04 noviembre, 2004

El palo y la vela

Apenas difundida la noticia de la victoria electoral de Bush (la más grande de la historia, subrayan los panegiristas), los previsibles cagatintas ibéricos se han apresurado a depositar ante la puerta de La Moncloa sus vistosas y pestilentes cagarrutas, como si el que hubiera perdido fuera Zapatero en lugar del mediocre Kerry. ¿Y ahora qué?, preguntan los corifeos del neoconservadurismo al ajoarriero.

Pues ahora más Europa, más autonomía, más sensatez, más medido distanciamiento de intereses tan espurios como ajenos a los nuestros.

La victoria de Bush porta en sí misma un mensaje al que sus asesores áulicos no deberían hacer oídos sordos. Ese mensaje habla de una profunda y grave división de la sociedad estadounidense. Y es así porque el caballo de batalla de la campaña electoral ha sido la guerra, no la política interior y menos aún el aspecto económico de la misma, en el que Bush ha fracasado rotundamente sin sufrir por ello ningún castigo en las urnas. Las elecciones han sido en realidad un referéndum sobre la guerra, sobre la política belicista de la administración Bush. El hecho de que haya vencido el presidente en ejercicio ni siquiera es sorprendente, por más que a muchos nos parezca deprimente. No se cambia al comandante en jefe en mitad de una guerra.

El resto es mérito exclusivo de la manipulación e intoxicación sistemática que han llevado a la conciencia de la mayoría de los estadounidenses que han votado la idea de que, precisamente, existe un estado de guerra, una situación de alerta y riesgo permanente; que la invasión de Irak es una pieza fundamental de la estrategia del combate contra el terrorismo islámico y que sólo Bush tiene las ideas claras y la determinación necesaria para vencer esa guerra.

Que la mitad de la sociedad estadounidense esté contra la guerra y por ende contra la política exterior de su presidente es cualquier cosa menos irrelevante. Es un hecho muy grave, en gran medida inédito, y así lo entienden y destacan los dos protagonistas políticos de las elecciones al subrayar la necesidad de recuperar la unidad. Tal gravedad se acentúa notablemente si consideramos el entorno internacional en tres vertientes principales: la situación de la guerra en Irak, la delicada coyuntura en Palestina, en especial ante el inminente deceso de Arafat, y la posición de los países tradicionalmente aliados de EEUU.

Irak es una causa perdida. Tras todo el tiempo transcurrido desde la “victoria”, tan prematuramente cantada por Bush, el país está hundido en una espiral de violencia y anarquía incontenible:

-El Gobierno títere en funciones no sólo carece de legitimidad sino también de credibilidad y de apoyo popular.

-Parte importante del territorio se halla fuera del control de los países ocupantes.

-Las tropas de la ‘coalición’ permanecen más tiempo acuarteladas que en movimiento para evitar bajas.

-El ejército y la policía cipayas son machacados diariamente con casi total impunidad.

-Las perspectivas de un futuro Irak roto en tres entidades (chiita, suní y kurda) aumentan en credibilidad a cada día que pasa. ¿Divide y vencerás?

A ello hay que unir que la aventura iraquí de Bush y su ‘gang’ ha multiplicado extraordinariamente el atractivo de la ‘yihad’ como banderín de enganche en todo el mundo islámico. No es extraño que Bin Laden se frote las manos. La estupidez del enemigo cimenta la propia victoria.

Por si ello fuera poco, nada indica que la situación en el escenario habitual de la que realmente es la madre de todas las guerras, Palestina, vaya a mejorar. Incluso la retirada de Gaza, tan polémica en la política interior israelí, no parece más que un gesto pactado con Estados Unidos como condición para consolidar ‘de facto’ la implantación de los numerosos asentamientos judíos en Cisjordania (de ahí el vergonzante y vergonzoso muro que consagra un ‘apartheid’ que desafía impunemente a toda la humanidad).

Arafat, que se halla en coma irreversible mientras escribo, era el líder natural, el cemento de unión de un pueblo dividido en cuanto a los matices de la adecuada expresión del odio común, generado por el expolio de sus tierras, el exilio forzoso y la muerte como realidad cotidiana, elevada últimamente en muchos casos a la categoría de martirio santificador. ¿Qué va a pasar ahora que desaparece el hombre que, de Palestina a Jordania, de Jordania a Líbano, de Líbano a Túnez, ha compartido la experiencia traumática de un pueblo al que se le ha negado el derecho a la existencia? ¿Qué sucederá cuando ya no se escuche la voz conciliadora que persiguió la paz desde Camp David a Estocolmo y reclamó inútilmente justicia para su pueblo en cuantos foros se le ofrecieron?

Es de temer que Israel no va a desaprovechar la oportunidad de provocar la detonación controlada de las contradicciones palestinas en su propio beneficio. Y en ese caso lo peor puede llegar a ser aún más inimaginable que todo lo progresivamente peor que hemos venido contemplando sobrecogidos e incrédulos.

En cuanto a la posición de los tradicionales aliados de Estados Unidos, sería ocioso hablar de sus gobiernos. Berlusconi o Blair están ahí y tienen el poder, pero son los pueblos los que cambian los gobiernos. Y los pueblos de los países aliados -y más que ninguno el español- están masivamente contra la guerra y contra la política de Bush. Pensar que eso no ha de tener consecuencias a lo largo del segundo mandato del hijo del enunciador del “nuevo orden internacional” o es exceso de optimismo, o ingenuidad, o (lo más habitual) estupidez.

Los que increpan ahora a Zapatero, tal vez alentados por el exceso de ‘pastelería’ desplegado por nuestro untuoso ministro de Defensa, el inefable Bono, ante el resultado electoral en EEUU, no lo hacen, obviamente, desde el punto de vista de los intereses reales de nuestro país, sino desde un espíritu sicario y deudor, por partida doble, del servil PP de Aznar (el de Rajoy ni él mismo sabe de qué va) y de la política de Bush.

La administración Bush no lucha tanto contra el terrorismo islámico como por el petróleo y la expansión de Israel. No se combate el terrorismo agravando las causas que lo han hecho nacer y crecer. Si la nueva administración proyecta seguir por el mismo camino que ha venido transitando durante su primer mandato es imperativo que asuma en exclusiva los riesgos consecuentes. Ni la UE ni España pueden ser cómplices de una aventura cínica y delirante que está haciendo realidad el sueño del ‘Che’ Guevara: crear un, dos tres... Vietnams.

Que cada palo aguante su vela.


27 octubre, 2004

¿Es Barroso de confianza?


Cuando la UE, con generales parabienes, se decantó por Durao Barroso como sustituto de Prodi al frente de la Comisión Europea yo me quedé bastante perplejo, pero como una controlada perplejidad y un escepticismo casi militante forman parte ya inalienable de mi forma de contemplar la realidad decidí no adelantar los augurios que se me ocurrían. Esperemos y veamos, me dije.

Había motivos sobrados para la perplejidad. Barroso, que se dice de centro derecha, es en realidad un espécimen muy conservador, en la línea neocons estadounidense, concomitante no pocas veces con la ultraderecha: una especie de Aznar pasado por el fado. Más sutil, más inteligente, más hábil y seguramente más ambicioso que nuestro cejijunto ex líder, pero igualmente empecinado e inflexible. Y llegado el caso, inimitablemente servil.

De entrada, una persona que ha evolucionado desde el radicalismo izquierdista de su juventud (perteneció al maoísta MRPP) hasta el siempre frágil límite con el autoritarismo a mi me enciende todas las alarmas. Este tipo de conversos son un peligro público. Están y han estado en la política no por convicción ideológica alguna, sino por pura y dura ambición y representan con frecuencia lo peor entre los profesionales del poder. Que ya es decir.

El primer ministro portugués fue el satisfechísimo, incluso radiante, anfitrión del contubernio de las Azores, el muñidor de la inmortal fotografía en la que el hombro derecho de Aznar aparece cubierto por la mano izquierda de Bush, en un gesto que, más que amistoso, parece indicar “ya lo tengo, este hombre es mío”. También fue el indignado lidercillo que más alto gritó contra Rodríguez Zapatero cuando éste anunció la retirada de las tropas españolas de Irak.

Que tal alcahuete pro estadounidense fuera a regir la Unión Europea en los momentos más transcendentales de su historia me parecía inconcebible, pero recordé que cuando Adolfo Suárez fue designado presidente del Gobierno tuve la misma sensación. Algunas cartas que ignoro se están jugando bajo la mesa, me dije. Seguramente han seducido al vanidoso y ambicioso primer ministro portugués para quitarle a Bush uno de sus peones europeos y Barroso va a acabar siendo un europeísta convencido, al menos tan convencido como lo está de cualquier cosa que le convenga.

Ahora veo claramente que me engañaba. La cabra siempre tira al monte. Y la ‘cabrada’ (renuncio expresamente al aumentativo) que se escenificó ayer en Estrasburgo no tiene parangón. Su jugada de farol, sosteniendo hasta el último momento al patético troglodita Buttiglione frente al rechazo casi general de los grupos de la Cámara europea, es una muestra de arrogancia y empecinamiento más que inquietante. ¿Se puede conducir a buen puerto la Unión Europea estando al timón este personaje?

Sé que es maximalista lo que voy a decir, pero la cuestión ahora no debería residir tanto en que Barroso reconstruya un Consejo que pueda ser aprobado por el Parlamento Europeo, sino en que ponga su cargo a disposición o en que la Cámara le retire la confianza. Lo que este políglota portugués ha demostrado es que, salvo por su don de lenguas, no está a la altura del cargo que se le ha encomendado. No lo está en absoluto.

Que vuelva a la universidad de Georgetown, por la que pasó como profesor en su momento, y desgrane junto con Aznar el rosario de sus nostalgias de un tiempo en que tres imperios de la Edad Moderna y uno de la Edad Contemporánea se reunieron en un archipiélago atlántico para contemplar el futuro ilusorio de un mundo de nuevo a sus pies.

P.S.: Por cierto, un sobresaliente para Borrell, que ha sostenido sin desmayo la dignidad del Parlamento Europeo, una institución que hasta ahora se ha considerado 'simbólica' y que debe dejar de serlo si la Unión Europea quiere alcanzar la credibilidad que aún se le discute.

10 octubre, 2004

Un poco de filosofía


Probablemente es Kierkegaard quien, desde el existencialismo, elabora la primera expresión filosófica de la angustia postmoderna. Su obsesión por la necesidad de encontrar algo en que creer, “por lo que vivir y morir”, implica la confesión de que ese 'algo' ya no existe. Nietzsche lo expresa de modo más brutal: “Dios ha muerto”, asegura. Marx responde a ambos convirtiendo el ateismo en un dogma necesariamente previo a la elaboración de una alternativa de fe por la que vivir y morir, como pedía el filósofo danés: la emancipación y luego el dominio de la inmensa mayor parte de la humanidad, es decir, la clase obrera, los desposeídos, los explotados, los ignorados.

