el imperio del sol naciente ya estaba virtualmente derrotado. Destruido y hambriento, buscaba una rendición ‘honrosa’ en diálogo con los aliados. Para su desgracia, había otra guerra en curso -no declarada ni abierta- entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que había extendido su poder en Europa casi hasta el Mar del Norte y a quien Washington veía como una amenaza a combatir ya desde su nacimiento.

No estaba entre los planes de EE UU admitir a la URSS como interlocutor en el Pacífico. Por el contrario, lo que pretendía era dirigirle, mediante el arma atómica, una severa advertencia, declarar su ‘indiscutible’ supremacía mundial. Y además, vengar con creces el sorpresivo ataque japonés a Pearl Harbour.

El horror, en definitiva, fue desatado tras una serie de fríos cálculos de los que estaba excluida de antemano toda consideración moral sobre la vida de centenares de miles de civiles. Harry S. Truman, su gobierno, el estado mayor y los responsables de la construcción de la bomba deberían haber sido sometidos a un tribunal como el que en Nurenberg juzgó a los secuaces de Hitler. Pero la historia la escriben los vencedores y el juicio histórico también lo imponen ellos.

De cualquier modo, ni todo el silencio ni todas las manipulaciones del mundo lograrán impedir que el 6 y el 9 de agosto de 1945 queden marcados a fuego para siempre en el ADN histórico de la humanidad como dos fechas terriblemente traumáticas en las que el mal del que es capaz la especie mostró su rostro más feroz y desesperanzador. Quien siembra vientos recoge tempestades, se dice, pero ¿qué genera quien siembra directamente tempestades? La imagen del Apocalipsis, sin duda.

El nuevo desorden mundial y todas sus amenazas son la consecuencia última de dos días de agosto de 1945 en los que la sedicente civilización cristiana perdió el poco respecto que le quedaba por el hombre. Nadie ignora quién inició la pesadilla. Los mismos que hoy la prolongan exhibiendo como pretexto el mal que atribuyen a otros y que no es sino respuesta al que ellos mismos propagan. Ahora, mientras exigen a terceros que cesen sus inquietantes investigaciones nucleares -que han tolerado en otros casos- no se plantean en absoluto la posibilidad de un desarme nuclear generalizado. Lo único que les gustaría es tener las llaves del infierno en exclusiva.

Demasiado tarde.

20 julio, 2005

El carácter o el hombre

Quienes siguen “La Espiral” no ignoran la antipatía que me inspira el primer ministro británico, Tony Blair. Y he de admitir que tal antipatía es directamente proporcional al talento que cabe atribuirle, que es mucho. Bush o Aznar, compañeros de conspiración, me parecen, comparativamente, un paradigma de la mediocridad sobrevalorada, Sé que es una exageración, pero suelo decir que Blair casi fue más decisivo que el presidente estadounidense a la hora de convencer a los súbditos de éste de la conveniencia de invadir Irak.

Un ataque terrorista como el sufrido por Londres es una prueba de fuego para un político y Blair ha sabido afrontarla bastante bien en términos generales. Reaccionó con firmeza, prontitud y lucidez, no dudó en ningún momento en atribuir los atentados al fundamentalismo islámico, pidió a la UE la implantación de medidas -muy discutibles desde el punto de vista de las libertades, pero comprensibles- de control de la telefonía e internet e instó a combatir las causas del terrorismo islámico, dando por sentado que las tiene, lo cual es anatema para la empecinada derecha española.

¿Por qué entonces negar lo evidente? ¿Por qué rechazar la obvia realidad de que la participación británica en Irak es la causa de las causas? Cuestión de carácter, supongo. Blair está completamente persuadido de que posee dos dones nada comunes: carisma y suerte. Y el caso es que los tiene. Es su carácter, osado, aventurero, oportunista, el que le lleva a cargar la mano y -entre col y col lechuga- a mezclar con imprudencia mentiras evidentes con verdades incontestables. Si jugase al poker seguramente estaría en la ruina, pero es otro su juego y, tras salir indemne de las elecciones, aunque bastante deteriorado, sigue con sus tácticas predilectas. La zorra puede perder el rabo, pero no las costumbres.