Pero aproximadamente en los mismos momentos en que Marx enuncia el nuevo pensamiento fuerte frente al que lo había sido hasta entonces desde Tomás de Aquino (el cristianismo idealista, por decirlo de alguna manera) surgen poderosas líneas de replanteamiento de las verdades asumidas No proponen soluciones -al contrario que el marxismo-, sino que generan preguntas totalmente nuevas y extraordinariamente incitadoras e inquietantes. Freud analiza la psique (alma) humana y apunta no sólo a su complejidad insondable sino también a sus falacias esenciales. De Saussure y sus seguidores hacen algo parecido con el lenguaje, materia vertebral de la condición humana cuya estructura profunda es desvelada al tiempo que se pone de relieve su sustancia básica, el signo, que nunca había sido objeto de atención.

Así surge lo que se ha dado en llamar postmodernidad, denominación probablemente destinada en el futuro a sustituir como referencia a lo que venimos llamando con simplista obviedad “Edad Contemporánea”.

El marxismo, el psicoanálisis y el estructuralismo dinamitan el edificio milenario basado en las “certezas” acerca de Dios y del más allá, lo que no quiere decir en absoluto que se trate de una coalición de fuerzas cómplices porque el psicoanálisis y el estructuralismo no son ideologías, sino instrumentos de reflexión y análisis sobre la condición humana y la realidad social. No proponen ningún credo ni solución definitiva sino que generan preguntas y críticas a las que tampoco el marxismo escapa indemne, especialmente en su praxis como ejercicio del poder (el leninismo en todas su variedades, traición práctica esencial al propio marxismo).

En ningún país se ha producido un reflexión filosófica tan profunda, densa, intensa y proliferante sobre la postmodernidad como en Francia. Y no es casual. Parece evidente que el país que dio nacimiento a la idea de democracia, a partir de la afirmación de la libertad de pensamiento, el laicismo expreso y la soberanía de la voluntad popular, y que asistió desconcertado e impotente a la explosión -incoherente y estéril pero expresiva-, de Mayo del 68, que contestaba la irrealidad profunda de la llamada “democracia formal”, está especialmente llamado a la tarea y dotado para ella.

Barthes, Lacan, Sartre (discutiblemente), Foucault, Althusser, Deleuze, Lyotard, Baudrillard, Derrida... son algunos de los nombres estelares de lo que en su día, a falta de una definición resumidora, que ellos mismos habrían contestado, se denominó “nueva filosofía”. Este artículo iba a ser dedicado, desde la primera línea, a Jacques Derrida, con ocasión de su muerte, pero era preciso situar al filósofo fallecido en el contexto del que ha surgido y con el que, como intelectual infatigable, ha interactuado permanentemente.

Hay quien dice que Derrida prefigura e incluso pronuncia la sentencia de muerte de la filosofía, pero tal afirmación sólo es sostenible -interesadamente- desde el punto de vista de la filosofía tradicional, empeñada aún en ignorar la revolución de la conciencia que ha supuesto la irrupción del materialismo dialéctico, el psicoanálisis y el estructuralismo. Ya no se puede filosofar sin tener en cuenta esos instrumentos de análisis del individuo y de la sociedad, ni ignorando la sociedad de consumo, el imperio de los media o la globalización. Sólo el pensamiento reaccionario y mercenario se empeña en ello. Derrida lo tenía claro.

La principal aportación de este judío francés nacido en Argelia, como Althusser, es la teoría de la deconstrucción (en lo sucesivo desconstrucción, que es como deberíamos llamarlo en castellano). Consiste básicamente en la utilización de los nuevos instrumentos -primordialmente el estructuralismo-, para poner al desnudo los pilares que soportan realmente el edificio, falsamente sólido, verosímil y valioso, del discurso. Y se entiende por discurso toda forma de comunicación: política, jurídica, literaria, plástica y, por supuesto, filosófica. El propósito último es saber -objetivo original de la filosofía-, y lo que finalmente pone en evidencia la desconstrucción es las innumerables razones que tenemos para coleccionar dudas en lugar de certidumbres.

El análisis desconstructivo se ha revelado sumamente útil para desmontar y desmitificar realidades, obras, afirmaciones que otrora hubieran sido inabordables o simple sujeto de un análisis superficial, formal. La falacia, el artificio y el secreto origen de los discursos quedan evidenciados, con sus groseras vísceras al aire. Cabe la discusión, por supuesto, en la medida en que no se admiten ya verdades absolutas. Y también cabría preguntarse -muchos lo hacen- si es de alguna utilidad este ingrato ejercicio de lucidez. La respuesta es sí. Aproximarse en la mayor medida posible a la verdad nunca es inútil, aunque pueda ser doloroso e incluso insoportable, como parecen indicar la locura o el suicidio que devoraron a algunos de los intelectuales franceses arriba mencionados.

La tragedia del filósofo postmoderno procede de la conciencia de que la cultura occidental ha perdido definitivamente la inocencia, pero hace como si no fuera así. Los media insisten en sostener el tinglado de la vieja farsa, dando verosimilitud a un sistema que, a su vez, se empeña en fingir que defiende los mismos antiguos valores que traiciona de modo sistemático. El intelectual que se niega a ser asimilado por el sistema farsante o no existe o es convertido, de cara a la sociedad, en una caricatura de sí mismo mediante la simplificación y la reducción al absurdo. Hay goulags en el occidente democrático tan eficaces o más que los que creó el régimen soviético. Son más sutiles pero no menos virulentos.

Derrida es autor de una obra ingente, casi inabarcable, fruto de sus incansables pesquisas sobre todo tipo de realidades. Él mismo admitió que en su pensamiento y en la forma de exponerlo incurre ocasionalmente en contradicciones, con las que no tenía inconveniente en coexistir, según aseguraba. La contradicción y la ausencia de dogmatismo son inevitables cuando el esfuerzo no se dirige tanto a obtener respuestas universalmente válidas como a formular las preguntas necesarias para conocer lo real en la mayor medida posible, sin poder, o al menos sin atreverse, a formular certezas supuestamente incuestionables.

Pese a todo Jacques Derrida, militante de extrema izquierda en su juventud, no ha renunciado en ningún momento a pronunciarse sobre las contingencias cotidianas del convulso mundo que le tocó vivir. Sus opiniones eran solicitadas y valoradas como argumentos de autoridad, con interés y respeto. Quien en el momento más inadecuado (1993), cuando se cantaba la muerte del comunismo y con él la del corpus teórico del que nació, afirmó, utilizando para ello todo un libro ("Espectros de Marx"), que el marxismo no sólo estaba vivo sino que había conformado el mundo en que vivimos, concentraba en torno a sí un lógico e inevitable interés. “Podemos estar a favor o en contra, pero no sin Marx” era su tesis. Reivindicaba de ese modo la vigencia de una filosofía y una ideología (no la de una política rusa, china o cubana) cuyas exequias prematuras ya habían sido apresuradamente celebradas.

Del mismo modo, el judío Derrida -frente al entusiasmo neosionista del también judío B. H. Levy- arremetía contra la política del estado de Israel y la postura del sionismo que lo apoya. Para él el estado de Israel no sólo es una entidad abusiva y opresora sino que además traiciona en la práctica la esencia del judaísmo e incluso del sionismo. Derrida reivindicaba además, frente a las manipulaciones interesadas, el derecho a criticar la política israelí sin que ello pudiera ser entendido como anti-israelismo, antisionismo y menos aún antisemitismo.

Tal vez esa sea la función principal del intelectual, junto a su trabajo académico: decir aquello por lo que los poderosos del mundo pagarían -y de hecho pagan- para que no sea dicho.

06 octubre, 2004

ETA, hacia su final


Cuando se produjeron las detenciones en Francia que han conducido a la práctica decapitación de ETA no pude evitar dos sensaciones casi simultáneas: la primera, de lógica alegría, pues situar fuera de la circulación a quienes siguen empeñados en hacer política con la violencia como único instrumento e intervenir la mayor parte de su arsenal es algo digno de ser celebrado. La segunda, sin embargo, fue de temor.

Es una triste tradición que la banda terrorista responda a los golpes recibidos del modo más inmediato y contundente posible, en un esfuerzo por demostrar fortaleza y operatividad. Uno de los más imborrables ejemplos de esa práctica fue el secuestro y asesinato del joven concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco en respuesta a la liberación del funcionario de prisiones Ortega Lara. Ahí precisamente inició ETA su progresivo declive.

Por eso es el temor. No sólo por conocer las irracionales rutinas de quienes pretenden liberar por las armas a un País Vasco que, a su vez, quiere liberarse de ellos, sino porque no hay nada más temible, por potencialmente brutal, que el estertor de la bestia.

En ese contexto causa especial alivio que sigan produciéndose detenciones como las que la pasada madrugada se han realizado en Guipúzcoa y Navarra. Los cinco detenidos sólo esperaban órdenes para actuar. Nadie sabe si ya hay un sucesor de la ‘real pareja’ formada por ‘Antza’ y ‘Anboto’, pero si lo hay o existe un equipo suplente de los dos monarcas sin corona de ETA, las órdenes podrían no haber tardado mucho en llegar a los detenidos, si no lo han hecho ya, a ellos o a otros.

Todo indica que el golpe recibido por la banda ha sido muy severo y lo ha sido tanto más cuanto la debilidad de ETA es evidente. Pero los restos de la debacle intentarán responder tan pronto como les sea posible. Lamentablemente, no dejará de haber quien pueda y esté dispuesto a cumplir las amenazas que la dirección ahora decapitada formuló recientemente, en una aparente reactivación que seguramente tenía como objetivo, según su costumbre, matando, incidir en las elecciones autonómicas en el País Vasco.

En cualquier caso, hay indicios de que tal vez no está muy lejano el día en que la pesadilla concluya. Ese día todos -pero muy especialmente los vascos- seremos más libres. Será una libertad muy cara, conquistada a base de sangre, sudor y lágrimas, pero será.

04 octubre, 2004

El PP en la encrucijada

Nada nuevo bajo el sol. El congreso del PP se ha desarrollado como ajustado a un férreo y previsible guión destinado a sostener la pretendida polivalencia de un partido que se dice de centro-derecha pero tiende sus redes en un amplio -y en realidad irreconciliable- espectro que abarca desde la ultraderecha hasta un teórico centro liberal-progresista. Demasiado.

Si Rajoy pretendía proyectar una nueva imagen del partido, cosa muy dudosa porque parece saber muy bien dónde se encuentra, Acebes, Aznar y la visión de un renqueante pero irreductible Fraga le han arruinado la puesta en escena con tonos sepia de foto antigua y azul mahón de prietas-las-filas.

El congreso ha sido más bien una catarsis, un ejercicio colectivo de exorcización de fantasmas y temores y de autoafirmación sobre confusas esencias. Nunca tanto como ahora se ha puesto de manifiesto que el Partido Popular, más que una opción ideológica definida. es un instrumento destinado a ejercer el poder desde una idea de España y del propio poder susceptibles de variar levemente en matices según quién esté al frente, pero que bebe fundamentalmente en las fuentes remotas del reaccionarismo autoritario.

Para un partido de estas características no tener el poder equivale, por definición, a estar en crisis. Es el ejercicio del poder lo que logra conciliar y equilibrar su diversidad. Seguir al jefe y silenciar toda crítica es fácil cuando hay para todos, pero cuando no es así el debate sobre cómo volver a gobernar puede llegar a ser bastante bronco y esterilizador. Rajoy es un hábil pastelero, ¿pero lo es tanto como para neutralizar las tendencias centrífugas de las que el propio congreso ha sido clara expresión?

La experiencia ha demostrado que en este rutinario, escéptico y no poco apático país un Gobierno sólo pierde el poder cuando, como se dice vulgarmente, ‘la caga’. Así ocurrió en el caso del PSOE felipista. Así ha vuelto a suceder con el PP, aunque en su caso la demoledora pestilencia inundó el panorama a sólo 72 horas de la jornada electoral en forma de insostenible mentira sobre la autoría de los atentados del 11-M. Fue esa mendacidad indecente y radicalmente antidemocrática la que movilizó a los abstencionistas de izquierda y causó la derrota del PP, pese a que éste mantuvo prácticamente los mismos votos que le habían dado la mayoría absoluta.

El “algo hemos debido hacer mal” de Ruiz-Gallardón y su demanda de un “cambio de estilo” es notoriamente insuficiente como autocrítica, pese a lo cual ha causado un profundo malestar entre los partidarios del sostenella y no enmendalla, que han hecho 'lo correcto', que no han cometido 'ningún error', que tienen 'las manos limpias' y nunca han utilizado la 'cal viva', que aseguran que Acebes “es el mejor”... y echan la culpa de la derrota al empedrado, o sea, a la SER, como el PSOE se la echaba en su momento a “El Mundo”.

Con estos mimbres todo indica que al cesto del PP le queda una larga travesía del desierto a la espera de que el Gobierno del PSOE ‘la cague’. Tanto más cuanto prospere la línea bronca Aznar-Acebes, empecinada en darle leña al mono hasta que cante “Montañas nevadas”. En las próximas elecciones podrían encontrarse con la sorpresa de que una parte de sus votantes opta por apoyar a Zapatero para liberarle tanto de su ‘dependencia’ -tan subrayada por el PP- del chantaje nacionalista como de la feroz presión del primer partido de la oposición.

Ellos sabrán. Digo yo (?).


28 septiembre, 2004

UE-Turquía: Ser o no ser



La Unión Europea debate y se debate estos días en torno a una cuestión nada baladí: la adhesión de Turquía. El mismo debate, pero más apasionado y profundo, se escenifica en el país otomano, dramáticamente varado entre la tradición y la modernidad, entre el integrismo y la democracia, entre el atraso y la prosperidad.

Tanto la UE como Turquía se hallan situados ante un crucial ser o no ser. Se trata de una encrucijada dramática no sólo para ambos interlocutores sino para dos mundos enfrentados ahora radicalmente a través de lo que sus representantes más extremos han dado en denominar “choque de civilizaciones”. Ni el núcleo duro de la UE ni las fuerzas políticas turcas más progresistas y moderadas (ahora en el poder) asumen ese enfoque maniqueo y beligerante y demuestran con ello no sólo una notable sensatez y espíritu constructivo frente a la manipulación interesada y al absurdo imperante sino también la lucidez necesaria para situar el conflicto en sus parámetros reales, condición previa para su superación.

La integración de Turquía en la UE no es fácil, por supuesto. Pero Europa ha sido capaz de asumir en los tiempos recientes desafíos no menos complejos y los ha superado -los está superando, mejor dicho- con éxito. La reunificación de Alemania es uno de ellos y la reciente ampliación, otro no menos relevante.

Desde su ‘refundación’ por Mustafá Kemal (apodado Attaturk, literalmente "padre de los turcos") la Turquía que había llegado a constituir un poderoso imperio y amenazó durante siglos el corazón de Europa está tratando de renacer de sus cenizas. Y en el seno de sus fuerzas políticas y sociales más razonables ese renacimiento va ineludiblemente unido a la democracia y a Europa. Ayudar a que sean esas fuerzas y no las regresivas las que prosperen en ese país-puente entre Oriente y Occidente es una gravísima responsabilidad europea. Y así debería entenderse en todos los rincones de la UE.

Resulta paradójico en esta coyuntura que el mayor nivel de rechazo a la adhesión de Turquía -o al menos el más publicitado- se esté produciendo en Francia y Alemania. Ambos países abanderaron activamente el rechazo a la invasión de Irak en sintonía con sus pueblos y contando con la aquiescencia de los partidos de la oposición. La paradoja es tanto mayor cuanto la alternativa que los líderes de ambos países esgrimieron frente a la falacia del “choque de civilizaciones” y al uso interesado de la “guerra global contra el terrorismo” fue el diálogo, la aproximación y el apoyo calculado a los países y a los pueblos en los que ha nacido y se alimenta la ‘Jihad’ de la mano de la pobreza, la ignorancia, el prejuicio y una invencible sensación de humillación.

Sin duda en ese posicionamiento de algunos partidos de ambos países está pesando la proximidad electoral, pero eso no lo hace menos triste. Al contrario. El oportunismo y la demagogia mediando en la captación de los votos de la ignorancia y el prejuicio siempre convierten el ejercicio democrático por excelencia (las elecciones) en un lamentable espectáculo. Más negativo aún en la perspectiva próxima de los referendos para la aprobación de la Constitución comunitaria.

Europa puede hacer mucho por Turquía y Turquía puede aportar mucho a Europa, pero más allá de eso ambos pueden regalar un impagable ejemplo al convulso mundo en que vivimos desde que un imbécil (Francis Fukuyama) cantó alegremente el fin de la historia y un fascista (Samuel P. Huntington) trató de convertir la inextinguible dialéctica histórica en un choque de civilizaciones. Si la Unión Europea quiere hacer verosímil y viable su independencia y consolidar su esperanza de futuro como alternativa a los imprudentes excesos del imperialismo puro, duro, desalmado y farsante ésta es la ocasión adecuada.

Se trata de predicar con el ejemplo. No es fácil. Nada realmente importante lo es y en este caso se trata de algo extraordinariamente importante, transcendental.

19 agosto, 2004

¿Quién teme a Hugo Chávez?

Como Martin Luther King, Hugo Chávez tuvo un sueño y está invirtiendo toda su energía en alcanzarlo. Como aquél líder negro, Chávez habla mucho de Dios -tal vez demasiado para ser un político- y de los derechos de los desfavorecidos. Ambos lograron movilizar a su pueblo alentando su esperanza, promoviendo su dignidad, mostrándole un horizonte soñado, pero posible. Esperemos que aquí terminen las similitudes y el bolivariano caudillo no acabe pagando con su vida el desafío a los defensores del 'status quo', que le odian tanto más cuanto lo ven amenazado.

Ni la oposición “democrática” venezolana ni Estados Unidos, el “campeón planetario de la democracia”, han reconocido la clara victoria de Chávez en el referéndum revocatorio celebrado el domingo bajo su presión. Poco les importa a ambos que los imparciales observadores del Centro Carter (promovido por el ex presidente Jimmy Carter) y de la OEA consideren irreprochable la consulta popular y su resultado. Chávez es una aristada piedra en su zapato y el hecho de que ésta sea la octava consulta popular que gana en menos de seis años, lejos de moverles a la aceptación resignada de la voluntad popular genera infundadas denuncias de fraude y una obstrucción permanente al vencedor y a su política.

Con el paso de las horas, los menos exaltados de entre los opositores han comenzado a aceptar la derrota. Incluso Estados Unidos ha reconocido provisionalmente la victoria de Chávez, pero ambos -socios al fin- esperarán al resultado de la auditoría que han reclamado y el paciente Gobierno ha aceptado. Incluso el software utilizado en el escrutinio está bajo sospecha mientras el recuento de más de 800.000 votos (correo, emigantes, etc) que aún no se había realizado extiende la victoria del presidente hasta casi el 60%. ¿No queréis caldo? Pues tomad taza y media.

El acoso no va a cesar. Y las razones no son sólo de política interior. Si lo fueran, Chávez no tendría grandes dificultades, dado que no sólo cuenta con el apoyo de la mayoría empobrecida de los venezolanos, sino también con el de la mayor parte del ejército. El problema es que para Estados Unidos y sus “satélites” (de los que en su día formó parte importante la España-comparsa de Aznar) Chávez y su política ’bolivariana’ constituyen un “mal ejemplo”, una referencia alentadora y tentadora para muchos países latinoamericanos cuyas sociedades comparten los problemas a los que el líder venezolano está haciendo frente con un grado de eficacia -aún reducido- con el que nadie contaba.

Pese a la alergia instintiva que me causan los caudillos populistas, de los que Chávez es un paradigma casi caricaturesco, debo admitir que se trata de un personaje muy creativo y original, capaz de generar respuestas y alternativas tan poco convencionales como eficaces. Cuenta para ello con una arma poderosa: el petróleo. El gran manantial de oro negro que durante tanto tiempo sirvió para que unos pocos venezolanos se enriquecieran hasta la opulencia y para que otros pocos extranjeros (estadounidenses) dispusieran de él hasta considerarlo parte de su patrimonio, se ha convertido en el instrumento de una política que tiene como primer objetivo sacar de la miseria a las masas depauperadas.

Programas de alimentación, salud, microcréditos... Chávez ha diseñado una serie de “misiones” prioritarias de Gobierno y el petróleo es su instrumento. También en política exterior. Petróleo para Cuba (la amistad peligrosa) a cambio de 17.000 médicos cubanos. Petróleo para Argentina como moneda de trueque para la construcción de petroleros. Petróleo a precio especial para algunos países caribeños como muestra de solidaridad y señal de alianza.