Blair niega que Irak tenga nada que ver con el ataque terrorista porque teme que surja un clamor popular en demanda del retorno de las tropas. No es demasiado probable, vistos los precedentes, pero por si acaso. Las bajas británicas han sido escasas, gracias a que su presencia militar en Irak se ha centrado en un área chií comparativamente muy tranquila. Pero aunque no fuera así, el pueblo isleño -más pasota que flemático, pese a lo que se diga-, tiene una gran resistencia a cometer la ‘vulgaridad’ de movilizarse. Thatcher le puso el dogal en su momento y así sigue.

De todos modos casi el 70% de ese pueblo cree que Blair miente pues ese es, más o menos, el porcentaje de los ciudadanos que piensa que la participación en Irak es el motivo del ataque terrorista del 7-J. Y eso mismo creen los servicios de inteligencia británicos y el Real Instituto para Asuntos Internacionales y... cualquier persona que siga la actualidad y tenga la cabeza sobre los hombros.

Al igual que Aznar, Blair niega lo evidente y también, como en el caso español, cabe deducir en el suyo una nada pequeña responsabilidad política por haber levantado la guardia y haber minimizado el riesgo de un ataque del terrorismo islámico en base a supuestos informes de los servicios de inteligencia. Él no se ha montado falsas autorías ni inverosímiles conspiraciones internas. Tampoco lo necesitaba. Él sí cree que hay que preguntarse por las causas del terrorismo para combatirlo con eficacia, pero una vez pasadas las elecciones, cuando mayor se creía el riesgo de atentados, se relajó en exceso.

¿Por qué un tipo brillante, inteligente y carismático acaba incurriendo en los mismos errores que otro torpe, mediocre y zafio? El carácter, ya digo. Ese factor humano que no se forja en las escuelas y que sólo la experiencia vital rectifica en muy raros casos.

Eso es precisamente lo que no soporto de Blair: la cumbre de cinismo resultante de la mezcla de sus virtudes y defectos, su alegre arrogancia, su irresponsable confianza en la propia buena fortuna. En resumen, su profunda indecencia.


17 julio, 2005

¡A la mierda!

Sardá se va. No creo que se vaya muy lejos ni durante mucho tiempo, pero se va, que es un alivio. Ya hace dos o tres años “amenazó” a su legión de depravados insomnes con tomarse un año sabático, pero luego no tuvo lo que hay que tener (decencia, sobre todo, y falta de avaricia, en orden no menos importante) para regalarse el reposo propio de un guerrero forzado a admitir que uno no puede sumirse en la mierda sin perderse el respeto. Sardá se perdió el respeto (probablemente hace décadas) hasta cuando se planteó recuperarlo. Claro que tiene coartada: la audiencia le quiere. O le quería, porque Buenafuente ha demostrado que, contra lo que creían el propio Sardá y su productora, nadie es imprescindible, sobre todo si no sabe salir del albañal en el que se reboza con fruición morbosa en busca de las puntas imbatibles de audiencia.

Leo la afectuosa protonecrológica que Pilar Rahola -otra que tal baila- le dedica en “El País” y tengo que admitir que la densa baba panegírica que supura entre sus dientes de depredadora nata la ex política catalana, que se pasó con armas y bagajes al circo mediático a la mayor gloria de su propio ego, es el detonante fundamental de este artículo. Eso no quiere decir que vaya a comentarlo porque hasta ahí podíamos llegar.

Lo que sí me llama la atención es la común coartada que le suelen servir a Sardá sus defensores: es un tipo muy inteligente, dicen. A mi lo único que me consta es que es un tipo muy listo. Y en España sobran listos y listísimos adictos al “pelotazo” de cualquier género y faltan inteligentes con coherencia y voluntad de servir honestamente a la sociedad. Es seguro que existen, pero probablemente se hallan en algún hermético “goulag” de silencio, pan y agua, castigados por no adaptarse al rumbo escatológico de la jodida cloaca en que se ha convertido nuestra sociedad con un apoyo mediático digno de mejor causa.

Yerra quien considere casual que el circo de "freakies” en el que Sardá ha sido el ‘genial’ director de pista se haya desarrollado precisamente en los años en los que lo ha hecho. Nada es casual y en la televisión, precisamente, lo casual es imposible. Sardá formaba parte del “España va bien”, del “hoy no toca”, del “cero patatero” y del “no descartamos la autoría de ETA” lo mismo que Lola Flores, la Semana Santa de los penitentes con cadenas, la imbatibilidad del Real Madrid y las “Historias para no dormir” caracterizaron a un tiempo de evocación aún más dolorosa.