Chávez rompe los esquemas y eso inquieta no sólo a la oligarquía venezolana, acostumbrada al pillaje impune, sino también al gigante del norte, que ve en él el mayor obstáculo para llevar adelante su ambición de controlar la política y los recursos de ‘esos latinos perezosos, pasionales y corruptos del sur’ a los que siempre manejó a su antojo. A los ojos de Estados Unidos, la política de Chávez es mucho más peligrosa que la de Castro o la de Allende en su día. Es un paradigma intolerable al que habría que estrangular en su propia cuna antes de que se extienda. Y saben que se puede extender.

América Latina tiene cada vez más claro que nunca saldrá del pozo mientras repose en los brazos falsamente paternales del “amigo americano” y cree cada vez más firmemente que su independencia económica -sin la que la independencia política es inviable- debe generarse en el propio ámbito latinoamericano, entre iguales. Mercosur puede ser un ejemplo. Ahí está también el Brasil de Lula, otro referente “redentor” agobiado por los problemas y acosado por los enemigos de todo cambio que conduzca a que los pobres dejen de serlo o a que los ricos dejen de multiplicar los beneficios cada año por índices manifiestamente inmorales.

La alternativa a una rehabilitación basada en la fuerza de la unión y en la generación de políticas económicas al margen de los dictados del Banco Mundial y el FMI es un “Plan Colombia” para todo el subcontinente. El abrazo de la muerte, el fin de toda esperanza, una pesadilla que toda Latinoamérica rechaza.


04 julio, 2004

Berlusconia

Silvio Berlusconi es una anomalía política. Empresario de inquietante éxito, emperador mediático de Italia y dueño de 64 empresas en el exterior de su país, no fue la vocación lo que le condujo a la política, sino la búsqueda de impunidad frente a la Justicia. Con 14 causas criminales abiertas por razones diversas y su supuesta relación con la tenebrosa logia P2 y con la mafia, tomó la salvífica decisión de crear un partido político llamado Forza Italia, que es el grito de ánimo de los "tiffosi" a la selección italiana de fútbol. Populismo barato y demagógico a falta de un ideario político que no sea "primero yo, luego yo y siempre yo".

Lo hizo en un momento muy oportuno, cuando el sistema partidista italiano yacía sobre la lona política, noqueado por sus innumerables miserias y su endémico fracaso. Una parte del electorado italiano políticamente más analfabeto, más desencantado o más cómplice vio en este calvo locuaz de sonrisa permanente y chiste fácil (no siempre prudente, por cierto) la solución a sus males. Tal vez, pensaron y piensan, este hombre pueda trasladar su propio éxito personal al país y terminar con tanta zozobra.

El caso es que quizás "il cavaliere" (?), también conocido más adecuadamente como "il venditore" ("el vendedor") les quede como un guante a los italianos, quizás ellos se lo merezcan, si es que algún pueblo merece tal plaga, pero Europa no ha hecho nada -hasta ahora- para merecer este regalo envenenado.

El hecho de que tal personaje fuese a presidir la UE, durante el ineludible turno de Italia en tal menester, había despertado muchos recelos y reticencias en ciertos países europeos. Algunos, incluso, esperaban con los dedos cruzados que "il venditore" no obtuviera la inmunidad parlamentaria frente a la Justicia italiana en su más reciente confontación, apenas unos días antes de que asumiera la presidencia comunitaria. No hubo suerte.

Con el apoyo de su Forza Italia y del singular conglomerado político que lo acoge bajo el nombre de Casa de las libertades (¡) volvió a salir indemne en su huída hacia adelante de las garras de la Justicia. Poco importa que la sistemática impunidad de este tiburón haya sido motivo de escándalo en Italia, Europa y el mundo. La mayoría es la mayoría. Aunque esté podrida.

Que en su debut parlamentario como presidente de turno de la UE "il venditore" no haya podido resistirse a sus reflejos intolerantes frente a los cuestionamientos de un eurodiputado socialdemócrata alemán y le haya llamado nazi no puede ser más elocuente acerca de la clase de elefante que ha entrado en la cacharrería europea. Es una declaración política que vale, en su reveladora espontaneidad, más que diez discursos políticos.

Ese es Berlusconi. Alguien capaz no sólo de insultar gravemente a una persona, sino de llamar precisamente nazi a un alemán, ignorando -o pasándose por la entrepierna, que es lo que acostumbra a hacer con todo- la hipersensibilidad que existe en Alemania respecto a calificar a alguien con cualquier alusión peyorativa a momentos de la historia de los que se sienten avergonzados y por los que arrastran, como nación, un gran complejo de culpa.

Menos mal que seis meses pasan pronto y que quizás, tras esta encandalosa entrada en la escena europea, se decida a andar con pies de plomo. Si no lo hace, se arriesga a que los líderes europeos, que siempre tratan de evitar la foto con "il cavaliere" (con la excepción señalada de Aznar), pasen directamente a hacerle el vacío o a boicotearle.

En cualquier caso, ni su presidencia conviene a la UE ni las opciones existentes para neutralizarla significarían beneficio alguno. Así que a aguantarse.

27 mayo, 2004

De hijoputas, con perdón

“Sé que es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Se atribuye al presidente Franklin D. Roosevelt esta pragmática afirmación, emitida en defensa de la asociación de Estados Unidos con el dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Posteriormente la habría reeditado el siniestro e incombustible Henry Kissinger en relación con Pinochet e incluso con Sadam Hussein. La frase sintetiza lo esencial de la política exterior estadounidense y debería figurar en el frontispicio del Departamento de Estado con letras de oro.

Habrá quien argumente que tal política era la lógica en un contexto en el que el comunismo amenazaba al mundo libre. Ello explicaría, por ejemplo, el abrazo fraternal de Eisenhower con Franco, ex socio del derrotado Eje italoalemán pero virulento y eficaz anticomunista. Entre un fascista y un comunista Washington nunca ha tenido dudas en la elección. Se defiende la caja propia, no la libertad mundial. ¿O qué pensaban ustedes?

En cualquier caso, la alianza con hijos de puta no encontró su fin con el de la guerra fría. Un tal Ahmed Chalabi es la prueba viviente.

Miembro del consejo de gobierno interino iraquí, Chalabi era el hijoputa predilecto de Estados Unidos como alternativa al tirano Hussein. Ausente de Irak desde 1958, era más un apátrida que un iraquí y en su curriculum vitae figuraba estelarmente su fuga de Jordania tras arruinar a miles de personas en la bancarrota del Banco de Petra, su banco. 500 millones de dólares tienen la culpa.

Dispuesto a proseguir su enriquecedora aventura, se traslada a Londres y crea el Congreso Nacional Iraquí, partido cuyos integrantes podrían acomodarse en un salón-comedor de la clase media y que es financiado por la CIA. Los socios de Chalabi denuncian que cuatro millones de dólares de esos fondos se fueron directamente al bolsillo del hijoputa en cuestión.

“...Pero es nuestro hijo de puta”, se dijeron en Washington. Eso mismo se lo han venido diciendo año tras año, desde principios de los 90 hasta hace unos días, cuando Chalabi ha pasado a ser el villano por excelencia. Ahora resulta que es el principal responsable de la intoxicación sobre la supuesta posesión de armas de destrucción masiva por parte de Irak. Y para colmo, habría actuado en connivencia con Irán para derribar al tirano iraquí y habría proporcionado al régimen de los ayatolás información sensible referente a Estados Unidos.

Ha pasado de hijoputa conveniente a traidor repugnante, lo que prueba la existencia del hijoputa multiusos. Entre esos usos estaría, llegada la necesidad, el de poderoso detergente, muy adecuado para lavarse las manos de toda culpa. Chalabi nos engañó y nos traicionó. Nuestras intenciones eran buenas y justas pero él nos confundió. ¡Vamos, anda! Si hubiera que creerselo, la conclusión inevitable sería que el imperio está dirigido por gente aún más idiota de lo que parece.

Y no, no se puede ser más idiota, aunque es de temer que sí se pueda ser más hijoputa.

19 mayo, 2004

El bodorrio vende

Los ríos de tinta y los centenares de horas que los medios de comunicación de masas españoles están dedicando al bodorrio principesco que se cierne sobre el fin de semana han adquirido tal desproporción que incluso los más papanatas y porteras de nuestros/as compatriotas han alcanzado ya el nivel de saturación. Se diría que estamos asistiendo a una desmesurada operación de promoción de la monarquía, pero lo cierto es que no se trata de eso. En realidad se trata de que, según las cajas registradoras de los media, la boda vende. Y lo que se pretende principalmente es vender, prescindiendo de si se está exagerando o no la dosis de droga.

Hay quien, en un ejercicio de voluntarioso “wishful thinking” (pensar lo que se desea creer), opina que todo este exceso favorece la causa republicana. El que hambre tiene...

Nada de eso. Este pueblo nuestro está, en su mayor parte, rigurosamente despolitizado y vacunado frente al escándalo, aunque las pasadas elecciones parezcan indicar lo contrario. Lo más lejos que van las críticas es a cuestionar el coste económico, sufragado íntegramente por las arcas del Estado, es decir, por todos nosotros. Pero este país carga con todo, al menos mientras no le quieran quitar el pan... y el circo, por supuesto.

Pensaba extenderme más sobre este “enjundioso” asunto, pero realidades mucho más serias y terribles reclaman atención:

Escalada israelí

La arrogancia impune de Israel se halla en estos momentos en una feroz e inhumana escalada contra los palestinos en la zona fronteriza entre la franja de Gaza y Egipto, so pretexto de que ese área acoge a terroristas y que una red de túneles permite el contrabando de armas con el país vecino. Hace tiempo que las conciencias han superado el umbral del horror en lo que respecta al genocidio que Israel está perpetrando implacablemente contra los auténticos dueños de los territorios que ocupa y también de los que pretende controlar.

En estos días, coincidiendo con las matanzas de Rafah, Madrid es escenario diplomático del conflicto. Ayer, la visita correspondió al ministro de Exteriores israelí; hoy, al primer ministro de la Autoridad Nacional Palestina. No está muy claro qué papel está intentando jugar el Gobierno español, pero dudo mucho que pueda conducir al puerto de la paz. Moratinos tiene un privilegiado conocimiento del conflicto, que se acerca a los sesenta años de existencia, y sabe, sin duda, que la clave no está en Israel, sino en Estados Unidos.

Sólo cuando Washington ha apretado las tuercas a Jerusalén -coincidiendo siempre con administraciones demócratas- se ha atisbado algún progreso. Bush, ahora en plena precampaña electoral, menos que nunca quiere inquietar al poderoso lobby judío de Estados Unidos. Y lo mismo ocurre con Kerry, que, a nivel de política internacional, mantiene una actitud muy poco prometedora para la paz internacional.

En sus más recientes abusos, que han sido muchos y muy graves, Israel no sólo se ha beneficiado de la complicidad de Estados Unidos, sino también del desplazamiento de la atención internacional hacia la guerra de Irak, lo que le ha ahorrado protagonizar muchas portadas y noticias de apertura en los medios. Sus planes son meridianamente claros: si va a aceptar finalmente la creación de un estado palestino será bajo sus propias condiciones.

Las condiciones abusivas de Israel comprenden desde la erección del muro de Cisjordania, auténtica vergüenza mundial, hasta la consolidación de muchos de los asentamientos israelíes en tierra palestina, pasando por el control total de un pasillo fronterizo entre la franja de Gaza y Egipto, ocupando para ello suelo palestino. A partir de ahí admitirá –quizás- que se constituya un estado palestino. Y esa será la más peculiar entidad política del mundo: un estado dividido en dos territorios incomunicados, enjaulado tras un muro y con una de sus fronteras cegada por fuerzas enemigas.

Tal situación es inaceptable para los palestinos, pero seguro que servirá como base para que la mediación internacional insista en que firmen la paz. ¡Qué vergüenza!


13 mayo, 2004

Carnicerías

Todas las guerras son guerras civiles porque todos los hombres son hermanos.
François Fenelon


El último escalón de la catarata de horrores en que ha degenerado la guerra irregular y brutal que se desarrolla en Irak lo constituye una competición expresada en imágenes que desafían la sensibilidad y la racionalidad humana. Si las fotografías difundidas sobre los usos habituales en el trato a los prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib son repugnantes, el vídeo en el que se registró el asesinato de un rehén estadounidense supone una muestra estremecedora de la degradación humana. Es la respuesta de uno de los muchos grupos islámicos que se enseñorean en el caos que ha traído consigo la invasión de Irak a las torturas y asesinatos de los ocupantes, supuestamente más civilizados.

¿Por qué degollarle? ¿No habría sido suficiente un disparo en la nuca? ¿Por qué filmar el asesinato? ¿Acaso el hecho en sí mismo, sin documentación complementaria, carecería de significado? Es la debacle del terror, el lenguaje del odio lo que se ha apoderado progresivamente del panorama iraquí. Y en esa dinámica no basta con el hecho en sí. Es preciso inmortalizarlo en imágenes y difundirlo lo más extensamente posible para afrentar e intimidar al enemigo hasta el límite. Los bandos contendientes en todo conflicto bélico comparten siempre la idea de que el más brutal vencerá y la escenificación y difusión de los excesos forma parte de una guerra psicológica de indudable eficacia.

Un ejemplo de ello podría ser Faluya. Tras el asesinato de cuatro occidentales y el ensañamiento vesánico con sus cadáveres, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo, el ejército norteamericano decide tomar la ciudad, bastión desafiante de la resistencia (¿pro Sadam o antiyanqui? He ahí el dilema). Durante días se suceden los bombardeos mientras los marines intentan vanamente progresar en un entorno que les hostiga casa por casa y esquina tras esquina. Finalmente renuncian. Para Estados Unidos la única alternativa a la retirada hubiera sido destruir totalmente la ciudad desde el aire, lo cual es más de lo que la opinión pública internacional podría soportar. Naturalmente, la resistencia iraquí (y con ella la mayor parte de los iraquíes, no nos engañemos) anota Faluya como una batalla ganada. La primera victoria. Una inyección de moral y una invitación a la emulación.

Las guerras sacan a la superficie lo peor de la condición humana al proporcionar un escenario en el que los más violentos e inhumanos de la especie en cada grupo se erigen en líderes de la acción. Ayer mismo, mientras el Congreso de EE UU se declaraba horrorizado tras conocer nuevas imágenes, aún más terribles, de las torturas y abusos a presos iraquíes, embozados extremistas palestinos difundían imágenes en las que mostraban los restos humanos de soldados israelíes muertos en Gaza, convertidos en moneda política de cambio, a sabiendas de los escrupulosos preceptos de la religión judía en relación con los cadáveres.

Nuestro mundo se ha convertido en una demente carnicería y ni siquiera a los despojos se les concede el beneficio último de la inviolabilidad. Pero la culpa de ello es en mayor grado de quienes iniciaron el conflicto (Estados Unidos en un caso, Israel en el otro) que de quienes resisten a sus consecuencias con las limitadas armas que tienen a su alcance y asumiendo la propia destrucción como consecuencia última si fuera preciso. El neoconservadurismo podrá presentar la desmesura resultante como una evidencia incontestable del “choque de civilizaciones” (1), pero se trata de algo mucho más elemental y que está documentado históricamente hasta la saciedad.

Tradicionalmente los pueblos han respondido a la invasión, el abuso, el expolio y la destrucción mediante la creación de milicias irregulares que intentan contraatacar con mayor virulencia, si cabe, al enemigo. Para ellos, enfrentados a una fuerza muy superior, no cabe la guerra convencional ni se ajustan a sus leyes (siempre vulneradas, en todas las guerras, por los contendientes de uno y otro bando, se diga lo que se diga). Carecen de un territorio liberado y seguro en el que refugiarse y también de la infraestructura necesaria para mantener prisioneros más allá de un tiempo limitado. Son conscientes de que su destino más probable es la muerte y optan por vender lo más cara posible su propia vida.

Está también ampliamente documentado que los ejércitos convencionales son derrotados con significativa frecuencia por ese tipo de resistencia, que no les ofrece un frente ni una localización definida, que les humilla esporádicamente y les aterroriza con su crueldad y la imprevisibilidad de sus acciones. La de Irak es una guerra perdida y los militares de Estados Unidos y Gran Bretaña lo saben ya. El problema ahora es dilucidar cómo se puede vestir convincentemente de victoria una derrota, cómo salir de Irak ofreciendo al mundo -que se opuso a esa guerra- la imagen de que se ha hecho algo útil. Esa es otra misión imposible.

Sólo si cambian los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña podrá contemplarse la posibilidad de decidir una salida presuntamente honorable para una guerra injustificable y deshonrosa. Y aún así se habrá destruido totalmente un país y se habrá potenciado en él la semilla de un conflicto civil probablemente interminable, al tiempo que se habrá favorecido, en todo el mundo islámico, el fortalecimiento de las alternativas más intolerantes y violentas. Precisamente aquellas que teóricamente se pretendía combatir al invadir Irak.

Lamentablemente, nadie exigirá responsabilidades a quienes, movidos por motivaciones inconfesables, iniciaron esta guerra y marcaron así un punto de inflexión en la dialéctica internacional que presagia gravísimas consecuencias. La mezcla de la ambición y la codicia es explosiva y está en el origen de casi todas la guerras y su correspondiente secuela de crímenes. Cuando a la ambición y la codicia se suma la estupidez se pierden incluso las guerras que se ganan y se engendran conflictos en cadena que hubieran podido ser evitados. Estalla, en definitiva, la lucha de los más débiles, unidos aunque sea circunstancialmente, contra el más fuerte. Hitler y antes que él Napoleón son los ejemplos menos lejanos de este síndrome. Eso no es choque de civilizaciones, sino dialéctica en estado puro.

La cuestión es si Occidente va a asumir definitivamente que su visión del mundo esté polarizada por esos tres ingredientes irracionales (ambición, codicia y estupidez). En ese caso, lejos de hallarnos ante una confrontación entre culturas, religiones o civilizaciones, nos encontraríamos ante la inconsciente autodestrucción a plazo indefinido de una civilización que habría convertido su supuesta cultura en una caricatura despiadada y lamentable de sí misma, reduciendo sus conceptos fundamentales a grandes palabras vacías de significado. Eso no es una lucha, sino una autoderrota. Nada nuevo bajo el sol: una civilización más condenada a desaparecer por sus propios deméritos e inconsecuencias, como todas las precedentes.

(1) Samuel P. Huntington.

09 mayo, 2004

Cinismo y desvergüenza

George W. Bush califica de “aborrecible” lo sucedido en la prisión iraquí de Abu Gharib. Eso no es propio de América, dice (aunque se refiere sólo a EE UU). América, protesta, es “compasiva”. Y ésto lo asegura ante canales de televisión árabes, en un intento -inútil, por cierto- de lavarle la cara a su política y de lavar sus propias manos. No es una santurrona e hipócrita declaración para el crédulo y chovinista consumo interno, de lo que sólo cabe concluir que es un cínico de tomo y lomo, pero también un ignorante desvergonzado, que no sabe con quién se está jugando los cuartos. La credibilidad de su mensaje, su eficacia sobre aquellos a quienes iba dirigido, ha sido igual a cero. Ni siquiera ha tenido el “detalle” de cesar a Rumsfeld, el siniestro secretario de Defensa, ni éste tiene la decencia de dimitir. ¿A quién creen engañar, en definitiva?

Creo que apenas 20 días antes de que surgieran las primeras revelaciones acerca de las torturas y sevicias sufridas por prisioneros iraquíes a manos de tropas de la coalición 'liberadora', documentadas con imágenes tan repugnantes como inequívocas, vi en un canal de televisión por cable un documental que no deja lugar a dudas acerca de que lo sucedido no es una excepción circunstancial, sino la norma de actuación sistemática en cualquier momento y en cualquier lugar.

En la cinta, cuyo inicio me perdí, por lo que desconozco el título o si forma parte de una serie, ex responsables de la CIA relataban su modo de actuar en Vietnam de cara a la neutralización del Vietcong. Básicamente había tres alternativas. La primera (teóricamente), “comprar” la colaboración, lo que incluye desde el empleo real de dinero hasta el chantaje y la amenaza a la vida del sujeto o de sus allegados; la segunda, la tortura, para obtener la información deseada, y la tercera, el asesinato, cuando las otras dos opciones no eran aplicables o se revelaban inútiles. Cuatro décadas después los usos son los mismos, si no peores.

A propósito de Vietnam, todos tenemos en la memoria la imagen de un general del Sur asesinando de un tiro en la cabeza a un presunto guerrillero del Vietcong recién detenido. Es sobrecogedora y abominable. ¿Pero cómo fueron las imágenes de la matanza indiscriminada de ancianos, mujeres y niños en la aldea de My Lai, perpetrada por el teniente Calley por la mera sospecha de que los habitantes cooperaban con la guerrilla? ¿Y cómo las de las muertes de miles de civiles de toda edad, achicharrados por el napalm que, desde la impunidad de la altura, los aviones de la USAF lanzaron indiscriminadamente por toneladas?

Esa es la política compasiva de Estados Unidos: un aborrecible sarcasmo. Y para colmo, sus crímenes de guerra o sus atentados a los derechos humanos siempre quedarán tan impunes como sus gobernantes decidan porque el justo y compasivo sistema impide que los ciudadanos estadounidenses rindan cuentas de sus actos ante el Tribunal Penal Internacional o cualquier otra institución ajena a la jurisdicción interna de Estados Unidos.