Y es que hay un mito todavía más indigerible que la presunta inteligencia de Sardá: su progresismo. Alguna gente habla y no calla de sus excepcionales -por infrecuentes, supongo- homilías televisivas, en las que osaba abordar temas serios y los lidiaba con cuatro capotazos demagógicos que entusiasmaban a una audiencia en principio desconcertada ante tan rara seriedad. Aquello era ‘caca de la vaca’, puro ventajismo impune de quien sabe hasta dónde puede llegar sin correr riesgos, fuego de artificio de un populista marrullero que nunca -ni cuando lo parecía- ha sacado los pies del tiesto y se sabía inamovible e intocable con los índices de audiencia como armadura.

Se va Sardá, decíamos. Pues nada, que se cure o que monte una cadena de prostíbulos esponsorizados. Nadie le va a añorar. Sobre todo porque la memoria de las masas es frágil y el espectáculo debe continuar. Desgraciadamente.

Ya llegará quien le haga bueno. Después de todo, ésto - la pestilente basura que vendía Sardá- lo importó del gran sumidero trasatlántico, -porque nadie inventa nada en este país-, un tal Pepe Navarro, que era infinitamente mejorable y, lógicamente, fue mejorado. En el peor sentido de la palabra. Precisamente por Javier Sardá.

Hale, a la mierda nen.

09 julio, 2005

De la conveniencia de preguntarse

Es de temer que el balance final de los atentados de Londres iguale o supere el del luctuoso 11-M español. Nadie ignora el efecto multiplicador y devastador de una explosión en el subsuelo y es ahí donde se han producido tres de las cuatro deflagraciones que sacudieron a la capital británica menos de 24 horas después de que celebrase la adjudicación de sede olímpica y de que comenzase en Gleneagles (Escocia) la polémica cumbre del G8 (organización formada por los siete países más ricos del mundo y Rusia).

Había iniciado el mismo día 7 un comentario de urgencia sobre el nuevo ataque del terrorismo islámico a occidente, pero lo abandoné mosqueado por la falta de datos verosímiles sobre el número de víctimas. La Policía, tras haber mantenido durante siete horas que sólo había dos muertos, admitía 33 cuando algunos medios aseguraban que superaban la cincuentena. Ya ayer la misma fuente reconocía lo que el día anterior avanzaban los medios y achaca la lentitud del recuento de víctimas a las dificultades de acceso a dos de los lugares donde estallaron los artefactos, lo cual hace temer lo peor, aunque a nivel oficial se sostiene que no se llegará a “las tres cifras”.

Parece inevitable que, ante este tipo de tragedias, el poder opaque o manipule la información. En el caso del ataque de Londres se diría que Blair ha intentado minimizar el efecto psicológico de la tragedia sobre la supuestamente transcendental reunión del G8, en la que se había propuesto aparecer como el hombre del momento, el que tiene el mundo en la cabeza, propone soluciones y logra compromisos. El ataque de Al Qaeda le ha aguado la fiesta abruptamente, tras la satisfacción que le había causado protagonizar el bloqueo del presupuesto de la UE en vísperas de asumir su presidencia y la adjudicación a Londres de la sede olímpica de 2012, frente a las razonables aspiraciones de París, su bestia negra.

Se dice que es de origen árabe la expresión “siéntate a la puerta de tu casa para ver pasar el cadáver de tu enemigo”. También se aventura que es hindú, lo cual parece más probable. Lo cierto, en cualquier caso, es que el terrorismo islámico no se sienta a la puerta de su casa, sino que se traslada a la de su enemigo y la echa abajo de la manera más contundente posible. Que tengan que pasar años para cumplir la venganza no parece reducir en absoluto la firmeza de sus propósitos. La venganza es un plato que se toma frío (esto probablemente sí tenga un origen árabe). Que sus protagonistas sean suicidas -mártires les llaman- no sólo no entra en contradicción, según los nuevos jeques, con la doctrina de Mahoma, sino que es fuente de santidad, además de garantía de eficacia en el cumplimiento del objetivo.