La CIA, como nadie ignora ya, es una cloaca. Tras las revelaciones precursoras del agente “arrepentido” Philip Agee, describiendo la magnitud de las operaciones encubiertas de la CIA en los años 60, muchos más datos han arrojado luz sobre la auténtica naturaleza de una agencia que tiene como principio ignorar cualquier principio o ley con tal de sostener a un poder que, frente a todas las evidencias, insiste en aparecer ante el mundo como una entidad impoluta y redentora. Fue el propio Agee, asqueado hasta la náusea, quien hizo una revelación clave: "Lo que la Agencia [CIA] hace es ordenado por el Presidente y el NSC [National Security Council]. La Agencia ni toma decisiones políticas ni actúa por su propia cuenta. Es un instrumento del Presidente".

Tal vez para evitar que la responsabilidad última (y primera) de las acciones encubiertas y manifiestamente ilegales caiga sobre la cabeza del Estado se ha llegado a una singular medida de “privatización” de la inteligencia. El caso de la empresa -si no es una tapadera- CACI y su actuación en Irak (en concreto en la prisión de Abu Ghraib) es revelador de que el Gobierno Bush resulta incluso innovador en la extensión del cinismo y la desvergüenza que caracterizan la ejecutoria internacional de Estados Unidos desde tiempos ya inmemoriales.

En su comparecencia parlamentaria en relación con las torturas a detenidos iraquíes, Donald Rumsfeld previno de que hay más documentos, además de los difundidos, que, por supuesto, el Gobierno no tiene intención de difundir. Dijo también que el asunto es una “catástrofe”, refiriéndose –supongo razonablemente- a las repercusiones de la difusión de las imágenes más que a los hechos que éstas revelan.

Tal vez tardemos años en conocer la dimensión real de todo lo que está sucediendo en Irak desde que fue invadido, pero finalmente lo sabremos. Entonces, retrospectivamente, tendremos conciencia plena de la vergüenza y deshonor que le cabe a nuestro país por haber apoyado y dado cobertura a esta aventura imperialista y hasta qué punto la corrección de tal posicionamiento era necesaria y urgente.

Pero no puedo terminar estas líneas sin lamentar que el Gobierno español del “cambio” esté dispuesto a ampliar la participación militar española en Afganistán, por muy ridícula numéricamente que pueda ser. El hecho de que en esa actuación esté implicada la OTAN no sólo no legitima tal decisión sino que pone simultáneamente en cuestión nuestra participación y la de la OTAN.

¿Qué hace la Organización del Tratado del Atlántico Norte en el Golfo Pérsico, tan lejos de su marco geográfico natural de actuación? Es más: ¿Qué sentido tiene la subsistencia de esa institución defensiva cuando ha desaparecido el peligro (soviético) frente al que nació?

Tal vez ha llegado el momento de que España se replantee su pertenencia a un tratado que no es otra cosa que la expresión del poder y de los intereses de Estados Unidos, ajenos e incluso contrarios a los de la Unión Europea en general y a los de nuestro país en particular. Rectificaría de ese modo el error que el propio PSOE, regresado al poder mediante este Gobierno, cometió al impulsar la permanencia en el mismo mediante un referéndum que significó, durante la campaña previa, la mayor operación de intoxicación de la opinión pública de la historia. Eso sí que sería un cambio.

04 mayo, 2004

Erre que erre

José María Aznar habita una galaxia muy particular, muy suya. Desde ella, con su mirada unidireccional y polifémica, contempla un universo aún más peculiar. En él Estados Unidos es el campeón de la libertad y de la democracia y en España, tras la derrota de su providencial partido, impera –“al parecer”, dice- un “partido del odio” empeñado en destruir al PP y de paso -eso no lo dijo expresamente, pero es lo que se deduce del contexto- a España, esa España que sólo el Partido Popular representa porque lo que está fuera de él es la antiespaña: el eterno enemigo de la unidad de destino en lo universal, integrado por la izquierda y los nacionalismos.

La lectura de las crónicas de la presentación, ayer, de sus singulares memorias del poder parecen páginas extraídas de .“Ponche de ácido lisérgico”(1) .¿Se puede alucinar tanto sobre la realidad hasta el punto de hacer afirmaciones como las que se hicieron en el invernadero de La Arganzuela? Por supuesto que no, pero se puede manipular impunemente esa realidad hasta el punto de convertirla en la verdad revelada para unos (los devotos votantes del PP) o en una alucinación paranoide para otros (el resto de los mortales).

De entrada que Aznar se describa a sí mismo como un liberal ya es una demostración extrema de tupé, de supina ignorancia o de desconocimiento de sí mismo. O las tres cosas. Asegurar, por otra parte, que la mayoría de los españoles quieren "paz y libertad sin renunciar a nada y sin rendirse ante nada", pretendiendo que es su partido el que representa a esos razonables ciudadanos, cuya existencia nadie puede discutir, es otro ejercicio de prestidigitación francamente grosero.

Más aún. Su afirmación de que “la mayor amenaza y el mayor peligro que corremos es que el terrorismo gane la primera batalla consiguiendo que creamos que la culpa es nuestra" es otra muestra depurada de su vano propósito de rescribir la historia reciente como si el resto de los ciudadanos no hubiéramos sido testigos y pacientes de ella. Por supuesto que el ataque terrorista del 11-M –al que se refiere sin nombrarlo, como siempre- tiene su origen en el apoyo de su Gobierno a la invasión de Irak. Y la culpa no es nuestra, sino muy personalmente suya.

Pretender meter en el mismo cesto el terrorismo de ETA y el islámico y tratar de imponer la idea de que no hay que preguntarse por los orígenes o causas de ningún tipo de terrorismo no es más que un patético intento de silenciar las críticas al inmenso error que significó su posicionamiento, con desproporcionado protagonismo, junto a Bush y Blair en el deliberado expolio de Irak, al que hay que unir la ausencia de medidas preventivas frente a la amenaza del terrorismo islámico, fruto de una inconcebible e irresponsable convicción de impunidad.

En su libro asegura que “nosotros en Irak estamos defendiendo a un aliado, como no podía ser menos, pero también estamos defendiendo las democracias occidentales y muy en particular la democracia española”. Y esto ya no es una alucinación personal ni la consecuencia de un análisis deficiente, ni una simple estupidez. Es sólo una mentira tan indecente como gigantesca e insostenible. Una mentira como las armas de destrucción masiva que supuestamente ocultaba Sadam, como la conexión del régimen iraquí con el extremismo islámico. Una mentira como la autoría de ETA en los atentados del 11-M, que él y su Gobierno mantuvieron durante 72 horas con las elecciones encima.

Es la mentira lo que les costó el poder porque como él mismo dice, ilusamente en beneficio propio, la mayoría de los españoles quiere "paz y libertad sin renunciar a nada y sin rendirse ante nada". Y a lo primero que los pacíficos y liberales españoles no renuncian es a la verdad. Y a lo que están determinados a no rendirse es a la mentira. Las urnas lo han demostrado hasta un nivel incuestionable.

Si Aznar y el partido que él insiste en dirigir a título -supongo- de líder espiritual no se imponen una profunda autocrítica, una clara rectificación e incluso un humilde ejercicio expiatorio es mucho más que dudoso que esa “mayoría de españoles” a los que dicen representar les otorgue en el futuro su confianza.

Y ello por una sencilla razón: han demostrado que no la merecen.

29 abril, 2004

De miserables y miserias

¿Qué es un hombre? Un miserable montón de secretos.
André Malraux

Miserable, vil, mediocre, incompetente. Eso le ha llamado Acebes a su sucesor al frente del Ministerio del Interior. Y todo por una venial crítica a la "imprevisión política" del pretérito Gobierno en relación con los atentados del 11-M. El Ejecutivo, según Alonso, habría menospreciado el riesgo real de un ataque del terrorismo islámico en España, diagnóstico que, tras lo sucedido, parece incluso piadoso y prudente.

Puesto a montarla, curiosamente con un día de retraso respecto a la emisión de la "ofensa", no se puede negar que el PP se las ha apañado para crear una aparatosa tempestad en un vaso de agua, con carta de protesta incluída del jefe de la oposición, el inefable Rajoy, al presidente del Gobierno. Hoy mismo, el ex candidato derrotado ha pedido la reunión del Pacto Antiterrorista con el argumento de que el ministro habría vulnerado el compromiso de mantener el tema del terrorismo ajeno al debate partidista. El hecho de que ese punto del pacto hubiera sido consensuado teniendo en cuenta exclusivamente la cuestión vasca no parece ser un impedimento para que el partido de la oposición plantee tal exigencia. Y la cuestión es: ¿por qué tanto ruido por tan poca cosa?

Ciertamente el PP tiene la piel muy fina, y más tras su caída libre desde la mayoría absoluta a la oposición, y es patente su hipersensibilidad respecto al 11-M, que a 72 horas de unos comicios en los que su victoria estaba cantada, les condujo al precipicio desde el que, con sus mentiras sobre la autoría, se lanzaron directamente al infierno. No menos cierto es que los indicios acerca de lo que va a ser su política de oposición, a sólo unos días de la toma de posesión del nuevo Ejecutivo, sugieren que el partido defenestrado está dispuesto a hacer gigantescas montañas sobre mínimos granos de arena. ¿Pero es eso todo? ¿Basta para explicar la desproporcionada y tardía respuesta del ex ministro del Interior a la crítica de su sucesor, equiparándole con Arnaldo Otegui, al que dedicó el mismo epíteto ("miserable") cuando en la aciaga jornada de los atentados el líder de Batasuna señaló al extremismo islámico como el autor más verosímil? ¿Llama Acebes miserable a todo el que pone el dedo en la llaga?

En algún momento, tras los atentados de Madrid, he llegado a plantearme la posibilidad de que la inteligencia española, y por ende el Gobierno "popular", hubieran estado jugando un peligroso papel de "aprendiz de brujo" (el de quien maneja instrumentos o recursos potencialmente destructivos y que no conoce ni controla suficientemente), tolerando las actividades de los fundamentalistas magrebíes en la confiada y reconfortante creencia de que sus actividades sólo podían dirigirse contra Marruecos, país con el que -por razones que nunca ha explicado ni explicará- el Ejecutivo de Aznar mantuvo una confrontación a primera vista irrazonable.