Lamentablemente, no parece que su conocimiento profundo del enemigo islámico haya inmunizado a Reino Unido frente a un ataque mil veces augurado. Durante largos años, Londres ha acogido sin ninguna objeción a personajes procedentes del mundo musulmán entre los que se hallan algunos de los incitadores más virulentos a la más cruenta Jihad y al martirio. Especialmente a partir del atentado del 11-M, los servicios de inteligencia y la policía británica han vigilado y neutralizado a algunos de los imanes y activistas más peligrosos. Pero no ha sido suficiente: al final los terroristas han actuado con su habitual y maniaca sincronización, llevando la confusión y la muerte a personas totalmente ajenas a los litigios que movilizan a los autores de las masacres.

Nuevamente hemos tenido que escuchar, en España, el axioma de que no cabe preguntarse por el origen del terrorismo, por sus razones, ya que eso sería legitimarlo; que lo que hay que hacer es combatirlo hasta derrotarlo. Es el PP quien con mayor énfasis insiste en tal sofisma, que puede ser válido cuando se trata de ETA pero no lo es necesariamente en relación con el terrorismo islámico. Preguntarse por sus razones permite conocer sus mecanismos “racionales” y prever y anticiparse a sus acciones. El desprecio que occidente ha mostrado tradicionalmente hacia el mundo islámico y la cultura árabe es precisamente su talón de Aquiles a la hora de prevenirlo y combatirlo.

Cuando Osama Bin Laden, en una grabación difundida por Al Yazira, admite por primera vez su responsabilidad en el ataque del 11-S, que rompe la impunidad de Estados Unidos, llevando la destrucción y el pánico a un territorio hasta entonces virgen de ataques, no evoca como referencia ninguna ofensa reciente. El líder de Al Qaeda se remite al feroz bombardeo israelí sobre Beirut en Agosto de 1982, habla de los altos edificios derrumbándose, de los miles de víctimas civiles (18.000 muertos) y de su sueño de llevar esa misma destrucción algún día a quienes fomentaron, promovieron y dieron apoyo táctico a la brutalidad israelí.

No pasa siquiera un año cuando un ataque suicida contra la embajada norteamericana en Líbano se salda con 63 muertos, entre los que se incluye todo el personal de la CIA en el país. Pero es en octubre de 1983 cuando la venganza se materializa en una inédita vuelta de tuerca del terror. Un camión cargado con 2.000 kilos de explosivos se estrella contra un cuartel de los marines. Mueren 241. Estados Unidos decide poner fin a su presencia en el país casi de inmediato. De eso, de ese “éxito” en el que se inspirarán gran número de acciones terroristas posteriores, no habla Bin Laden, pero no cabe ninguna duda de que fue en Líbano donde el líder de Al Qaeda tomo buena nota de la ‘eficacia’ del terrorismo.

Estamos ante un enemigo de una virulencia incomparable, paciente, meticuloso, deliberadamente espectacular y fanático hasta el borde de la locura. Quienes lo instrumentan y practican se apoyan en su fe religiosa y asocian la propia salvación a través del “martirio” con la lucha por liberar a los fieles del Islam del mal por excelencia, que identifican con occidente –especialmente Estados Unidos y Reino Unido- y con Israel.

Es y va a seguir siendo una guerra larga y salvaje y no cabe ignorar ni el origen del odio, ni las justificaciones ni las tácticas del enemigo. No se trata de un terrorismo convencional, sino de uno que se carga de razones y se fortalece con cada abuso de occidente o de Israel y nutre sus filas de una comunidad integrada por unos mil millones de personas. La invasión de Irak, carente de toda justificación y contestada en buena parte de occidente, es ahora mismo su caballo de batalla, su gran justificación y su campo de entrenamiento.

Quien pretende imponer que no nos preguntemos nada nos invita tácitamente a la masacre y acaso a la derrota. Tenemos que formularnos preguntas y emitir respuestas porque de lo contrario estaremos inermes. Y no olvidar, por supuesto, que quien siembra vientos recoge tempestades.