Tal hipótesis me parecía hasta ahora escasamente probable, más propia de un delirio de política-ficción que de un intento de análisis serio de los hechos. Ahora ya no me lo parece tanto, no sólo por la reacción excesiva del PP a la inocua acusación de imprevisión formulada por el nuevo ministro del Interior sino por los datos inquietantes que aporta el diario El Mundo al presentar a dos de los implicados en los atentados como confidentes de las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Especialmente preocupante es que entre los confidentes se halle Emilio Suárez Trashorras,
el hombre que proporcionó a los terroristas islámicos 200 kilos de goma dos. ¿No comunicó
esta sospechosísima transacción a cambio de hachís a la Policía Nacional? ¿Si lo hizo, cuál
fue el destino de dicha confidencia? ¿Se menospreció en la confianza culpable de que el
explosivo iba a ser utilizado fuera de España?

Atemos más cabos. ¿por qué los informes del CNI que en su día utilizó el Gobierno en descargo de su "honor" comprometido minimizaron la pista islámica magrebí cuando las FSE estaban siguiendo precisamente esa pista desde las primeras horas del 11-M? ¿Por qué la Policía fue a buscar al "Tunecino", jefe del comando, esa misma mañana, a su lugar de trabajo, al que no acudía desde días atrás, según publicó en su momento "El Mundo"?

Hay un gran agujero negro en relación con el 11-M que tal vez nunca pueda aclararse, pese a que hacerlo es una candente exigencia en un sistema democrático digno de tal nombre. En una "Espiral" del mes pasado consideraba necesario someter la ejecutoria del CNI al escrutinio de una comisión de investigación "para tranquilidad de los españoles y servicio a la verdad histórica". Ahora me parece que la creación de esa comisión es urgente porque existen indicios de que el Gobierno del PP podría haber incurrido en algo algo mucho menos disculpable que la mera "imprevisión política" que tan ardientemente rechaza.

25 abril, 2004

Matar a Arafat

La indecencia arrogante e impune del gobierno israelí parece no conocer límites. Ahora, ese monstruo corrompido y sanguinario que es Ariel Sharon se declara desvinculado de la promesa que hizo a su padrino, Estados Unidos, de no asesinar a Arafat. Y de ello sólo cabe concluir, ineludiblemente, que Bush le ha dado "permiso" expreso para atentar contra el jefe de la Autoridad Nacional Palestina. O, lo que es lo mismo, que podemos dar a Arafat por muerto.

El "derecho" a asesinar a Arafat sería una más entre las concesiones impropias que la Casa Blanca ha decidido hacer al gobierno genocida de Israel, junto con el visto bueno a la apropiación de una buena parte de los territorios ocupados durante la "guerra de los seis días", so pretexto de la consolidación "irreversible" de los asentamientos de población israelí, tantas veces denunciados a nivel internacional, en ellos. He ahí en qué ha quedado la promesa de poner fin al contencioso entre israelíes y palestinos que se utilizó como vaselina para hacer más viable ante la opinión pública internacional el desproporcionado supositorio de la invasión de Irak.

La guerra de Irak, lejos de favorecer una solución pacífica y justa para los palestinos, ha potenciado la impunidad del gobierno israelí para hacer añicos la malhadada "hoja de ruta", acelerar su política de terrorismo de Estado -tan de Estado que la practica el propio ejército con medios desproporcionados- e imponer "de facto" su punto de vista y sus intereses, arruinando toda posibilidad de un acuerdo, aun a largo plazo. Incluso han transcendido algunos detalles sobre un intento fallido del servicio secreto israelí de crear una célula de Al Qaeda en Gaza para justificar más y mejor sus acciones abusivas en la franja. La lucha internacional contra el terrorismo se ha convertido en una coartada providencial que Sharon ha sabido aprovechar.

Si Israel mata a Arafat no hará otra cosa que cerrar un círculo sangriento, basado en el asesinato, que se inicia tan remotamente como en 1972, cuando decide responder a la acción de Septiembre Negro en Munich contra el equipo olímpico israelí con una secuela de atentados mortales dirigidos no tanto contra los líderes de aquella facción terrorista como contra todo el entorno de Arafat, especialmente el que, con creciente éxito, gestionaba la representación internacional de la OLP ante los gobiernos occidentales, en busca de apoyo para su causa, hasta entonces prácticamente silenciada.

Esa línea de actuación, impropia de un Estado de derecho, ha tenido escasas pausas durante estos más de treinta años y, lejos de disminuir, se ha acelerado en los tiempos más recientes, al amparo de la nueva política internacional definida por Bush y su camarilla. Los asesinatos del jeque Yassín, líder espiritual de Hamás, y de su sucesor, Rantisi, evidencian una escalada que tendría en Arafat su culminación.

El jefe de la Autoridad Nacional Palestina es el hombre que ha dirigido los azarosos destinos de su pueblo durante cuatro décadas. Desde el expolio de su tierra y la imposición de la dramática alternativa entre el exilio o la humillación, centenares de miles de palestinos han pasado por una terrible travesía del desierto, con escalas en Jordania, Líbano, Túnez... y el mundo. A lo largo de esa pesadilla, Arafat ha perdido a sus mejores hombres, pero no la esperanza de llegar a un acuerdo de paz y lograr el reconocimiento del derecho a una patria, al menos en una parte del territorio que habitaron sus ancestros.

Finalmente, en 1993, el acuerdo de Oslo, basado en el mutuo reconocimiento del derecho a la existencia como nación entre Israel y Palestina, pareció el principio del fin de la larga marcha palestina de derrota en derrota. Sin embargo, el 4 de noviembre de 1995, Isaac Rabin, el hombre que había firmado la paz con Arafat, fue asesinado por un joven ultraortodoxo judío en lo que tuvo todas las trazas de una conspiración interna a la que no serían ajenos los siempre oscuros servicios de inteligencia. Final abrupto del breve sueño.

La era Sharon, que culmina un proceso político regido por la intransigencia de los partidos religiosos israelíes, minoritarios pero necesarios para conformar mayorías parlamentarias, es el imperio de la provocación y el abuso. Está marcada a sangre y fuego por una política destinada a convertir en papel mojado todo lo acordado en Oslo. Cuando en septiembre de 2000, en plena campaña electoral israelí y protegido por un millar de policías, Sharon se interna en la explanada de las mezquitas de Jerusalén no sólo está haciendo un obvio guiño al electorado fundamentalista judío sino desatando deliberadamente la ira de los palestinos.

Desde ese día todo fue a peor, que es como a Sharon le gusta que vayan las cosas para aplicar su particular versión de la ley del Talión: cien palestinos por cada israelí. ¿Será el asesinato de Arafat el último o el comienzo de un baño de sangre sin parangón? A Sharon no le preocupa y a los ultraortodoxos aún menos. Dios está con ellos. También los musulmanes lo creen. Los pueblos que afirman que sus dioses los prefieren, les cuidan e incluso les hablan para darles órdenes constituyen un peligro para la humanidad en este convulso siglo XXI, en el que todos los frutos positivos del racionalismo y la secularización occidental están siendo puestos en cuestión a causa de las contradicciones de quienes dicen sustentarlos.

Si Israel asesina a Arafat no sólo pondrá en pie de guerra a todos los palestinos -cosa que, sin duda, no crea la menor inquietud en Sharon y sus socios- sino a todo el mundo árabe-islámico, que ya está -por ahora de modo minoritario, pero violentísimo- abiertamente enfrentado con Occidente. Que Israel y Estados Unidos arrojen sistemáticamente leña al fuego sería asumible si sólo ellos pagasen las consecuencias. El problema es que, al ritmo que van los acontecimientos, ambos pueden estar a punto de pisar la mina que desate una conflagración mundial que no van a ser ellos los únicos en pagar.

He ahí un riesgo con el que la Unión Europea no debe ser solidaria. Es urgente -y España puede haber comenzado a desempeñar un papel importante en ello- marcar distancias, primero, y ejercer una firme presión, inmediatamente después, para reconducir el conflicto entre israelíes y palestinos y replantear las relaciones occidentales con el mundo islámico sobre bases de equidad y respeto. De lo contrario estaremos alimentando el fuego del radicalismo integrista musulmán, firmemente convencido de que vale la pena morir matando, y que, en estas gravísimas circunstancias, no puede sino crecer hasta hacerse con el poder en países cuyos gobiernos, todavía hoy, son no beligerantes.

Claveles marchitos

A revoluçao dos cravos: Treinta años después, se registran hoy miradas llenas de nostalgia y perfumadas de romanticismo sobre la jornada del 25 de Abril de 1974 en Portugal. Hay que admitir que aquello fue muy bonito, especialmente contemplado desde la limítrofe España de la dictadura. A qué negarlo. Pero nadie ignora que aquellos soldados armados con fusiles que sólo parecían fabricados para disparar claveles sobre la multitud, reconciliada por primera vez con el ejército de su país, no alumbraron ninguna revolución. Spinola fue el Suárez portugués; Soares fue el González.

Los sueños revolucionarios de militares radicales como Saraiva de Carvalho, Rosa Coutinho o Vasco Gonçalves se hundieron en poco tiempo bajo el peso del miedo al riesgo de muchos de los que se habían lanzado a la calle para celebrar el golpe. Una cosa es terminar con una dictadura y otra muy diferente hacer una revolución. La mayoría del pueblo portugués, finalmente, sólo quería el retorno de la democracia.

Y eso es lo que hay. La transición española dista mucho de ser tan fotográfica y estética, pero es lo mismo. La única diferencia es que los españoles de izquierda revolucionaria tardaron mucho menos tiempo en perder la esperanza porque nadie les dio la más mínima oportunidad de alentarla.

19 abril, 2004

Un buen comienzo

Por razones fundadas en una doliente y resentida memoria histórica he tenido -y mantengo- un amplio escepticismo y una inevitable reticencia respecto a la fiabilidad del PSOE y de sus promesas. Considero que los trece años del "felipato" constituyeron una época prematuramente decepcionante y frustrante -estábamos estrenando la democracia- para cientos de miles, si no millones, de españoles. Aquel PSOE enterró las esperanzas de la España progresista y trabajadora bajo una montaña de mentiras, traiciones, pragmatismo barato, arrogancia rampante y militante inmoralidad. Sólo la segunda legislatura del PP es comparable a aquel fraude impune a la ciudadanía.

Cuando, tras algunos intentos patéticos de regenerar la dirección del partido con los "degeneradores" manejando los hilos, aparece finalmente Rodríguez Zapatero como la gran esperanza blanca, no se puede decir que despertase grandes entusiasmos. Su perfil bajo y neutro, su plegamiento casi acrítico a los planteamientos imperativos del Gobierno del PP en temas en los que su partido debería haber exigido una negociación a fondo, sus avances acerca de la política económica "deseable", su aparente incapacidad para poner orden en los "taifas" de su partido y su irresolución acerca de muchos problemas sensibles y urgentes, no invitaban precisamente a replantearse la imagen de un partido que se había hecho el "harakiri" en una imparable huida hacia adelante.

Pero he aquí que, por mérito involuntario del Gobierno saliente, Rodríguez Zapatero se ha convertido en rector de los destinos del país en circunstancias sumamente críticas. El hombre al que el PP ha llamado de todo menos guapo, con su tradicional filosofía de ejercer el poder como si estuviera en la oposición (y lo estaba: en la oposición a la ciudadanía) se ha encontrado al frente del Estado con cientos de miles de votos prestados por gentes escarmentadas, forzadas a elegir entre el mal mayor previsible (la continuidad del PP en el poder) o el mal menor probable: el retorno del PSOE.

Hoy debo decir, sin embargo, que, con su decisión de acelerar la retirada de las tropas españolas de Irak, Rodríguez Zapatero se ha abierto una cuenta de crédito en la confianza de los españoles. Ciertamente es un crédito frágil, una confianza a la que le quedan muchas pruebas por superar, pero es un buen comienzo, especialmente teniendo en cuenta que la medida es previa a la primera reunión del Consejo de Ministros del nuevo Gobierno. El mensaje es, pues, deliberadamente personal y declara expresamente la urgencia que las circunstancias exigen.

Estados Unidos no ha dejado lugar a dudas respecto a su determinación de mantener la dirección militar de la ocupación/reconstrucción de Irak (eufemismo con el que se denomina a la situación de guerra que siguió de inmediato a la rápida "victoria" militar). El porqué de esa determinación es claro: Washington no renuncia a los objetivos originales y reales, económicos y estratégicos, de su iniciativa bélica, muy alejados de pretextos falsarios tales como la posesión de armas de destrucción masiva, la necesaria transformación de una tiranía en democracia o el combate contra el terrorismo internacional. Estados Unidos llegó a Irak para quedarse. Ello le permite poner un pie más sobre el petróleo árabe, controlar militarmente los destinos, tan imprevisibles como inquietantes -gracias precisamente a su política-, de los países de la zona, y tutelar la impunidad de Israel frente a la permanente vulneración de los derechos del pueblo palestino.

La cuestión es que cada palo debe aguantar su vela. Y nada tiene que ver la vela -y mucho menos la bandera- española con el pabellón pirata y la singladura aventurera y depredadora de Estados Unidos. La decisión de Aznar (q.e.p.d.) de apuntarnos a la canallería global no sólo constituyó una opción conscientemente inmoral, sino que, además, fue un error histórico de consecuencias incalculables. Corregirlo era urgente, tanto más cuanto la escalada de violencia en Irak amenaza con aumentar en cualquier momento el número de víctimas españolas de esta gigantesca insensatez.

Sin embargo, el aplauso que esta decisión de Rodríguez Zapatero merece podría quedar minimizado si se cumple la anunciada e injustificable compensación -destinada a templar gaitas con el gran "boss"- de aumentar la presencia militar española en Afganistán. Tampoco allí se nos ha perdido nada y es otro pozo envenenado del que sólo pueden surgir pesadillas. El propio Karzai -otro títere leal a EE UU, como en Irak lo es el más que oscuro Chalabi- ha declarado recientemente que la presencia militar yanqui deberá prolongarse, al menos, diez años más. En esa década puede pasar de todo -y especialmente lo peor, tal como evolucionan las cosas- en el mundo islámico y más concretamente en el área del Golfo Pérsico.

¿Acaso debemos seguir siendo cómplices y víctimas de la política torpemente imperialista de los Estados Unidos y de sus burdas manipulaciones? Obviamente no. Y no sólo porque no compartamos ni debamos compartir su avariciosa estupidez, sino porque, además, estamos muy lejos de gozar de la impunidad que la patria del dólar disfruta a decenas de miles de kilómetros del escenario de sus tropelías. No es fácil que se repita un 11-S, pero sí resulta muy verosímil que pueda reeditarse otro 11-M.

Al menos en teoría, el Gobierno Zapatero cuenta con un ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, que está al cabo de la calle acerca de lo que se ventila realmente en Oriente Próximo y sabe que la balsa de aceite del Mediterráneo puede entrar súbitamente en ebullición con funestas consecuencias para quienes habitan sus orillas. Es también un convencido europeísta y, al menos sobre el papel, puede ser el hombre adecuado para dar el golpe de timón que la política exterior española requiere tras el desvío motivado por los delirios imperiales de ese patético jubilado llamado José María Aznar.

07 abril, 2004

Contra el horror

Hoy comienzan en Ruanda los actos conmemorativos del décimo aniversario de uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad, sólo superado en el siglo XX por el exterminio nazi de la segunda guerra mundial y la impune barbarie de Pol Pot en Camboya.

En poco más de tres meses, en 1994, en torno a un millón de personas (937.000, según las fuentes ruandesas más recientes) fueron salvajemente asesinadas en una orgía de sangre y odio racial sin precedentes que siguió a la muerte del presidente Habyarimana, de la etnia hutu, como consecuencia de un ataque a su avión atribuido a miembros de la etnia tutsi.

La masacre implicó no sólo al ejército y a milicias más o menos irregulares, sino a gran parte de la población civil hutu, alentada en el horror indiscriminado de la venganza racial por algunos medios informativos. Centenares de miles de tutsis abandonaron sus hogares prácticamente sin nada con lo que sobrevivir en busca de un refugio, pero para la mayoría fue inútil. Fueron asesinados allí donde se les encontró, aún en el caso de que su asilo fueran iglesias o misiones cristianas.

Sólo en la localidad de Gisozi hay 250.000 tumbas que testimonian hasta la nausea la locura homicida que allí se desarrolló impunemente hace diez años. 120.000 personas están imputadas y se supone que un total de 12.000 tribunales populares deben juzgarles, pero hasta la fecha apenas se ha contituido un centenar de ellos. Mientras tanto, Ruanda pretende encarar el futuro y la reconciliación nacional sobre la base de un simple y nada original eslogan: "Nunca más".

Hasta aquí los hechos, en los que deliberadamente he evitado los detalles morbosos que nada aportarían a la definitiva elocuencia de las cifras. Pero a partir de aquí, las responsabilidades internacionales y, de modo más específico, las de Estados Unidos, cuyo presidente, Bill Clinton, tuvo conocimiento puntual de las dimensiones del genocidio desde su inicio, según revelan documentos recientemente desclasificados.

En Ruanda existía una pequeña misión de la ONU que se vio inmediatamente desbordada por los acontecimientos y algunos de cuyos miembros (al menos una decena de belgas) perdieron la vida en aquella explosión de locura colectiva. ¿No se pudo poner freno a la masacre a lo largo de los cien días que duró? Por supuesto que sí.

En lugar de ello se cortocircuitó la información, convirtiendo la terrible realidad de lo que estaba sucediendo en oficialmente inexistente. Los motivos de tal actitud, que tiene como protagonista máximo a Estados Unidos y a la que no son ajenos países ex colonizadores (explotadores en realidad) como Bélgica y Francia, no es otra que el más cínico y egoista de los cálculos.

Ruanda, al contrario de muchos de sus vecinos, carece de recursos minerales o energéticos que Occidente pueda considerar de especial interés. Como consecuencia, tampoco tenía una colonia extranjera relevante. Por ello Estados Unidos y sus cómplices optaron por envolver los hechos en una conspiración de silencio e inhibición mediante la cual pretendían salvar su responsabilidad ante la opinión pública mundial, en la que el empleo ineludible del término genocidio habría motivado una demanda urgente de actuación.

También en el caso del sanguinario régimen de Pol Pot Estados Unidos había tenido información detallada de lo que estaba sucediendo, pero se lavó las manos. Pese a su comunismo visceral y alucinado, el líder camboyano era en aquellos momentos un aliado táctico del gran "boss" en el sudeste asiático.

Cuando se desarrolla el genocidio de Ruanda ya hacía tres años que Bush senior había enunciado su grandilocuente doctrina del "nuevo orden mundial": algunas palabras idealistas, como democracia o derechos humanos, junto a otras mucho menos eufemísticas, como libre mercado o liderazgo mundial de los Estados Unidos. Ya hace diez años tuvimos oportunidad de comprobar, mediante el trágico ejemplo ruandés, qué parte de la nueva filosofía política es la que realmente importa y mueve a Estados Unidos.

Hoy, a través de la guerra de Irak, basada en la intoxicación de la opinión pública internacional, hemos llegado a la evidencia máxima e incontestable de que bajo el barniz de las grandes promesas y de las gigantescas mentiras maquilladas no existe otra filosofía que la del abuso y el expolio.

Nuestro país sufre ahora mismo las trágicas consecuencias de que un líder tan oportunista como miope nos haya sumado a la flota corsaria que decidió hace tiempo sentar sus bases sobre el petróleo del Golfo Pérsico y defender más allá del límite de lo canalla, por acción u omisión, los abusos de Israel. Olvidó el "ilustre" profesor de la no menos "ilustre" universidad de Georgetown (literalmente "Ciudad de George" ¿Bush?) no sólo sus acendrados valores cristianos sino la obviedad de que, por situación geográfica, por importancia estratégica, por historia y por población (inmigrante), España podía convertirse en el ojo europeo del huracán.

Ahora le toca al PSOE lidiar con las presiones para que las tropas españolas no se retiren de Irak, precisamente cuando la situación allí alcanza el punto más grave desde la invasión. Propone el futuro Gobierno aumentar la presencia militar en Afganistán en compensación, mientras Powell deja claro que, con intervención de la ONU o sin ella, la dirección militar en Irak seguirá a cargo de EE UU.

La opción debería estar clara para España, pero no creo que lo esté para el Gobierno que va a regir sus destinos durante los próximos cuatro años. No se trata de pastelear ni de pactar compromisos ambiguos que contenten temporalmente a la opinión pública española. De lo que se trata es de rectificar una política exterior que ha alterado su lógica dirección inicial hacia el ejercicio de la supuesta vocación europea de España y nos ha convertido, so pretexto de irreales misiones humanitarias, en un estado mercenario del horror.

La imagen de las tropas españolas disparando en Diwaniya contra manifestantes chiíes es más de lo que la ciudadanía puede y debe tolerar. Ni irak ni Afganistán son nuestras guerras, ni en ellas se lucha contra el terrorismo, aunque se le provoca con torpe eficacia.

Que Estados Unidos gestione sus propias aventuras depredadoras y sufra en exclusiva las consecuencias de su ambición y de sus errores de análisis. No contribuyamos al horror ni a las cínicas falacias de quien, fingiendo combatirlo, lo multiplica.