05 julio, 2005

La 'picadura' de Piqué


Que en el seno del PP hay mar de fondo ya no lo duda nadie, en especial tras la derrota de Galicia, pese a la presencia intensiva de un hiperlocuaz e hiperactivo Rajoy en la campaña y de la marea de manifestaciones que el partido agitó febrilmente durante las fechas previas a la jornada electoral. El reciente debate sobre la libertad de voto en el seno del grupo parlamentario popular y la insumisión de Celia Villalobos no son meras anécdotas circunstanciales, sino el síntoma inequívoco de una inquietud que ha venido creciendo en el partido a medida que la dirección se afirmaba y persistía en una línea de oposición al Gobierno que muchos juzgan errónea y contraproducente.

Josep Piqué, cuya lealtad no debería ser puesta en duda -aunque se pone-, es uno de los contestadores más caracterizados del rumbo permanente de colisión que ha adoptado el partido tras su nunca digerida derrota del 14-M. Y no es extraño porque es Piqué uno de los que en mayor medida está constatando los efectos devastadores de la política que ha arbitrado el 'cuadrunvirato' integrado por Rajoy, Acebes, Zaplana y La Sombra que mueve los hijos y es, desde la FAES, el auténtico autor intelectual del estropicio.

He viajado a Cataluña en tres ocasiones, con estancias de varios días, desde julio de 2004 y he podido observar una creciente beligerancia contra el Partido Popular. El rechazo radical a lo que el PP representa no es patrimonio exclusivo de los nacionalistas o de la izquierda. Gente que ha votado tradicionalmente al partido a lo largo de los años disiente profundamente de la línea que éste ha adoptado respecto a Cataluña a partir de su gobierno en mayoría absoluta durante la era Aznar.

No es difícil concluir que el crecimiento de ERC y del PSC no es tanto consecuencia del descrédito de CiU, que también, sino de la negativa de Aznar a toda negociación e incluso al mero diálogo con el nacionalismo moderado desde el momento en que no precisó para nada de su apoyo parlamentario. La insistencia del PP, una vez perdido el gobierno, en una postura que desde Cataluña es vista como inquietante ultranacionalismo español amenaza con relegar al PP catalán a la irrelevancia política. El votante del PP en Cataluña no tiene nada que ver con el de Castilla y León, por poner un ejemplo, y que la dirección política parezca incapaz de considerar tales matices y actuar en consecuencia ha llevado a Piqué a poner el dedo en la llaga en el momento menos inoportuno, cuando su opinión no podía tener ninguna incidencia en el resultado de los comicios gallegos.

El líder del PP catalán ha señalado por sus nombres a Acebes y a Zaplana como personajes destinados a desaparecer del primer plano del partido por sus “conexiones con el pasado”. El hecho de que no incluya entre los ‘desaparecibles’ a Rajoy, cuya relación con ese pasado es tan obvia como su responsabilidad en el presente, sin duda obedece a motivaciones posibilistas. Piqué confía en el supuesto carácter centrista del actual presidente del PP y también cree que es el único capaz de dar el golpe de timón que él considera necesario. Todo, incluida la respuesta dada por Rajoy, inclina a pensar que el catalán se equivoca al excluirle. El gallego es rehén del resto del cuadrunvirato. Cada vez que ha lanzado mensajes destinados a revisar políticas y actitudes ha tenido que envainársela en apenas 24 horas. Es un presidente que no preside. Obedece.

Esa es la situación. Y no está nada fácil para quienes intenten cambiar la actual línea política del PP sin romperlo. El movimiento redireccionador debería actuar discretamente desde dentro y crecer con prudencia y sutileza hasta afirmarse. Marginar de toda decisión e influencia a La Sombra parece ahora mismo imposible. Al menos en teoría, lo dejó todo atado y bien atado para gobernar el partido sin aparecer y es previsible que, aún a riesgo de romper su propia obra, daría una dura batalla a los revisionistas de la política que él considera “la única posible”. La modestia y la generosidad son conceptos que no figuran en su diccionario.

N. B.: Para no reiterar consideraciones y argumentos acerca de la “larga travesía del desierto” que en su día auguré al PP, remito a quienes lean esto en línea -y tengan suficiente tiempo e interés- a Archivos. Concretamente a los artículos publicados en las siguientes
fechas: 2004: 18 de marzo, 4 de mayo, 4 de octubre y 10 de noviembre. 2005: 23 y 27 de enero, 1 y 7 de abril y 13, 15 y 18 de mayo.